domingo, 6 de junio de 2021

EL QUE OBEDECE NO SE EQUIVOCA

Hay dos ciudades, dos banderas, y un solo Señor, Jesucristo. Y quienes se rebelan contra Dios en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad ya han sido derrotados, porque la victoria es de nuestro Dios 

Por Pedro L. Llera


secta

Del lat. secta.

1. f. Doctrina religiosa o ideológica que se aparta de lo que se considera ortodoxo. Rechazan que una secta se equipare a una religión.

2. f. Conjunto de seguidores de una secta. La secta de los esenios.

3. f. Comunidad cerrada, que promueve o aparenta promover fines de carácter espiritual, en la que los maestros ejercen un poder absoluto sobre los adeptos.


Dice el cardenal Gerhard Müller en un texto titulado In dubio pro DEO:
El cristiano cree en Dios como la primera verdad y reconoce al Papa y a los obispos como sucesores de Pedro y los otros apóstoles.

La lealtad al Papa es algo diferente de la papolatría idolátrica, similar al principio según el cual el líder o el partido siempre tiene la razón.

Cuando surgen tensiones entre la Palabra de Dios obvia y la interpretación infalible por un lado y las expresiones privadas de opinión incluso de las más altas autoridades eclesiásticas, se aplica siempre el principio: in dubio pro DEO.
Y el propio papa Francisco rechaza de plano que se le tome por una especie de Superman, rayando el culto a la personalidad:
«Si no me equivoco, Sigmund Freud dijo que en toda idealización existe agresión. Describir al Papa como una especie de Superman, una estrella, es ofensivo para mí».
Y de papolatría (que es una forma de idolatría) y de sectarismo vamos a escribir hoy.

Santo Tomás entiende que el derecho y el poder no pueden estar desligados de Dios, y para ser legítimos, tienen que ser investidos de autoridad divina. Dios es la fuente suprema de la cual emanan toda autoridad y todas las normas. Pero eso significa que toda autoridad y toda norma serán legítimas, si se mantienen fieles a Dios. Pero si se apartan de la doctrina y de la Ley de Dios, esa autoridad y esas normar dejarán de ser legítimas.

Efectivamente, quien obedece la voluntad de Dios no se equivoca. Y esa voluntad de Dios se expresa en sus Mandamientos y en la sana doctrina que la Iglesia ha venido enseñando a todos, en todas partes, a lo largo de más de dos mil años de historia: esa doctrina es el depósito de la fe.

Ahí tienen ustedes un criterio de discernimiento inapelable. Porque puede suceder, y de hecho sucede, que un superior, un sacerdote, un obispo, ordene algo de manera caprichosa y arbitraria; y puede suceder, y de hecho sucede, que esas órdenes que vienen de la autoridad contravengan los mandamientos, la doctrina de los santos, de los doctores y de los padres de la Iglesia; o sea, la Tradición. Y puede suceder, y de hecho sucede, que se imponen órdenes o se enseñan doctrinas falsas que se dan de bofetadas con los mandamientos de la Ley de Dios y con la doctrina, la Tradición e incluso con las Sagradas Escrituras; es decir, con la verdad revelada y con el magisterio perenne de la Iglesia. ¿Hace falta que les ponga ejemplos? La comunión de divorciados vueltos a casar por lo civil, la intercomunión con luteranos, las bendiciones de parejas homosexuales, las banderas lgbt en templos y colegios “católicos”, el indiferentismo religioso galopante, los ecologismos integrales, los pacifismo antimilitaristas…

Y entonces llega el sectario que piensa que el amado líder siempre tiene razón y te espeta aquello de que “el que obedece no se equivoca” e invocando la autoridad de un Papa o de un Concilio pretende taparte la boca y obligarte a confesar que lo negro es blanco y lo blanco es negro y que lo que siempre predicó la Iglesia, ya no vale hoy; y que hay que actualizar la doctrina. Pero cuando lo que dice ese Papa o lo que aparece en no sé qué documento de no sé qué concilio choca con lo que han predicado y enseñado todos los papas y concilios a lo largo de la historia de la Iglesia, ni puedes callar ni puedes asentir. Porque si lo que han dicho todos los papas y los santos Padres de la Iglesia y los doctores es A, no puedes aceptar que de repente esa A se convierta en B. Nadie puede pretender que comulguemos con ruedas de molino. Porque existe un principio inapelable: el de no contradicción. Y lo que era cierto en Trento no puede dejar de ser cierto en el Vaticano II… No hay un antes y un después. No puede existir ningún tipo de ruptura entre lo que enseñaba la Santa Iglesia Católica antes de 1962 y lo que se enseñó y se enseña después. Y si hubiera habido ruptura en la doctrina, todas las novedades serían, pura y simplemente, herejías, porque la Verdad no cambia ni puede cambiar; no “evoluciona con los tiempos” ni puede “evolucionar”. Porque Dios no cambia (no se muda, decía santa Teresa de Jesús) y su Verdad es eterna e inmutable.

