CAPÍTULO DECIMOSEXTO
SPIRFTUM INNOVA IN VISCERIBUS
El Revdo. Padre de Broglie dice (51):
Las nuevas generaciones, no se sienten a gusto en la fría prisión en que los materialistas querrían amurallarlas. El horizonte bajo y limitado de las cosas de aquí abajo no les basta. Sienten la necesidad de lo infinito y lo invisible que Musset describió tan bien:
... Goza, dice la Sabiduría antigua; No puedo; a pesar de mí, el porvenir me atormenta.
Una inmensa esperanza atravesado la tierra.
A pesar de nosotros, al Cielo hay que levantar los ojos.
Al mismo tiempo una inquietud profunda empieza a penetrar a quienes reflexionan sobre las condiciones de vida y de duración de la sociedad civilizada. Esta sociedad no puede subsistir sin principios morales: es evidente. Por otra parte, los principios de la vieja moral están zapados por el ateísmo y el positivismo.
A la moral sin Dios ha sucedido rápidamente la moral sin obligación y sin deber, es decir una moral que deja toda libertad a los vicios y pasiones.
Los doctores de las escuelas negativas intentaron precaverse de este peligro: inauguraron numerosos sistemas para dirigir la conducta de los hombres, aplicando motivos de interés o de persuasión.
Pero estos sistemas son puras teorías abstractas, sin eficacia sobre el corazón de los hombres y sobre su conducta.
Es de prever entonces que muchos espíritus, en el doble pensamiento de devolver a la humanidad un ideal imprescindible, y de impedir a la sociedad volver a bajar, por falta de principios, hacia la barbarie, se volverá hacia la religión, que fue en todo lugar y siempre la institutriz moral de la humanidad, y le pedirán el socorro, cuya necesidad sienten vivamente. Solamente... cuando llegue el día en que la necesidad de una creencia se haga sentir con fuerza, en que la sociedad, sintiéndose perdida, llame la religión a su socorro... el catolicismo, ¿tendrá fuerza suficiente para cumplir la obra que se le pida?
Es la pregunta que el Sr. Taine había hecho en la Revue des Deux-Mondes (52). Había dicho:
Hoy, pasados dieciocho siglos, en los dos continentes, desde los Urales hasta las Montañas Rocosas, en los muyiks rusos y los settlers estadounidenses, el cristianismo opera como antaño en los artesanos de Galilea, y del mismo modo, de tal modo que sustituya el amor de sí por el amor de los demás. Él es todavía, para cuatrocientos millones de criaturas humanas, el órgano espiritual, el gran par de alas indispensables para levantar al hombre sobre sí mismo, sobre su vida rastrera y sus horizontes amojonados, para conducirlo a través de la paciencia, la resignación y la esperanza, hasta la serenidad, para arrebatarlo, más allá de la templanza, pureza y bondad, hasta la dedicación y el sacrificio. Siempre y por todas partes, desde hace mil ochocientos años, en cuanto estas alas desfallecen o se las rompe, los hábitos públicos y particulares se degradan.
La Revolución, desde hace un siglo, se encarniza en romper estas alas, y la sociedad yace en el egoísmo y la sensualidad, cuando no va hasta la crueldad. Y es por eso que uno ve a los mejores de quienes, que no recibieron el beneficio de la fe o que lo perdieron, tornar sus miradas hacia esta religión que algunos quieren aniquilar y pedirle el socorro cuya necesidad sienten vivamente.
¿Podrá darlo?
El Sr. Taine lo duda. Y da como razón que actualmente si “el cristianismo se calentó en el claustro, se enfrió en el mundo, y el mundo es sobre todo donde su CALOR es necesario”.
¡El calor del catolicismo es necesario en el mundo! No se ha dicho palabra más verdadera sobre la situación presente, más lleno de enseñanzas y promesas para el mañana.
“El cristianismo se enfrió en el mundo”. La Santa Iglesia comprobaba este enfriamiento con dolor ya a finales del siglo XIII.
Señor JESUCRISTO, cuando la caridad se enfriaba en el mundo, tú quisiste, para inflamar nuestros corazones del fuego de tu amor, renovar los sagrados estigmas de tu Pasión en la carne del bienaventurado Francisco.
Luego, el renacimiento, el protestantismo, el jansenismo, el liberalismo, acumularon los hielos sobre el corazón de la humanidad y la condujeron a un estado vecino a la muerte.
Si no se hace una revolución moral en Europa, si el espíritu religioso no es reforzado en esta parte del mundo, el ligamento social queda disuelto. No se puede adivinar nada y hay que esperárselo todo (de Maistre).
