Francisco reflexionó el jueves sobre la gracia transformadora de la Palabra de Dios e invitó a los cristianos a reconocer sus pecados y dejarse transformar por su encuentro con Cristo.
Francisco se dirigía a los fieles reunidos para la misa matutina en la Casa Santa Marta.
Durante su homilía, Francisco reflexionó sobre la primera carta de San Pablo a los Corintios, que dice: “Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante los ojos de Dios”.
Pablo —dijo— nos está diciendo que es el poder de la Palabra de Dios el que produce un verdadero cambio de corazón, el que tiene la fuerza para cambiar el mundo, dándonos esperanza, dándonos vida.
Señaló que este poder no reside en el conocimiento humano ni en la inteligencia del hombre. “Háganse necios -exhortó Francisco- no busquen la seguridad en su conocimiento ni en el conocimiento del mundo”.
Francisco afirmó que, si bien Pablo estudió con los maestros más sabios de su tiempo, jamás alardeó de su conocimiento. De manera “escandalosa” -dijo Francisco- se jactaba de sus pecados y de su encuentro con Cristo y el crucifijo, porque ese encuentro entre sus pecados y la sangre de Cristo es el único encuentro salvífico que existe. Y cuando olvidamos ese encuentro -añadió- perdemos el poder de la fuerza de Cristo y hablamos de las cosas de Dios con lenguaje humano, y esto es inútil.
Francisco también recordó el relato evangélico de Pedro y la pesca milagrosa, durante la cual Pedro le dijo a Jesús: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador”. En este momento de encuentro entre sus pecados y Cristo, Francisco afirmó que Pedro encuentra la salvación.
Así pues, Francisco dijo: “El lugar privilegiado para un encuentro con Cristo son nuestros pecados. Si un cristiano es incapaz de ver sus pecados y su salvación en la sangre de Cristo, solo ha recorrido la mitad del camino. Es un cristiano tibio”.
Francisco señaló esas iglesias decadentes, parroquias decadentes, instituciones decadentes donde, con toda seguridad, los cristianos nunca se han encontrado realmente con Cristo o bien han olvidado ese encuentro.
Francisco concluyó su homilía invitando a los fieles a preguntarse si son capaces de confesarle al Señor que son pecadores; si realmente creen que el Señor les ha dado una nueva vida; si confían en Cristo. Porque —dijo— un cristiano puede enorgullecerse de dos cosas: de sus pecados y de Cristo en la cruz.
Radio Vaticana
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