miércoles, 7 de octubre de 2026

SINCRETISMO, MASONERÍA EN LA IGLESIA Y EL DIARIO PÓSTUMO DE BERGOGLIO

Ottawa incorporó la “purificación con humo”, el “cardenal” Ryś convierte al Vaticano II en el filtro de toda la Tradición y Tucho publicará a Francisco.

Por Chris Jackson


El 30 de septiembre ocurrió algo “extraordinario” en el interior de la Basílica Catedral de Notre-Dame, en Ottawa.

Antes de dar paso a la liturgia eucarística, se incorporaron prácticas ceremoniales indígenas a la celebración con motivo del “Día Nacional de la Verdad y la Reconciliación” de Canadá. Se llevó a cabo un “rito de purificación” —conocido como smudging—, durante el cual se ahumó al “clero” situado en el presbiterio, con el humo de hierba dulce, cedro, salvia y tabaco. A continuación, se realizó una oración dirigida a los cuatro puntos cardinales, mientras los fieles se volvían en la dirección correspondiente. Más tarde, durante la oración de los fieles, tuvieron lugar rituales con plumas.

La Arquidiócesis de Ottawa-Cornwall había anunciado previamente que participantes indígenas “compartirían su cultura y espiritualidad” en la catedral. Esas son las palabras de la Arquidiócesis de Ottawa-Cornwall.


¿Compartir cultura y espiritualidad? Cuando se utiliza el humo para la purificación, se dirigen oraciones hacia las cuatro direcciones sagradas y la propia Arquidiócesis describe lo que entra en la catedral como “espiritualidad”, hemos trascendido el ámbito de la artesanía y la gastronomía indígenas. Hemos entrado en el terreno de la religión.

Y aquí es donde el instinto posconciliar resulta tan revelador. Las prácticas religiosas precristianas se tratan como “tesoros” que aguardan su incorporación al catolicismo. El instinto católico más antiguo —convertir, bautizar, rechazar ídolos falsos y aquello que no puede conciliarse con el Primer Mandamiento— parece ahora casi indecente de mencionar.

El humo tiene un significado

No tenemos que especular sobre si el rito de purificación con humo (smudging) es meramente decorativo, la Diócesis de Raleigh ya respondió a esa pregunta.

El 11 de julio, la diócesis celebró su primer “evento multicultural” en honor a Santa Kateri Tekakwitha en la iglesia de la Santa Cruz (Holy Cross) en Durham. Según su propio relato, Richard Duran, miembro de la tribu Pascua Yaqui, dirigió el rito de purificación, en el cual se compartió humo purificador con los participantes “como un acto de oración y conexión espiritual”. A continuación, David Miller ofreció una oración a los cuatro puntos cardinales. (Diócesis de Raleigh)

Mira atentamente esas palabras: Oración. Conexión espiritual. Humo purificador. La propia diócesis aportó el vocabulario teológico.

Precisamente por eso fracasa la respuesta fácil de que “es solo cultura”. Los propios organizadores no lo describen de esa manera.

Además, el evento de Raleigh no se limitó en absoluto a una conmemoración histórica. El anuncio diocesano había prometido “oración indígena y litúrgica”, así como música y danzas tradicionales (Diócesis de Raleigh).

No se llegó a esto por accidente. Fue algo programado.

Una cruel ironía hacia Kateri

Hay algo casi grotescamente irónico en situar a Kateri Tekakwitha en el centro de semejante espectáculo.


Kateri se convirtió, rechazó los falsos ídolos y se hizo católica.

Esa frase suena hoy vergonzosamente “primitiva”, lo cual tal vez explique por qué es necesario repetirla.

Ella cruzó una frontera.

El catolicismo le planteó una exigencia que trascendía la ascendencia, la tribu y las costumbres religiosas tribales heredadas. Su santidad no consistió en lograr una “convivencia armoniosa” entre el catolicismo y todas las prácticas precristianas que la rodeaban. Ella abrazó a Cristo.

Sin embargo, en 2026, los herederos institucionales de los misioneros que bautizaron a los conversos indígenas organizan celebraciones en honor a una santa indígena que incluyen rituales de purificación con humo y oraciones a los cuatro puntos cardinales.

Imagínate explicar esta lógica retrocediendo en el tiempo.

Misionero: “Hemos venido a predicar a Jesucristo”.