El mundo parece estar en vísperas de acabar o de sufrir una transformación religiosa (Blanc de Saint Bonnet).
Sí, el mundo está en vísperas de acabar si el cristianismo no viene a devolverle el calor vital que perdió. ¿Y cómo devolverle este calor? Sumiéndolo en el conocimiento del orden sobrenatural y en el amor de Nuestro Señor JESUCRISTO, Hijo de DIOS hecho Hombre para nuestra salvación. Sólo este conocimiento y este amor pueden llevar de nuevo las almas a través de la paciencia, la resignación y la esperanza hasta la serenidad; y más allá de la templanza, pureza y bondad, hasta la dedicación y el sacrificio.
El filosofo francés Hippolyte Adolphe Taine
¿Quién no siente cuánta verdad hay en las palabras de Taine? ¿Y quién no observará que este programa es opuesto al que los supuestos demócratas cristianos nos proponen? En lugar de levantar al hombre sobre sí mismo, sobre su vida rastrera y su horizonte amojonado, fijan su mirada en la tierra, estiman inoportuno de dirigirla al Cielo; excitan la impaciencia, velan la hermosura de la dévouement y de la divina caridad, y a fuerza de gritar: ¡Derechos y justicia! matan en la sociedad, arriba y abajo, el espíritu de sacrificio que es el todo del cristianismo.
La sociedad cristiana no puede ser levantada por tales medios. Para regenerar la sociedad pagana los Apóstoles le insuflaron el fuego con el que habían sido abrasados en el Cenáculo: luz en la inteligencia por las claridades de la fe y calor en el corazón por la caridad divina.
Es lo que hace falta devolver al mundo. Toda otra cosa no detendrá ni un minuto la carrera de la sociedad hacia el abismo donde encontrará ruina y muerte.
Taine constata que “el cristianismo se calentó en el claustro”. Nos es una gran alegría poder constatarlo con él. Allí está nuestra mejor esperanza. En esta hora hay más piedad, más dedicación, más sacrificio en el claustro que no la hubiera, generalmente hablando, cuando la Revolución vino a cerrar sus puertas, pensando haberlo dejado desierto para siempre. Pero hace falta que este fuego se ponga más ardiente si quiere abrasar el mundo. ¿No es con este fin que Jesús nos mostró la cruz plantada en su corazón coronado de espinas, y este corazón puesto como una hoguera ardiente? “Mirad -nos dice él- y hacedlo todo según el diseño que se os ha mostrado en el monte” (Hebr. VII), 5). Para recalentar el mundo no basta con amar, hay que estar abrasado de amor; y este abrasamiento lo enciende la cruz plantada en el corazón y lo alimenta el haz de espinas.
El clero secular es también más celoso de lo que no lo fuera. Pero en todo tiempo, y sobre todo en el tiempo en que estamos, el celo no puede quedar entregado completamente a sí mismo. El P. Gratry dice:
La velocidad del mundo se acelera. El movimiento bajo todas sus formas, morales, intelectuales y físicas, se multiplica en proporciones insensatas... Éste es el gran peligro del mundo contemporáneo y del estado presente de las almas... Toda nuestra fuerza está en la oración y en la fe, aumentadas en nuestras almas por el recogimiento y el retiro, por el hábito de la vida interior que es la única que desarrolla la virtud, la luz y el amor. La multiplicidad de los esfuerzos de superficie y la masa de las obras no son nunca lo que nos hace ministros útiles del Evangelio, sino la omnipotencia de un corazón humilde apoyado en DIOS, de un alma profunda que se abastece en DIOS. Allí, digo, está nuestra fuerza para cumplir nuestro deber, para salvar el pueblo... (53)
El padre Joseph Gratry
Que el clero tenga entonces cuidado de que su celo no se extravíe en las vías a las que el americanismo pretende llevarlo. Hemos visto que los medios que preconiza para procurar la extensión exterior de la Iglesia y su avance interior, tendrían por efecto disolverla en una vaga religiosidad que acabaría de helar los corazones y el mundo.
El celo de veras apostólico, el celo que hizo la sociedad cristiana y el único que puede rehacerla, es el que, inflamado del amor de DIOS y de las almas, se aplica a propagar la fe en su integridad y en su pureza. Ahora bien, como lo dijo muy bien Dom Laurent Janssens, “el americanismo, es el principio protestante puesto al servicio del liberalismo total”. Nada más glacial, nada más mortal. El liberalismo es de lo que la sociedad se muere, ¿cómo lo que la mata podría devolverle la vida?
