CAPÍTULO DECIMOQUINTO
¿QUÉ HACER?
¿Tenemos que esperar “la explosión divina” cruzados de brazos y diciendo que la lucha es inútil? No por cierto. Donoso Cortés, que era tan pesimista como de Maistre era optimista —y el desaliento, al contrario de la esperanza, quiebra las fuerzas—, Donoso Cortés decía:
En primer lugar, la lucha puede atenuar, suavizar la catástrofe; y en segundo lugar, para nosotros que nos gloriamos de ser católicos, la lucha es el cumplimiento de un deber, y no el resultado de un cálculo. Agradezcamos a DIOS habernos otorgado el combate; y no pidamos, además de este favor, la gracia del triunfo a Aquel cuya infinita bondad reserva a quienes luchan generosamente por su causa una recompensa mucho más grande y preciosa para el hombre que la victoria de en este mundo. (1, 349.)
La recompensa eterna es cierta para el buen soldado de Cristo y puede bastarle; pero no le está para nada prohibido solicitar y esperar en este mundo el triunfo para la causa que defiende, sobre todo cuando esta causa es la misma de la Santa Iglesia. Nuestro Santo Padre, el Papa León XIII, ¿no nos hace rezar todos los días al pie de los santos altares, no sólo por la conversión de los pecadores, sino también por la libertad y exaltación de nuestra Santa Madre la Iglesia? ¿Y la Iglesia entera deja jamás de pedir la humillación de los enemigos de Dios y el advenimiento del reino del divino Salvador? ¡Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris, Te rogamus, audi nos! ¡Adveniat regnum tuum! A nosotros pues nos toca obtener esta humillación y este reino. Pero para esto no basta con rezar, también hay que luchar; y esta lucha está tan presente en las intenciones de nuestra Santa Madre el Iglesia que, para hacernos capaces de sostenerla dignamente, nos hace pedir a la divina Víctima de nuestros altares que ponga fuerza en nuestras almas y a eso adjunte socorros exteriores:
O salutaris Hostia,
Bella premunt hostilia,
Da robur, fer auxilium.
¿Cómo debe ser entablado este combate?
Esta pregunta nos trae de nuevo, tras largos rodeos, al americanismo, que entre tanto no hemos perdido nunca de vista.
Todo lo que hemos dicho muestra con evidencia, creemos, que hay actualmente en el mundo una acción satánica, y al mismo tiempo en la Iglesia de DIOS una acción divina, y que verdaderamente una y otra preparan “tiempos nuevos”. Pronosticándolos, los americanistas de los dos mundos no se equivocan; no son censurables, por cierto, en cuanto empeñados por traer este porvenir tan deseable y abalanzados a él, sino en cuanto equivocados sobre los medios a emplear para cooperar a la obra de DIOS.
La hora es solemne entre todas, y para todos los que quieren ser verdaderamente los servidores de Dios y secundar sus designios, como él nos hace la gracia y el honor de pedírnoslo, nunca fue más necesario orientarse bien para no exponerse a hacer falsas maniobras.
Quienquiera que hace una falsa maniobra perjudica la causa que quiere servir. ¡Aquí, qué desastre podría producir! Si no hemos errado, si la situación actual del mundo es tal y como la acabamos de exponer, ¡cuán circunspectos deben ser los ministros del Señor que creen hacer bien, para no prestar su concurso al enemigo dieciocho veces secular del nombre cristiano, al fautor de todas las herejías que han asaltado la Iglesia desde su primer día hasta éste en que estamos, y que hoy espera aniquilarla pronto y completamente!
Ahora bien, el sistema de espiritualidad, de educación clerical y de propaganda religiosa que tomó el nombre de catolicismo estadounidense, ¿no tiene rasgos de semejanza y puntos de contacto con aquél del cual la Alianza Israelita Universal espera la apostasía de los pueblos cristianos? Creemos, si no haberlo demostrado, por lo menos haber dado indicios suficientes para despertar la atención sobre un peligro, quizás el más temible que la obra del divino Salvador haya conocido jamás.
