miércoles, 1 de julio de 2026

VOLUNTARISMO SEMIPELAGIANO (2)

Son muchos los cristianos que ignoran estas verdades tan absolutamente fundamentales, y que incluso se extrañan y se escandalizan cuando se afirman de modo explícito.

Por el padre José María Iraburu


La doctrina de la Biblia y del Magisterio apostólico es muy clara: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). “Es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp 2,13). “Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros” (Orange II, c. 9)… Cuando se leen estas frases tan claras, parece que la realidad que afirman –otra cosa será la explicación teológica que de ella se dé– es evidente: la gracia mueve la libertad del hombre para que pueda hacer el bien, un bien que no podría hacer ella sola sin la ayuda sobrenatural de Dios.

Sin embargo, son muchos los cristianos que ignoran esta verdad tan absolutamente fundamental, y que incluso se extrañan y eventualmente se escandalizan cuando se afirma de modo explícito. Más adelante, con el favor de Dios, he de exponer con cierta amplitud la doctrina católica. Pero contrapongo ahora, en forma muy abreviada, la fe católica en la primacía y eficacia de la gracia, y el modo semipelagiano de entender estas cuestiones.

Doctrina católica

La libertad humana es causa “subordinada”, que se mueve movida por la gracia de Dios, la causa principal, en la producción de la obra buena. Por lo tanto, la libertad es causa real de la obra buena, pero no es una causa autónoma, que pueda producir su objeto propio, el bien, por sí misma; sino que es  causa creatural, segunda, subordinada, que necesita la moción de la gracia divina. Puede la libertad humana, si Dios lo permite, resistir la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él. La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la co-operación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por lo tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la Fe Católica.

El Papa Paulo V mandó que cesaran las disputaciones entre Dominicos y Jesuitas sobre la explicación teológica de este misterio en 1607, y comunicó en 1611 al embajador español que, si la Santa Sede había sobreseído el pronunciamiento sobre esta disputa, se debía, entre otras causas, a que las dos partes estaban de acuerdo “en la sustancia de la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer, y dobla y cambia las voluntades de los hombres” para afirmarlas en las obras buenas salvíficas (Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: “por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del “ascensor” y del “pincelito” para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

Doctrina semipelagiana

La libertad humana es causa “co-ordinada” con la gracia divina. Los semipelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) concurre con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace extrínsecamente eficaz en la producción del bien. Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, aunque adversario de ciertas tesis tomistas de los dominicos, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la Fe Católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

“Algunos [semipelagianos] opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia… y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín [y de Santo Tomás], y en cuanto a lo que yo entiendo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras” (De gratia et libero arbitrio I, cp. XII; cf. F. Canals, Gracia y salvación, Anales de la Fund. Fco. Elías de Tejada, 2, 1996, 13-30).

El voluntarismo pone, pues, la iniciativa de la vida espiritual en el hombre, quedando la gracia en la condición de ayuda, de ayuda necesaria, sin duda –“sin mí no podéis hacer nada”–, pero de ayuda. Aunque los cristianos que se ven afectados por esa actitud sean con frecuencia doctrinalmente ortodoxos –no son pelagianos, ni tampoco son semipelagianos conscientes–, en su espiritualidad práctica no alcanzan a vivir del todo, es imposible, la primacía absoluta de la gracia divina, la total gratuidad de la gracia, ni tampoco son conscientes de su intrínseca eficacia. No pueden llegar a la perfecta humildad, y por lo tanto a la plena santidad. Ellos estiman que ir más o menos adelante en el camino de la santidad “es cuestión de voluntad”; “querer es poder”, etc. A veces, más que un error doctrinal, estos desastrosos planteamientos son en ellos una desviación espiritual, debida a tres causas principales:

