CAPÍTULO DECIMOCUARTO
ALGUNOS RESPLANDORES
El anticristianismo, que tomó nacimiento con la Iglesia y que desde entonces no dejó de minar sordamente la obra del divino Salvador o trabajar abiertamente para destruirla, tomó con la Revolución un poder y una universalidad que no había tenido nunca; al punto que los judíos, que mantienen activa esta guerra desde hace mil ochocientos años, exultan y dicen que la hora del triunfo tocará por fin para ellos, mientras que, de nuestro lado, hombres eminentes se preguntan si la hora de los últimos esfuerzos del infierno no ha llegado.
Tal perspectiva es muy propia para sembrar el desaliento si no la desesperación en las almas.
Y sin embargo, hoy como en el pasado, no debemos cerrar nuestros corazones a la esperanza; deberíamos esperar, aún cuando tuviéramos la certeza que “el hombre de pecado” aparecerá y reinará sobre toda la superficie de la tierra.
En primer lugar, aún entonces será lícito a cada uno hacer su salvación; y todos los que quieran recibirán gracias proporcionadas a la grandeza de la prueba. Entonces como hoy, las aflicciones serán cortas, y no sólo cortas, sino ligeras en comparación “del peso eterno de gloria que supera toda medida” con que serán recompensados los perseverantes.
Corta para cada uno, la suprema prueba lo será también para el mundo. Según una interpretación bastante común de un pasaje de las Sagradas Escrituras, el reino del anticristo nacido no durará más que tres años y medio. Está bien cuando se podrá decirse con el Salmista:
Vi yo al impío sumamente ensalzado, y empinado como los cedros del Líbano. Pasé de allí a poco, y he aquí que no existía ya; le busqué, más ni rastro alguno de él pude hallar.
Y si cada fiel podrá contar entonces con la gracia de DIOS, la santa Iglesia podrá, en esta lucha suprema, contar con una asistencia de la Santísima Virgen más poderosa que nunca. Lo que nos da la seguridad de ello, es que el tiempo del anticristo debe ser el término de la guerra a muerte, declarada desde el tiempo de los Apóstoles, entre la raza de la Mujer y la raza o sinagoga de Satanás, guerra anunciada desde el comienzo del mundo por estas palabras: “Pondré enemistades entre tú y la Mujer, entre tu raza y la suya”. La Mujer es la Iglesia, pero es también María, Madre de DIOS. Y si la Iglesia puede decir en su oficio que María sola ha triunfado sobre todas las herejías, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo, ¿cuál no será el poder de su intervención en esta suprema batalla?
Ya ahora, contra el esfuerzo satánico que sufrimos hoy, esta intervención es manifiesta.
En el momento en que la Revolución iba a entrar en la fase actual, cuando se preparaba la guerra de Italia que tenía como fin la destrucción del poder temporal de los Papas y que debía tener como consecuencia el rebajamiento de la Francia católica, la hegemonía de la Prusia protestante y el triunfo de la judería y de la masonería, en ese mismo momento, al fin de 1854, signum magnum apparuit in caelo, un gran signo apareció en el cielo de la Iglesia: una mujer envuelta del sol, María adornada de la gracia santificante desde el primer instante de su existencia, ¡María concebida sin pecado! Y desde entonces la inmaculada se quedó en nuestro cielo, multiplicando los milagros para decirnos: ¡No temáis nada, estoy con vosotros! Y hoy que los días se han vuelto más malos y las tinieblas más espesas, la voz del Soberano Pontífice, la voz de la atalaya situada por DIOS en la cofa de la barca de Pedro no deja de gritarnos: Respice stellam, voca Mariam. ¡Levantemos las miradas a la estrella! ¡y que de los corazones se eleve poderosa la oración a María! Cada año él invita al mundo entero a recitar el Rosario; cada mañana, en el momento más solemne del día, después de la celebración del santo sacrificio de la Misa, él manda decir, sobre toda la superficie de la tierra, la oración donde María es invocada con San José, el patrón de la santa Iglesia y San Miguel el adversario, el vencedor de Satanás.
Así pues, ni nosotros ni la Iglesia estamos actualmente sin socorro, y lo estaríamos menos todavía si la prueba debiera alcanzar el apogeo predicho desde el comienzo. Pero además no estamos sin alguna esperanza de ver tiempos mejores suceder a la prueba.