Decir que hay que “predicar el bienestar” a los cristianos de hoy “si se quiere responder al nuevo estado del espíritu humano”, y que actualmente el deber de los sacerdotes es “dar el paraíso enseguida esperando el otro”;
Decir que las virtudes en que actualmente han de ser formados los cristianos deben ser de preferencia las que pueden favorecer sus éxitos en este mundo;
Decir que ahora la Iglesia debe “proveer a la salvación y transfiguración de los cuerpos por sacramentos terrenales”;
Decir que el diputado, aún nombrado por un colegio católico, aún sacerdote, sólo debe hacer servir su mandato a la defensa de los intereses materiales del pueblo y que no tiene que ocuparse de los intereses de las almas y de la Iglesia;
Querer abolir la aduana que el divino Maestro estableció a la entrada de la Ciudad santa para defenderla contra la introducción de las falsas doctrinas;
Querer ahogar la polémica que hasta ahora ha preservado la fe de toda corrupción, la ha iluminado, la ha fortalecido, la ha desarrollado, para sustituirla por la irénica que sólo mantendría la paz —¡y qué paz!— a costa de los derechos imprescriptibles de la verdad;
Querer hacer retroceder el dogma ante la ciencia, y eso aún más allá de las definiciones ex cathedra;
Elogiar a quienes en materia de religión dejarían echar por la borda todo el conjunto de los dogmas para guardar sólo la moral y sólo considerar sus resultados:
¿Dónde puede acabar todo eso? Sólo en la vaga religiosidad a que la Alianza Israelita Universal querría llevar a todos los hombres, para que “puedan realizarse los tiempos mesiánicos predichos por los profetas de Israel”.
Sin duda todas estas aberraciones no están presentadas en un cuerpo de doctrina bien neto y bien compacto del cual uno o varios hombres tomarían abiertamente la responsabilidad. Tal proposición ha sido formulada por éste, tal otra por aquél. Pero cada una tiene un parentesco evidente con todas las demás, y quienes las han proferido se sienten en una comunión de ideas y vistas bastante perfecta para haber adoptado un nombre de partido: Americanismo, Catolicismo estadounidense.
Y como pasa siempre, alrededor de este partido ha venido a agruparse aquéllos que, desde siempre, han tratado de conciliar el espíritu del mundo con el espíritu de Nuestro Señor JESUCRISTO. Actualmente encontramos a estos conciliadores entre quienes adoptaron por su cuenta un nombre particular dentro de la gran familia católica, el partido de la Democracia cristiana.
Lo que nos permite esta afirmación son las proposiciones que sus jefes no dejan de formular y que en varios puntos son idénticas a las expresadas por los americanistas; son también las simpatías mutuas que los jefes de los dos partidos se han manifestado públicamente y los esfuerzos hechos por uno y otro lado para abrirse camino recíprocamente en el mundo e introducir sus ideas en él (50).
Los demócratas cristianos están animados por un celo de proselitismo, sobre todo con el joven clero, que los hace peligrosos, cuando podrían servir a la Iglesia y trabajar para la salvación de la sociedad. Varios, sin duda, pondrán fin a su propaganda y corregirán sus propias ideas cuando hayan visto de dónde vienen y a dónde llevan. Que nos permitan poner ante sus ojos algunos pasajes de un artículo reciente del Osservatore Romano que responde bien a sus preocupaciones:
Se dice que el sacerdote debe ser moderno, lo que hace necesario, ciertamente, una instrucción y educación moderna del clero. Así, cuando ciertas personas quieren alabar a un sacerdote, lo califican de sacerdote moderno, del mismo modo que para rendir homenaje a un simple laico dicen que es un hombre de su tiempo. Se es hecho lo mismo con tal o tal obispo, proclamándolo obispo moderno, para elevarlo con este elogio sobre los demás.
