lunes, 15 de enero de 2024

QUINTA PARTE DEL LIBRO "VIDAS DE LOS HERMANOS" (CAPITULO V)

Continuamos con la publicación de la Quinta Parte del antiguo librito (1928) escrito por el fraile dominico Paulino Álvarez (1850-1939) de la Orden de Predicadores.


QUINTA PARTE

DEL LIBRO INTITULADO

"VIDAS DE LOS HERMANOS"


CAPITULO V

DE LAS PENAS DE LOS HERMANOS EN EL PURGATORIO POR DIVERSAS AFICIONES

I. Dos Hermanos, uno de los cuales era novicio, y otro predicador antiguo de la Orden, murieron el mismo día en el convento de Colonia. Tres días después se apareció el novicio al enfermero, como éste refirió, diciéndole que por el fervor de su conversión, había salido tan pronto del purgatorio. Al mes se le apareció asimismo al enfermero el predicho predicador lleno de gloria, con una perla hermosísima en el pecho, y en el vestido muchas piedras preciosas, y corona de oro en la cabeza. Y preguntándole el Hermano cómo tan pronto había salido el novicio, y él no, y qué significaban aquellas insignias, respondió:

- Yo fui detenido más tiempo en el purgatorio por mi familiaridad con los seglares y mis palabras ociosas; pero he obtenido mayor gloria. Esta perla significa mi recta intención en Dios; las piedras preciosas indican las almas que he convertido, y la corona la gloria inefable que del Señor he alcanzado.


II. Un Hermano llamado Gerardo, de la Provincia de Inglaterra, joven muy devoto, habiendo caído mortalmente enfermo en un convento de los Hermanos Menores de cierta población donde había llegado, presentes tres Hermanos nuestros y dos Menores, cubrióse con la mano los ojos y grandemente comenzó a reír. Preguntóle el Subprior de los Hermanos que allí estaba, por qué se reía, y él contestó:

- Porque ha venido San Aymundo nuestro rey y mártir, y toda la casa se llena de ángeles.

Y volvió a reírse aún más, diciendo:

- Nuestra Señora llega, saludémosla.

Rezaron todos la Salve, y dijo el enfermo:

- ¡Oh, cómo agradeció la Bienaventurada Virgen este saludo! También ella se ha sonreído.

Dirigiendo luego su vista hacia la puerta se le vio la cara pálida, y dijo:

- Ahora viene el Señor Jesús a juzgarme.

Y puesto en agonía, como llevado a juicio, los miembros todos que antes no se movían, comenzaron a agitarse, y todo él sudaba tanto, según contó dicho Subprior, que él no era capaz de limpiarle; y presentado ante el juez con gran temor replicaba diciendo unas veces que era verdad, otras que no era así, otras suplicaba a la Bienaventurada Virgen que no le abandonase, y otras argüía a los acusadores.

- ¡Oh buen Jesús -decía a veces- perdóname esto poco!

Díjole entonces el Subprior:

- ¿Qué es eso, Hermano carísimo? ¿Le computan los pecados pequeños con los grandes?

- Así es, pobre de mí -contestó gimiendo mucho.

Exhortábale el Subprior a que no desconfiase, aunque un ángel del mismo cielo le dijera lo contrario, porque era el Salvador misericordioso; y dijo el enfermo con cara más alegre:

En verdad que lo es.

Y poco después expiró, en el año del Señor mil doscientos cincuenta y siete, en la fiesta de Pentecostés.



III. Cuando Fr. Ricardo, Lector en Inglaterra, estaba ya para morir, dijo:

- Rogad por mi, Hermanos, que muy pronto vendrán los terribles.

Y al momento comenzó a mirar a una parte y a otra con los ojos espantados, mostrando en la cara y gesto temor admirable. Vuelto por fin a serenarse, dijo:

- Bendito sea Dios; me he salvado a instancia de mis Hermanos y de los Menores, a quienes siempre amé.

Y glorificando a Dios expiró.
 

IV. Fr. Alano, Prior de los Hermanos Predicadores de York, ciudad de Inglaterra, llegado a los últimos instantes de su vida, se le turbó horriblemente la cara y con voz espantosa comenzó a decir:

- Maldita sea la hora en que me hice religioso.