Se cree generalmente que el reino del hombre de pecado debe ser la última escena de la vida del mundo y que su derrota y su muerte deben preceder inmediatamente al segundo advenimiento de Nuestro Señor JESUCRISTO, aquel en que él vendrá, en gran majestad, a juzgar a los vivos y los muertos.
Es posible que así sea, pero no es cosa cierta.
El sentimiento de varios intérpretes del Apocalipsis, sentimiento seriamente fundado en la razón, es que el reino del anticristo no será el prefacio del juicio último sino el último esfuerzo del infierno para oponerse al reino universal y en adelante pacífico de Nuestro Señor JESUCRISTO en el mundo rescatado por su sangre (45).
Desde Pentecostés la Iglesia luchó penosamente contra el judaísmo, contra el paganismo, contra el mahometismo, contra el protestantismo y todas las herejías que lo precedieron, y hoy, contra la Revolución. La iniquidad parecerá triunfar finalmente con el anticristo; pero a su vez, él será aplastado y aniquilado. Entonces los judíos, que habían puesto en él toda su esperanza, abrirán los ojos, y viendo el triunfo del verdadero Cristo, lo reconocerán por el Mesías prometido a sus padres; se convertirán en masa, y su ejemplo y sus predicaciones volverán a llevar a la Iglesia a todos los pueblos que la hayan abandonado y a aquéllos mismos que todavía no habían llegado a ella. Al mismo tiempo el dragón, el príncipe de los demonios, será encadenado por largos siglos (46). Nuestro Santo Padre, el Papa, nos hace pedir esta derrota de Satanás y el triunfo del Santa Iglesia todos los días. El triunfo, es decir la renovación de la sociedad cristiana, la perfecta maduración de los principios del Evangelio en todos los pueblos. Triunfante sobre todos sus enemigos, la Iglesia se desplegaría con magnificencia, sin dejar entre tanto, de ser siempre idéntica a sí misma. Esencialmente inmutable, conservaría en su integridad sus dogmas, su disciplina, su autoridad, su jerarquía, sus Sacramentos y sus prácticas; y el imperio de sus leyes se extendería a todo el universo. Sería, como dice el Sr. Pierre Pradié en su libro: El mundo nuevo o El mundo de Jesucristo, “el mismo grano de mostaza con sus elementos primitivos depositados por el Verbo encarnado dentro del hombre y fecundados por el Espíritu Santo en Pentecostés, pero desarrollados y madurados según toda la extensión de la oración del divino Salvador al Padre celestial”.
El pecado no desaparecerá de la tierra, habrá siempre mezcla de buenos y malos, pero, como la sociedad estará organizada y regida según las leyes del Evangelio, los buenos predominarán durante este feliz período que se prolongará durante mil años, es decir durante un tiempo tan largo como indefinido. Y así el nivel pasado sobre el mundo por la Revolución, por las conquistas de la ciencia y por el anticristo, sólo daría a la tierra la preparación final que debe sufrir para presentar un suelo propio para las construcciones divinas.
Por tan terribles trastornos y tan horrendas calamidades, la Providencia, preparando no sé qué de inmenso, habrá triturado y modelado en cierto modo a los hombres para hacerlos aptos para la UNIDAD FUTURA. (de Maistre, VIII 442.)
De todos modos, esté o no esté cercano el reino del mesías talmúdico, llamado también el anticristo, parece bien que después que la Revolución se haya degollado con sus propias manos, lo cual no puede tardar mucho más, se conceda a la tierra una larga época de paz y de prosperidad espiritual.
No transcribiremos aquí las profecías del antiguo Testamento, ni los votos que la santa Liturgia pone sobre nuestros labios cada año del Adviento a la Epifanía, pidiendo la venida del reino de Nuestro Señor JESUCRISTO a todo el mundo y a todos los pueblos.
No repetiremos la gran promesa del Sagrado Corazón anunciando este reino para el tiempo presente ni los presentimientos de los santos para la época que seguiría a la definición de la Inmaculada Concepción, no queremos aquí apelar a las luces sobrenaturales, sino sencillamente a las de la razón.
Escuchemos en primer lugar al hombre de este siglo cuya inteligencia se ha mostrado tan sagaz para sacar de los acontecimientos contemporáneos previsiones sobre un próximo porvenir, que ha podido ser llamado el profeta de los tiempos presentes.