Persiguiendo la misma vía, se pasará al Papa moderno, luego a la Iglesia moderna; se tendrá también un Evangelio y un Decálogo modernos, un Cristo, un DIOS moderno... Hay quienes formulan críticas acerbas contra los estudios hechos en los seminarios; dicen que con la instrucción dada allí no se forma el sacerdote moderno, el sacerdote tal y como debe ser hoy día, el reclamado por los tiempos nuevos y las necesidades de la sociedad moderna.
Seminaristas (1940)
Estos señores deberían reflexionar bien sobre esto: como en la Iglesia siempre ha existido y no dejará de existir el espíritu de santidad, también se encuentra y se encontrará siempre en ella el espíritu de sabiduría que procede de su doctrina...
En nuestros tiempos se estudia poco. Empieza a escribir el que aún no ha estudiado; habla de todo el que no conoce gran cosa. El joven hombre dogmatiza como no se atrevería a hacerlo el viejo a quien le salieron canas estudiando libros; muchos de toman por otros tantos Salomones en cuanto han dicho que hace falta que las cosas antiguas cedan el paso a las modernas...
Está muy bien acoger y emplear métodos más provechosos y hacer de lo nuevo un auxiliar de lo antiguo para proveer a las necesidades de los tiempos y lugares. Es lo que hace precisamente hoy día la Iglesia, como por otra parte lo ha hecho siempre.
Pero observemos bien esto: Si la Iglesia forma al sacerdote para los tiempos, no modela al sacerdote según los tiempos.
Éste es el peligro al que se exponen imprudentemente aquéllos que, conociendo poco 0 nada el sacerdocio católico y los tiempos presentes, claman tan ruidosamente por el sacerdote moderno para modernizar el clero; cuando lo necesario sería cristianizar los tiempos, pues el siglo decimonoveno ha sufrido demasiada descristianización para no necesitar ser recristianizado.
Que las críticas de quienes hablo lo sepan bien: no hay nada de más moderno que la Iglesia, sus instituciones y sus sacerdotes, porque no hay nada como la Iglesia que pertenezca tanto a todos los tiempos y esté tan hecho para ellos..
Creer que hace falta “modelar al sacerdote según los tiempos” es el error grande y el más pernicioso de los americanistas; modelar al sacerdote según el mundo de hoy es el gran mal al cual concurren, quiéraselo o no, las conferencias sociales establecidas en los seminarios, los círculos de estudios sociales para el joven clero que fueron su consecuencia, y los congresos eclesiásticos que debían ser su coronación.
Los resultados de estas innovaciones pueden ser comprobados ya.
Mons. Lelong, obispo de Nevers, los ha señalado a su clero, después de elegir para eso el momento en que éste estuviera mejor preparado para oír una tal lección, es decir, en medio del recogimiento del retiro eclesiástico.
Parece que en este momento el infierno se desencadena contra el sacerdocio con un redoble de furor. Pasa por el clero un soplo de racionalismo y mundanalidad. Hay quienes le proponen un ideal venido de más allá del océano y del cual se le manifiestan jactanciosos llamándolo lo único capaz de hacer del sacerdote el hombre de su tiempo y de las sociedades modernas.
No hay sacerdote que tenga verdaderamente el espíritu de su estado y no haya comprobado, para gran dolor de su alma, la acción perniciosa de este soplo en nuestras filas. Felizmente todavía son muy raros los cofrades a quienes afecta, pero su número no habría tardado en crecer si no se hubieran levantado voces autorizadas como la de Mons. Germain en su lecho de muerte, para decir: “Señores, sed fieles a las tradiciones de la Iglesia; no os lancéis a las novedades. Los sacerdotes que se dejan llevar por ellas no son mediante quienes el buen DIOS salvará a su Iglesia. Se dio a las direcciones del Papa un sentido que no tienen. Desconfíen los jóvenes sacerdotes y los seminaristas. No deseo para la diócesis sacerdotes demócratas”.