Liturgista moderno: “Maravilloso. Y después tendremos el ritual de purificación con humo”.

Hubo un tiempo en que la Iglesia penetraba en culturas paganas para convertirlas. Ahora, elementos de los rituales religiosos de esas culturas entran en las iglesias católicas “para enriquecernos”.

El “cardenal” Ryś dice en voz alta lo que antes se callaba

Mientras Ottawa y Raleigh muestran la práctica, el “cardenal” Grzegorz Ryś ha aportado la teoría.

Grzegorz Ryś

El “arzobispo” de Cracovia afirmó el 3 de octubre que los católicos deben leer “toda la Tradición de la Iglesia” a la luz del Vaticano II.

El texto original en polaco es aún más claro que las paráfrasis que circulan por internet:

“Toda la Tradición de la Iglesia debe leerse a la luz de la enseñanza del Concilio. Entonces estamos en la Iglesia”.

Añadió que le preocupa profundamente el rechazo al concilio e insistió en que el Vaticano II representó un retorno a la corriente más antigua de la Tradición: aquella que, según Ryś, “marca la pauta” (Instytut Gość Media).

Se trata de una inversión asombrosa. 

Un concilio católico se inscribe dentro de la Tradición pero la Tradición no se inscribe dentro de un concilio.

La Fe existía antes del 11 de octubre de 1962.

Los Padres, Doctores, Concilios, Liturgias, condenas, Encíclicas, Catecismos, Santos, el Derecho Canónico y la práctica misionera de casi dos milenios constituyen la herencia a la luz de la cual debe entenderse cualquier concilio posterior.

Pero Ryś invierte la jerarquía.

Todo lo anterior al Vaticano II debe pasar ahora por el filtro del Vaticano II. De repente, el concilio deja de ser un capítulo de la Tradición para convertirse en el intérprete autorizado de la misma. Y eso explica por qué se hacen cosas contradictorias.

Se puede acoger una ceremonia de purificación precristiana porque la teología posconciliar de la inculturación del Vaticano II le abrió espacio. Un instinto católico tradicional, que simplemente rechaza tal sincretismo religioso, pasa a ser visto con sospecha por no haber “comprendido” el concilio.

El pasado anterior a 1965 queda sometido a juicio.

Al parecer, Cristo Rey necesitaba una actualización


Ryś fue más allá.

Al hablar de Acción Católica, contrastó su antigua espiritualidad, centrada en Cristo Rey, con la espiritualidad que el concilio Vaticano II supuestamente orientó hacia Cristo Siervo.

Afirmó que el antiguo modelo no puede simplemente copiarse y que Acción Católica requiere una “perspectiva completamente nueva” (Instytut Gość Media).

El quid de la cuestión es fácil de pasar por alto, ya que ambos títulos son ciertos: Cristo es Siervo y también Cristo es Rey. El problema radica en el efecto que cada imagen tiene al ocupar un lugar central en la teología pública católica.

Cristo Rey gobierna. Su ley vincula a hombres y naciones. La Verdad posee derechos porque Él posee derechos. La religión abarca mucho más que la espiritualidad personal. El Estado no habita un universo moralmente neutral en el que Dios espera pacientemente fuera.

Cristo Siervo, separado de Cristo Rey, puede transformarse en algo mucho más útil para el mundo moderno: un símbolo religioso de adaptación, solidaridad, diálogo y servicio.

Un Rey manda. Un siervo facilita.

Esa diferencia difícilmente es casual.

Ryś incluso planteó las alternativas en términos políticos: o la Iglesia quiere ser socialmente “dominante”, o adopta la posición de servidora (Instytut Gość Media). Pero el catolicismo nunca enseñó que la realeza de Cristo implicara que los sacerdotes debieran administrar los departamentos de estacionamiento municipales. En realidad, significaba que pertenecen a Cristo.

La retórica católica moderna a menudo desvirtúa la doctrina caricaturizándola.

La trampa de la “iglesia abierta”

Ryś ofreció entonces otra frase que merece ser recordada:

Una iglesia abierta -argumentó- es una iglesia misericordiosa; una iglesia cerrada es una iglesia despiadada (Instytut Gość Media).

Esta es la trampa del vocabulario en la que se basa gran parte del proyecto posconciliar: Abierta. Misericordiosa. Atenta. Acompañante. ¿Quién quiere ser cerrado, cruel, sordo y rechazar? La conclusión llega antes que el argumento.

