CAPITULO DECIMOCUARTO
EL TRIUNFO DE LA SABIDURIA ETERNA EN LA CRUZ Y POR LA CRUZ
Este es, a mi modo de ver, el mayor secreto del rey (1), el misterio más sublime de la Sabiduría eterna: la cruz.
1 - LA SABIDURIA Y LA CRUZ
Dios quiere rescatar al mundo, ahuyentar y encadenar a los demonios, cerrar el infierno a los hombres y abrir para éstos el Cielo y tributar al Padre eterno una gloria infinita. ¡Proyecto grandioso! ¡Obra difícil! ¡Ardua empresa! ¿Qué medio empleará la Sabiduría, cuyo conocimiento abarca de un extremo al otro del universo, disponiéndolo todo con suavidad y fuerza? (2). Su brazo es omnipotente: puede con toda facilidad destruir cuanto se le opone y hacer cuanto quiere; puede aniquilar y crear con una sola palabra de su boca… ¿Qué digo? ¡Le basta querer para hacerlo todo!
Pero su amor dicta leyes a su omnipotencia. Quiso encarnarse para testificarle al hombre su amistad. Quiso descender personalmente a la tierra para hacerlo subir al Cielo. ¡Está bien!
Pero desde luego que esta Sabiduría encarnada se presentará gloriosa y triunfante, acompañada de millones y millones de ángeles, o al menos de millones de hombres escogidos, y con estos ejércitos, esplendor y majestad, lejos de la pobreza, los oprobios, las humillaciones y las debilidades, arrollará a todos sus enemigos y conquistará los corazones de los hombres con sus encantos, delicias, nobleza y tesoros.
¡Pero no! ¡Nada de eso! ¡Cosa sorprendente! Ve algo que para los judíos es motivo de escándalo y horror, y para los paganos, objeto de locura: (3) un vil e infame madero, destinado a la confusión y suplicio de los mayores criminales, al que llaman patíbulo, horca o cruz. Y en la cruz detiene su mirada. En ella se complace, la prefiere a lo más sublime y brillante del Cielo y de la tierra, para hacer de ella el arma de sus conquistas y el atavío de su majestad, la riqueza y complacencia de su imperio, la amiga y esposa de su corazón. ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! (4) ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!
La Sabiduría encarnada amó la cruz desde sus más tiernos años: La quise desde muchacho (5). Apenas entró en el mundo, la recibió de manos del Padre en el seno de María. La colocó en su corazón, como soberana, diciendo: Dios mío, lo quiero; llevo tu ley en mis entrañas (6). ¡Oh Dios y Padre mío, escogí la cruz cuando estaba en tu seno! ¡La vuelvo a elegir ahora en el de mi Madre! ¡La amo con todas mis fuerzas y la coloco en medio de mi corazón para que sea mi esposa y soberana! (7).
La buscó fervientemente durante toda la vida. Si corría de pueblo en pueblo como ciervo sediento (8) si caminaba a pasos de gigante (9) hacia el Calvario; si hablaba tan frecuentemente de sus futuros padecimientos y de su muerte a los apóstoles y discípulos y hasta a los profetas en su transfiguración (10), si con tanta frecuencia exclamaba: ¡Cuánto he deseado! (11), todos sus caminos, todos sus afanes, todas sus pesquisas, todos sus anhelos, tendían hacia la cruz, llegando a considerar como el punto culminante de su gloria y felicidad el morir en sus brazos. Se desposó con ella con amor inefable en la encarnación. La buscó y llevó con indecible gozo durante toda su vida, que fue cruz continua (12) y, después de haber hecho tantos esfuerzos para llegar a ella y morir en ella sobre el Calvario ¡Qué angustia siento hasta que se haya cumplido!- (13) decía: "Y ¿quién me lo impide? ¿Qué me detiene? ¿Por qué no estoy ya abrazado a ti, amada cruz del Calvario?".
La Sabiduría logró, al fin, lo que tanto anhelaba: se vio cubierta de oprobios, cosida y fuertemente adherida a la cruz, y murió con alegría en los brazos de su idolatrada amiga, como si fuera un lecho de honor y de triunfo.
