jueves, 25 de junio de 2026

PROFESIÓN DE FE CATÓLICA DE LA FSSPX PARA ILUMINAR LAS ALMAS FRENTE A LOS ERRORES MODERNOS

Esta Declaración de 154 puntos constituye una obra maestra de la verdadera religión católica, y fue emitida en el Nacimiento de San Juan Bautista desde la sede de la FSSPX en Menzingen, Suiza.


En el nombre de la Santísima e Indivisible Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Preámbulo

1. Profeso y abrazo la verdad absoluta de la fe católica, tal como fue “recibida por los Apóstoles de boca del mismo Cristo, o de los propios Apóstoles, guiados por el Espíritu Santo”, y luego fielmente preservada y transmitida a nosotros en ininterrumpida sucesión dentro de la Iglesia Católica, a través de la predicación de los Papas y Obispos, los escritos de los Padres de la Iglesia y de los Teólogos, y las definiciones de los santos concilios.

2. Acepto firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia infalible ha propuesto como divinamente reveladas y necesarias para la salvación, ya sea a través de las definiciones de su Magisterio solemne o mediante la unanimidad de su Magisterio Ordinario y Universal. Asimismo, acepto todo lo que pertenece a la doctrina católica por su necesaria conexión con el Depósito revelado, y considero ciertas las verdades que la Iglesia ha enseñado con constancia para salvaguardar dicho Depósito contra los errores.

3. Por consiguiente, rechazo todos los errores contrarios a esta Fe, y en particular los del liberalismo, el indiferentismo, el modernismo, el ecumenismo y el laicismo, condenados por los Papas Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI y Pío XII. Estos errores oscurecen la doctrina revelada, falsifican la Tradición, desfiguran la sagrada liturgia, corrompen la moral, debilitan el espíritu misionero y desintegran el orden social cristiano, perjudicando gravemente la salvación de las almas.

4. Profeso esta fe y rechazo todos los errores contrarios a ella, porque deseo permanecer fielmente sujeto a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, Señora de la verdad, y al Papa, Vicario de Cristo, adherido a la Roma eterna, que ha recibido la misión de custodiar santamente y exponer fielmente el Depósito revelado hasta el fin de los tiempos.

5. Agrego que, en la confusión actual, ya no basta con recordar algunas verdades aisladas. Se ha vuelto esencial sacar a la luz todo el orden de la doctrina Católica, en su coherencia sobrenatural y su luminosa armonía, sin omitir ningún dogma, ninguna verdad y no sustituir la fe recibida por ningún lenguaje equívoco o truncado que, bajo el pretexto de ecumenismo o de adaptación al mundo, desfigure cada vez más audazmente esta doctrina.

6. La Caridad misma exige que esta doctrina se profese con claridad, paciencia y fortaleza, para la gloria de Dios, el honor de la Iglesia y la salvación de las almas.

I. La Revelación Divina, la Fe y la Tradición

7. Creo que Dios, en su bondad, ha llamado al hombre, mediante el don de la gracia, a obtener la Visión Beatífica. Sostengo firmemente y profeso que esta exaltación del hombre supera las capacidades y exigencias de la naturaleza humana, y que es un don gratuito de Dios, es decir, un don sobrenatural.

8. Creo que Dios no ha dejado al hombre solo con sus capacidades naturales, sino que le ha revelado los misterios de su vida divina y el destino sobrenatural al que lo llama. Así, habiendo hablado antiguamente por medio de los profetas en la Antigua Alianza, ha hablado definitivamente por medio de su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, en la Nueva Alianza, con la cual la Revelación Divina recibió su perfecto cumplimiento.

9. Esta Revelación es la verdadera Palabra de Dios, confiada a la Iglesia como depósito y propuesta a los hombres como Regla de Fe en forma de doctrina, en la cual los misterios se formulan de manera que se hacen inteligibles y expresables con palabras. La Revelación no es la expresión progresiva de una conciencia religiosa, ni el fruto de una experiencia colectiva de la comunidad creyente; es la verdad misma de Dios comunicada sobrenaturalmente a las mentes de los hombres para su salvación.

10. Creo que el Depósito de la Fe se completó con la muerte del último Apóstol. Después de los Apóstoles, la Iglesia no recibe ninguna nueva Revelación: custodia, explica, defiende y transmite el Depósito recibido.

11. Reconozco las pruebas externas de la Revelación, en particular los milagros y las profecías, como signos fehacientes que demuestran el origen divino de la Religión Cristiana de una manera comprensible para el intelecto humano, en todo tiempo y lugar. Asimismo, reconozco a la Iglesia misma, por su unidad, santidad, catolicidad, fecundidad e invencible estabilidad, como un motivo permanente de credibilidad y un testimonio irrefutable de su misión divina.