Sin embargo, el cristianismo está lleno de puertas cerradas. El Credo excluye su contradicción. El Bautismo marca un límite. El Primer Mandamiento excluye la falsa adoración. Nuestro Señor mismo distinguió el camino angosto del ancho.

San Pablo trazó líneas doctrinales con mucha menos ansiedad que la típica sesión de escucha diocesana. La misericordia le dice la verdad al pecador porque su salvación importa. La “apertura” eclesiástica moderna opera con demasiada frecuencia negándose a nombrar aquello de lo que se requiere conversión. De ahí nace el extraño espectáculo en Ottawa.

Nadie necesita convertirse con humo.

La catedral católica puede acoger todo.

La antigua gramática misionera casi ha desaparecido.

Lisicki califica a la nueva religión como “masónica”

El periodista Paweł Lisicki percibe el mismo problema en el énfasis reiterado de León XIV en la fraternidad, la paz y la dignidad humana.

Paweł Lisicki

Su lenguaje es deliberadamente explosivo. Describe el marco ideológico de la nueva religión surgida del concilio Vaticano II como esencialmente “100 % masónica”: una religión reorganizada en torno a la fraternidad universal en lugar de la Realeza de Cristo, la verdad sobrenatural y la conversión de las naciones.

Tal acusación debe entenderse con precisión.

Calificar una idea como masónica no implica afirmar que León asiste en secreto a una logia vistiendo un mandil. El argumento de Lisicki se refiere a la genealogía intelectual y al ordenamiento teológico.

Históricamente, la masonería exaltó una fraternidad humana universal capaz de trascender las divisiones confesionales. El catolicismo respondió que una fraternidad desgajada de la verdad revelada conduce al indiferentismo religioso.

Hoy en día se oye presentar el catolicismo una y otra vez como si su función pública suprema fuera aportar energía teológica a la paz, la convivencia y la dignidad humana. Estos elementos pueden constituir bienes auténticos, pero no pueden convertirse en la cúspide del catolicismo.

Cristo no fundó su Iglesia meramente para lograr que la humanidad fuera más amable consigo misma; Él vino a salvar a los pecadores. La distinción es importante porque la jerarquía de los valores determina la misión. Cuando imperan la salvación y la verdad, la paz posee un orden; cuando imperan la paz y la fraternidad, la verdad incómoda se convierte en un obstáculo para la armonía. Y, una vez que esto sucede, lo ocurrido en Ottawa cobra todo el sentido.

¿Por qué rechazar el rito espiritual de otro pueblo cuando las tradiciones religiosas pueden, en cambio, convertirse en aliadas en la fraternidad?

El Primer Mandamiento empieza a sonar descortés.

La extraña religión de la “dignidad humana”

La acusación más profunda de Lisicki es que la retórica eclesiástica moderna ha desplazado el centro de la atención de Dios al hombre. La gloria de Dios cede el paso a la “dignidad humana”.


Una vez más: la dignidad humana es real; el catolicismo nunca ha enseñado lo contrario. La cuestión radica en el origen de dicha dignidad. La respuesta católica comienza en Dios: la creación a su imagen, el destino sobrenatural y la redención por Cristo. La religión humanista moderna suele partir de una dignidad humana autónoma para luego reclutar al catolicismo con el fin de santificar esta conclusión.

El orden de los factores ha cambiado.

Esto ayuda a explicar por qué la figura de Cristo Rey resulta incómoda, mientras que la de Cristo Siervo resulta útil. Un Rey orienta al hombre hacia Dios; un siervo puede presentarse como Dios orientándose a sí mismo hacia el hombre. Una visión es teocéntrica. La otra postura se desliza muy fácilmente hacia el antropocentrismo, aun conservando el vocabulario cristiano.

Ahí tienes tu revolución en miniatura.

Y Tucho recibe el diario de Francisco

Luego llega la última aventura literaria del Vaticano.

El 24 de noviembre, la Librería Editora Vaticana publicará The Private Diary of Pope Francis (El diario privado del Papa Francisco).

El libro presenta notas que Jorge Mario Bergoglio llevó desde el 20 de diciembre de 1992 hasta el 18 de agosto de 2024, abarcando sus años como “obispo” y “cardenal”, los cónclaves de 2005 y 2013, y casi la totalidad de su “pontificado” como Francisco.