J. de Maistre, que había asistido a la orgía revolucionaria del '93, que había visto la Revolución coronada en la persona de Bonaparte subyugar a Europa, que había llorado comprobando que la restauración de los borbones, lejos de aniquilar el espíritu revolucionario, lo consolidaba y que, desde entonces, anunciaba con una imperturbable seguridad los trastornos de que fuimos testigos en 1830 (47), en 1848, en 1870 y los que la situación actual prepara infaliblemente, J. de Maistre no desesperaba; y no sólo no desesperaba, sino que anunciaba, con igual seguridad, el triunfo del Santa Iglesia, el fin de los cismas y herejías; afirmaba que la obra de unificación operada en el mundo paralelamente al desarrollo del espíritu revolucionario, y por este espíritu mismo, acabaría en la realización de la promesa hecha por Nuestro Señor JESUCRISTO — la víspera de su muerte: “No habrá más que un solo rebaño bajo un solo Pastor”.
Persecución de católicos en Francia
Cuando el suelo de Francia estaba todavía todo húmedo de la sangre de su clero, de su aristocracia y de lo que había de mejor en el pueblo, él decía:
Cuando dos partidos se chocan en una revolución, si uno ve caer por un lado víctimas valiosas, puede apostar que este partido acabará por prevalecer, a pesar de todas las apariencias contrarias. (Obras, 1, 239.)
Los mártires de la Revolución, sus expiaciones, sus méritos y sus oraciones eran uno de los motivos de su confianza, pero tenía muchos más; en el medio mismo de esta “época terrible donde la razón parecía prohibir la esperanza, y donde la esperanza misma se convertía en un tormento para las almas de verse tan postergada en el porvenir”, escribía en 1794 al Sr. conde de Beauregard:
Estoy persuadido de que todo esto acabará, y lo que es más, creo que todo lo que vemos nos lleva AL BIEN por caminos desconocidos. Esta idea me consuela de todo.
Muy pocos hombres son capaces de comprender el prodigio adorable que forzará al mal a limpiar con sus propias manos el lugar que el eterno Arquitecto ya ha medido con su ojo para sus maravillosas construcciones (I, 307).
Esté muy seguro de que el partido satánico (salido a la escena hace tres siglos y más con el Renacimiento, seguido de la Reforma, seguida de la Revolución), sucumbe, que toca a su fin, y que juega de su resto. La impaciencia nos es muy natural pues sufrimos; hace falta sin embargo, tener bastante filosofía para domar los primeros movimientos. Los minutos de los imperios son años del hombre (XIV, 163).
Toda revolución es larga, y larga en la medida en que es vasta, también en la medida de la masa de los elementos puestos en fermentación y de la grandeza del efecto que debe resultar (X, 470).
Si hay alguna cosa desdichadamente evidente, es la inmensa base de la Revolución actual que no tiene otros límites que el mundo (XI, 352.)
Pero la reacción que debe ser igual a la acción, la duración misma de los males anuncia a Ud. una contrarrevolución de la que no tiene idea. (I, 21.)
Tiemblo como Ud., lloro como Ud. sobre todo lo que pasa, y experimento momentos de desaliento pero luego me levanto (Ibidem 194.)
¿Qué pasará? DIOS solo lo sabe, y quizás también el diablo tiene el secreto. En cuanto a mí, estoy siempre lleno de esperanzas. Siempre son las mismas. (VIII, 110).
La Revolución que es completamente satánica, no puede ser matada verdaderamente sino por el principio contrario. La contrarrevolución será angelical, o no la habrá, pero esto no me parece posible (XIV, 149).
Mil razones me prueban que tocamos a una revolución moral y religiosa (la verdadera revolución, de la cual la del '93, vigente hasta hoy, sólo fue el espantoso prefacio) sin la cual el caos no puede ceder a la creación... Todavía no vemos nada porque hasta aquí la Providencia no hizo más que limpiar el lugar; pero nuestros hijos exclamarán con una respetuosa admiración: Fecit magna qui potens est (XIII, 169).
Cuando vean lo que resultó de la conjuración de todos los vicios, se prosternarán llenos de admiración y agradecimiento (X, 444).
Hay, en esta inmensa revolución, cosas accidentales que el razonamiento humano no puede captar perfectamente: pero hay también una marcha general que se hace sentir a todos los hombres que fueron capaces de procurarse ciertos conocimientos. Todo al final se tornará hacia lo mejor (XIII, 176).
Esta inmensa y terrible revolución fue empezada con un furor que no tiene ejemplo contra el catolicismo y a favor de la democracia. El resultado será a favor del catolicismo y contra la democracia (48) (IX, 467).
No hay castigo que no purifique, no hay desorden que EL AMOR ETERNO no torne contra el principio del mal. Es dulce, en medio del vuelco general, presentir los planes de la Divinidad (I, 40).