1.– Una mala instrucción en la fe católica. Sólo un ejemplo. El padre Severino González, S. J., a mediados del siglo pasado, en una de las colecciones de teología dogmática más difundidas, rechaza juntamente las doctrinas agustinianas, tomistas y escotistas en estas cuestiones, y mantiene que “ningún sistema que afirme la gracia intrínsecamente eficaz puede explicar su concordia con la libertad” (Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid 1953, III, tract. III, tesis 33, nn. 313 y 324). Los muchachos de esos años no leíamos esas obras académicas, pero sí leíamos no pocos libros (por ejemplo, El joven de carácter, del húngaro Tihamer Toth, 1889-1931) que, si no recuerdo mal, por ahí andaban. Querer es poder. Es cuestión de generosidad… Aquellos libros nos hicieron mucho bien, pero también ocasionaron graves daños espirituales, cuya profunda huella negativa ha permanecido siempre en algunos, por falta de verdad católica. Padre, “santifícalos en la verdad” (Jn 17,17).

2.– Un antropocentrismo cultural ampliamente predominante, no solo en el mundo, sino también en las zonas mundanizadas de la Iglesia. El teocentrismo humilde que caracterizó tan profundamente la cristiandad antigua y medieval fue debilitándose mucho, como bien sabemos, a partir sobre todo del Renacimiento. Desde entonces, el antropocentrismo voluntarista, inevitablemente soberbio –aunque no se trate a veces de una soberbia personal, sino de especie humana– ha producido frecuentemente en los últimos siglos un cristianismo falsificado, en el que se ignora en gran medida la primacía de la gracia. Son muchos los católicos que son pelagianos –entre los no practicantes la mayoría–, y piensan que ir a la santidad está en la fuerza natural del hombre. Por eso, como no son tontos, no lo intentan, y dejan la vida cristiana. Y otros son semipelagianos –bastante numerosos entre los practicantes–, pues piensan que el bien que han de hacer procede en parte de Dios, y en parte, la más decisiva, por supuesto, de su propia voluntad libre.

3.– Un bajo nivel espiritual de sacerdotes y laicos. Entre los cristianos todavía carnales (1Cor 3,1-3), también entre aquellos que tienden con fuerza a la perfección, el voluntarismo suele ser el error más frecuente, pues si la pereza a veces, muchas veces, les daña, todavía hace en ellos peores estragos la soberbia, que unas veces es perezosa y otras activa, pero que siempre tiende a poner en el hombre la iniciativa, quitándosela a Dios, aunque sea inconscientemente.

En cambio los santos –ya lo comprobaremos– todos profesan la doctrina católica de la gracia, porque todos son perfectamente humildes. Y como dice Santa Teresa, “la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira” (6 Moradas 10,8). Es cierto que algunos santos, en sus comienzos, cuando todavía eran carnales, andaban no poco engañados, y fueron voluntaristas por carácter personal o por una formación incorrecta; pero cuando por la gracia de Dios llegaron a una condición espiritual, todos ellos descubrieron la primacía absoluta de la gracia, pues de otra manera no hubieran llegado a la santidad. La plena santidad se da en la perfecta humildad y verdad.

Un San Ignacio, por ejemplo, cuando se convierte en Loyola leyendo Vidas de santos, se decía a sí mismo: “Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer” (Autobiografía 7). Por narices. Pero en cuanto va entrando en Dios y en la vida espiritual, muy pronto alcanza por don del Señor un supremo conocimiento de la gracia. Y en sus Ejercicios dispone: “pedir a Dios Nuestro Señor quiera mover mi voluntad y poner en mi ánima lo que yo debo hacer”… (17). “Aquí será pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea” (152). Por ahí vamos mejor. Sus maravillosas reglas de discernimiento muestran claramente que en la vida espiritual la pretensión fundamental ha de ser dejarle hacer a Dios, haciendo lo que Él quiera hacer en nosotros, incondicionalmente.

La operatividad caracteriza al voluntarismo semipelagiano

Es cierto que a veces el semipelagianismo, al cifrar tanto la obra de la santificación en el esfuerzo de la voluntad libre del hombre, lleva al voluntarista a abandonar la vida cristiana. Sabiendo bien por experiencia aquello de San Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Es el pecado que mora en mí” (cf. Rm 7, 15-19), concluye: “si así es el camino de la perfección, yo no tengo nada que hacer. Mejor será abandonar el intento”. Y confiándose sin más a la misericordia de Dios –en el mejor de los casos–, pasará del semipelagianismo al luteranismo protestante.