Y calló. Y poco después, sereno el rostro y sonriéndose, añadió:

- No, no, bendita más bien la hora en que entré en la Orden, y bendita la gloriosa Madre de Cristo a quien siempre he amado.

Y volvió a callar. Los Hermanos que alrededor estaban oyendo esto, con muchas lágrimas rogaban por él, y él dos horas después, dijo al Hermano que le asistía:

- Llama a mis Hermanos, pues oyó el Señor sus oraciones.

Y habiendo ellos entrado, dijo:

- Sin duda os habéis turbado de mis primeras palabras; he aquí lo que me ha pasado: Se me presentaron demonios horribles que querían arrebatar mi alma, y yo, fuera de mí por el temor grande, maldije mi día; y en verdad os digo, Hermanos míos, que si ahora encendiesen una hoguera de azufre que llegara de aquí al extremo de la tierra y me dieran a escoger, o atravesar todo ese fuego, o ver de nuevo a esos demonios en la misma forma, optaría por el fuego. Poco después vino la Reina del Cielo, Madre de Misericordia, y ahuyentó a los demonios, y vista Ella, concebí esperanza, y por el gozo me sonreí, y bendije la hora en que entré en la Orden y a la Señora que me había salvado.

Dicho esto, descansó luego en paz. Contaron todo esto los Hermanos que presentes estuvieron.


V. En la misma Inglaterra, un Rector de cierta iglesia rico y vicioso, que hallándose gravemente enfermo, por el temor de la muerte había tomado el hábito de nuestra Orden, y después de convalecer algún tiempo lo había dejado y vuelto a los mismos crímenes, se convirtió últimamente con esta visión: Parecióle ver una mañana en sueños a Cristo sentado en los aires para juzgarle; que sobre la propia cabeza tenía escritos todos los pecados y que debajo se abría el infierno para devorarle. Clamando entonces a Cristo, lleno de terror, vio su cara más terrible e intolerable que el mismo infierno. Se apareció después uno en hábito de Hermano Predicador diciendo a Cristo: 

- Señor, ¿qué quieres de éste?

Y el Señor:

- Que pague por sus pecados o que se vaya al infierno.

Despertando, pues, y revolviendo consigo estas cosas, con muchas lágrimas confesó sus pecados a Fr. Martín, Lector de los Hermanos, y volvió con gran devoción a vestir el hábito. Cayendo otra vez enfermo al mes siguiente, y cercano ya a la muerte, díjole su confesor Fr. Martín:

- No temas, carísimo, por tus pecados; confía en la misericordia de Dios; yo por mi parte, si algo de bueno he hecho en la Orden, a ti te lo doy, siempre que esperes firmemente.

Alentado el enfermo con estas palabras dio gracias, y recibidos muy devotamente los sacramentos, pasó de esta vida a la otra. Vióle después de su muerte el confesor que le despojaban de unos vestidos muy manchados y le ponían otros blanquísimos; y como le suplicase que le alcanzara de Cristo otros vestidos iguales, contestóle el difunto:

- Bastan, querido Padre, para ti y para mí.

Dijo esto porque Fr. Martín le había cedido sus buenas obras, las cuales dadas no disminuyen, si no crecen.


VI. Fr. Domingo, Prior de Santarém, habiendo pedido a los Hermanos que iban al Capítulo Provincial que le obtuvieran la absolución de su cargo, y contestándole ellos que no pensara en tal cosa, dijo:

- Estoy cierto que si los Definidores no me oyen, me oirá el sumo Prior, Dios, antes que volváis del Capítulo.

Y así fue; pues murió antes que ellos regresaran. Y poco antes de morir dijo a un Hermano que junto a él estaba sentado:

- ¿A dónde se ha ido aquella Señora que aquí estaba?

Contestó el Hermano:

- Bien sabéis vos, P. Prior, que aquí no entran mujeres.

Y él:

- Hablo de aquella mujer que en las manos tenía al niño Jesús, y me extraña que no la hayáis visto, pues estaba delante de los ojos.

Comenzó después a santiguarse, y levantando los ojos al cielo, juntas las manos, entregó su espíritu a la Bienaventurada Virgen que había visto. Después de su muerte aparecióse visiblemente a un Hermano, el cual, como le preguntase si era Fr. Domingo que poco antes había muerto, respondió él:

- He muerto al mundo, pero vivo para Dios, y te ruego que digas a los Hermanos que no permitan, cuando alguno de vosotros muera, que entren en casa los seglares. Yo he padecido mucho porque a mi muerte vi a unos parientes míos, de los cuales me compadecí cuando me lloraban.


