Por el padre Jerry Pokorsky
El diablo siempre ha explotado la debilidad humana y hoy, la tecnología le da a la tentación un alcance sin precedentes. El ciberanzuelo podría ser uno de sus instrumentos modernos predilectos.
El diablo es un narcisista, y ninguna tentación en el mundo que provoque pecado lo satisfará. Desde los tiempos de Adán, ha intentado influenciarnos. Pero, como afirma la teología católica, el diablo no puede obligarnos a obedecer. Puede tentarnos y engañarnos, pero debemos consentir libremente al pecado.
El Evangelio narra un encuentro entre Jesús y una mujer cananea cuya hija estaba poseída por un demonio (cf. Mateo 15:21-28). La mujer pagana era algo así como una intrusa, y los discípulos la trataban con desdén. Así pues, ante la presencia de los discípulos, Jesús inicialmente parecía rechazarla, declarando que no era correcto alimentar a quienes no pertenecían a la comunidad judía.
Pero la mujer insistía, argumentando que incluso a los perros pequeños les dan sobras de la mesa. Sin rencor, Jesús despertó su fe. Respondió con bondad, revelando el poder de una fe perseverante y humilde.
Todo estudiante católico conoce la historia de la rebelión de los ángeles caídos, liderada por Lucifer, y la gran batalla en el Cielo, encabezada por San Miguel Arcángel. Movidos por la envidia y el odio hacia la humanidad, el Diablo y sus secuaces aparecen a lo largo del Apocalipsis.
El diablo tentó a nuestros primeros padres, quienes cometieron el pecado original. Dios prometió que el Redentor, a través de María, aplastaría la cabeza de la serpiente y nos liberaría de la esclavitud del pecado. Más tarde, Dios permitió que Satanás pusiera a prueba al justo Job. Judíos apóstatas sacrificaron niños al demonio Moloc. El diablo apareció de nuevo cuando Jesús inició su sagrado ministerio y lo tentó en el desierto. Jesús nos dio una orden sencilla y poderosa para resistir al diablo: “¡Apártate, Satanás!”.
Jesús expulsó demonios repetidamente, demostrando su autoridad sobre Satanás y las fuerzas de la oscuridad. Incluso envió a los Apóstoles a combatirlos, aunque a veces fracasaran. Los Evangelios nos recuerdan que algunas formas de opresión demoníaca pueden ser particularmente persistentes y requieren oración y ayuno constantes. La oración dirige nuestra mente hacia Dios, mientras que el ayuno domina nuestros deseos más bajos.
La Sagrada Liturgia hace varias referencias al Diablo. Durante el Bautismo, renunciamos al Diablo y a todas sus obras. Usamos agua bendita y otros sacramentales en nuestros hogares e invocamos la protección y la gracia de Dios. En situaciones extremas, los sacerdotes recurren a oraciones extraordinarias para combatir al Diablo. Como recomendó el Papa León XIII, recitamos con frecuencia la oración a San Miguel, especialmente después de la Misa.
En el Libro del Apocalipsis, San Juan reveló el enfrentamiento final entre el bien y el mal. Los enemigos de Dios son derrotados, la victoria es definitiva y un “Cielo nuevo y una tierra nueva” emergen en gloria.
Pero durante su reinado como Príncipe de este Mundo, no debemos exagerar la influencia del Diablo. Con la gracia de Dios, una práctica devota de la fe lo resiste: agua bendita; una simple señal de la cruz; una buena confesión; la recepción devota de la Sagrada Comunión; una firme resolución de evitar el pecado; el valor para afrontar el mal con honestidad.
La influencia del diablo no se limita a tentaciones espectaculares ni a manifestaciones demoníacas. También actúa mediante la erosión gradual de la formación moral.
En una larga entrevista hace algunas décadas, el presidente Richard Nixon hizo una observación provocadora que la mayoría de los políticos prominentes evitan. Sugirió que la mayoría de nuestros problemas sociales (y muchos personales) se debían al fracaso del clero en la enseñanza de la moral. Incluso las instituciones eclesiásticas suelen creer que podemos resolver todos los problemas sociales simplemente invirtiendo dinero.
Por lo tanto, vemos la mano del diablo en la explosión de problemas emocionales arraigados en trastornos morales derivados de la pornografía, el abuso de sustancias, la avaricia y todo pecado capital. Lancemos algunas jabalinas correctivas que quizás hieran:
Por lo tanto, vemos la mano del diablo en la explosión de problemas emocionales arraigados en trastornos morales derivados de la pornografía, el abuso de sustancias, la avaricia y todo pecado capital. Lancemos algunas jabalinas correctivas que quizás hieran:
• Tu misión en la vida es ir al Cielo. ¿Das eso por sentado, o trabajas por tu salvación con fe y, ocasionalmente (como escribe San Pablo), con “temor y temblor”?
• Padres, ¿es su fe una prioridad? ¿Saben sus hijos que es una prioridad? Los estudios sugieren que los niños suelen rechazar la religión cuando el padre descuida la fe, incluso si la madre es devota.
• Madres, ¿prestan atención a los pequeños detalles? Cuando un niño le roba algo a su hermano, puede parecer algo sin importancia. Pero las pequeñas travesuras, si no se atienden, se convierten en grandes problemas.
• Padres, ¿regulan el uso que hacen ustedes y sus hijos de la tecnología moderna? ¿O utilizan los aparatos electrónicos como niñeras?
• Jóvenes, seamos honestos. El mundo está inundado de pornografía, y la miseria humana enriquece a los multimillonarios. La pornografía corrompe el alma.
• Es importante recordar que detrás de esas imágenes pornográficas hay jóvenes, probablemente amados por sus padres, pero siempre amados por Dios. La idea de la explotación para obtener una dosis de dopamina lujuriosa es repugnante.
En el Antiguo Testamento, el Libro de Daniel nos cuenta (cf. Daniel 13) que el rico y honorable Joaquín tomó por esposa a la bella Susana. Dos ancianos, que frecuentaban la casa de Joaquín, se encendieron de lujuria hacia Susana. El relato es una historia épica de lujuria y virtud heroica. Léanlo.
Hay momentos para la gentileza. Y, como nos enseñó el profeta Natán con su confrontación con el rey David, hay momentos para la corrección tajante. Si estás atrapado en la pornografía, quizás te preguntes: “¿Quiero llegar al final de mis años como un viejo verde?”.
Hoy en día, tenemos teléfonos móviles. Esos grandes centros de datos conocen cada uno de nuestros movimientos, cada mensaje de texto y conversación telefónica, y cada clic que hacemos. Dios también. Cualquier pecado conocido por el hombre está a solo uno o dos clics de distancia.
La vida cristiana no es una búsqueda perpetua del diablo, sino una vida de conversión a Cristo. Hagamos de cada parroquia un oasis de gracia, bondad, virtud, arrepentimiento, adoración y felicidad. “Casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56:7).

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