Me parece que la Providencia diga: Ecce nova facio omnia (X, 405).
Saludo este porvenir que no debo ver (XIV, 233).
Este nova facio, este nuevo orden de cosas, no era otra cosa en su pensamiento y esperanzas, que la unión del género humano en la misma fe religiosa, bajo la conducción de una sola y misma Iglesia, gozando en plenitud de su catolicidad.
¡Ya él veía los elementos de esta unidad prepararse, y cuánto más adelantada está hoy día la obra!
El recogía con alegría los síntomas ya sensibles de una vuelta a la unidad católica en Europa. Decía:
Todos los espíritus religiosos, pertenecientes a cualquier secta, sienten en este momento la necesidad de la unidad... Pero que esta unidad sólo pueda operarse por nosotros (católicos), es una verdad que, aún siendo incontestable, no puede ser admitida sin una larga y terrible resistencia, pues choca contra todos los géneros de orgullo y todos los prejuicios imaginables (XIII, 218).
Desde que estas líneas se escribieron, la necesidad de la unidad se ha hecho sentir de una manera más imperiosa y general. Sería demasiado largo dar aquí las pruebas; están por otra parte en los acontecimientos que se cumplen diariamente dentro de las sectas separadas. Los errores del cisma y de las herejía se hacen cada vez más manifiestos a los ojos de quienes estudian, y éstos se hacen cada vez más sinceros y numerosos; los prejuicios desaparecen poco a poco, aún dentro de las muchedumbres.
Nunca se vieron tantas conversiones en las filas de la sociedad más notables por la ilustración de la ciencia, de la nobleza, y aún de los cargos eclesiásticos, y eso en los países más visibles a los ojos del mundo. Nunca tampoco las llamadas de la Santa Sede a los “hermanos separados” fueron más acuciantes, y nunca se produjeron en circunstancias más favorables para ser escuchadas.
Y lo que hace a esta llamada más particularmente oportuna, es el estado de descomposición en que se encuentran todas las sectas. Lo que la Revolución hizo en la política, la ciencia lo opera dentro de las falsas religiones: las disuelve todas, actualmente, para dejar el campo libre al Evangelio de JESUCRISTO.
Aunque la herejía luterana mucho se afirme en los Lugares Santos con toda la pomposidad del poder imperial, Guillermo II no hará olvidar que el luteranismo ya no es más que el fantasma de una religión. Todos los esfuerzos del potentado para galvanizar a este cadáver sólo manifiestan su disolución.
La iglesia anglicana no está en mejor estado. El “disestablishment” ha empezado y se acabará rápidamente, pues ya se ha convertido en la principal platform de la lucha de los partidos. Las sectas abundan, se multiplicarán al infinito cuando la mano del estado deje de sostener la Iglesia nacional y sus bienes hayan sido dispersados.
La ciencia, este disolvente infalible de todo lo que no es el oro puro de la verdad, todavía no ha hecho en las Iglesias orientales el estrago que ha producido en Alemania e Inglaterra. De Maistre había predicho este orden: “Los cismáticos sólo regresarán a la unidad después de los protestantes” (Del Papa, cap. 2, liv. IV). Pero Rusia ya está muy afectada, y arrastrará a sus satélites.
Y si pasamos de los pueblos cristianos a los pueblos infieles, ¿qué vemos? Los judíos se hacen adrede librepensadores y con un fin confesado que hemos constatado. El islamismo, el budismo, el brahmanismo y el confucianismo están trabajados igualmente por el espíritu nuevo. El fetichismo por fin es perseguido infatigablemente a sus retiros más tenebrosos.
Cuando el libre examen y los principios del '89 hayan acabado de dar la vuelta del mundo -lo que está muy cerca de cumplirse-, no quedará de pie sobre la tierra más que la Santa Iglesia Católica; todo el resto estará en disolución, y todas las miradas se volverán hacia el faro luminoso que Nuestro Señor JESUCRISTO vino a poner en el centro del mundo.
¡A ella los despojos de las naciones!
Mientras que el soplo venido de los abismos infernales hace su obra y pasa a ser, contra la espera de Satanás y por la virtud del Altísimo, un medio de preparación evangélica, el soplo venido del Cenáculo se hace sentir más cálido y potente y se difunde por todas partes.