Pero el voluntarismo semipelagiano lleva normalmente a los cristianos fieles y practicantes a una operatividad malsana. Ya sabemos, sí, que “la fe, sin obras, está muerta” (Sant 2,17). Y no olvidamos las exhortaciones de Santa Teresa: “que no, hermanas, no: obras quiere el Señor” (5 Moradas 3,11); “vosotras diciendo y haciendo, palabras y obras” (Camino Perf. 55,2). Pero en una vida espiritual católica –sinergia de gracia y libertad–, que da siempre la iniciativa a Dios y a su gracia, el florecimiento en la santidad va siempre de la persona a las obras, del interior al exterior, con paz y suavidad, aunque a veces con gran cruz. Bajo el impulso del Espíritu Santo, en gran medida imprevisible, la oración y el ejercicio de las virtudes, el cultivo de la persona, de sus modos de pensar, de querer y de sentir, la cruz de cada día, va haciéndole florecer en buenas obras, al ritmo que marca Dios, no al señalado por la propia persona o por su director espiritual o su grupo: “es Dios quien da el crecimiento” (1Cor 3,7). Hay cactus que, bien regados y cuidados, siguen espinudos y feos tiempo y tiempo, hasta que, de pronto, dan lugar a una flor maravillosa.

En el voluntarismo, por el contrario, se produce una cierta subordinación de la persona a las obras concretas. Se tira de la planta para que crezca más rápidamente, con el peligro de quedarse con ella en la mano. El crecimiento espiritual se pretende sobre todo por la prescripción –personal o ajena– de un conjunto de obras buenas, bien concretas, cuya realización se estimula y se controla con frecuencia.

Si las obras no se cumplen, vendrán juicios temerarios (“soy un flojo, yo no valgo para esto”; “es un flojo, no vale, dejémoslo”; “puede, pero le faltó generosidad”). Y si se cumplen, vendrán juicios igualmente temerarios (“soy un tipo formidable”; “es un tipo formidable”). Más aún. La operatividad voluntarista lleva a la prisa, que se hace crónica, y al activismo, al mismo tiempo que pone límites muy tasaditos a los tiempos de oración (personas tensas, comunidades siempre super-ocupadas). Lleva inevitablemente a la obra mal hecha, aunque la apariencia exterior de la misma sea buena. Cuantifica la vida espiritual (dos horas de oración santifican el doble que una; evidente). Da ocasión para los escrúpulos con gran frecuencia. Fija objetivos (“este año Ud. –o su comunidad– tiene que conseguir al menos dos vocaciones para el Instituto, y una docena de vinculaciones de laicos”). Controla los resultados pretendidos, con mal desánimo o con peor satisfacción, según se hayan conseguido las metas. Lleva a un normativismo y a un legalismo detallista, y no advierte que leyes y normas señalan siempre obras mínimas, que no pocos voluntaristas tomarán como máximas, contentándose con su cumplimiento: todo lo que pase de ahí es para ellos exageraciones. Mediocridad congénita. “El viento [del Espíritu Santo] sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu” (Jn 3,8).

El voluntarismo es tremendamente insano, tanto espiritual como psicológicamente. No capta la vida cristiana como un don constante de Dios, “gracia sobre gracia” (Jn 1,16), sino como un incesante esfuerzo laborioso del hombre. Sus errores y los daños que produce en personas y en grupos son tantos que resultan indescriptibles. Pero aquí estoy yo y, con la gracia de Dios, voy a describirlos. Querer es poder.
 

