Por Matthew McCusker
Se ha informado que, en unas palabras dirigidas a una delegación del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), León XIV dijo que “nuestra tarea no es construir una cristiandad”.
El Rev. Prof. Dr. Jerry Pillay, Secretario General del CMI, informó que León les dijo a los representantes que “si bien nuestra tarea no es construir una cristiandad, los cristianos debemos trabajar juntos en unidad para sanar y restaurar el mundo”.
El Consejo Mundial de Iglesias publicó la declaración en su sitio web el 28 de febrero. El 6 de marzo, el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos publicó su propio informe sobre la reunión y no desmintió las palabras comunicadas por el Secretario General ni ofreció ninguna aclaración sobre el significado de las palabras de León (en inglés aquí).
Esto hace que valga la pena considerar más a fondo esta observación, sobre todo porque, como veremos, encuentra respaldo en otras declaraciones públicas hechas por León.
La afirmación de que “nuestra tarea no es construir una cristiandad” es directamente contraria a la “Gran Comisión” confiada a los Apóstoles por Nuestro Señor Jesucristo antes de Su Ascensión:
Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo. (Mt 28:18-20)
El Evangelio de Jesucristo exige una transformación de todos los aspectos de la vida humana. Santifica no solo a los individuos, sino también a las sociedades que estos forman al unirse.
La cristiandad es el orden que resulta cuando un grupo de hombres, repartidos en muchas naciones, reconoce públicamente a Jesucristo y la autoridad de la Iglesia Católica y busca poner todos los aspectos de la vida social en conformidad con la ley natural y divina.
El término ha sido utilizado repetidamente, a lo largo de muchos siglos, por los Papas y los Concilios ecuménicos, para describir el orden social cristiano que resultó de la adopción de la fe católica por naciones enteras desde el período de la Antigüedad tardía en adelante.
La edificación de la cristiandad no puede separarse de la predicación del Evangelio. Negar que la Iglesia tiene la misión de “construir la cristiandad” equivaldría a afirmar que existen áreas de la vida humana que no están sujetas a la autoridad de Dios ni a la acción transformadora de su gracia.
Por el contrario, la Iglesia Católica enseña que todo aspecto de la vida humana está sujeto a la ley natural y divina, y que todos los hombres están estrictamente obligados a reconocer a Jesucristo y someterse a la autoridad de la Iglesia Católica, no sólo como individuos sino también cuando se reúnen para formar sociedades [1].
La realidad de la cristiandad
Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La Religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades [2].
Continuó:
Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer [3].
Y en Rerum Novarum, su encíclica “Sobre la situación de los obreros”, el mismo pontífice enseñó:
Recordamos cosas y hechos que no ofrecen duda alguna: que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores ni podrá haberla mayor en el futuro [4].
La naturaleza excepcional de esta civilización surgió de la predicación del Evangelio de Jesucristo:
Jesucristo es el principio y el fin mismo de estos beneficios y que, como de El han procedido, a El tendrán todos que referirse. Recibida la luz del Evangelio, habiendo conocido el orbe entero el gran misterio de la encarnación del Verbo y de la redención de los hombres, la vida de Jesucristo, Dios y hombre, penetró todas las naciones y las imbuyó a todas en su fe, en sus preceptos y en sus leyes [5].
Y, en Quadragesimo Anno, en el 40° aniversario de Rerum Novarum, el Papa Pío XI afirmó:
Existió, efectivamente, en otros tiempos un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón.
Y si aquel orden cayó, es indudable que no se debió a que no pudiera, evolucionando y en cierto modo ampliándose, adaptarse a las nuevas circunstancias y necesidades, sino más bien a que los hombres, o, endurecidos por el exceso de egoísmo, rehusaron ampliar los límites de ese orden en la medida que hubiera convenido al número creciente de la muchedumbre, o, seducidos por una falsa apariencia de libertad y por otros errores, rebeldes a cualquier potestad, trataron de quitarse de encima todo yugo [6].