Nunca el celo para la conversión de los infieles fue tan grande en la Iglesia, excepto en los tiempos apostólicos. Todas las Ordenes Religiosas rivalizan en ardor por ir a predicar el Evangelio a las comarcas más alejadas; y, lo que no se había visto nunca, las mujeres mismas se hacen misioneras, desafiando con un coraje superior a su sexo todos los peligros para ir a llevar, a los ojos encantados de los infieles, el espectáculo de las virtudes cristianas y las luces de la fe que las inspira.
Y mientras los apóstoles trabajan, los fieles rezan. ¡Adveniat regnum tuum! Nunca este grito del divino Salvador, puesto por Él en nuestros labios, salió más ardiente de más corazones.
Pero, se dirá, si la fe es predicada a los infieles y si se manifiestan en los países protestantes y cismáticos deseos de unión religiosa, existe dentro del catolicismo la indiferencia que Ud. ha mostrado creciente, existe la incredulidad manifiesta, y por decirlo, todo el odio por la religión, el odio por el sacerdote, el odio por DIOS mismo que día tras día hace los más lamentables progresos!
Es verdad. Pero para ver si estos progresos no serán detenidos, consideremos separadamente la incredulidad científica, la indiferencia religiosa, y el odio satánico, para llamarlo por su verdadero nombre.
La incredulidad tomó desde el siglo decimoctavo su punto de apoyo en la ciencia. Llegó a su apogeo en los primeros años del siglo presente. Está en retroceso en toda la línea actualmente. En todos los órdenes de ideas y de hechos, la verdad se hace dueña del error, y con un poder tanto más fijo y firme, cuanto que los fundamentos mismos habían sido puestos al desnudo por los adversarios. Así ocurre con todas las ciencias que se relacionan con la teología como con la filosofía, con las ciencias naturales como con las ciencias morales, con la historia como con la economía política. Haría falta otro libro para probar lo que afirmo, pero quienes se mantienen al corriente del movimiento científico saben que digo la verdad. De Maistre había previsto bien este triunfo que sólo está comenzando, pero que se vuelve más consolador de día en día. Había dicho que los esfuerzos de la crítica científica acabarían en tres cosas: el triunfo de la ciencia verdadera sobre la ciencia falsa, la disolución de las iglesias separadas, y la exaltación de la Iglesia Católica. Decía sobre el primer punto:
Los científicos europeos son en este momento especies de conjurados que hicieron de la ciencia una clase de monopolio y no quieren absolutamente que se sepa más o de otra manera que ellos. Pero esta ciencia será incesantemente deshonrada en breve por una posteridad iluminada, que acusará justamente a los adeptos de hoy de no haber sabido sacar de las verdades que DIOS les había entregado las consecuencias más preciosas para el hombre. Entonces toda la ciencia cambiará de cara (V, 238).
Ella ya es irreconocible. Basta comparar las conclusiones actuales de la ciencia en química y biología, en astronomía y geología, en historia y ciencias morales, etc., etc., con lo que eran hace cincuenta años, para ver el inmenso progreso que se ha hecho. Ahora bien, este progreso vale todo en honor y favor de la religión. El Sr. Brunetière lo comprobaba recientemente. Dice:
Hoy ya no admitimos, como se lo hacía hace solo veinticinco años, que la no-creencia o la incredulidad sea una prueba de libertad, de amplitud, de extensión de espíritu. La negación de lo sobrenatural pasaba en aquel tiempo por la condición misma del espíritu científico... y estamos condenados a ver lo sobrenatural reaparecer en la circunferencia de nuestro saber. Se ha reconocido que la fe más sincera como la más humilde y más alta y la ciencia más extensa, y por decirlo todo más moderna, podían coexistir en el mismo cerebro.
El historiador francés Ferdinand Brunetière
Sobre los otros puntos, la disolución de las iglesias separadas y la exaltación de la Iglesia Católica, de Maistre decía:
Todas las iglesias separadas de la Santa Sede al comienzo del siglo XVI pueden compararse con cadáveres helados cuyo frío ha conservado las formas. Este frío es la ignorancia... Pero en cuanto el viento de la ciencia, que es caliente, venga a soplar sobre estas iglesias, pasará lo que debe pasar según las leyes de la naturaleza: las formas antiguas se disolverán y quedará sólo polvo... Si la fe antigua reina todavía en tal o tal país separado, la ciencia no ha llegado todavía, y si la ciencia ha hecho su entrada, la fe ha desaparecido de allí; lo que no se entiende de un cambio súbito sino gradual. Aquí tenemos pues la ley tan segura y tan inviolable como su autor: NINGUNA RELIGIÓN, EXCEPTO UNA, PUEDE SUFRIR LA PRUEBA DE LA CIENCIA.