PREDICCIONES DE LA ANTAGONISTA DE LA FRANCMASONERÍA

Continuamos con la publicación del capítulo XII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


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CAPÍTULO XII

PREDICCIONES DE LA ANTAGONISTA DE LA FRANCMASONERÍA

No pretendemos presentar las revelaciones de la Venerable Ana Catalina Emmerich como artículos de fe; pero ninguno de nuestros lectores pudo haber dejado de asombrarse por su correspondencia, incluso en sus detalles, con los hechos conocidos desde entonces; lo cual justifica depositar cierta confianza en las predicciones que hizo sobre acontecimientos futuros (1). “Veo -dijo un día- que la oscuridad se espesa. Se avecina una gran tormenta, el cielo está terriblemente nublado. Poca gente reza, y la angustia de los justos es grande (2). Veo comunidades católicas por doquier oprimidas, atribuladas, arruinadas y privadas de libertad. Veo muchas iglesias cerradas. Veo grandes miserias por doquier. Veo guerras y derramamiento de sangre”.
 
Otro día dijo: “Vi a la gente feroz e ignorante intervenir violentamente. Pero eso no duró”. En otra ocasión, en la fiesta de San Miguel de 1820: “Tuve una visión de una inmensa batalla. Toda la llanura estaba cubierta de humo denso. Había viñedos llenos de soldados, desde donde se disparaba continuamente. Era un lugar llano: se podían ver grandes ciudades a lo lejos. Vi a San Miguel descender con una gran compañía de ángeles y separar a los combatientes. Pero esto solo sucederá cuando todo esté perdido. Un líder invocará a San Miguel, y entonces descenderá la victoria”. Hablando en otro lugar de esta batalla, que, en su opinión, parecía destinada a poner fin al estado de cosas actual, también dijo: “El arcángel San Miguel vendrá en ayuda del comandante en jefe que lo invoque y anuncie la victoria”. Ya el 30 de diciembre de 1809, había dicho que vio a San Miguel “flotando sobre la iglesia de San Pedro, resplandeciente de luz, vestido con una túnica roja como la sangre y sosteniendo en su mano un gran estandarte de guerra. Verdes y azules luchaban contra blancos que parecían estar perdiendo. Ninguno de ellos sabía por qué luchaban. Sin embargo, el ángel descendió, se acercó a los hombres blancos, y lo vi varias veces frente a todas sus cohortes. Entonces se llenaron de un valor maravilloso, sin saber de dónde provenía. El ángel multiplicó sus golpes entre el enemigo; tropas enemigas se pasaron al bando de los hombres blancos, otras huyeron en todas direcciones”. El historiador de Ana Catalina añade:

“Ella desconocía el momento de esta batalla y esta intervención divina”.

Como previó la Venerable Ana Catalina Emmerich, hemos visto oprimidas a nuestras comunidades. Hemos presenciado los inventarios de nuestras iglesias y los juicios de los sacerdotes que celebraban Misa en ellas. No están cerradas, pero legalmente ya no nos pertenecen, y el usurpador espera el momento oportuno para expulsarnos. Las huelgas, que se multiplican por doquier, presagian una insurrección general. Y la guerra está siempre presente, a punto de enfrentar a todos los pueblos entre sí, y en cada nación, toda la población estará en armas.

Catalina Emmerich anunció que, cuando todo pareciera perdido, el arcángel San Miguel, invocado por uno de los comandantes, vendría a concederle la victoria. Este sería el comienzo de la misericordia divina.

A finales de octubre de 1820, la Venerable volvió a ver en la imagen de la Basílica de San Pedro el estado de la Iglesia. Vio sociedades secretas extendiendo su influencia por todo el mundo y librando una guerra de exterminio contra la Iglesia, una guerra que le pareció relacionada con el imperio que el Anticristo establecería. Esta visión guardaba muchas similitudes con las del Libro del Apocalipsis. La humilde campesina, naturalmente, conocía muy poco de las Sagradas Escrituras, al igual que de cualquier otro libro. En este éxtasis, vio, como ya se le había mostrado, la intervención de la Santísima Virgen María. La Iglesia le pareció completamente restaurada. Vio las obras de la secta destruidas, y sus delantales y todos sus objetos personales quemados por la mano del verdugo en un lugar marcado por la infamia.