La rebelión contra la cristiandad
La convicción de que el individuo tiene derecho a decidir lo que Dios ha revelado es la raíz de la ideología del liberalismo, causa principal de los males que afligen al mundo moderno y que ahora amenaza con llevar a nuestra sociedad a su ruina definitiva. A partir del liberalismo religioso, otras formas de liberalismo comenzaron a desarrollarse a partir del siglo XVII.
El Papa León XIII explicó que el liberalismo proclama “el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad” [7].
Es decir, el liberalismo es la afirmación de la independencia del hombre respecto de cualquier sumisión necesaria a un orden existente fuera de su propio intelecto y voluntad.
Sostiene que es el individuo quien debe determinar por sí mismo qué es verdadero y qué es bueno. El ejercicio de la libertad es considerado por el liberal como el bien supremo del hombre.
El liberalismo adopta diferentes formas, según el ámbito de la vida humana en el que el hombre busca la independencia de la autoridad divina. Por ejemplo:
• El liberalismo religioso afirma la independencia del hombre respecto de la autoridad de Dios en asuntos religiosos, es decir, rechaza la autoridad docente de la Iglesia, postulando en cambio que el hombre puede elegir por sí mismo qué creer.
• El liberalismo político afirma la independencia del hombre respecto de la autoridad de Dios en el Estado, es decir, rechaza a Dios como la única fuente de autoridad política legítima, postulando en cambio que la autoridad del Estado se deriva del hombre y del consentimiento de los gobernados.
• El liberalismo moral afirma la independencia del hombre respecto de la autoridad de Dios a la hora de determinar la moralidad de los actos humanos, es decir, rechaza la obligación de conformar todas las acciones a la ley divina revelada por Dios y a la ley natural escrita en nuestros corazones, postulando en cambio que somos libres de actuar como queramos, siempre y cuando no violemos los derechos de los demás.
El liberalismo, que se desarrolló tras la Revolución Protestante, se manifestó en Inglaterra y Escocia durante las guerras civiles y revoluciones del siglo XVII. La fundación de la masonería en 1717 le proporcionó una forma organizada que le permitió corromper la vida política e intelectual de Europa en el siglo XVIII.
En 1776, los principios políticos liberales fueron enunciados en la Declaración de Independencia y en 1787 tomaron forma como modo de gobierno cuando la Revolución Americana consagró los principios liberales en la primera constitución liberal del mundo.
A partir de 1789, el liberalismo irrumpió con mayor ferocidad y violencia en Francia. Un Napoleón triunfante impuso el liberalismo en toda Europa a punta de espada, lo que resultó en la destrucción del orden católico de muchos estados y la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806. En 1848, la bandera de la revolución ondeó en toda Europa, y el orden cristiano, parcialmente restaurado tras la derrota de Napoleón, sufrió nuevas heridas mortales. Mientras tanto, el liberalismo había infectado a Latinoamérica, hundiendo al continente en una serie de revoluciones y guerras de las que aún no se ha recuperado.
La segunda mitad del siglo XIX presenció el triunfo de los principios liberales en las esferas política y educativa de gran parte del mundo occidental, y el auge del socialismo y el comunismo como poderosos movimientos políticos. Estas ideologías —que son a la vez un desarrollo de los errores del liberalismo y una reacción a sus consecuencias— iniciaron su fatal avance hacia la Revolución Rusa de 1917 y el ascenso al poder de los regímenes comunistas en gran parte del mundo.
La teoría de la evolución, propuesta por Charles Darwin en 1859, fue la más significativa de una serie de nuevas ideas que contribuyeron a una crisis generalizada de fe y fortalecieron el avance de filosofías e ideologías anticristianas.
De 1914 a 1918, la cristiandad se desintegró, en posiblemente la guerra más destructiva moralmente de la historia de la humanidad. En 1918, el último imperio católico de Europa, el de Austria-Hungría, se derrumbó. La década de 1920 presenció un colapso moral, incluyendo la primera revolución sexual, y el auge de ideologías políticas —comunismo, fascismo y nacionalsocialismo— que, junto con el liberalismo, destruyeron gran parte de lo que quedaba de la civilización cristiana.