No vayamos a pensar que, después de su muerte, la Sabiduría se haya desprendido de la cruz o la haya rechazado para triunfar mejor. ¡Todo lo contrario! Se ha unido y como incorporado a ella, en tal forma que ni ángel, ni hombre, ni criatura alguna del Cielo o de la tierra puede separarla de la cruz. Su enlace es indisoluble, y eterna su alianza. ¡Jamás la cruz sin Jesús ni Jesús sin la cruz!
Con su muerte, la Sabiduría hizo tan gloriosas las ignominias de la cruz, tan rica su desnudez y su pobreza, tan agradables sus dolores, tan atrayentes sus rigores… hasta llegar a divinizarla y hacerla adorable a los ángeles y a los hombres. Y ha ordenado que todos sus súbditos la adoren también. No quiere que los honores de adoración -aunque relativa- se tributen a las demás criaturas, por sublimes que ellas sean, como su misma Madre. Semejante distinción está reservada, y sólo se tributa a su amada cruz.
En el día del juicio final desaparecerán todas las reliquias de los santos, incluso las de los más eminentes, pero no las de la cruz. La Sabiduría ordenará a los primeros serafines y querubines que recorran el mundo y recojan los trozos de la verdadera cruz, que, gracias a su amorosa omnipotencia, quedarán también tan maravillosamente unidos, que no formarán sino la única cruz sobre la cual murió. Hará que los ángeles la lleven en triunfo y entonen en su honor cánticos de alegría. Se hará preceder por esta cruz, que descansará sobre la nube más brillante, y con ella y por ella juzgará al mundo (14). ¡Qué alegría experimentarán al verla los amigos de la cruz! (15). Pero ¡qué desesperación la de sus enemigos, que, no pudiendo soportar la vista de esa cruz tan brillante y aterradora, gritarán a las montañas que caigan sobre ellos, y al infierno que los devore!
2 - LA CRUZ EN RELACION CON NOSOTROS
En efecto, no reconoce como hijo a quien no posea esta insignia, ni como discípulo sino a quien la lleva en la frente sin avergonzarse, en el corazón sin protestar y sobre los hombros sin arrastrarla o rechazarla. Y exclama: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (16).
No admite como soldado sino a quien esté dispuesto a armarse con ella para defenderse, atacar, derribar y aplastar a todos sus enemigos. Y dice: Animo, que yo he vencido al mundo (17).
"Confíen en mí, soldados míos; ¡soy yo, su capitán! Por la cruz he triunfado de mis enemigos. ¡Con este signo los vencerán también ustedes!" (18).
Ha concentrado en la cruz tantos secretos, gracias, vida y alegría, que no la da a conocer sino a sus preferidos. Como a los apóstoles (19) revela con frecuencia a sus amigos todos sus secretos, pero no los de la cruz, a menos que lo hayan merecido por su gran fidelidad y trabajo.
¡Oh! ¡Cuán humilde, pequeño, mortificado, interior y despreciado del mundo has de ser para conocer el misterio de la cruz, que aún sigue hoy -no sólo entre judíos, paganos, turcos y herejes, sabios según el mundo y malos cristianos, sino también entre los que se creen devotos y muy devotos- objeto de escándalo, locura, desprecio y deserción; no en teoría -pues nunca como hoy se ha hablado y escrito tanto sobre la hermosura y excelencia de la cruz-, sino en la práctica, ya que tanto se teme, lamenta, excusa y huye cuando se trata de sufrir algo!
Contemplando cierto día la belleza de la cruz, la Sabiduría encarnada exclamó en un transporte de gozo: Bendito seas, Padre, Señor de Cielo y tierra, porque, si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla (20).
Si el conocimiento del misterio de la Cruz es una gracia tan excepcional, ¿qué no serán su gozo y posesión efectiva? Son un regalo que la Sabiduría eterna hace solamente a sus mejores amigos como respuesta a sus constantes plegarias, anhelos y súplicas. Por excelente que sea el don de la fe con la cual agradamos a Dios, nos acercamos a El y vencemos a nuestros enemigos, y sin la cual nos condenaríamos-, la cruz es un don todavía mayor (21).