Tres meses antes había dicho: “Volví a tener la visión de que la iglesia de San Pedro estaba siendo socavada según un plan ideado por la secta secreta. Pero también vi llegar ayuda en el momento de mayor angustia”.

En varias ocasiones, sus siniestras visiones culminaron con la aparición de la Santísima Virgen descendiendo del Cielo y cubriendo la Iglesia Católica, representada por la Basílica de San Pedro, con el manto de su protección. La principal de estas visiones se relata así: 

“Ana Catalina vio la iglesia demolida por los masones y, al mismo tiempo, reconstruida por el clero y los fieles, pero, según ella, con poco celo”.

Todo el exterior de la iglesia había sido demolido. Solo quedaba en pie el santuario con el Santísimo Sacramento. “Me invadió la tristeza y me pregunté dónde estaría aquel hombre al que una vez vi de pie en la iglesia, defendiéndola, vestido con una túnica roja y portando un estandarte blanco. Entonces vi a una mujer majestuosa acercarse en la gran plaza frente a la iglesia. Su amplio manto se alzaba sobre sus brazos, y se elevó suavemente en el aire. Aterrizó sobre la cúpula y extendió su manto, que parecía irradiar oro, sobre toda la iglesia. Los obreros de la demolición se detuvieron un instante; pero cuando intentaron reanudar su trabajo, les resultó completamente imposible acercarse al área cubierta por el manto virginal”.

“Sin embargo, los buenos comenzaron a trabajar con una energía increíble. Llegaron ancianos, enfermos y olvidados, luego muchos jóvenes fuertes y vigorosos, mujeres y niños, clérigos y laicos; y el edificio pronto quedó completamente restaurado. Vi todo renovado y una iglesia que se elevaba hacia el Cielo. Al presenciar esto, ya no vi al Papa actual, sino a uno de sus sucesores, a la vez amable y severo. Sabía cómo atraer a los buenos sacerdotes y alejar a los malos”.

“Sobre cuándo sucederá esto, no puedo decirlo”.

En la fiesta de la Santísima Trinidad de ese mismo año, ella había dicho: 

“Vi una imagen de ese tiempo lejano que no puedo describir. Pero vi la noche retroceder por toda la tierra, y la luz y el amor (la fe y la caridad) cobrar nueva vida. En esa ocasión, tuve visiones de todo tipo sobre el renacimiento de las Ordenes Religiosas. El tiempo del Anticristo no está tan cerca como algunos creen. Él todavía tendrá precursores, y vi en dos ciudades a doctores de cuya escuela podrían surgir algunos de estos precursores. Además, la masonería no será completamente aniquilada”. 

Hemos oído a Ana Catalina decir que se están preparando para la llegada del Anticristo; aquí dice: 

“Los hombres con delantales blancos continuaban trabajando, pero en silencio y con gran discreción. Son temerosos y siempre vigilantes. Tras el triunfo de la Iglesia, tras la renovación de todas las cosas en Cristo, continuarán existiendo y reclutando, como lo hicieron después del Concordato y la Restauración, pero con un misterio mayor y más impenetrable que nunca, hasta que llegue el día en que el hombre de pecado venga a coronar su obra, para ser derrotado por Cristo triunfante en medio de sus elegidos. Por lo tanto, la victoria venidera no será la última. Y de la victoria que aguardamos, el divino Salvador ha decidido dejar la gloria a su Madre, según lo que se dijo el primer día: 'Ipsa conteret caput tuum'”.

Hace ochenta años o más, Catalina Emmerich fue favorecida con estas visiones del futuro, que describió al salir de sus éxtasis, y que Clement Brentano registró en sus notas al dictado de ella: ¿Cuál era el propósito de Dios en esto? No vemos otro que el de sostener el valor en los días de gran prueba mediante la seguridad de que terminaría repentinamente cuando todo pareciera perdido por la intervención de la Inmaculada.
 