En el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, los intentos de los políticos católicos en las décadas de 1940 y 1950 de liderar movimientos políticos fundados en principios católicos fueron barridos tras el concilio Vaticano II, cuyos documentos consagraron los principios liberales en textos que se presentaron al mundo como “actos del magisterio”.
Con el Vaticano II, la cristiandad —un orden social público formado por el cristianismo— finalmente dejó de existir. Una década después de la clausura del concilio, el aborto era legal en muchos países europeos y en Estados Unidos, junto con leyes liberales de divorcio, la anticoncepción, la pornografía, la aceptación generalizada de los actos homosexuales y una miríada de otros males. Estos se han extendido a otras partes del mundo antaño católico.
Desde la clausura del concilio, las energías de los católicos –reducidos a un remanente fiel– se han dirigido en gran medida a defender la fe contra los apóstatas de la jerarquía y a combatir males morales como el aborto.
La misión de la Iglesia de predicar el Evangelio y edificar la civilización cristiana se ha visto continuamente obstaculizada por falsos pastores que ocultan la luz del Evangelio a la humanidad, con la consecuencia de que la mayoría de los hombres, mujeres y niños parten de esta vida sin el conocimiento de Jesucristo.
Verdaderamente vivimos en el momento más oscuro de la historia de la humanidad.
“Restaurar todas las cosas en Cristo”
A partir de 1738, con la condena de la masonería por parte del Papa Clemente XIII (In eminenti), los Papas no se cansaron de condenar el liberalismo en todas las etapas de su desarrollo.
Durante la primera mitad del siglo XIX, bajo Papas como Gregorio XVI (1831-1846) y Pío IX (1846-1878), la Iglesia identificó y condenó los errores que sustentaban las nuevas ideologías. El extraordinario e imponente Papado de León XIII (1878-1903) mostró a la humanidad el camino a seguir. Con gran sabiduría, este Papa resolvió cuestiones complejas, como la relación entre el trabajo y el capital, entre la Iglesia y el Estado, y entre la obligación moral y la libertad humana. León XIII también impulsó un renacimiento de la filosofía y la teología, que rendiría grandes frutos durante tres generaciones, desde la década de 1880 hasta la de 1960.
El Papa León XIII fue sucedido por un santo. El Papa San Pío X (1903-1914) continuó la sagrada lucha de sus predecesores contra el liberalismo y otros errores. Su mayor don a la Iglesia fue su profundo análisis de la herejía del modernismo en su encíclica Pascendi de 1907. Este sigue siendo uno de los textos más importantes y cruciales para quienes desean comprender la crisis que azota a los católicos hoy en día.
La primera encíclica del Papa San Pío X fue E Supremi, “Sobre la restauración de todas las cosas en Cristo”. En esta carta, expresó sus sentimientos al ser elegido Papa:
... estábamos aterrorizados más allá de todo por el desastroso estado de la sociedad humana de hoy. Porque, ¿quién puede dejar de ver que la sociedad está en el momento presente, más que en cualquier época pasada, sufriendo de una enfermedad terrible y profundamente arraigada que, desarrollándose todos los días y comiendo hasta lo más íntimo, los está arrastrando a la destrucción? [8].
Esta terrible y arraigada enfermedad es el liberalismo y el modernismo, que nos han llevado al borde de la destrucción total de nuestra sociedad. La situación en 2026 es incomparable a la de 1903.
San Pío X continuó:
Vosotros comprendéis, Venerables Hermanos, qué es esta enfermedad: la apostasía de Dios, que en verdad nada está más aliado con la ruina, según la palabra del Profeta: “Porque he aquí, los que se alejan de Ti perecerán” (Sal. 73, 27) [9].
