Por Antimodernist
Uno de los fenómenos más notables del “woke” es la velocidad a la que se producen vertiginosos giros de 360 grados. Durante décadas, la corriente política dominante —especialmente la de izquierdas— estuvo orientada hacia la paz y el desarme, oponiéndose a la guerra y abogando por la reconciliación y el entendimiento entre los pueblos, entre otras cosas. En muy poco tiempo, la situación ha dado un vuelco total.
De repente, la consigna es la “capacidad bélica” y el rearme; el enemigo se encuentra una vez más en el Este y debe ser aniquilado sin piedad. Curiosamente, son precisamente aquellas personas que antaño defendían el pacifismo quienes ahora tocan las trompetas de la guerra; ¡y ay de aquel que se atreva a objetar algo al respecto! Y todo ello sucede, por así decirlo, de la noche a la mañana.
Sorprendentemente, ese mismo tipo de “woke” —aunque con contenidos algo distintos— se encuentra también en los círculos de los tradicionalistas y los sedevacantistas. En los últimos años abundan los giros de 360 grados en estos ámbitos (como, por ejemplo, el asombroso cambio reciente de la Fraternidad de San Pío X: de una postura conciliadora y “superblanda” a un cisma de línea “superdura”).
Tradicionalistas woke
Uno de estos cambios afecta a las grandes apariciones de la Santísima Virgen en la era moderna reconocidas por la Iglesia. Si bien durante décadas fue costumbre piadosa en los círculos católicos tradicionales venerarlas, escuchar con el corazón abierto el mensaje de la Madre de Dios y meditar sobre él para seguir sus enseñanzas, la situación ha dado un vuelco total, especialmente en lo que respecta a los sucesos de Fátima (1917) y La Salette (1846).
Precisamente estas apariciones revestían una importancia especial para tradicionalistas y sedevacantistas, pues en ellas hallaban los indicios más claros de la crisis de la Iglesia. Sin embargo, ahora ya no quieren saber nada de ellas. Se dice que Fátima fue un “engaño diabólico” y que el “Gran Mensaje” de La Salette —antaño tan citado— fue incluso incluido por Roma en el “Indice de libros prohibidos”, por considerarse grave y peligroso.
Precisamente estas apariciones revestían una importancia especial para tradicionalistas y sedevacantistas, pues en ellas hallaban los indicios más claros de la crisis de la Iglesia. Sin embargo, ahora ya no quieren saber nada de ellas. Se dice que Fátima fue un “engaño diabólico” y que el “Gran Mensaje” de La Salette —antaño tan citado— fue incluso incluido por Roma en el “Indice de libros prohibidos”, por considerarse grave y peligroso.
Para cualquier buen católico es indiscutible que se debe obedecer a Roma; al menos en lo referente al “Gran Mensaje” de La Salette, aunque no en la cuestión de la autenticidad de Fátima, donde Roma se habría equivocado manifiestamente. Resulta sorprendente la “fidelidad a Roma” que muestran de repente esas mismas personas que, por ejemplo, defienden las consagraciones episcopales ilícitas de la Fraternidad de San Pío X, mientras al mismo tiempo demonizan La Salette porque, hace un siglo, algo relacionado con ella figuró en el Índice.
Recientemente apareció en un blog “sedevacantista” de tendencia lefebvriana una publicación sobre la “crisis de la Iglesia” titulada The Passion and the Eclipse (La Pasión y el Eclipse). Siguiendo el estilo propio de los lefebvrianos, se establecía un paralelismo entre la “crisis de la Iglesia” y la Pasión de Cristo, destacando especialmente el extraordinario eclipse solar que, según el Evangelio, acompañó a la muerte de Cristo en la cruz. El pasaje de Lucas dice literalmente: Et obscuratus est sol (el sol se oscureció) (Lc 23, 45). El autor señala que esta expresión, obscuratus est sol, es precisamente el término astronómico utilizado a menudo en la Edad Media para referirse a un eclipse solar. En griego, la expresión es toû hēlíou eklipóntos, derivada del verbo ekleípō, del cual a su vez proviene la palabra ékleipsis, es decir, “eclipse”.
Según el autor, este “eclipse” ocurrido durante la Pasión de Cristo constituye la imagen perfecta de la “crisis de la Iglesia”. Al igual que aquella, esta crisis fue extraordinaria en todos los sentidos y se prolongó durante un tiempo inusualmente largo. Se puede comparar acertadamente a la Iglesia católica con el sol y a la “luna oscura” con la “secta modernista”, la cual se ha colocado en el lugar del sol y lo oscurece, de modo que para el observador solo permanece visible un tenue resplandor —la “corona”—, que nuestro intérprete equipara con aquellos pocos lugares donde todavía se encuentran “la verdadera Misa y la verdadera doctrina”.