San Pedro -dice San Juan Crisóstomo- es más feliz al verse encarcelado por Jesucristo que en la gloria del Tabor; se siente más glorioso por llevar en los pies las cadenas, que en las manos las llaves del paraíso (22). San Pablo se gloría más de hallarse encadenado por su Salvador que de ser elevado al tercer Cielo (23). Dios favorecía más a los apóstoles y a los mártires haciéndolos partícipes de su cruz en las humillaciones, la pobreza y los más crueles tormentos, que otorgándoles el don de hacer milagros y convertir el mundo entero. Todos aquellos a quienes se ha comunicado la Sabiduría eterna, se mostraron deseosos de la cruz, la buscaron, la abrazaron, y, cuando tenían ocasión de padecer, exclamaban desde el fondo del corazón, como San Andrés: "¡Oh cruz amada y por tanto tiempo deseada!" (24).
La cruz es buena y preciosa por infinidad de razones:
1) nos asemeja a Jesucristo;
2) nos hace dignos hijos de Dios Padre, dignos miembros de Jesucristo y templos dignos del Espíritu Santo. Dios Padre corrige a cuantos adopta por hijos: El Señor educa a los que ama y da azotes a los hijos que reconoce por suyos (25). El Hijo recibe como suyos solamente a los que llevan la cruz. El Espíritu Santo talla y pule las piedras vivas de la Jerusalén celeste, es decir, los predestinados (26);
3) ilumina el entendimiento y le comunica una sabiduría que no le podrán dar todos los libros de la tierra: Quien no ha sido probado, sabe bien poco (27);
4) la cruz, llevada dignamente, se convierte en fuente, alimento y testimonio de amor.
Enciende en los corazones el fuego del amor divino, desapegándolos de las criaturas. Mantiene y acrecienta ese amor, y así como la leña alimenta el fuego, la cruz alimenta el amor.
Comprueba del modo más claro que se ama a Dios. Porque es la misma prueba de que Dios se sirvió para manifestarnos su amor. Y la que Dios nos pide para demostrarle el nuestro.
5) es fuente abundante de toda suerte de dulzuras y consolaciones y engendra en el alma la alegría, la paz y la gracia;
6) por último, produce en quien la lleva una riqueza incomparable de gloria para la eternidad (28).
Si conocieras el valor de la cruz, mandarías hacer novenas - a ejemplo de San Pedro de Alcántara- (29) para conseguir esa exquisita porción del paraíso; dirías con Santa Teresa: "¡O padecer o morir!" (30), con Santa María Magdalena de Pazzis: "¡No morir, sino padecer!" O pedirías, con San Juan de la Cruz, solamente la gracia de padecer por Jesucristo: "¡Padecer y ser despreciado por ti!".
Entre todas las cosas terrenas, la única que se aprecia en el Cielo es la cruz, decía este Santo, después de su muerte, a una sierva de Dios.
Nuestro Señor dijo a uno de sus servidores: "Tengo cruces tan preciosas, que es todo cuanto mi queridísima Madre -siendo tan poderosa como es- puede alcanzar de mí en favor de sus fieles servidores".
¡Oh sabios del mundo! ¡Varones ilustres de la tierra! ¡Ustedes son incapaces de comprender este lenguaje misterioso! ¡Aman demasiado los placeres, se preocupan excesivamente de sus comodidades, aprecian demasiado los bienes de este mundo, temen demasiado los desprecios y las humillaciones! En una palabra: ¡son demasiado enemigos de la cruz de Jesucristo!
Sí, estiman y alaban la cruz, pero en general, no en concreto la suya, de la cual huyen cuanto más pueden o la llevan arrastrando de mala gana, entre murmuraciones, impaciencias y lamentos. Me recuerdan aquellas vacas que, mugiendo y muy a pesar suyo, arrastraban el Arca de la Alianza, que contenía lo más precioso del mundo: Caminaban mugiendo (31).
El número de los necios e infelices es infinito, dice la Sabiduría (32) porque es infinito el de aquellos que no conocen el precio de la cruz y la llevan a regañadientes.
Pero Ustedes, los verdaderos discípulos de la Sabiduría eterna, que han experimentado tantas tentaciones y aflicciones, que padecen persecuciones por la justicia, que son considerados como la basura del mundo…, ¡consuélense, regocíjense, salten de alegría! Porque la cruz que llevan es un don tan valioso, que lo envidian los bienaventurados, sin poder participar ya de él.
Sobre ustedes descansa cuanta honra, gloria y virtud hay en Dios, y aun el Espíritu Santo reposa sobre ustedes (33), porque su recompensa es grande en los Cielos, y aun ya sobre la tierra, a causa de las gracias espirituales que la cruz les obtiene.