Por lo tanto, cuando nos quieren imponer falsedades apelando a la autoridad y al poder del que manda, la resistencia a la mentira y a la herejía no sólo es legítima sino obligatoria. Nuestra fidelidad es a Cristo y a su santa doctrina. Los hombres somos todos pecadores. Y los papas y los obispos ni son impecables ni son dueños de la doctrina ni de la Iglesia: son vicarios y apóstoles de Cristo. Y su autoridad viene de Cristo y consiste en guardar la fe que Cristo nos dejó: no en cambiarla para “adaptarla a los tiempos” o “al mundo”. Y si un pastor se aparta de la Verdad, que es Cristo, y enseña falsas doctrinas, por mucho poder que tenga, nuestro deber es resistirlo. Porque el Papa no es un monarca absoluto que pueda cambiar la doctrina de manera arbitraria. De ser así, cada vez que cambia el Papa, cambiaría la doctrina: y eso no es así ni puede ser así.

El Papa es el Papa, sea quien sea y se llame como se llame. Y nosotros le debemos obediencia filial. Pero el Papa es Vicario de Cristo: no su sucesor ni su reencarnación. Y nosotros no tenemos otro Señor que Cristo Jesús y hemos recibido de la Iglesia una fe, una doctrina, una verdad revelada, unas Escrituras y una Tradición. Y todos tenemos el deber de custodiar y transmitir esa Verdad. Pero no tenemos derecho a tocar ni una coma de esa fe. Solo podemos y debemos recibir y transmitir: no cambiar. Profundizar, enseñar, explicar la fe, sí: pero sin cambiar la sustancia ni el sentido de esa verdad. Eso sería adulterar la fe, algo a lo que son tremendamente aficionados los modernistas.

La autoridad viene de Dios. Y mientras el sarmiento esté unido a la Vid Verdadera, dará buenos frutos. Pero si el sarmiento se separa de la Vid, no habrá frutos y solo servirá para que lo echen al fuego. El señorío de Cristo es la medida y el juicio con que se discierne la verdad y la mentira.

La Iglesia no es una secta en la que se deba obediencia ciega a un líder caprichoso, arbitrario y todopoderoso. El que obedece puede acabar en el abismo, si quien manda pierde el norte y en lugar de señalar el camino del cielo y buscar la salvación de las almas, busca otros “destinos alternativos”. Falsos profetas ha habido siempre y los seguirá habiendo. La única unidad posible dentro de la Iglesia es la unidad en la verdad, es la unidad en Cristo, es la unidad en la verdadera y santa doctrina, es la unidad en la comunión de los santos, es la unidad en la comunión con Cristo. Para que la autoridad y el poder de los pastores sean legítimos, tienen que estar ligados a Dios, injertados en Él. Como diría San Ignacio, todo “en tanto en cuanto” conduce la salvación. Pero todo lo rechazo en tanto en cuanto contribuya a la condenación de las almas.

La teología católica parte de la persuasión de fe de que la tradición de la Iglesia y los dogmas de la Iglesia trasmitidos en ella expresan la verdad revelada por Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento de modo válido, y de que la verdad de la revelación trasmitida en la Tradición de la Iglesia es universalmente válida e inmutable en su sustancia.

Pero la teología actual intenta franquear el abismo entre la tradición dogmática y el pensamiento moderno preguntando por el sentido o la significación del dogma para nosotros hoy. Y para franquear ese abismo, muchos teólogos y pastores de la Iglesia se han quedado con el pensamiento moderno, ilustrado, kantiano y liberal y han despreciado la tradición y los dogmas. De ahí emana, tóxica y con olor a azufre, una “nueva iglesia”: la Iglesia del “Nuevo Paradigma”, liberal, kantiana y antropocéntrica, que es una iglesia hereje y apóstata

El abismo entre tradición y pensamiento moderno es infranqueable porque es el mismo que va del cielo al infierno; es el abismo que media entre el Quis ut Deus? de San Miguel Arcángel y el Non serviam de Lucifer.

Señala el Catecismo de San Juan Pablo II, el Catecismo postconciliar, de manera absolutamente profética:
675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
La apostasía, el misterio de iniquidad, consistirá en un pseudo-mesianismo que glorificará al hombre (antropocentrismo) en el lugar de Dios. ¿No lo ven delate de sus narices? Pues más claro, el agua… Si no lo ven, es porque están ciegos…

Hay dos ciudades, dos banderas, y un solo Señor, Jesucristo. Y quienes se rebelan contra Dios en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad ya han sido derrotados, porque la victoria es de nuestro Dios y ante el nombre de Cristo, toda rodilla se doblará en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclamará que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.

A pesar de toda la novedad de los tiempos modernos y de toda la radicalidad de los cambios que siguieron a la Ilustración, hay que seguir manteniendo que Cristo es la revelación definitiva de Dios, y que no hay que esperar ninguna nueva época ni ningún “nuevo paradigma” que supere, desde el punto de vista de la historia de la salvación, al tiempo de Cristo; ni hay que esperar ningún otro evangelio ni ninguna otra revelación de Dios. Y si alguien os predica otro evangelio diferente, sea anatema:
Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.

Gálatas 1, 6-9

Santiago de Gobiendes



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