El P. Aubry dice:
En los tiempos antiguos la atmósfera intelectual no estaba como ahora llena de los olores de herejía que la hacen hoy tan peligrosa. Los hombres estaban puestos en la verdad, la absorbían por todas partes, la respiraban con el aire. La teología era, según la hermosa palabra de Guizot, “la sangre que corría en las venas del mundo europeo”; y no se puede explicar mejor con una sola palabra que exprese todo, hasta qué punto la fe empapaba la constitución misma de las inteligencias. La dulce Francia, como decían nuestros trovadores, era el vaso que llevaba al medio del mundo y vertía sobre las naciones el espíritu de JESUCRISTO. Este vaso que podría ser roto por la cólera de DIOS, debe ser reparado para su gloria.
Sí, para que el mundo regrese a la vida, hace falta que el vaso que DIOS se había hecho con sus manos, Francia, para recibir como la primera entre los pueblos el vino sobrenatural de la fe y verterlo a las otras naciones, sea reparado para la gloria de DIOS. Y si el clero de Francia quiere cumplir los sublimes destinos que Maistre presagiaba de él luego que la Revolución hubiera acabado su curso (54), hace falta que él mismo vuelva a adoptar el espíritu de fe y no tenga otra mira ni otra pasión que empapar de ella las almas. Su fin, el único fin de su celo, debe ser traer de vuelta aquellos tiempos antiguos en que, según la palabra de Guizot, “la teología era la sangre que corría en las venas del mundo europeo”.
El resto no vale, puede valer sólo como arterias para hacer circular esta sangre.
El P. Aubry dice:
Lo que nos falta según unos, es la publicidad, el periódico, el folleto; según otros, es la polémica, el combate, la respuesta a todas las objeciones. Éstos quieren unión, acuerdo, centralización, una especie de complot; aquéllos quieren patrocinios, conferencias, círculos, cofradías, organizaciones ingeniosas, por fin lo que la gente ha convenido en llamar las industrias del celo apostólico. Otros más piden sabios, hombres universales a la altura de su siglo.
Todo eso está muy bien, todo eso lleva al fin; pero todo eso sólo es bueno con algo mejor aún.
Este algo mejor es que estos periódicos, estas conferencias, estos libros, estos patrocinios, estos círculos, estas cofradías, y también y sobre todo los catecismos, las escuelas y las universidades, viertan abundante y poderosamente en las almas, las instituciones y las obras, la savia cristiana, la vida sobrenatural. Que cada uno lo tenga en vista en todo y sobre todo; que estas cosas sean estimadas vanas e inútiles si no procuran este bien sobre todo bien.
El P. Aubry dice además:
No se cura una nación enferma con entusiasmo, sentimientos, grandes gritos de esperanza lanzados en las cátedras, las tribunas, los periódicos y los libros.
Y sobre todo no se la convierte predicando a los hombres sus derechos y callando sus deberes; mostrando desdén por la humildad, la obediencia, el espíritu de pobreza y también la divina caridad; alentando la codicia de las cosas de este mundo y difiriendo para más tarde la prédica de las esperanzas eternas.
Esto no trae al alma más que el frío del egoísmo; y eso -las grandes frases y los grandes discursos- sólo hace una fogarada en la imaginación.
Hace falta otro fuego para recalentar el mundo y devolverle la vida.
Hace falta que los hombres vuelvan a empezar a saber que la gracia santificante dada en el santo Bautismo crea en ellos una nueva vida, vida de orden sobrenatural y divino que los hace verdaderamente hijos de DIOS por una participación real en la naturaleza divina. Los judíos estiman ser la única raza de veras humana; nosotros cristianos somos una raza sobrehumana, más elevados sobre el resto de la humanidad por la gracia que los otros hombres por la razón sobre los animales. Hace falta que los hijos de Adán aprendan cómo, por la encarnación y la Redención, esta gracia ha dimanado del seno de DIOS en el Corazón de JESUCRISTO, su fuente, su depósito sobre la tierra, -cómo, de esta fuente, se vierten los tesoros de la Iglesia que, en su calidad y en virtud de sus funciones de madre, vive de esta gracia y hace vivir de ella a sus hijos; -cómo ella se difunde en todo el cuerpo místico de JESUCRISTO, es decir en toda criatura deificada, desde el Papa, cabeza y centro de la Iglesia, hasta el último de los fieles, pasando por las venas de la jerarquía; -cómo fecunda el elemento humano y produce la vida cristiana con su rica cosecha de frutos en las almas; -cómo en este orden admirable, la gracia habitual diviniza al hombre; -cómo no es una metáfora esta divinización, sino una realidad, porque, desde este mundo y por las virtudes infusas, comienza la participación en la vida divina, para consumarse en la gloria por la visión intuitiva y el amor beatífico.