El Santo Padre expresó su temor de que los días del Anticristo estuvieran cerca:
Cuando se considera todo esto, hay buenas razones para temer que esta gran perversidad pueda ser como un anticipo, y quizás el comienzo de esos males que están reservados para los últimos días; y que puede estar ya en el mundo el “Hijo de Perdición” de quien habla el Apóstol (II. Tes. 2: 3) [10].
Consideró que era su deber, al ser elegido Papa:
Vimos, pues, que, en virtud del ministerio del Pontificado, que nos iba a encomendar, debemos apresurarnos a encontrar remedio a este gran mal, considerando que nos ha sido dirigido ese mandato divino: “He aquí que te he puesto este día sobre las naciones y sobre los reinos, para desarraigar, y para demoler, para devastar, para destruir, para edificar y para plantar” (Jeremías 1: 10) [11].
Y él sabía cuál era el remedio:
Sin embargo, dado que a la Divina Voluntad agradó elevar Nuestra humildad a tal sublimidad de poder, nos animamos en Aquel que Nos fortalece; y poniéndonos a trabajar, confiando en el poder de Dios, proclamamos que no tenemos otro programa en el Pontificado Supremo que el de “restaurar todas las cosas en Cristo” (Efesios 1: 10), para que “Cristo sea todos y en todos” (Colosenses 3, 11) (Col. 3:2) [12].
[…]
Pero, Venerables Hermanos, nunca, por mucho que nos esforcemos, lograremos llamar a los hombres a la majestad y al imperio de Dios, excepto por medio de Jesucristo. "Nadie", nos advierte el Apóstol, “puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo” (I. Cor. 3: 11) [13].
[…]
A esto, entonces, Nos corresponde dedicar Nuestro cuidado: llevar a la humanidad de regreso al dominio de Cristo; hecho esto, lo habremos devuelto a Dios [14].
El “imperio de Dios” y el “dominio de Cristo” se extienden a todos los aspectos de la vida humana; nada escapa a la soberanía de Dios. Por ello, su Vicario en la Tierra continuó:
Ved, pues, Venerables Hermanos, el deber que se nos ha impuesto tanto a Nosotros como a vosotros de traer a la disciplina de la Iglesia a la sociedad humana, ahora alejada de la sabiduría de Cristo; la Iglesia lo someterá entonces a Cristo, y Cristo a Dios [15].
Este gran programa de San Pío X de restaurar todas las cosas en Cristo no es otra cosa que la construcción, o más bien la restauración de la cristiandad, como enseñó el santo pontífice en Notre Charge Apostolique:
Venerables Hermanos (hace falta recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y de legisladores); no se edificará la ciudad de otro modo del que Dios la ha edificado; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no se inventará ni la ciudad nueva se edificará en las nubes.
Ha sido y es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de restaurarla, y de hacerlo con ahínco, sobre los cimientos naturales y divinos contra los ataques siempre renovados de la utopía malsana, de la protesta y de la impiedad; Omnia instaurare in Christo [16].
La Iglesia Católica vs la iglesia sinodal
En su encíclica Quas Primas, “En la fiesta de Cristo Rey”, el Papa Pío XI escribió:
La “restauración del Imperio de Nuestro Señor” es precisamente lo que se rechaza en la afirmación “nuestra tarea no es construir una cristiandad”.En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador [17].
Si León efectivamente pronunció estas palabras –y el Vaticano no lo ha negado–, entonces se trata de una formulación clara de su rechazo, ya aparente, a seguir la gran sucesión de Pontífices Romanos que han reconocido la crisis que enfrenta la humanidad, identificado sus causas y trabajado por la restauración de la civilización cristiana.
Más bien, se ha puesto del lado de los liberales, es decir, del lado de aquellos que piensan que Nuestro Señor Jesucristo no debe reinar sobre la sociedad.
Más bien, se ha puesto del lado de los liberales, es decir, del lado de aquellos que piensan que Nuestro Señor Jesucristo no debe reinar sobre la sociedad.
