138. Despedida del encargado de Aguas Claras, y del arquisinagogo Timoneo, que se hace discípulo.
16 de abril de 1945.
1 - Señor, yo no he hecho sino cumplir con mi deber ante Dios, ante mi jefe y ante la
honestidad de conciencia. He estado atento a esa mujer durante este tiempo en que ha
sido huésped mía, y siempre la he visto honesta. Habrá sido una pecadora. Bien. Ahora
no lo es. ¿Por qué razón tengo yo que indagar sobre un pasado que ella misma ha
tachado para anularlo? Yo tengo hijos en edad joven y no feos. Pues bien, no ha
mostrado nunca su rostro, realmente bonito, ni ha hecho oír su palabra. Puedo decir que
oí el tono de su voz de plata cuando gritó a causa de las heridas. De hecho ella, lo poco
que pedía –siempre a mí o a mi mujer– lo susurraba tras su velo, y tan bajo que casi no
se entendía. Date cuenta de lo prudente que fue: cuando temió que su presencia pudiera
ser causa de algún perjuicio, se marchó... Yo le había prometido protección y ayuda, y,
sin embargo, ella no quiso aprovecharlo. ¡No, así no se comportan las mujeres perdidas!
Yo rogaré por ella, como ha pedido; incluso sin este recuerdo. Tenlo, Señor. Empléalo
como limosna para bien suyo. Dándola Tú, ciertamente, recibirá a cambio paz.
Ha sido el encargado quien ha hablado a Jesús y lo ha hecho respetuosamente. Es un
hombre de buen talle, rostro honesto y cuerpo recio. Detrás de él hay seis galanes,
jóvenes, parecidos al padre, seis rostros de aspecto franco e inteligente; también está su
esposa, una mujercita liviana y todo dulzura, que escucha a su marido como escucharía
a un dios, asintiendo continuamente con la cabeza.
Jesús recibe el brazalete de oro y se lo pasa a Pedro diciendo: - Para los pobres.
Luego se dirige al encargado en estos términos: - No todos tienen tu rectitud en Israel.
Tú eres sabio, porque distingues el bien del mal y sigues el bien sin sopesar la utilidad
humana que el cumplirlo pueda comportar. En nombre del eterno Padre, te bendigo a ti,
a tus hijos, a tu esposa y tu casa. Manteneos siempre en esta disposición de espíritu y el
Señor estará siempre con vosotros, y tendréis la vida eterna. Yo ahora parto. Pero no
quiere decir que no nos volvamos a ver nunca. Yo volveré, y vosotros podréis siempre
llegaros hasta mí. Por todo lo que habéis hecho por mí y por esa pobre criatura, Dios os
dé su paz.
El encargado, los hijos y, por último, la mujer, se arrodillan y besan los pies de Jesús,
el cual, tras un último gesto de bendición, se aleja con sus discípulos, dirigiéndose hacia
el pueblo.
2 - ¿Y si están todavía esos sucios? -pregunta Felipe.
- A nadie se le puede impedir que vaya por los caminos de la Tierra- responde Judas
de Alfeo.
- No. Pero nosotros para ellos somos "anatema".
- ¡Déjalos, hombre! ¿Te preocupa?
- Yo no me preocupo sino porque el Maestro no quiere violencia, y ellos, que lo saben,
se aprovechan -dice Pedro refunfuñando entre dientes –sin duda, piensa que Jesús, que
está hablando con Simón y con el Iscariote, no está oyendo–.
Pero sí ha oído y se vuelve, mitad severo, mitad sonriente, y dice: - ¿Tú crees que Yo
vencería haciendo violencia? Hacer violencia no es sino un pobre sistema humano, que
sirve, temporalmente, para victorias humanas. ¿Cuánto, tiempo dura la opresión? Hasta
cuando, por si misma, engendra en quienes la sufren reacciones que, aunándose, dan
lugar a una violencia aún mayor, y esta violencia echa abajo el precedente estado de
opresión. Yo no quiero un reino temporal, quiero un reino eterno: el Reino de los Cielos.
¿Cuántas veces os lo he dicho? ¿Cuántas os lo tendré que decir? ¿Lo entenderéis alguna
vez? Sí. Llegará el momento en que lo entenderéis.
- ¿Cuándo, Señor mío? Tengo prisa por entender para ser menos ignorante -dice
Pedro.
- ¿Cuándo? Cuando seáis triturados como el trigo entre las piedras del dolor y del
arrepentimiento. Podríais, es más, deberíais, entender antes; pero, para ello, deberíais
quebrantar vuestra humanidad y dejar libre al espíritu... y no sabéis haceros esta
violencia. Pero entenderéis... entenderéis. Entonces entenderéis también cómo no podía
hacer uso de la violencia, que es un medio humano, para instaurar el Reino de los Cielos:
el Reino del espíritu. Pero, mientras esto se cumple, no tengáis miedo. Esos hombres que
os preocupan no nos harán nada; les basta con haberme echado.
- Pero, ¿no hubiera sido más fácil mandar un aviso al jefe de la sinagoga de que fuera
a casa del encargado o de que nos esperara en la calzada principal?
- ¡Qué hombre más prudente hoy mi Tomás! No es que no fuera fácil; o mejor,
hubiera sido más fácil, pero no hubiera sido justo. El se ha comportado heroicamente
por mí, por causa mía ha sido insultado en su casa; justo es que Yo vaya a consolarle a
su casa.
Tomás se encoge de hombros y ya no habla más.
