miércoles, 10 de junio de 2026

ENCARNACION Y VIDA EN LA TIERRA DE LA SABIDURIA ETERNA (Cap. 9)

Continuamos con la publicación del capítulo 9 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO NOVENO

ENCARNACION Y VIDA EN LA TIERRA DE LA SABIDURIA ETERNA

1 - ENCARNACION DE LA SABIDURIA ETERNA

El Verbo eterno, la Sabiduría eterna, dio a conocer a Adán -como es creíble- y prometió a los antiguos patriarcas -como lo atestigua la Sagrada Escritura- que se haría hombre para salvar a la humanidad, de acuerdo a la decisión tomada en el consejo de la Santísima Trinidad (1).

Por ello -durante los cuatro milenios que siguieron a la creación-, (2) todos los santos del Antiguo Testamento pedían con insistentes plegarias la llegada del Mesías. Gemían, lloraban, suplicaban: Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación (3). “¡Oh Sabiduría, que procedes de la boca del Altísimo…, ven a liberarnos!” (4).

Pero sus gritos, plegarias y sacrificios no tenían la fuerza suficiente para hacer descender del seno del Padre a la Sabiduría eterna, el Hijo de Dios (5). Alzaban los brazos al cielo, pero éstos no eran lo suficientemente largos para llegar hasta el trono del Altísimo. Ofrecían a Dios continuos sacrificios, incluso el de sus corazones, pero su precio no alcanzaba a merecer la gracia de las gracias (6).

Por último, cuando llegó el momento de realizar la redención de los hombres, la Sabiduría divina se construyó una casa (7), una habitación digna de ella misma. Creó y formó en el seno de Santa Ana a la divina María, con mayor complacencia que la que había experimentado en la creación del universo. Es imposible expresar las inefables comunicaciones de la Santísima Trinidad a tan hermosa criatura, lo mismo que la fidelidad con que María respondió a las gracias de su Creador (8).

El torrente impetuoso de la bondad de Dios, estancado violentamente por los pecados humanos desde el comienzo del mundo, se explaya con toda su fuerza y plenitud en el corazón de María. La Sabiduría eterna le comunica todas las gracias que hubieran recibido de su liberalidad Adán y sus descendientes si hubieran conservado la justicia original. En fin -como dice un santo- (9), toda la plenitud de la divinidad se derrama en María, en cuanto una pura criatura es capaz de recibirla.

¡Oh María! Obra maestra del Altísimo, milagro de la Sabiduría, prodigio del Omnipotente, abismo de la gracia… Confieso, con todos los santos, que solamente tu Creador puede comprender la altura, anchura y profundidad de las gracias que te comunicó (10).

La divina María realizó en catorce años tales progresos en la gracia y sabiduría de Dios, su fidelidad al amor del Señor fue tan perfecta, que llenó de admiración no sólo a los ángeles, sino también al mismo Dios. Su humildad, profunda hasta el anonadamiento, embelesó al Creador (11); su pureza, enteramente divina, lo cautivó; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le hicieron violencia. La Sabiduría se encontró amorosamente vencida por tan amorosa búsqueda:
“¡Oh! ¡Cuán grande fue el amor de María que venció al Omnipotente!”, exclama San Agustín (12). ¡Cosa admirable! Queriendo la Sabiduría descender del seno del Padre al seno de una virgen para descansar entre los lirios de su pureza; queriendo hacerse hombre en Ella y darse enteramente a Ella, envió al arcángel Gabriel a llevarle su saludo y manifestarle que le había conquistado el corazón, por lo cual deseaba hacerse hombre en su seno, siempre que Ella diera su consentimiento.

El arcángel cumplió su misión. Aseguró a María que conservaría su virginidad a pesar de ser madre, y obtuvo -no obstante la resistencia de su profunda humildad- el consentimiento inefable que la santísima Trinidad, los ángeles y todo el universo esperaban desde hacía tantos siglos. María, humillándose ante su Creador, respondió: He aquí la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho (13).

Observa cómo, en el instante en que María otorgó su consentimiento de ser Madre de Dios, se obraron múltiples prodigios. El Espíritu Santo formó de la purísima sangre de María un cuerpecito y lo organizó con perfección. Dios creó el alma más perfecta que jamás ha creado. La Sabiduría increada, el Hijo de Dios, se unió en realidad de persona a ese cuerpo y esa alma. Y así se realizó este gran portento del Cielo y de la tierra, este prodigioso exceso del amor de Dios: El Verbo se hizo carne (14). La Sabiduría eterna se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre, sin dejar de ser Dios. Este Hombre-Dios se llama Jesucristo, es decir, Salvador (15).

A continuación, el compendio de su vida divina en este mundo.

2 - VIDA DE LA SABIDURIA ENCARNADA

1. Nace de una madre virgen

El Hijo de Dios quiso nacer de una mujer casada -aunque realmente virgen con el fin de que no pudiera reprochársele el haber nacido de una unión ilegítima y por otras razones importantísimas que nos explican los Santos Padres. Su concepción fue anunciada a la Santísima Virgen por el arcángel Gabriel -como acabamos de ver-. Jesucristo se hizo hijo de Adán, pero sin heredar su pecado.

2. Nace en Belén de Judá

La encarnación tuvo lugar un viernes 25 de marzo. El Salvador del mundo nació el 25 de diciembre en la ciudad de Belén, en un establo destartalado, donde tuvo por cuna un pesebre.
Un ángel anunció, a unos pastores que guardaban sus rebaños en el campo, el nacimiento del Salvador, recomendándoles que fueran a Belén a adorarlo. En ese instante oyeron un coro de ángeles que cantaban: Gloria a Dios en el Cielo, y paz en la tierra a los hombres, que él quiere tanto (16).