Otras personas han recibido y compartido las mismas esperanzas. En 1830, una Hija de la Caridad, Catalina Labouré, recibió de la Santísima Virgen la promesa de una sucesión de acontecimientos futuros, algunos felices, otros infelices.

En su primera aparición, el 18 de julio de 1830, la Virgen Inmaculada le dijo que el mundo estaba amenazado por una convulsión general. En la segunda, el 27 de noviembre del mismo año, reveló la causa: el mundo había vuelto a caer bajo el dominio de Satanás. Pero al mismo tiempo, se apareció como intercesora del mundo, presentándolo a Dios en forma de globo terráqueo, con sus manos virginales. Su plegaria fue escuchada, pues abundantes gracias brotaron de sus manos sobre el globo y, en particular, sobre un lugar: Francia (3). Pero nuestra plegaria debe unirse a la suya, y por eso se le encargó a la Hermana Labouré que mandara acuñar y distribuir por todas partes una medalla con esta inscripción: “¡Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti!”.

Por lo tanto, es a María a quien debemos dirigir nuestra mirada y elevar nuestras oraciones. “Si Dios salva al mundo, y lo salvará -dijo Dom Guéranger (4)- la salvación vendrá por medio de la Madre de Dios. Por medio de ella, el Señor arrancó de raíz las espinas y zarzas de los gentiles; por medio de ella, triunfó sucesivamente sobre todas las herejías; hoy, puesto que el mal está en su apogeo, puesto que todas las verdades, todos los deberes, todos los derechos están amenazados con un naufragio universal, ¿es esto motivo para creer que Dios y su Iglesia no triunfarán una vez más? Ciertamente, hay motivos para una gran y solemne victoria, y por eso nos parece que Nuestro Señor ha reservado todo el honor para María; Dios no retrocede como los hombres ante los obstáculos”. 

Cuando llegue el momento, la serena y pacífica Estrella del Mar, María, se alzará sobre este mar tempestuoso de contiendas políticas, y las olas turbulentas, asombradas al reflejar su suave resplandor, se calmarán y apaciguarán. Entonces solo se oirá una Voz de gratitud que se elevará hacia Ella, quien, una vez más, habrá aparecido como signo de paz tras un nuevo diluvio. María es la clave del futuro, así como la revelación del pasado.

Monseñor Pie, casi al mismo tiempo, también dijo en la iglesia de Notre-Dame en Poitiers:

“La magnitud misma de nuestro sufrimiento es la medida de las gracias reservadas para nosotros. María Inmaculada fue colocada como un arco luminoso en las nubes, y este arco es un signo de reconciliación, de la alianza entre Dios y la tierra. Por muy oscuras que sean las nubes que se acumulan sobre nuestras cabezas, como una cortina que nos impide ver un claro en el cielo, no me preocupa porque Dios ha declarado que al ver el arco recordará su promesa y que ningún diluvio universal volverá a destruir la tierra… Está en el destino de María ser un amanecer divino”.

Mucho antes que ellos y tantos otros que hablaron en el mismo sentido, la propia María le había dicho a Santa Brígida: 

“Soy la Virgen de quien nació el Hijo de Dios. Estuve al pie de la Cruz cuando triunfó sobre el infierno y abrió el Cielo derramando la sangre de Su divino corazón… Hoy me elevo sobre este mundo e intercedo sin cesar ante mi Hijo. Soy como el arco iris que parece descender de las nubes a la tierra para tocarla por ambos extremos; pues me inclino hacia los hombres y mi oración alcanza a los buenos y a los malvados. Me inclino hacia los buenos para que se mantengan fieles a las enseñanzas de su Madre, y me inclino hacia los malvados para apartarlos de su malicia y preservarlos de una mayor perversidad… El hombre que se preocupa por fortalecer los cimientos de la Iglesia puede contar en su debilidad con la ayuda de la Reina del Cielo” (5).