No queremos entrar más aquí en sus otras especulaciones sobre este tema. Sin embargo, lo que inmediatamente me vino a la mente fueron las palabras de Nuestra Señora de La Salette: “L’Église será éclipsée” (La Iglesia será eclipsada). Por supuesto, esperamos que el autor mencionara esto. En cambio, encontramos la siguiente nota al final de su ensayo: “Sin contar las visiones de Ana Catalina Emmerich (que no son ni aprobadas ni condenadas por la Iglesia), este artículo no pretende promover ningún mensaje sobrenatural ni libros que contengan tales elementos, y especialmente no aquellos condenados por la Iglesia”. ¡Mira ahí!
Eclipse solar
Según el autor, este “eclipse” ocurrido durante la Pasión de Cristo constituye la imagen perfecta de la “crisis de la Iglesia”. Al igual que aquella, esta crisis fue extraordinaria en todos los sentidos y se prolongó durante un tiempo inusualmente largo. Se puede comparar acertadamente a la Iglesia católica con el sol y a la “luna oscura” con la “secta modernista”, la cual se ha colocado en el lugar del sol y lo oscurece, de modo que para el observador solo permanece visible un tenue resplandor —la “corona”—, que nuestro intérprete equipara con aquellos pocos lugares donde todavía se encuentran “la verdadera Misa y la verdadera doctrina”.
“Condenado por la Iglesia”
El “Descargo de responsabilidad” sigue: “Sabemos que en la actualidad abundan los mensajes falsos. Si alguno menciona el mismo fenómeno, eso no significa que la analogía presentada en este artículo sea falsa (ni que esos mensajes sean verdaderos), ya que incluso en los falsos mensajes sobrenaturales suele haber elementos de verdad que los hacen más creíbles”.
Parece creer que se ha librado hábilmente de la situación. A nosotros, en cambio, nos parece bastante cobarde e imprudente. Porque ciertamente no llegó a su comparación entre la “crisis de la iglesia” y el eclipse solar más que a través de la declaración de Nuestra Señora de La Salette, en la que todos pensarán involuntariamente cuando habla. Él mismo demostró que esto está completamente de acuerdo con la Sagrada Escritura y con nuestra fe. Esto podría ampliarse mucho más, pero éste no es el lugar para ello. Sin embargo, al introducir luego el prejuicio “woke” con los libros “condenados por la iglesia”, con los que se refiere claramente a La Salette, y además insinuar que se trata de un “falso mensaje sobrenatural”, se hace increíble. Dadas las circunstancias, hubiera sido mejor si no hubiera escrito ese artículo.
Las prohibiciones
En primer lugar, cabe hacer algunas precisiones sobre este relato, que hemos extraído de la obra del Dr. Ludwig Neidhart Die Marienerscheinung von La Salette (La aparición mariana de La Salette). Él aporta oportunamente los textos originales en latín de las Acta Apostolicae Sedis. El primer documento, de 1915, no se refiere a la mera “presentación o recitación” del texto; más bien, prohíbe el disserere ac pertractare del mismo, es decir, su discusión y examen en profundidad, particularmente por escrito. La pena conminada no es la “excomunión” —lo cual carecería de sentido, dado que los laicos comunes serían excomulgados mientras que el clero solo sería suspendido—, sino el “interdicto”, concretamente la prohibición de recibir los sacramentos (sin quedar, no obstante, excluidos de la comunidad eclesial). En 1923, un folleto específico que contenía el “Gran Mensaje” fue condenado e incluido en el Índice.
El “Index librorum prohibitorum”
Consultemos, pues, en primer lugar, el Lexikon für Theologie und Kirche (LThK) de Buchberger (volumen 5, Friburgo de Brisgovia, 1933) para ver qué nos dice sobre el célebre —y a menudo denostado— Index librorum prohibitorum. Leemos allí: “Lista de libros expresamente prohibidos por la Santa Sede. La elaboración de tales listas es propia de la Edad Moderna” (col. 380). Esto no nos sorprende, ya que el problema de la proliferación de libros peligrosos surgió precisamente con la invención de la imprenta en la Edad Moderna. Hasta entonces, existía otra práctica para tratar los escritos indeseables: “Siguiendo el ejemplo de los cristianos de Éfeso (Hch 19, 19), y hasta la invención de la imprenta de tipos móviles, tanto en el derecho civil (...) como en la práctica eclesiástica, se eliminaban mediante la quema los escritos heréticos o, de otro modo, peligrosos. Esta postura fue mantenida incluso por el Concilio de Constanza (6 de julio de 1415), el V Concilio de Letrán (1515), León X en la bula Exsurge (15 de junio de 1520) y la Reichstag von Worms (Dieta de Worms). En este contexto, los índices de libros prohibidos (...) parecían superfluos” (ibid.).