Este oráculo es más seguro que el de Calchas.
La ciencia es una especie de ácido que disuelve todos los metales, excepto el oro... Lo juro por la eterna verdad y ninguna conciencia europea me contradirá: La ciencia y la fe nunca se aliarán fuera de la unidad (II, 451-453).
¡Esperad, esperad que la afinidad natural de la religión y la ciencia las reúna en la cabeza de un solo hombre de genio! (V, 237).
Y el brillo que la verdadera ciencia echará sobre la verdadera religión será tal que ningún ojo sano podrá defenderse.
El hombre de genio no ha aparecido todavía: es que los elementos de su obra no están todavía todos reunidos. El genio es necesariamente individualidad. Los especialistas y las Universidades católicas le preparan las vías, actualmente pueden sólo eso. ¿Y luego, antes de que venga, no hace falta que la tierra sea fortalecida? El desorden actual de los espíritus y de las instituciones no le sería propicio. DIOS lo hará aparecer a su hora y esta hora sin duda ya no está muy lejos.
Pero la religión tiene que vérselas en nuestro tiempo con otros dos enemigos: la indiferencia religiosa y el odio satánico inspirado por Lucifer. Triunfará de ellos, como la crítica científica.
Y en primer lugar la indiferencia.
Si uno se contenta con mirar a la superficie de las cosas, se persuadirá de que esta indiferencia se acrecienta de un modo desesperante de día en día: hay en eso alguna ilusión.
La indiferencia religiosa ya no tiene hoy el carácter que tenía en el tiempo en que Lamennais la sacudió y la despertó con su poderosa palabra. Entonces era el sueño en la ignorancia, hoy este sueño ha perdido su calma: el neocatolicismo por un lado y el espiritismo por el otro nos revela las agitaciones e inquietudes que lo trabajan. ¡Ojalá sean el anuncio del despertar y de la nueva entrada en funciones de la plena luz!
Otro género de indiferencia se manifiesta ahora, es el abatimiento, es el desaliento de quienes saben y ya no tienen ganas de actuar. No osan más nada, y se osa todo contra ellos. Han perdido completamente la conciencia de la fuerza que da ánimo. El último acto de virilidad católica y francesa fue dado por los dignos magistrados que rompieron su carrera antes que prestarse para obras que su conciencia reprobaba. Me equivoco: hay otro más reciente, enteramente actual, y nos lo dan, para nuestro vergüenza, las mujeres, las santas religiosas que esperan en la paz de DIOS la ruina no sólo de sus casas, sino -lo que es mucho más cruel para su corazón- la ruina de sus obras, antes que traicionar los intereses sagrados que tienen confiados. Fuera de ellas y de las congregaciones de hombres que tomaron las mismas resoluciones, no hay más resistencia al mal, y el desarme es tal que las protestas platónicas mismas han dejado de hacerse oír. Sobre nuestra Francia católica sitiada por el ejército de Satanás con una habilidad, perfidia y poder que ningún siglo conoció, se ha hecho un silencio de muerte. El público mira, el enemigo se burla y va adelante a pasos contados, seguro del aniquilamiento del catolicismo en Francia.
Osamos decir que se equivoca.
Llegará un momento en que la masa de la población clamará ayuda a la religión. Viéndose al punto de tocar el fondo del abismo -si no está escrito que deba perderse allí-, se echará en los brazos del único que puede salvarla, Nuestro Señor JESUCRISTO.
Ya en 1810 J. de Maistre decía considerando el estado del mundo: “No hay más religión sobre la tierra: el género humano no puede quedar en este estado” (V, 231); en 1810 había como hoy hombres de fe y piedad, pero la religión había perdido prácticamente todo imperio sobre los más y sobre la sociedad. A pesar de algunas apariencias contrarias este imperio se ha debilitado más. Tanto que, sintiendo su impotencia y aceptándola, se formó una escuela para decir: No hablemos al pueblo de las esperanzas eternas, ya no es capaz de oír este lenguaje; prometámosle los bienes de este mundo, y luego veremos. El freno de la religión ya no es aceptado por los individuos en la persecución de la fortuna; a duras penas es tolerado en las familias para las relaciones conyugales; está absolutamente excluido del gobierno de los pueblos.
¿Qué resultó de allí? Lo que vemos y lo que estamos llamados a ver: un desbordamiento de crímenes incalculables en número, inauditos en horror, la familia disuelta, la sociedad sacudida hasta en sus fundamentos, amenazada de una ruina inminente.