¡Amigos de Jesucristo, beban, sí, beban del cáliz de amargura que El les brinda, y llegarán a ser cada día más amigos suyos! ¡Sufran con El, y con El serán glorificados! ¡Sufran con paciencia y hasta con alegría! Un poco más, y ¡se les dará una eternidad gozosa por un momento de dolor!
¡Nada de ilusiones! ¡Desde que la Sabiduría encarnada tuvo que entrar en el Cielo por medio de la cruz, por ella tendrán que entrar cuantos la sigan! "A cualquier parte que fueres -dice la Imitación de Cristo-, siempre encontrarás la cruz" (34): la del predestinado, si la aceptas como debes, es decir, paciente y gozosamente y por amor de Dios; o la del réprobo, si la llevas con impaciencia y a pesar tuyo, como tantos doblemente miserables, que se verán obligados a decir durante toda la eternidad en el infierno: ¡Trabajamos y padecimos tanto en la tierra; y, al final de cuentas, estamos condenados! (35).
Ciertamente, la verdadera Sabiduría no se halla en la tierra ni en el corazón de quienes viven a sus anchas. Reside en la cruz, en forma tal que fuera de ella es imposible hallarla en este mundo.
Se ha incorporado y unido a la cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad: ¡la Sabiduría es la cruz, y la cruz es la Sabiduría!
Notas:
1) Tb 12: 7. La ascesis, el entrenamiento, las renuncias, la organización de la persona en la unidad interior son necesidades experimentadas para el triunfo en la vida. ¡Cuánto más tratándose de la Sabiduría, don por excelencia!
2) Sb 8: 1.
2) nos hace dignos hijos de Dios Padre, dignos miembros de Jesucristo y templos dignos del Espíritu Santo. Dios Padre corrige a cuantos adopta por hijos: El Señor educa a los que ama y da azotes a los hijos que reconoce por suyos (25). El Hijo recibe como suyos solamente a los que llevan la cruz. El Espíritu Santo talla y pule las piedras vivas de la Jerusalén celeste, es decir, los predestinados (26);
3) ilumina el entendimiento y le comunica una sabiduría que no le podrán dar todos los libros de la tierra: Quien no ha sido probado, sabe bien poco (27);
4) la cruz, llevada dignamente, se convierte en fuente, alimento y testimonio de amor.
Enciende en los corazones el fuego del amor divino, desapegándolos de las criaturas. Mantiene y acrecienta ese amor, y así como la leña alimenta el fuego, la cruz alimenta el amor.
Comprueba del modo más claro que se ama a Dios. Porque es la misma prueba de que Dios se sirvió para manifestarnos su amor. Y la que Dios nos pide para demostrarle el nuestro.
5) es fuente abundante de toda suerte de dulzuras y consolaciones y engendra en el alma la alegría, la paz y la gracia;
6) por último, produce en quien la lleva una riqueza incomparable de gloria para la eternidad (28).
Si conocieras el valor de la cruz, mandarías hacer novenas - a ejemplo de San Pedro de Alcántara- (29) para conseguir esa exquisita porción del paraíso; dirías con Santa Teresa: "¡O padecer o morir!" (30), con Santa María Magdalena de Pazzis: "¡No morir, sino padecer!" O pedirías, con San Juan de la Cruz, solamente la gracia de padecer por Jesucristo: "¡Padecer y ser despreciado por ti!".
Entre todas las cosas terrenas, la única que se aprecia en el Cielo es la cruz, decía este Santo, después de su muerte, a una sierva de Dios.
Nuestro Señor dijo a uno de sus servidores: "Tengo cruces tan preciosas, que es todo cuanto mi queridísima Madre -siendo tan poderosa como es- puede alcanzar de mí en favor de sus fieles servidores".
¡Oh sabios del mundo! ¡Varones ilustres de la tierra! ¡Ustedes son incapaces de comprender este lenguaje misterioso! ¡Aman demasiado los placeres, se preocupan excesivamente de sus comodidades, aprecian demasiado los bienes de este mundo, temen demasiado los desprecios y las humillaciones! En una palabra: ¡son demasiado enemigos de la cruz de Jesucristo!