12. Profeso que la Fe es la sumisión sobrenatural del intelecto, bajo la acción de la gracia, a la verdad revelada externamente por Dios. No se fundamenta en la evidencia de lo visto, ni en el juicio personal, ni en la experiencia vivida, sino en la autoridad misma de Dios, quien habla y quien, siendo la Verdad primera, no puede engañar ni ser engañado. Por lo tanto, la Fe no es un sentimiento religioso ciego, ni una emoción del alma, ni una convicción íntima producida por la conciencia personal o colectiva. Es la virtud sobrenatural que eleva el intelecto humano y le permite conocer a Dios tal como es, gracias al testimonio que Dios da de sí mismo mientras espera la Visión.

13. Por consiguiente, rechazo el error del modernismo, que aún persiste hoy en día y que reduce la fe a una experiencia interior, a una aspiración sensible o a una realización progresiva dentro de la comunidad creyente. Tal concepción destruye la noción misma de Dogma y hace imposible la obligación de creer, sustituyendo la Verdad Divina por una sinceridad subjetiva y entregando la doctrina a las fluctuaciones de la historia.

14. Profeso además que el Depósito de la Doctrina Revelada por Dios se encuentra en sus dos fuentes: la Sagrada Escritura y la Tradición. Profeso que la Tradición contiene muchas verdades reveladas por Dios que no se hallan en la Escritura, y que, por consiguiente, la Escritura debe leerse y comprenderse a la luz de la Tradición.

15. Profeso que la Sagrada Escritura, cuyos libros fueron escritos íntegramente, en todas sus partes, bajo la inspiración del Espíritu Santo, es verdaderamente la Palabra de Dios, libre de todo error, y confiada a la interpretación auténtica del Magisterio de la Iglesia, según la norma de la Tradición y según la Analogía de la Fe.

16. Por lo tanto, rechazo la exégesis racionalista, que trata los libros sagrados como documentos cuyo único autor es un hombre, que excluye a priori la posibilidad de lo sobrenatural, que separa artificialmente al Cristo histórico de la Fe de la Iglesia, que disuelve los milagros en símbolos o que somete la Escritura a las cambiantes hipótesis y manipulaciones de los métodos críticos naturalistas. La verdadera erudición bíblica debe estar al servicio de la comprensión de la Fe; no debe erigirse en regla, intérprete ni juez de la Palabra de Dios.

17. Finalmente, afirmo que la Tradición no es un recuerdo muerto, sino la transmisión viva de la Doctrina recibida de los Apóstoles. Permanece viva, a diferencia de la Revelación, que es cerrada. Esto se manifiesta tanto en la actividad del Magisterio de la Iglesia docente como en la Profesión de Fe de la Iglesia enseñada, de la cual el sentire cum Ecclesia es resultado de la enseñanza del Magisterio. La Tradición puede llamarse “viva”, no en el sentido de que cambie su significado, sino en el sentido de que el Magisterio vivo propone a lo largo de los siglos, de manera cada vez más clara y explícita, la misma Verdad según el mismo significado. Lo que ha sido creído por todos, en todas partes y siempre, como parte de la Fe, no puede ser negado ni puesto en duda por ninguna moda teológica, presión pastoral, necesidad diplomática o supuestas exigencias del mundo moderno.

II. Dios, principio y fin de todas las cosas, la Santísima Trinidad

18. Profeso la existencia de un solo Dios, personal, vivo y verdadero, principio primero y fin último de todas las cosas, que en el principio creó el Cielo y la tierra, todo lo visible y lo invisible, de la nada. Infinitamente perfecto, eterno y omnipotente, inmutable, incomprensible en Su esencia y soberanamente libre en Sus obras, es distinto del mundo que creó libremente, que conserva en la existencia y que gobierna por Su Providencia.

19. Profeso que a Dios se le puede conocer con certeza mediante la luz natural de la razón a través de sus criaturas, del mismo modo que se conoce una causa por sus efectos. La Fe Católica reconoce que el intelecto humano es capaz de alcanzar verdaderamente la realidad de las cosas, a menudo de conocer sus causas y de llegar a auténticas certezas.

20. Por lo tanto, rechazo el agnosticismo moderno, el escepticismo filosófico, el subjetivismo idealista y todas las doctrinas que limitan el alcance del conocimiento humano a los fenómenos sensibles o a las construcciones de la conciencia, negando así la posibilidad misma de un Magisterio eclesiástico y de una verdadera teología.