El surgimiento del Índice
Evolución posterior
El Index en el siglo XX
Wikipedia resume la historia completa del Indice de la siguiente manera: “En el siglo XVI existían varios catálogos de libros prohibidos por autoridades políticas y eclesiásticas. El catálogo de la Inquisición romana de 1559 fue el primero en llevar el nombre de Index y en pretender una validez universal. En 1562 se creó una comisión para gestionar el Indice y, en 1564, el Papa Pío IV lo promulgó como directriz para los futuros censores. En 1571 se fundó para este fin la Congregatio indicis librorum prohibitorum (Congregación del Indice de libros prohibidos). Se prohibían todos los libros heréticos, supersticiosos y obscenos, así como todas las ediciones y traducciones de la Biblia que no hubieran sido expresamente aprobadas. El Index Romanus se publicó hasta 1948 (con actualizaciones hasta 1962) y llegó a incluir 6000 libros. La publicación del Indice cesó tras el concilio Vaticano II, en 1965 o 1966”.
Sobre el procedimiento habitual, la enciclopedia en línea informa: “El proceso ordinario de inclusión en el Indice comenzaba con la denuncia de un libro, que podía provenir de la propia Curia o del exterior. A menudo, el lugar de la primera edición bastaba para suscitar una sospecha inicial. En una fase preliminar, el secretario de la Congregación, junto con dos expertos, evaluaba si procedía iniciar un proceso de censura contra la obra. El tratado de Adolph Freiherr von Knigge Über den Umgang mit Menschen (Sobre el trato con las personas) es un ejemplo de escritos que no fueron objeto de mayor examen tras esta fase preliminar”. A continuación, podía iniciarse el “procedimiento principal”. Este “consistía en uno —o dos, en el caso de autores católicos— informes escritos, que eran evaluados por un órgano especializado (los consultores) y debatidos en una reunión. Al finalizar la sesión, se formulaba una propuesta de resolución que se presentaba al colegio cardenalicio de la Inquisición. Los cardenales decidían si el libro debía clasificarse como peligroso o inofensivo, tras lo cual el Papa tomaba la decisión definitiva sobre su inclusión en el Indice”. “El procedimiento podía concluir con tres posibles dictámenes”: la “inclusión en el Indice con la consiguiente publicación de la resolución”, la “no inclusión sin que se hiciera público que había existido un proceso de censura” o la “solicitud de un nuevo informe”. “En diversas ocasiones se retiraron libros del Indice, especialmente durante las grandes reformas de 1752 y 1900; de este modo, dejaban de considerarse prohibidos”. Leemos además: “La última edición oficial del Index librorum prohibitorum apareció en 1948, con suplementos hasta 1962. En su etapa final, el Indice contenía más de 6000 títulos incompatibles con la doctrina de la fe o la moral de la Iglesia. Entre los ejemplos más conocidos figuran las historias de amor de Honoré de Balzac, las canciones de Pierre-Jean de Béranger, siete obras de René Descartes, dos obras de Denis Diderot (incluida la Encyclopédie) y las historias de amor de Alexandre Dumas padre y Alexandre Dumas hijo. Asimismo, se incluyen cuatro obras de Heinrich Heine, la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, la obra completa de Maurice Maeterlinck y casi todos los escritos de Voltaire. Jean-Paul Sartre fue uno de los últimos en ser incluidos en el Índice”. También conocemos detalles sobre el fin del “Índice”: “El Índice fue suspendido en 1965 [“abolición de facto”] y posteriormente suprimido en 1966 [“abolición formal”] bajo el pontificado de Pablo VI. Una de las razones fue que mantenerlo actualizado resultaba inviable dada la cantidad —ya inabarcable— de libros, escritos, películas y formatos de radio y televisión”.
El procedimiento y el fin del Indice
Cabe esperar que personas tan ejemplarmente “obedientes” como el señor Neidhart tengan siempre a mano, naturalmente, una de las últimas ediciones del “Índice” y sigan sus normas al pie de la letra, evitando cuidadosamente, por ejemplo, los escritos de Descartes y Kant incluidos en la lista.
El sentido del Índice
Según nuestras fuentes, el “Índice” surgió a comienzos de la Edad Moderna, cuando, tras la invención de la imprenta, la producción y difusión de nuevos libros experimentó un auge enorme. Los círculos “reformistas” comprendieron rápidamente las ventajas de este nuevo procedimiento y lo utilizaron para divulgar sus ideas entre el pueblo. “En el siglo XVI, la impresión de los escritos de Martín Lutero representaba casi un tercio de la tirada total”, nos informa Wikipedia. “Sin embargo, la rápida difusión de libros impresos llevó tanto a la Iglesia como a las autoridades civiles a adoptar nuevas medidas para cumplir con su deber de proteger a los fieles frente a la seducción del error y el vicio” (LThK, véase más arriba); así fue como se llegó a la prohibición de libros, primero en el ámbito civil y posteriormente también en el eclesiástico. En aquella época, esto parecía ser un medio eficaz y, por ello, fue adoptado de manera especial por la Iglesia romana, “Madre y Maestra” de todos los fieles.
Continúa...

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