En este tiempo, todos los verdaderos hijos de María tienen la mirada puesta en la Virgen Inmaculada. En Ella confían para fortalecer los cimientos de la Iglesia y disipar la plaga que, desde las logias masónicas y los antros de la Kabala, se ha extendido por toda la tierra. Todas las almas que han permanecido verdaderamente cristianas se vuelven ahora con esperanza invencible hacia la Abogada de la humanidad, la mediadora todopoderosa entre el divino Redentor y los redimidos. Todos sienten que solo María puede frustrar las gigantescas conspiraciones urdidas contra Cristo y contra su Iglesia. Apresuremos, con oraciones más fervientes que nunca, la hora de esta liberación.

Continúa...

Notas:

1) En los Soirées de Saint-Pétersbourg (Diálogos de San Petersburgo), el senador, tras recordar las premoniciones expresadas por los paganos en los años previos a la llegada del divino Salvador, dijo:

“El materialismo que contamina la filosofía de nuestro siglo le impide ver que la doctrina de los espíritus, y en particular la del espíritu profético, es totalmente plausible en sí misma y, además, la mejor respaldada por la Tradición más universal e imponente que jamás haya existido. ¿Acaso creen que los antiguos coincidían en que el poder adivinatorio o profético era una prerrogativa innata de la humanidad? (Numerosas referencias en la nota a pie de página). Esto es imposible. Jamás un ser, y mucho menos una clase entera de seres, podría manifestar de forma general e invariable una inclinación contraria a su naturaleza. Ahora bien, puesto que la eterna aflicción de la humanidad es prever el futuro, esto demuestra fehacientemente que tenemos derechos sobre ese futuro y que poseemos los medios para alcanzarlo, al menos bajo ciertas circunstancias…

Si me preguntan qué es este espíritu profético, les responderé que nunca ha habido grandes acontecimientos en el mundo que no hayan sido predichos de alguna manera. Maquiavelo es la primera persona que conozco que planteó esta idea; pero si reflexionan sobre ella, verán que la afirmación de este gran escritor se ve justificada por toda la historia. Un ejemplo final es la Revolución Francesa, predicha por todos lados y de la manera más innegable… ¿Por qué querríamos que no fuera igual hoy? El mundo está en un estado de expectación. ¿Cómo podríamos despreciar esta gran persuasión? ¿Y con qué derecho condenaríamos a quienes, advertidos por estas señales divinas, se dedican a la investigación académica?... Dado que, por doquier, multitud de seres claman al unísono: ¡VEN, SEÑOR, VEN!, ¿por qué culpar a quienes se precipitan hacia este futuro misterioso y se regodean en “Adivinarlo”?

Por encima de las predicciones de hombres de genio superior, están las profecías de los santos, de figuras a quienes Dios favorece con comunicaciones sobrenaturales.

2) En otro pasaje: “Mi divino Esposo me mostró las penas del futuro. Vi cuán poca gente reza y sufre para evitar los males que están por venir”.
 
3) Tras el relato de la gran batalla en la que el bien triunfa con la ayuda de San Miguel, Ana Catalina añade: “Cuando el ángel descendió de lo alto de la iglesia, vi sobre él en el cielo una gran cruz luminosa a la que estaba unido el Salvador; de sus heridas brotaban rayos resplandecientes que se extendían por el mundo. Los rayos de sus manos, costado y pies eran del color del arco iris; se dividían en finísimas líneas, y a veces también se unían, alcanzando así aldeas, pueblos y casas por todo el globo. Los rayos de la herida de su costado se extendían sobre la Iglesia, como un torrente abundante y ancho. La Iglesia estaba completamente iluminada, y vi a muchas almas entrar en el Señor a través de este torrente de rayos”.

“También vi en la superficie del cielo un corazón resplandeciente del cual emanaba un haz de rayos que se extendía sobre la Iglesia y sobre muchos países. Me dijeron que ese corazón era María”.
 
4) Prefacio a la obra del Padre Poiré, La Triple couronne de la Mère de Dieu (La Triple Corona de la Madre de Dios).