VII. En el mismo convento hubo otro Hermano llamado Ferrando, que después de una larga enfermedad y muchos padecimientos murió, cuya cara quedó resplandeciente en gran manera, según testimonio de los Hermanos que le amortajaron. Aparecióse luego a uno de ellos que estaba durmiendo, y preguntándole éste si no era verdad que había muerto, contestó:

- Muerto estoy en el cuerpo, pero vive mi alma.

Díjole el Hermano:

- ¿Qué es de Fray Diego? ( Este era un Hermano de aquel convento, muerto poco antes)

Respondió el aparecido:

- El próximo viernes Santo entrará en el cielo.

Volvió a preguntar el Hermano:

- ¿Por qué sufre esa pena?

Contestó:

- Por la vanagloria que tuvo en cantar.

Preguntóle después cómo estaban en el otro mundo nuestros Hermanos, y dijo el difunto:

- Bien, LOS HERMANOS QUE MUEREN EN LA ORDEN NO SE PIERDEN, PORQUE LOS ASISTE SIEMPRE AL MORIR LA BIENAVENTURADA VIRGEN.

Replicó el Hermano:

- ¿Cómo sabré yo que esto que me decís es verdad?

Respondió:

- He aquí la señal; el primer domingo de Ramos que venga, ni tocaréis la campana, ni tendréis procesión.

Llegó el día fijado, y puesto súbitamente entredicho por el Obispo en la población, sucedió tal cual lo había anunciado. Comprendimos entonces que no era un sueño, sino una realidad lo acaecido. Escribió esto el mencionado Fr. Gil Español.


VIII. Hallándose fuera del convento predicando un Hermano de Bolonia, dijo al que le acompañaba:

- Hoy ha muerto tal hermano. (Era éste un Religioso anciano, demasiado curioso acerca de los edificios)

Díjole el compañero:

- ¿Cómo lo sabes que ha muerto?

- Vi en sueños -contestó el otro- a ese Religioso, que iba por el claustro arrastrándose a cuatro manos; llevaba una vara con que medía las paredes, y a derecha e izquierda iban dos demonios que le azotaban con fuerza.

Volvieron al convento los dos Hermanos y hallaron que, en efecto, había muerto dicho Religioso. Y oyendo los demás la visión, rogaron aquel día por él con insistencia, y después de algún tiempo fue revelado a otro que por los Bienaventurados Nicolás y Domingo, a quienes el anciano se encomendaba mucho, había sido por fin salvado.


IX. Contó un venerable y Religioso Padre, Obispo de Lisboa, fraile de nuestra Orden, que cierto Hermano, que acerca de los cuadernos había sido muy solícito y tenaz, se apareció quemado a un amigo suyo; y preguntándole éste cómo ardía tanto, respondió:

- ¡Ay! ¡Ay! ¡Cuadernos aquellos que tanto me abrasan!

Y consultándole el amigo sobre la propia conciencia, porque era muy escrupuloso, díjole el difunto:

- Consulta con los discretos y haz lo que te digan.


X. Yendo Fr. Gallardo, Subprior de los hermanos de Orthez, al Capítulo Provincial de Tolosa, fue súbitamente herido de una parálisis que le dejó mudo. Y diciéndole al Prior Provincial que aquello era por haber tratado al Prior duramente y que era castigado en la lengua con que le había ofendido, él con rostro humilde inclinó la cabeza reconociéndose, y comenzó a besar la mano del Prior y abrazarle por el cuello. Compadecido de él el Prior, y más por ver que no podía confesarse, llamados los Hermanos al Capítulo, les mandó que rezasen por él, y aquel el mismo día, aunque abrasado aún por la fiebre, recobró por completo el habla, hizo devotamente confesión general, y recibidas la Comunión y Unción descansó en el Señor al tercer día. Y durmiendo aquel día mismo un varón honesto, que era familiar suyo, parecióle que le venía como predicando en la iglesia, vestido de dalmática, cual un diácono, la cara luciente, y el cuello todo de oro; y admirado de tan insólito fulgor le dijo:

- ¿No sois vos Fr. Gallardo?