El volumen se publicará simultáneamente en cinco idiomas y en 94 países.


Y el hombre elegido para presentar y comentar las notas privadas de Francisco es el “cardenal” Víctor Manuel Fernández (Vatican News).

Tucho.

Porque, al parecer, la historia a veces escribe su propia sátira.

El prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe —cuyo historial literario incluye Sáname con tu boca: El arte de besar— guiará ahora a los lectores a través de la vida interior de Bergoglio.

Sin embargo, hay un matiz más interesante.

En 2024, Francisco dijo al periodista Javier Martínez-Brocal que tenía la intención de destruir personalmente sus notas más íntimas, en lugar de dejar que otra persona lo hiciera tras su muerte. America volvió a mencionar este detalle tras el anuncio del diario (America Magazine)

Esto no significa que el Vaticano haya violado los deseos de Francisco. Es posible que el diario que se publica sea distinto de aquellas notas profundamente personales que él pretendía destruir.

Aun así, la imagen que proyecta la situación no tiene precio.

Francisco: Tengo la intención de destruir mis notas íntimas.

El Vaticano después de Francisco: Lanzamiento mundial del diario en noventa y cuatro países. Tucho a cargo de los comentarios.

Estas historias tratan sobre lo mismo

A primera vista, una ceremonia de purificación con humo (smudging) en Canadá, un evento dedicado a Santa Kateri en Carolina del Norte, un “cardenal” polaco hablando sobre el Vaticano II, un comentarista polaco denunciando la teología humanitaria de León y el diario póstumo de Francisco parecen cinco noticias “católicas” inconexas.

No lo son. Todas ellas tienen que ver con la autoridad y la memoria católica. ¿Quién tiene derecho a decirles a los católicos qué significa su propia tradición? ¿Quién decide qué elementos heredados requieren “purificación” y qué elementos externos pueden ser “acogidos”? 

Ryś ofrece la respuesta con una claridad inusual: toda la Tradición debe leerse a través del Vaticano II. Una vez aceptado ese principio, la extraña asimetría se vuelve comprensible. El antiguo mundo católico ya no se puede aceptar tal cual es. Debe ser interpretado. Adaptado. Recontextualizado. Purificado del triunfalismo. Purificado del exclusivismo. Purificado de una concepción errónea de la Realeza de Cristo.

Mientras tanto, las prácticas que llegan desde fuera del cristianismo se encuentran con un vocabulario muy diferente: diálogo, inculturación, reconciliación, espiritualidad, escucha, sanación.

La sospecha mira hacia adentro.

Cuando la herencia católica entra en escena es mirada como una acusada, pero la espiritualidad no católica entra como una invitada.

El verdadero problema es acumulativo y eclesiológico.

¿Cómo puede la institución visible mostrar lo opuesto a lo que animaba a la autoridad católica antes del concilio y, al mismo tiempo, insistir en que nada fundamental ha cambiado?

La Iglesia de antaño enviaba misioneros para convertir a los pueblos de otras religiones. La nueva estructura invita a elementos religiosos de esas culturas a sus espacios sagrados. 

La Iglesia de antaño proclamaba la Realeza de Cristo sobre las sociedades. Ahora un “destacado cardenal” contrapone aquella espiritualidad al énfasis conciliar —supuestamente “superior”— en Cristo Siervo. La Iglesia de antaño interpreta los Concilios a la luz del Depósito de la Fe recibido. Ryś afirma que toda la Tradición debe leerse a través del Vaticano II.

Llega un momento en que los católicos tienen derecho a preguntarse si la palabra “desarrollo” se ha convertido en un término mágico que implica que la propia inversión de los hechos demuestra continuidad. Por eso persiste la crisis.

A quienes plantean estas preguntas se les dice constantemente que dejen de fijarse en escándalos aislados y que comprendan la teología de fondo. Observemos esa teología de fondo.

Ahí es donde el problema se agrava. El humo de Ottawa acabará disipándose. La oración a los cuatro puntos cardinales llegará a su fin. Los bailarines volverán a sus hogares. Pero la eclesiológica que permitió que tales cosas parecieran “naturales” permanecerá.

Y el “cardenal” Ryś nos ha proporcionado amablemente su norma rectora:

Leerlo todo a través del Concilio.

Una vez que se comprende esto, el humo empieza a cobrar mucho más sentido.
 

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