Monseñor Étienne-Antoine-Alfred Lelong (1834 - 1903)
Estas palabras, reproducidas en muchas Semaines religieuses, señaladas para la atención del clero por varios obispos y por el cardinal vicario de Roma, dieron sobre qué reflexionar a muchos. Otros quedaron bajo la influencia de este soplo “venido del infierno”, y Mons. de Nevers no temió disecar sus almas ante los ojos de su clero reunido para mostrar a todos lo que ellas tienen dentro, o mejor dicho lo que ya no tienen más dentro:
Olvidan lo que hizo el sacerdote en todas las épocas de la historia. Lo que siempre aseguró la fecundidad de su ministerio: son principios que no cambian y que se encuentran nítidamente formulados en el Evangelio de Nuestro Señor JESUCRISTO: la humildad, la mortificación, el desinterés, la vida interior, el espíritu de sacrificio.
Es eso y únicamente eso, y no la confianza en sí mismo y el resto del americanismo, lo que permitió a los Apóstoles y misioneros extender la Iglesia hasta los confines del mundo, y lo que dio a los pastores la virtud de llevar las almas a las cumbres de la perfección.
Por eso Mons. Lelong pudo concluir:
He aquí nuestras armas, Señores. Han sido victoriosas entre las manos de los Apóstoles y de todos los santos sacerdotes; con la gracia de Dios lo serán también en las nuestras. Dejarse llevar por otros principios, tratar de introducir en el dogma y en la moral ciertas atenuaciones, imaginar conciliaciones como las que el Evangelio declaró de antemano quiméricas es caminar al borde de un precipicio y exponerse a caer en él.
Desgraciadamente ya son varios los que han caído. El Sr. Herman Schell, profesor en la Facultad de teología católica de Würzburg, aunque se declarara adepto de las ideas estadounidenses, confesó en un reciente folleto que el movimiento, cuyo apóstol él se hizo en Alemania, llevó sacerdotes al protestantismo. La situación no es otra en Francia. Hace un año, la Facultad de teología protestante de París inscribía a seis sacerdotes apóstatas, y la de Montauban a cuatro, como aspirantes a pastores. Al mismo tiempo, el Éclair nos informaba que existe una obra protestante para acoger a los sacerdotes que abandonan la Iglesia; daba los nombres de dieciocho desgraciados que fueron a pedir socorros a esta asociación.
¡Qué asombroso!
Retrato del ex sacerdote masón Victor Charbonnel
Después de citar las palabras de Mons. Lelong que acabamos de referir, el ex Padre Charbonnel dice con verdad:
Este obispo, por lo menos, tiene clarividencia, la lógica del americanismo lleva lejos del catolicismo autoritario: libra y libera.
Y un poco más lejos:
Sin duda alguna A LAS IDEAS QUE ESTOS HOMBRES REPRESENTAN DEBO MI APOSTASÍA.
Acababa de nombrar al P. Hecker, Mons. Ireland, Mons. Keane, el Sr. Félix Klein.
En un artículo que publicó el 1° de octubre 1898 en una publicación periódica protestante, La Revue chrétienne, el mismo ex sacerdote es más explícito aún:
Es verdad que fui un americanizante o un americanista de la primera hora. Los jesuitas bien pueden atribuirme a mí y a mi amigo de antaño la responsabilidad de lo que desde entonces desarregla tan profundamente sus ideas y costumbres. En mi libro Historia de una idea, Congreso universal de las religiones, relaté los comienzos del americanismo... tradujimos los discursos más importantes de Mons. Ireland. El Sr. Félix Klein los publicó bajo el título: La Iglesia y el Siglo. Esta publicación recorrió la prensa... Con esto queda altamente reivindicado mi esfuerzo de americanismo... Habiendo reconocido bien mis ilusiones y que toda evolución liberal del catolicismo es imposible, dejé la Iglesia. Seguramente la lógica del AMERICANISMO debe llegar a esta conclusión, ¡pues nada es más contrario que el americanismo a los principios católicos.