- Lo soy -contestó- ya sabrás que he muerto en Tolosa.

- ¿Pues cómo tanta claridad en el rostro?

- Por la pura confesión que hice.

- ¿Por qué es de oro vuestro cuello?

- En señal de la predicación y celo que tuve de las almas.

Llevóle después aparte, y por la manga de la dalmática le mostró todo su pecho y costado encendidos. Y como el otro, estupefacto, le preguntase qué era aquello, contestó:

- El demasiado afán y distraimiento que yo tenía por los edificios de las casas nuevas, me abrasan como ves.

- ¿Cómo podremos ayudaros?

- Si los Hermanos ruegan con instancia por mí, pronto seré libre.

Contó aquel amigo al Prior Provincial todo esto bajo juramento, y el Provincial mandó una circular por aquellos conventos en que dicho Hermano se había distraído edificando, con orden de que duplicasen los sufragios y oraciones por él, a fin de que no se prolongase su pena. Escribió este caso al Maestro de la Orden, el mismo Provincial de Provenza.


XI. En el convento de Limoges, murió Fr. Juan Ballesteros, Predicador fecundo y sutilísimo, el cual, ocho días después se apareció a un hombre religioso familiar suyo, como éste contó, rodeado de gloria grande; y le dijo que había estado en el purgatorio siete días en castigo de la ingratitud, de los cuentos festivos y del regalo del cuerpo. Preguntándole el hombre sobre el propio estado, le contestó que no le había sido revelado, pero que si perseveraba, sería salvo; que los pecados veniales que acá se reputaban pequeños, eran allá graves en la pena. Preguntado cómo había salido del purgatorio, contestó que le había mandado el Señor ángeles que le sacaron, y que cantando le llevaron ante Dios, y que cuanto más subía más el gozo crecía.


XII. En el convento de Tolosa murió Fr. Pedro, celador ferviente de su Orden, el cual atrajo muchos al Señor. Éste hallándose en la enfermedad de que murió, prometió a un Hermano muy devoto suyo que después de la muerte, si el Señor le permitía, vendría a verle para que se congratulase con él, si era feliz, o para que le ayudase, si no lo era tanto.

Después de algunos meses apareciósele en sueños y le dijo que el día de la Ascensión había salido del purgatorio. Y preguntado si algunos de los Hermanos conocidos estaban allí penando, respondió que allí quedaba Fr. Guillermo, Subprior de Tolosa, el cual había muerto en Limoges la semana de Pascua.


XIII. Cierto Hermano, muy religioso y predicador bueno, se apareció en sueños pocos días después de su muerte a otro Hermano muy querido suyo, quien todo aterrado le preguntó cómo le iba, y él dijo:

- Muy bien, estoy muy bien.

Preguntóle el Hermano: 

- ¿Cómo al tiempo de morir sentías tal terror que apartabas la cara y retorcías el cuello delante de los mismos Hermanos?

Contestó:

- ¿No has leído que está escrito: 'los aterrados purgarán'? y al momento desapareció.


XIV. A otro Hermano muy contemplativo le pareció ver tendido en el claustro el cuerpo de un Hermano muerto poco antes, y que la cabeza andaba rodando sola alrededor de una fuente que cerca había. Y como preguntase qué era aquello, respondió el muerto:

- Yo soy Fr. Fulano, que estoy padeciendo mucho por haber tomado vino puro con el objeto de dormir, mientras los demás lo bebían aguado. Rogad por mí, que por eso me he aparecido en esta forma.


De todo lo dicho resulta claro cómo por el afecto de los parientes, por la vanagloria de cantar, por la curiosidad en los edificios, por la curiosidad de los libros, por la vehemencia en quejarse, por la avidez de beber, por la dilación de confesarse, por la irreverencia a los prelados, por el distraimiento de los negocios seculares, por la ingratitud a los beneficios, por el excesivo cuidado del cuerpo, por la jovialidad y ligereza de las palabras, y por otras cosas que nos parecen leves, son en la muerte y después de la muerte castigados los Hermanos. Por donde es preciso guardarse de todo, y si hemos faltado, quemarse aquí, cortarse aquí, porque eternamente se nos perdone.

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