No más clase intermediaria, como en el '89, para amortiguar el choque; la Revolución lanzará su grito: ¡¡Los que no tienen contra los que tienen!! Un populacho hambriento, devorado por la envidia, acribillado de vicios, se levantará contra la gente de bien. Tan vasta como el orgullo, e igualmente despiadada, se derramará la rabia de quienes no son nada... Ni el ascendiente destruido del sacerdote, ni el del mérito detestado hoy, ni las antiguas costumbres ahora olvidadas, ni las leyes a esta hora aborrecidas, ni la propiedad convertida en objeto de envidia, no hay nada que pueda amortiguar la caída espantosa.
Entonces la indiferencia cesará. O bien el género humano perecerá de las secuelas de su rebelión contra DIOS, o bien, abandonado con la ceguera sistemática del orgullo al torrente de los errores, principio de las desdichas en que se verá sumergido, se esforzará en subir hacia su Salvador y su DIOS. Ya ahora una muchedumbre de hombres están asustados de lo que ven y espantados de lo que oyen; pero querrían salvarse sin DIOS: han puesto allí su punto de honor. Y DIOS los dejará tomarse con calma las lecciones que los acontecimientos contienen. Estas terribles lecciones harán fulgurante la luz y todos estarán forzados a tender los brazos hacia CRISTO, única esperanza de salvación.
El Sr. Blanc de Saint Bonnet, de quien que pedimos las palabras que preceden, decía ya en 1850:
Hemos llegado a la última crisis: a aquella donde los hombres dejan de hablar de la salvación de los gobiernos para ocuparse sólo de la salvación suprema de la sociedad... Fundada sobre quimeras y sostenida por la impostura, la Revolución conduce a los pueblos a su pérdida y la humanidad a su fin... El cristianismo reconstruirá la sociedad moderna, o la verá volar en pedazos... Si los hombres retoman la sociedad, reconstruirán piedra a piedra el cristianismo sin saberlo. En el lugar de cada error, la necesidad los obligará a aportar una verdad. Cuando todas hayan sido recolocadas, se encontrará haberse instituido el cristianismo mismo. Esta revolución reproducirá lo que todos los buenos filósofos y los más grandes legisladores no habrían traído nunca: El cristianismo en la vida civil y política.
Ya vemos dibujarse los primeros lineamentos de esta reconstrucción. Y en medio del desorden actual es una alegría muy grande ver a hombres que no pertenecen a la Iglesia llevados a constatar en muchos puntos la verdad de los dogmas evangélicos y la imperiosa necesidad de hacerlos entrar en la vida práctica de los individuos, de las familias y de los pueblos si quiere escapar de las últimas catástrofes.
Si ya ahora se ve a la ciencia acoger la luz, si la indiferencia empieza a salir de su torpor bajo la presión de los acontecimientos, el orgullo no se rinde y el odio no desarma.
Hay actualmente en el mundo odio contra DIOS, y la resolución de trabajar sin descanso por aniquilar la religión sobre la tierra.
Este odio no es sólo el hecho de algunos monstruos. Es el ligamento de una sociedad que extiende su red en el mundo entero, que pone en el corazón de millares o más bien millones de individuos, con un orgullo satánico, un celo de seducción tan hábil como tenaz, tan extenso en sus medios de acción como ufano de los efectos que producen en todas las clases de la sociedad.
Para eso no hay ningún remedio. DIOS solo puede triunfar en su omnipotencia y en su infinita misericordia. Donoso Cortés dice:
Yo tengo para mí por cosa probada y evidente que el mal acaba siempre por triunfar sobre el bien acá abajo, y que el triunfo sobre el mal es una cosa reservada a DIOS, si pudiera decirse así, personalmente.
Por esta razón no hay período histórico que no vaya a parar a una gran catástrofe. El primer período histórico comienza en la creación y va a parar al diluvio. Y ¿qué significa el diluvio? El diluvio significa dos cosas: significa el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal por medio de una acción directa, personal y soberana.
Empapados todavía los hombres en las aguas del diluvio, la misma lucha comienza otra vez: las tinieblas se van aglomerando en todos los horizontes; a la venida del Señor, todos estaban negros; las nieblas eran nieblas palpables; el Señor sube a la Cruz, y vuelve el día para el mundo. ¿Qué significa esa gran catástrofe? Significa dos cosas: significa el triunfo natural del mal sobre el bien, y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal, por medio de una acción directa, personal y soberana.