El fuego que debe revivificar el mundo no puede tener otro hogar que las hermosas intuiciones de la teología aspiradas y recibidas en un corazón puro.
Sin el fuego divino que ellas comunican al alma, el celo, por mucho que sea activo, extenso y emprendedor, queda infecundo. Se lo ve demasiado solo. ¡Cuántos esfuerzos gastados para pura pérdida! ¡cuántas agitaciones no sólo estériles sino tales que, en lugar de elevar el pueblo a la altura del sacerdote, bajan al sacerdote hasta el pueblo!
Llevando a sus últimos límites la hipótesis de los estragos que causa actualmente el espíritu moderno en las almas y en la sociedad, el P. Aubry dice:
Aunque las ideas reinantes; las deserciones y los escándalos hubieran quitado a la Iglesia la mitad, luego los tres cuartos, luego los nueve décimos, luego los noventa y nueve centésimos, luego los novecientos noventa y nueve milésimos de su familia, si el milésimo que permaneció fiel es excelente y radical, todo será recobrado, porque este milésimo formará el pequeño pero valiente ejército de Gedeón, la semilla sana e Irreprochable de una nueva sociedad. ¡Cuánto más poderosa sería para la regeneración de un pueblo como el nuestro una tal falange salida de escuelas teológicas sólidas, armada de toda la fuerza sobrenatural del Evangelio, fortificada con principios seguros e inquebrantables contra el espíritu del siglo! Ciertamente vencería, a no ser que la escritura hubiera mentido diciendo: Haec est victoria qua vincit mundum fides nostra.
¡No! el Espíritu Santo no ha mentido. Es la fe y la fe sola la que ha triunfado, triunfa y puede triunfar siempre sobre el espíritu del mundo.
La fe es el germen transformador; fermenta en el alma, invade, absorbe, transforma todo el ser humano y, por el ser humano, toda la sociedad.
Y por eso el P. Aubry concluye que
el nudo de la cuestión, es la EDUCACIÓN CLERICAL que forma, no un sacerdocio reducido por la debilidad de los métodos anticuados e impotentes, o por una enseñanza que se pasea sobre superficies, o por la infiltración de las ideas modernas, sino un sacerdocio embebido en las verdaderas fuentes; incapaz de transigir con el mundo, pero que aporta una nueva efusión de fe y luz en las inteligencias, de vida cristiana en los corazones, de civilización católica en la sociedad (55).
Esta conclusión será también la de este libro, que si ha intentado mostrar el movimiento anticristiano que arrastra el mundo de las más altas esferas a las más humildes, ha sido para hacer sentir la necesidad acuciante de reanimar en todos la gracia de DIOS. Los sacerdotes hemos recibido por la imposición de manos una gracia de apostolado que nos hace aptos para formar un pueblo capaz de adorar y amar a Dios y al Señor y Salvador JESÚS. Y vosotros fieles habéis recibido, por el agua regeneradora del bautismo y luego por la unción del santo crisma, una participación en la naturaleza divina que os hace capaces de esfuerzos contra el mal en vosotros y fuera de vosotros, y de arranques hacia el soberano Bien. Guardemos todos con un cuidado piadoso, desarrollemos en nosotros mismos y en el corazón de nuestros hermanos, por el Espíritu Santo que habita en nosotros, EL BUEN DEPÓSITO, como habla el Apóstol. Allí está la única fuente de salvación y de vida para la sociedad como para cada uno de nosotros.
Notas:
51) Le présent et l'avenir du Catholicisme en France.
52) Huelga decir que el Revdo. P. de Broglie no la hace suya en absoluto.
53) H. Pereyve, por Gratry, p. 206, 209 y 210.
54) El clero de Francia tiene mil razones de creerse llamado a una gran misión; y las mismas conjeturas que le dejan percibir por qué ha sufrido, le permiten también creerse destinado en una obra esencial. (Considérations sur la France, p. 26.)
55) Ver Essai sur la méthode des études ecclésiastiques en France, por J. B. Aubry, partes 1 y 2. Particularmente los capítulos IV, IX y X.
FIN DEL TOMO II DEL LIBRO “EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA”





No hay comentarios:
Publicar un comentario
Usted puede opinar pero siempre haciéndolo con respeto, de lo contrario el comentario será eliminado.