Sí, estiman y alaban la cruz, pero en general, no en concreto la suya, de la cual huyen cuanto más pueden o la llevan arrastrando de mala gana, entre murmuraciones, impaciencias y lamentos. Me recuerdan aquellas vacas que, mugiendo y muy a pesar suyo, arrastraban el Arca de la Alianza, que contenía lo más precioso del mundo: Caminaban mugiendo (31).
El número de los necios e infelices es infinito, dice la Sabiduría (32) porque es infinito el de aquellos que no conocen el precio de la cruz y la llevan a regañadientes.
Pero Ustedes, los verdaderos discípulos de la Sabiduría eterna, que han experimentado tantas tentaciones y aflicciones, que padecen persecuciones por la justicia, que son considerados como la basura del mundo…, ¡consuélense, regocíjense, salten de alegría! Porque la cruz que llevan es un don tan valioso, que lo envidian los bienaventurados, sin poder participar ya de él.
Sobre ustedes descansa cuanta honra, gloria y virtud hay en Dios, y aun el Espíritu Santo reposa sobre ustedes (33), porque su recompensa es grande en los Cielos, y aun ya sobre la tierra, a causa de las gracias espirituales que la cruz les obtiene.
3 - CONCLUSION PRACTICA
¡Nada de ilusiones! ¡Desde que la Sabiduría encarnada tuvo que entrar en el Cielo por medio de la cruz, por ella tendrán que entrar cuantos la sigan! "A cualquier parte que fueres -dice la Imitación de Cristo-, siempre encontrarás la cruz" (34): la del predestinado, si la aceptas como debes, es decir, paciente y gozosamente y por amor de Dios; o la del réprobo, si la llevas con impaciencia y a pesar tuyo, como tantos doblemente miserables, que se verán obligados a decir durante toda la eternidad en el infierno: ¡Trabajamos y padecimos tanto en la tierra; y, al final de cuentas, estamos condenados! (35).
Ciertamente, la verdadera Sabiduría no se halla en la tierra ni en el corazón de quienes viven a sus anchas. Reside en la cruz, en forma tal que fuera de ella es imposible hallarla en este mundo.
Se ha incorporado y unido a la cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad: ¡la Sabiduría es la cruz, y la cruz es la Sabiduría!
Notas:
1) Tb 12: 7. La ascesis, el entrenamiento, las renuncias, la organización de la persona en la unidad interior son necesidades experimentadas para el triunfo en la vida. ¡Cuánto más tratándose de la Sabiduría, don por excelencia!
2) Sb 8: 1.
3) 1Cor 1: 23.
4) Rm 11: 33.
5) Sb 8: 2.
6) Sl 40 (41): 9.
7) Sb 8: 2.
8) Sl 42: 1-2.
9) Sl 19 (18): 6.
10) En tres ocasiones anuncia Jesús su pasión a los discípulos (Mc 8: 31; 9: 31; 10: 33-34 y paralelos). Los discípulos reaccionan negativamente. Pero la cruz asumida por amor entraba en el proyecto de sabiduría del Padre, a la que se opone nuestra sabiduría orgullosa.
11) Lc 22: 15.
12) Imitación de Cristo, l 2, c 12 n 7.
13) Lc 12: 50.
14) Ver Breviario Romano, 14 de sept., a nona.
15) El P. de Montfort amplía su doctrina sobre la cruz, en su Carta circular a los Amigos de la Cruz.
16) Mt 16: 24.
17) Jn 16: 33.
18) Frase sustancialmente del lábaro de Constantino.
19) Jn 15: 15.
20) Lc 10: 21.
21) Comparar con LG 16.
22) Hom. 8 in Ep. ad Ephesios n 2: PG 62,55-58.
23) Gál 6: 14.
24) Acta et martyrium S. Andreae Apostoli, PG 2, 1235-1238; ver San Bernardo Sermo in vigilia Sancti Andreae, nº 3, PL 183.503.
25) Heb 12: 6.
26) Breviario Romano: dedicación de una iglesia, himno de las II vísperas.
27) Eclo 34: 10.
28) 2Cor 4: 17.
29) Nacido en 1499, en Extremadura, franciscano, inició en 1540 la reforma de su Orden.
30) Ver Vida, c 40, n 20.
31) 1Sam 6: 12.
32) Ecle 1: 15.
33) 1Pe 4: 14.
34) L 2, c 12, n 4.
35) Sb 5,7; ver Carta a los Amigos de la Cruz, 45.
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