Por Atila Sinke Guimarães
En mi opinión, uno de los vicios más despreciables de los aduladores es la hipocresía con la que ocultan los fracasos de la persona a la que idolatran. Esto se aplica a las consecuencias de la visita de Juan Pablo II a Cuba. No he visto a ninguno de sus aduladores comentar cómo su visita de 1998 a Cuba fracasó y resultó contraproducente. Si fueran honestos, después de haber ensalzado la visita como una especie de “nuevo Pentecostés” para los católicos de la isla, ofrecerían un informe objetivo de lo sucedido. Pero no lo hicieron. La mayoría de las noticias sobre la Iglesia en Cuba se mantienen en secreto, y es muy difícil encontrar información sobre lo que realmente está ocurriendo hoy.
Como excepción a esta regla, la edición del 18 de diciembre de 2003 de Origenes publicó la reciente carta pastoral que los obispos cubanos escribieron el 8 de septiembre. Aprovecho esta oportunidad para analizar la realidad.
Entre las habituales afirmaciones de principios y manifestaciones de esperanzas espirituales, lo que escribieron retrató una situación muy desalentadora para los católicos en Cuba. Aquí presento algunos extractos que describen las consecuencias de la visita del Papa.
En la primera parte de su documento, los obispos cubanos escribieron:
“Hemos visto cómo casi inmediatamente después [de la visita], el país inició un aparente proceso de revisión que no favoreció las esperanzas de pluralismo, tolerancia y liberalización que parecían surgir en el horizonte nacional. A esto se sumó un franco retroceso en la apertura de la economía a los justos deseos de las personas con pequeños negocios, empleos privados, etc.; la imposición de más impuestos, la aplicación de multas elevadas y la denegación de permisos que desalentaron o impidieron dichas actividades económicas.
Desde la visita del Papa, Cuba ha presenciado un creciente retorno al lenguaje y los métodos típicos de los primeros años de la revolución en todo lo que concierne a la ideología…
Debemos señalar que, tras la visita del Santo Padre, las legítimas peticiones que expuso en sus discursos y reuniones con respecto a la Iglesia Católica siguen pendientes. Sin embargo, para los obispos de Cuba, estas no son las únicas ni las principales preocupaciones actuales, pues nos resulta evidente que muchos cubanos carecen de esperanza, luchan a diario por sobrevivir y sienten un creciente deseo de emigrar. Nos preocupa especialmente el encarcelamiento y las severas condenas impuestas a un número considerable de disidentes políticos, así como la aplicación de penas de muerte en procesos sumarios” (Orígenes, 18 de diciembre de 2003, p. 481).
En la última parte de su carta pastoral, el testimonio de los prelados cubanos también resulta interesante. Escribieron sobre la relación entre el régimen comunista y la Iglesia católica:
“Tenemos la impresión de que en nuestro país existe una lucha sutil contra la Iglesia, que se la trata como una entidad privada o marginal que podría restar fuerza o energía a la revolución. La existencia de una oficina para asuntos religiosos dependiente del comité central del Partido Comunista se percibe a menudo como un intento de control para limitar la labor evangelizadora de la Iglesia y no como una entidad apropiada para facilitar, mediante el diálogo, la revisión y solución de asuntos de interés común…
Los cambios que se han producido en el mundo, muchos de ellos derivados del declive de las ideologías, no han modificado sustancialmente la situación de la libertad religiosa en nuestro país. El concepto de libertad religiosa sigue restringido al ámbito del culto, es decir, a la relación del cristiano con Dios, pero no en el sentido pleno y adecuado de la presencia de la Iglesia en la sociedad. … (Ibid., págs. 484-5)
Casi al final, los obispos revelaron el siguiente hecho breve y trágico:
“El Papa Juan Pablo II llegó a Cuba como un 'mensajero de la verdad y la esperanza'; paradójicamente, desde entonces sentimos que la esperanza de nuestro pueblo ha disminuido progresivamente” (Ibid., p. 485).
A la luz de la información que proporciona este importante documento, resulta evidente que el viaje papal a Cuba no produjo lo que los delirantes seguidores de Juan Pablo II habían prometido. Tampoco logró lo que el Papa aparentemente deseaba: un cambio en el régimen comunista. Ni siquiera reportó beneficio alguno a los católicos. Para ellos, la situación sigue siendo tan mala, o incluso peor, que antes de la visita. Por lo tanto, los únicos beneficiados fueron Fidel Castro y el comunismo, que obtuvieron importantes ventajas políticas, tanto nacionales como internacionales.
Si esta visión presentada por los obispos es objetiva, surgen necesariamente algunas preguntas:
• ¿Acaso el Vaticano fue tan ingenuo como para suponer, con hipocresía, que Fidel Castro estaba cambiando y encaminándose hacia una conversión ideológica y religiosa? Cuesta creer que el Vaticano pudiera ser engañado tan fácilmente.
• Pero, si no se dejaron engañar, ¿por qué el Vaticano promovió la visita? ¿Formaba parte de una estrategia para mejorar la imagen de Castro en Occidente? No lo sé.
Lo único que sé es que si los aduladores de Juan Pablo II fueran sinceros, ahora mismo estarían lamentando en todo el mundo el fracaso de Juan Pablo II en su fiasco cubano. Pero no veo ninguna señal de ello.
