Precisamente por ser una “lengua muerta”, el latín no expresa el predomino de ninguna cultura actual, sino un patrimonio común a todas las culturas católicas.
León XIV ha firmado el “Reglamento general de la Curia Romana”, el cual, entre otras cosas, dice que “las instituciones de la Curia redactarán normalmente sus actos en latín o en otra lengua” (“Le Istituzioni curiali redigeranno di regola i loro atti nella lingua latina o in altra lingua”).
Esto sustituye la normativa anterior, que decía que generalmente esos documentos debían redactarse en latín.
El “Reglamento general de la Curia Romana” entra en vigor en Enero de 2026 y está pensado “ad experimentum” por un plazo de cinco años.
Dice al respecto Zenit.org:
“En una formulación que puede sonar modesta pero que conlleva un peso cultural inmenso, las nuevas normas establecen que las instituciones de la Curia “redactarán ordinariamente sus actos en latín o en otra lengua”. La redacción parece inocuamente diplomática, casi equilibrada. Pero dentro de las oficinas vaticanas la implicación es inequívoca. Al abrir la puerta al italiano, al inglés, al francés, al español y a otras lenguas de trabajo como vehículos normales para la documentación interna, la Curia se ha apartado silenciosamente de la presunción de que el latín es su lengua natural.
Los funcionarios reconocen en privado lo que el texto solo insinúa: el cambio significará, en la práctica, la desaparición progresiva del latín del papeleo curial cotidiano. La exigencia anterior —que los actos se redactaran “por regla general” en latín— funcionaba como una suerte de ancla institucional, que vinculaba el gobierno contemporáneo con el vocabulario antiguo de la Iglesia. Levantada esa ancla, la documentación ordinaria seguirá ahora los hábitos lingüísticos del propio personal, ya sea el italiano conversacional de las oficinas romanas o el inglés que el papa León XIV ha hablado desde la infancia”.
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Esta medida me parece altamente inconveniente, por las siguientes razones.
1) Desvinculación con la tradición católica y peligro de amnesia eclesial.
El grueso del pensamiento católico clásico está redactado en latín. El Magisterio, la Teología, el Derecho Canónico, tienen sus fuentes principal y muy mayoritariamente en latín. Incluido el mismo concilio Vaticano II. Es una norma académica básica que un estudio serio sobre un autor debe realizarse sobre el texto original, y por tanto, leyéndolo en la lengua en la que fue redactado. La progresiva pérdida del latín en la Iglesia lleva necesariamente a una atrofia de la capacidad de la teología para escuchar a la Tradición católica, nada menos.
2) Peligro de pluralismo relativista en el Magisterio eclesiástico.
La existencia de una versión oficial en latín permitía la existencia de una regla única con la cual contrastar las distintas traducciones en caso de desacuerdo entre ellas. Con la nueva norma eso se diluye. Es cierto que en cada caso se podrá declarar que la versión oficial de un documento es la italiana, o la inglesa, etc. Pero entonces subsiste la dificultad para los que no saben italiano o inglés, o el idioma que sea en que esté redactado el documento.
Además, precisamente por ser una “lengua muerta”, el latín no expresa el predomino de ninguna cultura actual, sino un patrimonio común a todas las culturas católicas. Otra cosa será si el inglés, por ejemplo, pasa a ser la lengua habitual en la Iglesia.
En la práctica será lógico que se creen distintos centros de interpretación a cargo de los que realmente dominen la lengua de turno elegida para tal o cual documento. La comunicación católica, universal, se verá grandemente dificultada por ese hecho.
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Por otra parte, no todos los idiomas tienen la misma capacidad para captar y trasmitir la verdad filosófica y teológica. Benjamin Lee Whorf sostuvo que el “ser” es una invención cultural de los griegos, ya que lenguas indígenas como la “hopi” no tienen el verbo “ser”.
En realidad, parece que investigaciones posteriores han mostrado que los “hopi” sí tienen el concepto de “ser” y el de “existencia”, pero no han desarrollado un sistema lingüístico para expresarlo comparable al de los griegos y latinos.
Precisamente. No se trata de que el ser sea una invención cultural, sino de que no todas las lenguas están lo suficientemente desarrolladas como para ser vehículo de la reflexión filosófica y teológica. No existe el igualitarismo lingüístico.
Son conocidos los lamentos de Chesterton, por ejemplo, acerca de lo impreciso que es el término inglés “being” para la Metafísica.
Más allá de que sea una propiedad natural o no, es proverbial la precisión del latín escolástico, trabajado con esa finalidad durante siglos, y su capacidad para ir a lo esencial sin confusiones debidas a “atmósferas” o asociaciones de ideas, rasgo tan frecuente en las lenguas modernas.
Cuando la Iglesia “se pasó a los francos” no abandonó por ello el latín, al contrario, se lo enseñó a los francos y así creó la Cristiandad medieval, de la cual eventualmente salieron las lenguas europeas modernas.
Por eso, la misma comprensión profunda de los idiomas europeos actuales exige el conocimiento del latín.
La existencia de una lengua técnica para una disciplina es algo normal. Hoy estamos llenos de “backups”, de “posts”, de “blogs”, de “software” y de “hardware”, y nadie piensa en traducir esos términos a la lengua de cada cultura, más bien hacerlo suele ser ridículo e incómodo.
No es inexistente el vínculo entre el latín y la catolicidad. “Católico” quiere decir “universal”. El latín ayuda notablemente a esa universalidad de lo católico, precisamente porque no es la lengua particular de ninguna de las culturas que hoy se acogen a la Iglesia.
Es muy recurrente el argumento abstracto de que la fe cristiana y católica no está atada a ninguna cultura, pero es sólo parcialmente verdadero. Es claro que no existe ningún vínculo necesario, metafísico, entre la gracia sobrenatural y el latín. Pero a nivel histórico la cosa cambia bastante. La Encarnación implica que Dios hecho hombre vive en una cultura particular y habla una lengua particular. La Escritura está en hebreo y en griego, y de nuevo, no hay estudio bíblico serio sin el conocimiento de esos idiomas. Igualmente, el Magisterio y la Tradición de la Iglesia de Cristo están mayoritariamente en latín.
El racionalismo ilustrado hace abstracción de la historia, pero eso no es católico, porque va en sentido contrario, precisamente, de la Encarnación del Verbo de Dios. No ha sido sin designio de la Providencia divina que en la formación de la doctrina católica haya confluido los tres idiomas en los que Pilatos hizo escribir “El Rey de los judíos” para ponerlo como “titulus” en la Cruz de Cristo: hebreo, griego y latín.
En algún momento oí atribuir al comunista Bertolt Brecht la frase que dice que “el hombre sin conciencia histórica vive en una idiotez sin pasado”. ChatGPT no la pudo encontrar documentada en la obra de Brecht, pero de todos modos expresa una gran verdad. No queramos eso para la Iglesia de Cristo.

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