El fin del siglo último dio una lección —como observaba el Mons. obispo de Annecy recientemente—, que estos Sres. no han meditado bastante. Ella enseña las secuelas funestas de los arrastres que se producen de repente y a los cuales se abandonan quienes no se molestan en reflexionar: arrastres que conducen cada vez más lejos de lo que quisieron, en primer lugar, los mismos que los produjeron.
¡Desconfiémonos!
Un santo misionero, el P. Aubry, dijo en algún lugar, en su Ensayo sobre el método de los estudios eclesiásticos en Francia, obra que los Sres. directores de seminarios no pueden leer y meditar demasiado:
El medio fundamental y único de la vuelta de la sociedad a DIOS es el ministerio apostólico ordinario, diario, desconocido, desapercibido, humilde, de cada párroco en su pequeño rincón, donde está en presencia del hombre real y práctico, del que compone la sociedad. Es aquel ministerio que hace falta cuidar preparando excelentes curas de parroquias...
La fuerza del clero en una nación católica es que sus miembros son colocados por todas partes en medio de las poblaciones, armados para trabajar allí cotidianamente, modestamente, detalladamente, sobre los más humildes elementos, sobre los infinitamente pequeños que componen la sociedad. Esto es exactamente lo que san León llama “imbuere mundum Evangelio...”.
Actuando así, estaremos ciertamente en nuestra vía, en nuestra misión, estaremos seguros de no extraviarnos y de no ponernos en peligro de extraviar a quienes debemos conducir al Cielo: pues es la vía que Nuestro Señor JESUCRISTO ha trazado y en la que el Santa Iglesia ha mantenido constantemente a pastores y ovejas.
El cura actual de Ars, el Sr. canónigo Convert, dirigió en el mes de agosto de este año una alocución a los peregrinos sacerdotes que habían ido a arrodillarse a la tumba del santo cura antes de ir a La Salette a meditar las lecciones de Nuestra Señora. Les dijo:
Un sacerdote se encontró en Estados Unidos, bueno y celoso sin duda, pero con ideas arriesgadas, espíritu mal equilibrado, ciencia mediocre y dudosa, lleno de una alegre confianza en sí mismo, y que sólo imaginaba conquistas por caminos inexplorados.
Y a este hombre sus compatriotas lo elevaron sobre un pedestal; y, mostrándolo a la vieja Europa, dijeron: “¡He aquí el adorno y la joya de nuestro clero!” Y en Francia muchos ecos respondieron: “¡Sí, es un doctor! uno de quienes enseñan a series de generaciones humanas lo que tienen a hacer. Él ha trazado y realizado en sí el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia”.
Pero el Soberano Pontífice, el 27 de julio de 1896, había condenado de antemano este entusiasmo inconsiderado, presentando a la veneración del universo católico J. B. M. Vianney, cura de Ars.
Él es -dice León XIII en su decreto In Ecclesiae terras- él es el modelo acabado de todas las virtudes, y sus admirables ejemplos son los que convienen mejor a nuestro siglo.
He aquí el sacerdote que necesitábamos, y que ha suscitado en medio de nosotros el DIOS de las misericordias.
He aquí “el verdadero tipo del sacerdote moderno”: él va al pueblo, y sobre todo atrae el pueblo a él y a Jesucristo.
Va al pueblo: pero se sienten las maceraciones sangrientas, la oración, el ayuno, la humildad que le abren los corazones y allanan en su camino todos los obstáculos.
He aquí el verdadero tipo del sacerdote que hace falta a la Iglesia para hacerle recuperar el terreno que le hizo perder el protestantismo y la incredulidad, así como para hacerla capaz de retomar su marcha adelante en el cumplimiento de su misión divina.