¿Qué dicen sobre el fin del mundo las Escrituras? Dicen que el anticristo será el dueño del universo, y que vendrá entonces el juicio último con la última catástrofe (49). ¿Qué significará esta catástrofe? Como las demás, significará el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal, por medio de una acción directa, personal y soberana.
Tiemblo como Ud., lloro como Ud. sobre todo lo que pasa, y siento momentos de desaliento que le he dado a conocer; pero luego me levanto, y le participo las ideas consoladoras que se me presentan.
Ya había escrito en el mismo sentido al Sr. de Beauregard:
Estoy persuadido de que todo eso acabará, y lo que es más, creo que todo lo que vemos nos lleva al bien por caminos desconocidos. Esta idea me consuela de todo. (IX, 60).
Podrán pasar cosas que despisten todas nuestras especulaciones; empero, sin pretender excluir ninguna falta ni desdicha intermediaria, siempre me mantendré seguro de un final ventajoso. (XIII, 64).
No dudo para nada de algún acontecimiento extraordinario, pero la fecha es indescifrable. (X, 405).
El mal es tal que anuncia evidentemente una EXPLOSIÓN DIVINA.
¡Si la extensión y profundidad del mal dan, acrecentándose, una esperanza mejor fundada de la intervención directa de DIOS, ¡cuánto más probable es esta intervención hoy que en 1818!
A nosotros nos toca apresurar este feliz momento por nuestras oraciones y por la acción de un celo tan valiente como iluminado, cada uno en la esfera que la Providencia le haya trazado. El Rev. P. de Broglie decía últimamente:
Depende de nosotros, por nuestro coraje, por el ejercicio de nuestro libre albedrío, apresurar la victoria y hacerla más completa; la salvación de la sociedad, como la salvación individual, no se cumple sin el socorro de la libertad. Pero, por otra parte, ni la época ni la extensión de la liberación depende totalmente de nosotros. Está también la parte de la Providencia, que elige sus días y sus horas y que no podemos forzar a realizar nuestros deseos por legítimos que sean.
Quizás quedemos asombrados nosotros mismos de la rapidez de esta liberación. Quizás deberemos decirnos, con una alegre sorpresa, como antaño el pueblo de Israel comprometido en una lucha semejante por la misma causa: ¿Cómo ha sido rota la vara del exactor? ¿Cómo ha cesado el tributo que el vencedor nos había impuesto?
Quizás, por el contrario, deberemos esperar mucho tiempo y saludar desde lejos este bien que esperamos; quizás no sean nuestros ojos los que lo vean y nuestros sacrificios sólo den fruto en el porvenir, al provecho de una generación más feliz. En todo caso, y esto debe bastarnos, sabemos que nuestros esfuerzos no están perdidos. No lo están para nosotros mismos, pues forman nuestro mérito y nuestra corona. No lo estarán para la causa que defendemos, pues esta causa es eterna.
Continúa...
Notas:
45) Para hallar más desarrollos, ver entre otros los artículos publicados por el P. Gallois, de los Hermanos Predicadores, aparecidos en la Revue byblique y reunidos en un volumen en Lethielleux, bajo este título: L'Apocalypse de saint Jean, ordonnance et interprétation des visions allégoriques et prophétiques de ce livre.
46) Compárese con el texto del Apocalipsis aquí aludido la oración que se dice todos los días después de Misa y que termina con este pedido: “Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”.
47) Escribía en medio de 1820: “La familia real será una vez más expulsada de Francia” (T. XIII, 133, y XIV, 284.) Decía en otra parte: “Es infinitamente probable que los franceses nos den una tragedia más”. (T. XIV, 156.) Desgraciadamente una sería poco.
48) Hoy esta palabra se ha vuelto tan equívoca que debe emplearse distinguiendo cada vez. De Maistre no quiere decir que la contrarrevolución será hecha contra el pueblo, sino que pondrá fin a la herejía que pretende que el poder viene de él y no de DIOS, y que desde hace un siglo se esfuerza en constituir la sociedad sobre este error capital.
49) Hemos dicho que varios intérpretes del Apocalipsis piensan que la derrota del anticristo será, no el último acto del mundo, sino el fin de la época de las persecuciones. No por eso es menos verdadero lo que dice Donoso Cortés, pues el apóstol san Pablo nos dice que “Y entonces se dejará ver aquel perverso, a quien el Señor JESÚS matará con el resuello de su boca, y destruirá con el resplandor de su presencia” (II Tes II, 8.)
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