5) Révélations, IV, 48 et III; 10.

 

1 DE JULIO: SAN GALO, OBISPO DE ARVERNA


1 de Julio: San Galo, Obispo de Arverna

(✞ 550)

El Venerable Obispo San Galo nació en Arverna, ciudad de Francia.

Desde su más tierna edad, resplandeció en él la gracia de Dios; y cuando entendió que su padre quería casarle con una muy ilustre dama, se fue al monasterio cremonense que estaba a seis millas de Arverna y suplicó al abad le recibiese en su compañía y le cortase el cabello.

Conocida por el abad su gran nobleza, le dijo que era menester dar cuenta de todo a su padre, que era uno de los primeros senadores del reino, y envió a avisarle de lo que pasaba; el cual, luego que oyó tal nueva se entristeció diciendo:

- El es mi primogénito querido y por eso deseaba casarle; pero si Dios lo quiere para su servicio, hágase su voluntad.

Con esta licencia el abad ordenó al santo mancebo su primera tonsura y le recibió en el monasterio.

Tenía tal dulzura y suavidad en la voz cuando cantaba los divinos oficios, que enamoraba a todos.

Lo llevó consigo a su Palacio San Quinciano, el Obispo de Arverna, para enseñarle en las letras y virtudes; y el mismo Rey Teodorico y la Reina le tuvieron en la corte como si fuese un hijo.

Habiendo un día ido el santo mozo en compañía del Rey a la ciudad de Agripina donde había un templo lleno de abominaciones gentílicas, y se hacían cosas indignas de mencionarse, encendió él una gran hoguera que todo lo abrasó.

Por este tiempo murió el santo Obispo Quinciano, y aunque Galo no era más que diácono, con universal aplauso fue ordenado como sacerdote y aclamado como Obispo.

Era amado por toda la ciudad por su afabilidad, humildad y paciencia.

Un día, cierto enemigo suyo le hirió en la cabeza y le dijo mil injurias y afrentas, y el santo se quedó tan sosegado y sin hablar palabra como si fuera de mármol, y como después le pidiese perdón su enemigo y se le postrase a los pies, el siervo de Dios le abrazó cariñosamente.

Habiéndose encendido un fuego en la ciudad de Arverna, y no viendo el santo prelado, remedio humano a tanto incendio, acudió al templo y puesto en oración, tomó el libro de los Evangelios y abriéndole salió al encuentro del fuego, el cual al instante quedó todo apagado.

Tuvo revelación del día de su muerte, que sería pasados tres días, e hizo juntar a todo el pueblo, y con entrañas piadosas de Padre les dio la Santa Comunión y su bendición a todos, y el día tercero, que era domingo, dio su santísima alma al Señor a la edad de setenta y cinco años.

Estando el sagrado cadáver en el féretro puesto en medio de la iglesia, a la vista de todo el mundo se volvió del otro lado para estar mirando al altar, acreditando el Señor la santidad de su siervo con otros muchos prodigios.

Reflexión:

Fue tan grande el sentimiento que hizo toda la ciudad de Arverna en la muerte de su santo Obispo Galo, que por las calles no sería otra cosa que llantos y gemidos, diciendo: “¡Ay de nosotros! y ¡cuándo mereceremos tener otro tan Santo Obispo!” Y las mujeres todas iban vestidas de luto y tan llorosas como si hubieran perdido sus maridos, y de la misma suerte los hombres, como si hubieran perdido sus mujeres. Roguemos al Señor que dé a su Iglesia Santos Obispos y celosísimos pastores de su rebaño; pero no dejemos de amarles y venerarles aunque no resplandezcan por extraordinarias virtudes, considerando que están revestidos de verdadera autoridad, y como dice el apóstol, “puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios”.

Oración:

Concédenos, oh Dios omnipotente, que la venerable solemnidad del bienaventurado Galo, tu Pontífice y Confesor, acreciente en nosotros el afecto por la devoción, y la esperanza de nuestra eterna salud. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.