Esto no es otra cosa que un rechazo de la misión misma de la Iglesia.
León XIV ya ha dejado clara su lealtad a todos aquellos que quieran verla.
El 8 de mayo de 2025, día en que fue elegido sucesor de Francisco, se puso de pie en la logia de San Pedro y declaró: “Queremos ser una iglesia sinodal”.
La “iglesia sinodal” es una iglesia refundada sobre principios liberales. Marca la conclusión del desarrollo y la difusión del liberalismo descritos en este artículo. La sinodalidad es la negación de la triple autoridad de Cristo —enseñanza, gobierno y santificación—, ejercida en la Iglesia por su divino fundador, en favor de un sistema que deriva su autoridad del pueblo.
La “iglesia sinodal” es una iglesia refundada sobre principios liberales. Marca la conclusión del desarrollo y la difusión del liberalismo descritos en este artículo. La sinodalidad es la negación de la triple autoridad de Cristo —enseñanza, gobierno y santificación—, ejercida en la Iglesia por su divino fundador, en favor de un sistema que deriva su autoridad del pueblo.
Tenemos una idea muy clara de lo que debe ser la “iglesia sinodal”, porque el Vaticano, bajo el gobierno de Francisco, publicó un plan para su creación.
El documento, titulado “El Obispo de Roma”, fue escrito por el “cardenal” Koch, jefe del Dicasterio para la Promoción de la Unidad Cristiana, y se publicó con la aprobación de Francisco. El “cardenal” Koch conserva su cargo bajo el reinado de León XIII.
Este documento habla abiertamente de lo que llama la “iglesia conciliar/sinodal”.
Haciendo un análisis del documento destaco que una vez desacreditada la idea ortodoxa del papado, se abrirá el camino para establecer el nuevo “papado sinodal”, que presidirá una “nueva iglesia inclusiva”, sin doctrina ni disciplina. Todos los bautizados serán invitados a esta “iglesia sinodal”, sin tener que abandonar sus errores doctrinales.
La implementación de este plan conduciría a una “iglesia ecuménica global” carente de doctrina y disciplina.
Esta “iglesia sinodal” no puede confundirse con la Iglesia Católica, porque tiene una misión diametralmente opuesta.
La implementación de este plan conduciría a una “iglesia ecuménica global” carente de doctrina y disciplina.
Esta “iglesia sinodal” no puede confundirse con la Iglesia Católica, porque tiene una misión diametralmente opuesta.
La Iglesia Católica tiene la misión de restaurar todas las cosas en Cristo, para que “Cristo sea el todo y en todos” (Col 3,2). La Iglesia Católica busca construir la cristiandad, para que todo hombre, mujer y niño forme parte del Cuerpo Místico de Cristo, y para que todos los aspectos de la vida humana, individual y social, sean santificados.
La “iglesia sinodal” no busca “construir una cristiandad”, sino más bien busca una unidad puramente humana, uniendo a la humanidad sólo en pos de una agenda política temporal.
Ningún hombre puede servir a dos señores, porque sus fines son incompatibles.
Como escribió John Henry Newman:
Uno u otro debe perecer.
Esta fue la enseñanza del Papa San Pío X, quien, en su primera encíclica, llamó a los católicos diciendo: “debemos utilizar todos los medios y emplear todas nuestras energías para lograr la desaparición total de la enorme y detestable maldad, tan característica de nuestro tiempo: la sustitución del hombre por Dios” [19].
La “iglesia sinodal”, que busca reemplazar el Cuerpo Místico de Cristo por una asamblea centrada en el hombre, apunta a la máxima “sustitución del hombre por Dios”, la máxima manifestación del liberalismo.
Sin embargo, hoy en día, muchos católicos, movidos por un sentido de lealtad bien intencionado pero equivocado, ofrecen su obediencia a un hombre cuyas palabras, acciones y profesión pública dejan claro que su lealtad es a la “iglesia sinodal” y no a la Iglesia fundada por Jesucristo.