Pues él lucha únicamente con las armas que le legaron JESUCRISTO y los Apóstoles: “el escudo de la fe, la espada de la palabra de DIOS”, la pobreza evangélica y la abnegación.
No le parece inoportuno predicar las grandes lecciones de la eternidad a los corazones ablandados por el bienestar y el sensualismo, a los espíritus que el racionalismo ha descristianizado.
A ejemplo del Maestro, muestra sin cesar el infierno abierto bajo los pasos del pecador endurecido; a ejemplo del Apóstol, hace temblar a pequeños y grandes anunciándoles el juicio y la resurrección futura.
No aminora la verdad ni retiene el verbo de DIOS, pues sabe que la verdad trae la libertad, y una intuición profética le revela que el mundo no puede salvarse de nuevo sino por los medios que lo arrancaron una primera vez de las vergüenzas y las manchas del paganismo.
He aquí un verdadero “doctor, uno de los que enseñan a series de generaciones humanas lo que tienen que hacer”.
He aquí éste “que realizó el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia”. Practicó las “virtudes pasivas” de humildad, paciencia y castidad que una joven escuela proclama hoy un poco anticuadas; fue un contemplativo de la Edad Media, un asceta de los primeros siglos, y más allá de los mares sonríe el que piensa que él hubiera hecho mejor entregándose, según una expresión tan nueva como inexacta, a las “virtudes activas”, pues nadie es sacerdote para sí, sino para los demás.
Ahora bien, dice León XIII
“sin salir de la humilde aldea donde ejerció -brillantemente, es verdad- el ministerio pastoral, produjo, al estilo de los Heraldos del Evangelio, abundantes frutos de salvación en todas las otras regiones del universo que no pudo recorrer.
Tuvo de DIOS una asistencia y una gracia particular para atraer cada día, de a montones, los pueblos al tribunal de la penitencia y para volver a llevar al bien a los hombres perdidos por vicios, lo cual hasta fue su obra por excelencia.
Y durante los diez últimos años de su vida se contaron por sesenta y ochenta mil los peregrinos que recurrieron a su ministerio anualmente.
Que DIOS nos dé sacerdotes como el venerable Vianney, sacerdotes de oración, sacerdotes humildes y mortificados como él, y efectivamente tiempos nuevos se levantarán para la Iglesia; las edades apostólicas reaparecerán con todo su fervor.
Todo sacerdote que quiere ser el verdadero servidor de CRISTO debe actualmente meditar estas palabras del piadoso sucesor del Venerable Juan Bautista Vianney. En cierto sentido fueron oídas antes de ser pronunciadas, porque si algunos eclesiásticos pudieron ser seducidos por “el ideal” que les presentó el americanismo, cuántos más sacerdotes, en Francia, tienen constantemente los ojos fijos en aquel otro ideal que Nuestro Señor JESUCRISTO mismo tuvo la bondad de presentarnos en la persona del santo cura de Ars, en la aurora de los “tiempos nuevos” en que entramos: nuevos, no de parte de la Iglesia, que seguirá siendo hasta el final de los tiempos lo que la hizo su divino Fundador en su disciplina y ascetismo como en su doctrina; pero nuevos de parte de los hombres, que estarán más apremiados que nunca por los acontecimientos que se anuncian, y que ya han empezado a refugiarse en el arca fuera de la cual no hay salvación eterna para los individuos, ni tampoco salvación temporal para las naciones.
Continúa...
Nota:
50) Ver al Padre Naudet, Vers l'Avenir, p. 57-62; ver el capítulo III, Vieux Monde, en L’HISTOIRE D”UNE IDÉE; ver sobre todo los artículos y las correspondencias publicadas en los periódicos y las revistas de la Democracia cristiana desde que las Congregaciones romanas empezaron el examen de las doctrinas del americanismo.







No hay comentarios:
Publicar un comentario
Usted puede opinar pero siempre haciéndolo con respeto, de lo contrario el comentario será eliminado.