3. Se somete a la circuncisión - los magos lo adoran

El octavo día de su nacimiento, y para conformarse a la ley de Moisés, aunque no estaba sujeto a ella, fue circuncidado, y se le impuso el nombre de Jesús, dado de antemano por el Cielo. Tres magos de Oriente vinieron a adorarlo, avisados por una estrella extraordinaria que los condujo a Belén. Esta fiesta se llama Epifanía, es decir, manifestación de Dios. Y se celebra el 6 de enero.

4. Es presentado en el templo y huye a Egipto

Quiso ser presentado en el templo cuarenta días después de su nacimiento y observar toda la ley de Moisés, para el rescate de los primogénitos. Poco después, un ángel advirtió a José, esposo de la Santísima Virgen, que tomara al Niño y a la Madre y huyera a Egipto para evitar el furor de Herodes. José obedeció. Opinan algunos autores que Nuestro Señor permaneció en Egipto dos años. Otros, que tres, y otros -como Baronio- que hasta ocho. Su presencia santificó todo aquel país, haciéndolo digno de verse más tarde poblado de santos anacoretas.

Dice Eusebio que al entrar Jesús en Egipto huyeron los demonios. Y San Atanasio añade que los ídolos se hicieron añicos.

5. Se manifiesta como sabio, es bautizado

A la edad de doce años, el Hijo de Dios discutió con un grupo de doctores de la ley, manifestando tal sabiduría que dejó admirado a todo su auditorio. Después de este acontecimiento, el Evangelio no nos dice nada de él hasta su bautismo, que recibió cuando tenía treinta años. Retiróse inmediatamente al desierto, donde ayunó cuarenta días, sin comer ni beber; y, al ser tentado por el demonio, triunfó sobre éste.

6. Realiza su misión: vida pública

Comenzó entonces su predicación en Judea, llamando a sus apóstoles, y realizó todos los adorables portentos que mencionan los textos sagrados. Basta recordar que el tercer año de su vida pública -trigésimo tercero de su edad Jesucristo resucitó a Lázaro. Entró triunfante en Jerusalén el 29 de marzo. El 2 del inmediato mes de abril, 14 de Nisán, celebró la Pascua con sus discípulos, lavó los pies a los apóstoles e instituyó el santísimo sacramento de la Eucaristía, bajo las especies de pan y vino.

Se somete a la pasión y a la muerte

La tarde del mismo día, sus enemigos, guiados por Judas, el traidor, lo pusieron preso. Al día siguiente −3 de abril-, a pesar de ser fiesta, fue condenado a muerte después de haber sido flagelado, coronado de espinas y tratado con extrema ignominia. Ese mismo día fue conducido al Calvario y clavado en una cruz entre dos malhechores. Así quiso morir el Dios de la inocencia, con la muerte más vergonzosa, y padecer el suplicio que merecía un ladrón llamado Barrabás, a quien los judíos le pospusieron.

Los Santos Padres dicen que Jesús fue clavado en la cruz con cuatro clavos y que en medio de ella sobresalía un tosco madero en forma de asiento, sobre el cual podía apoyarse.

8. Es sepultado, resucita y sube al Cielo

Después de tres horas de agonía, el Salvador del mundo murió a la edad de treinta y tres años. José de Arimatea tuvo el valor de pedir su cuerpo a Pilato y lo colocó en un sepulcro nuevo, excavado en la roca. No se puede olvidar que la naturaleza manifestó su dolor ante la muerte de su propio Autor, mediante una serie de prodigios acaecidos en el momento en que expiraba.

La resurrección de Jesucristo tuvo lugar el 5 de abril. Se apareció varias veces a su santísima Madre y a los discípulos durante cuarenta días, hasta el jueves 14 de mayo, en que condujo a los discípulos al monte de los Olivos, donde en presencia suya subió a los Cielos, por su propia virtud, a la diestra del Padre, dejando sobre la roca las huellas de sus sagrados pies.

Continúa...

Notas:

1) ASE 46. Todo el Antiguo Testamento es un largo adviento-preparación a este paso de la Sabiduría, que se acerca al hombre en la encarnación.

2) Sobre esto y otras fechas ver ASE 110: encarnación, y 116, muerte y resurrección.

3) Is 45:8: Resumen del Antiguo Testamento, como grito y preparación a la venida de la Sabiduría, que da sentido a la vida del hombre (ver Libros "sapienciales" y Jn 1,1-18).

4) Antífona de vísperas [cántico evangélico] correspondiente al 17 y 18 de diciembre.

5) Ver SM 7.

6) VD 16.72

7) Pr 9,1: "La Sabiduría se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas".

8) María: su colaboración con la gracia y progreso en la virtud han ido en ascenso continuo.

9) Abad Guerrico, Sermón 3 para la Asunción de María, n.4: PL 185,196; San Bernardo, Hom 4 super Missus est, n.3: PL 183,81.

10) VD 7: Dios se ha reservado a sí mismo el conocimiento perfecto de María.

11) Ver VD 2ss.

12) No hay evidencia de que se trate de un texto de San Agustín. Quizás sea de Ricardo de San Víctor (en su Comentario al Cantar de los cantares 26: PL 196,483). Ver Juan Morinay, s.m.m., María y la debilidad de Dios

13) Lc 1,38.

14) Jn 1,14.

15) Mt 1,21; Lc 1,31.

16) Lc 2,14.

 

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