León nos dijo el día de la elección a qué iglesia sirve: “Queremos ser una iglesia sinodal”.
Hagámosle la cortesía de creer que nos dijo la verdad.
La “iglesia sinodal” no busca “construir una cristiandad”, sino más bien busca una unidad puramente humana, uniendo a la humanidad sólo en pos de una agenda política temporal.
Ningún hombre puede servir a dos señores, porque sus fines son incompatibles.
Como escribió John Henry Newman:
Si San Atanasio pudo estar de acuerdo con Arrio, San Cirilo con Nestorio, Santo Domingo con los Albigenses, o San Ignacio con Lutero, entonces pueden unirse, en un tiempo determinado, o mediante ciertas aproximaciones felizmente graduales, o con hábiles limitaciones y concesiones, dos partidos que mutuamente piensen que la luz es oscuridad y la oscuridad luz.
“Delenda est Cartago”; uno u otro debe perecer. [18]
Uno u otro debe perecer.
Esta fue la enseñanza del Papa San Pío X, quien, en su primera encíclica, llamó a los católicos diciendo: “debemos utilizar todos los medios y emplear todas nuestras energías para lograr la desaparición total de la enorme y detestable maldad, tan característica de nuestro tiempo: la sustitución del hombre por Dios” [19].
La “iglesia sinodal”, que busca reemplazar el Cuerpo Místico de Cristo por una asamblea centrada en el hombre, apunta a la máxima “sustitución del hombre por Dios”, la máxima manifestación del liberalismo.
Sin embargo, hoy en día, muchos católicos, movidos por un sentido de lealtad bien intencionado pero equivocado, ofrecen su obediencia a un hombre cuyas palabras, acciones y profesión pública dejan claro que su lealtad es a la “iglesia sinodal” y no a la Iglesia fundada por Jesucristo.
León nos dijo el día de la elección a qué iglesia sirve: “Queremos ser una iglesia sinodal”.
Hagámosle la cortesía de creer que nos dijo la verdad.
Notas:
1) Consulte la serie sobre liberalismo para un análisis a fondo de estas cuestiones. La serie comienza aquí.
2) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 9
3) Papa León XIII, Immortale Dei, n°9
4) Papa León XIII, Rerum Novarum, n° 21
4) Papa León XIII, Rerum Novarum, n° 21
5) Papa León XIII, Rerum Novarum, n° 21
6) Papa Pío XI, Quadragesimo Anno, n° 97
7) Papa León XIII, Libertas, n° 7
8) Papa San Pío X, E Supremi, n° 2
6) Papa Pío XI, Quadragesimo Anno, n° 97
7) Papa León XIII, Libertas, n° 7
8) Papa San Pío X, E Supremi, n° 2
9) Papa San Pío X, E Supremi, n° 2
10) Papa San Pío X, E Supremi, n° 5
11) Papa San Pío X, E Supremi, n° 2
12) Papa San Pío X, E Supremi , n° 4
13) Papa San Pío X, E Supremi, N° 8
14) Papa San Pío X, E Supremi, n° 8
15) Papa San Pío X, E Supremi, n° 9
12) Papa San Pío X, E Supremi , n° 4
13) Papa San Pío X, E Supremi, N° 8
14) Papa San Pío X, E Supremi, n° 8
15) Papa San Pío X, E Supremi, n° 9
16 San Pío X, Notre Charge Apostolique
17) Papa Pío XI, Quas Primas, n° 1.
18) John Henry Newman, Ciertas dificultades que experimentan los anglicanos en la enseñanza católica: Volumen 1, Lección 4.
https://www.newmanreader.org/works/anglicans/volume1/lecture4.html
18) John Henry Newman, Ciertas dificultades que experimentan los anglicanos en la enseñanza católica: Volumen 1, Lección 4.
https://www.newmanreader.org/works/anglicans/volume1/lecture4.html
19) Papa San Pío X, E Supremi, n° 9.

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