domingo, 20 de abril de 2008

CUANDO EL PAPA SE CONVIERTE EN CAPELLÁN DE LA MASONERÍA

No es difícil ver que Benedicto XVI asumió el papel de capellán de la ONU, en efecto, es lo mismo que ser un capellán de la masonería.


El 18 de abril de 2008, el “papa” Ratzinger acudió a la sede de las Naciones Unidas para conmemorar oficialmente el 60º aniversario de la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Como es sabido, esta declaración sigue de cerca la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, inspirada en los principios de la Ilustración, que profesa un sistema llamado deísmo, la creencia en un “dios” vago.

En su discurso, Benedicto no pudo ser más admirador de este documento masónico. De hecho, afirmó: 

“Es evidente que los derechos reconocidos y expuestos en la Declaración se aplican a todos en virtud del origen común de la persona, que sigue siendo la cúspide del designio creador de Dios para el mundo y para la historia”. Por lo tanto, Ratzinger confirió una especie de misión divina a esta Declaración.

Sus elogios a los ideales revolucionarios no se limitaron a la Declaración. La propia institución de la ONU, órgano para lograr los objetivos de un gobierno mundial soñada por la masonería, también fue objeto de sus cálidos elogios. Declaró enfáticamente: 

“Las Naciones Unidas encarnan la aspiración a un mayor orden internacional, inspirado y regido por el principio de subsidiariedad, y por lo tanto, capaz de responder a las demandas de la humanidad mediante normas y estructuras internacionales vinculantes que armonicen el desarrollo cotidiano de la vida de los pueblos”.

Más adelante, afirmó: 

“Mi presencia en esta Asamblea es una muestra de estima por las Naciones Unidas y tiene como objetivo expresar la esperanza de que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los Estados y como instrumento de servicio a toda la humanidad”.

Asimismo, expuso los esfuerzos interconfesionales de la iglesia conciliar para construir una panreligión como una colaboración que debería estar bajo la hegemonía de la ONU. Dijo: 

Las Naciones Unidas pueden contar con los resultados del diálogo interreligioso y beneficiarse de la voluntad de los creyentes de poner sus experiencias al servicio del bien común. Su tarea consiste en proponer una visión de la fe no en términos de intolerancia, discriminación y conflicto, sino en términos de pleno respeto a la verdad, la convivencia, los derechos y la reconciliación”.

Concluyó su discurso declarando que la Santa Sede misma es una especie de entidad subordinada a la ONU al afirmar:

“La Santa Sede siempre ha tenido un lugar en las asambleas de las Naciones, manifestando así su carácter específico como sujeto en el ámbito internacional... Las Naciones Unidas siguen siendo un espacio privilegiado en el que la iglesia se compromete a aportar su experiencia en la humanidad... y a ponerla a disposición de todos los miembros de la comunidad internacional”.

No es difícil ver que Benedicto XVI asumió el papel de capellán de la ONU, apoyando sus acciones de todo corazón. Un capellán de la ONU es, en efecto, lo mismo que, por ejemplo, un capellán de la masonería.

Ratzinger bendice una bandera de la ONU dañada por un coche bomba en Irak. 

Ratzinger durante su discurso ante la ONU. 
 
Texto oficial en francés de su discurso: aquí.
 

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