3 Ya se ve el pueblo, vasto pero de aspecto marcadamente rural, con casas entre
huertos, que ahora están desnudos, y con muchos apriscos. Debe ser un lugar apto para
el pastoreo, porque se oye, por todas partes, un denso halar de rebaños que van a los
pastos de la llanura o que vienen de ellos. Tiene el consabido cruce de caminos con la
plaza y su fuente en el centro en el lugar donde aquéllos confluyen; ahí está la casa del
jefe de la sinagoga.
Abre una mujer anciana con claros signos de llanto en su rostro. No obstante, al ver
al Señor experimenta un sentimiento de alegría, y, profiriendo palabras de bendición, se
postra.
- Levántate, madre. He venido para deciros adiós. ¿Dónde está tu hijo?
- Está allí... -y señala una habitación en el fondo de la casa.
- ¿Has venido a
consolarle? Yo no soy capaz...
- Entonces, ¿está afligido por algo? ¿Le duele el haberme defendido?
- No, Señor. Pero siente un escrúpulo. Bueno, Tú le escucharás. Le llamo.
- No. Voy Yo. Vosotros esperad aquí. Vamos, mujer.
Jesús recorre los pocos metros del vestíbulo, empuja la puerta, entra en la
habitación, se acerca despacio a un hombre, que está sentado, inclinado hacia el suelo,
absorto en dolorosas meditaciones.
- Paz a ti, Timoneo.
- ¡Señor! ¡Tú!
- Yo. ¿Por qué tan triste?
- Señor... Yo... me han dicho que he pecado. Me han dicho que soy anatema. Yo me
examino... y no creo que lo sea. Pero ellos son los santos de Israel, y yo el pobre jefe de
la sinagoga. Sin duda tienen razón. Yo ahora no me atrevo a alzar la mirada hacia el
rostro airado de Dios, a pesar de que me sería muy necesario en este momento. Yo le
servía con verdadero amor. Trataba de darle a conocer. Ahora quedaré privado de este
bien, porque el Sanedrín está claro que me maldice.
- Pero, ¿cuál es el dolor? ¿El de dejar de ser el jefe de la sinagoga, o el de quedar
imposibilitado para hablar de Dios?
- Es precisamente esto, Maestro, lo que me produce dolor. Supongo que cuando dices
que si me duele el no ser jefe de la sinagoga te refirieres a las ganancias y a los honores
que ello conlleva. Eso no me preocupa. Sólo tengo a mi madre. Ella es nativa de Aera y
allí tiene una pequeña casa. Techo y sustento, para ella, hay. Para mí... yo soy joven.
Trabajaré. Pero ya jamás osaré hablar de Dios, pues he pecado.
- ¿Por qué has pecado?
- Dicen que soy cómplice del... ¡Señor..., no me hagas decir...!
- No. Yo lo digo. Bueno, ni siquiera lo digo. Yo y tú conocemos sus acusaciones, y Yo
y tú sabemos que no son ciertas. Por tanto, tú no has pecado. Yo te lo digo.
- Entonces, ¿puedo todavía levantar la mirada hacia el Omnipotente? ¿Te puedo...?
- ¿Qué, hijo?
Jesús es todo dulzura mientras se inclina hacia el hombre, que se ha
detenido bruscamente como con miedo.
- ¿Qué? Mi Padre busca tu mirada, la quiere. Y
Yo quiero tu corazón y tu pensamiento. Sí, el Sanedrín descargará su mano sobre ti; Yo abro los brazos y digo: "Ven". ¿Quieres ser un discípulo mío? Yo veo en ti todo lo
necesario para ser un obrero del Dueño eterno. Ven a mi viña...
4 - ¿Lo dices en serio, Maestro? Madre... ¿estás oyendo? ¡Yo me siento feliz, madre!
Yo... bendigo este sufrimiento porque me ha procurado este gozo. ¡Celebrémoslo a lo
grande, madre! Luego me iré con el Maestro y tú volverás a tu casa. Voy en seguida,
Señor mío; Tú, que me has librado de todo temor, y dolor, y miedo a Dios.
- No. Esperarás la palabra del Sanedrín. Con corazón sereno y sin odio. Tú en tu
puesto, mientras se te deje en ese puesto. Luego te juntarás conmigo en Nazaret o en
Cafarnaúm. Adiós. La paz sea contigo y con tu madre.
- ¿No te vas a quedar un tiempo en mi casa?
- No. Iré a casa de tu madre.
- Es pueblo poco fiel.
- Le enseñaré la fidelidad. Adiós, madre. ¿Te sientes feliz ahora?
Jesús la acaricia,
como hace siempre con las mujeres ancianas, a las cuales, noto, les da casi siempre el
nombre de "madre".
- Feliz, Señor. Había criado y educado a un varón para el Señor. El Señor me lo toma
como siervo de su Mesías. Bendito sea por ello el Señor. Bendito seas Tú que eres su
Mesías. Bendita sea la hora en que has venido aquí. Bendito sea mi hijo, que ha sido
llamado a tu servicio.
- Bendita sea la madre santa como Ana de Elcana (214). La paz sea con vosotros.
Jesús sale, seguido de madre e hijo. Se junta con sus discípulos, saluda una vez más y
luego inicia el regreso hacia la Galilea.
Continúa...
Nota:
214) Cfr. 1 Re. 1, 1 – 2, 11.
Segundo Tomo:
El Poema del Hombre-Dios (79)
El Poema del Hombre-Dios (80)
El Poema del Hombre-Dios (81)
El Poema del Hombre-Dios (82)
El Poema del Hombre-Dios (83)
El Poema de Hombre-Dios (84)
El Poema del Hombre-Dios (85)
El Poema del Hombre-Dios (86)

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