21. Confieso que en la única Naturaleza Divina subsisten tres Personas verdaderamente distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Trinidad consustancial e indivisible. El Padre carece de principio; el Hijo es eternamente engendrado por el Padre; el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo como de un solo principio. Pero estas tres Personas son una misma Sustancia Divina: son un solo Eterno, no tres Eternos; un solo Dios sabio, bueno y omnipotente, no tres dioses igualmente sabios, buenos y omnipotentes; son uno en la Voluntad y la Providencia Divinas, y gozan de una misma gloria.

22. Rechazo las profesiones atenuadas de fe trinitaria que, bajo el pretexto de unidad religiosa o prudencia ecuménica, deliberadamente guardan silencio sobre lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo. No basta con decir, como los judíos y los musulmanes, que Dios es uno; no basta con reconocer, como los arrianos, que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre; ni basta con confesar, como los griegos cismáticos, que el Espíritu Santo procede del Padre, mientras se guarda silencio sobre el Filioque. Este falso irenismo persigue una concordia ilusoria: al omitir la proclamación de ciertas verdades reveladas, sustituye la claridad por la confusión y amenaza la integridad de la Fe.

III. La Creación del Hombre y el Orden Sobrenatural de la Gracia

23. Creo que Dios creó al hombre a su imagen, dotado de un alma espiritual e inmortal, capaz de conocer la verdad, de amar el bien conocido por la razón natural y de volverse libremente hacia su Creador. Por lo tanto, el hombre no es el producto necesario de una evolución ciega, ni el simple resultado de fuerzas materiales; proviene de Dios como su causa creadora, depende de Dios, quien lo sustenta en la existencia, y está ordenado a Dios en cuanto a su fin.

24. Profeso que Dios no destinó al hombre únicamente a su perfección natural, sino que lo llamó libremente a un fin sobrenatural que supera absolutamente las facultades y los derechos de la naturaleza creada: la Visión Beatífica, mediante la cual el alma contemplará a Dios cara a cara y participará de la vida íntima de la Santísima Trinidad. Que el hombre sea llamado a ser hijo de Dios, partícipe de la Naturaleza Divina y heredero del Cielo, no es el cumplimiento necesario de su naturaleza, sino un puro efecto de la generosidad divina.

25. Por lo tanto, rechazo toda doctrina que disuelva la distinción entre naturaleza y gracia, que haga de la vida sobrenatural un requisito de la naturaleza humana, o que presente la gracia como un simple desarrollo interior de las capacidades naturales del hombre. Tal confusión destruye tanto la gratuidad de lo sobrenatural como la realidad de la naturaleza. Termina por reducir la fe a una antropología religiosa y la Redención a una revelación del hombre a sí mismo.

26. Asimismo, afirmo que la gracia no destruye ni reemplaza la naturaleza: la sana, la eleva y la perfecciona, preservándola. El orden sobrenatural no cuestiona ni la razón, ni la ley natural, ni las criaturas; las sana y las subordina a un fin superior. Por ello, la oposición moderna entre la libertad humana y la gracia, entre la dignidad de la persona y la dependencia de Dios, entre la cultura y la Fe, es radicalmente falsa.

27. Rechazo el falso humanismo religioso que exalta al hombre en sí mismo, como si la Encarnación hubiera revelado ante todo la imagen de Dios en la creación del hombre, en lugar de la miseria del pecado y la misericordia divina que se inclina hacia el pecador. El hombre es verdaderamente grande solo cuando recibe con humildad la gracia que lo sana y lo eleva, se arrepiente de sus pecados, se somete a la verdad y vive como hijo de Dios. Al separarse de Dios, no se exalta a sí mismo, sino que se destruye.

28. Profeso que la dignidad humana, mediante la cual Dios ha establecido a su criatura en la cúspide del mundo material, jamás puede invocarse contra la ley de Dios, contra la necesidad de conversión ni contra la sumisión a la verdad revelada. Esta dignidad es herida por el pecado: debe ser restaurada y elevada a la dignidad de los hijos adoptivos de Dios, por medio de la gracia.

IV. El pecado original y la condición del hombre

29. Creo que nuestros primeros padres fueron establecidos por Dios en un estado de justicia y santidad originales, y dotados de los dones de integridad, impasibilidad e inmortalidad. Por una gracia especial de Dios, poseían no solo la integridad de su propia naturaleza, sino también los dones sobrenaturales que los encaminaban a la vida misma de Dios. Adán, cabeza y principio de la raza humana, recibió además el don del conocimiento.

30. Sostengo que, por su desobediencia, Adán cometió el pecado original, que se transmite a todos los hombres de generación en generación. Este pecado es, para todos, un pecado natural que los condena a la muerte, el sufrimiento, la ignorancia y la concupiscencia. Despojados de la gracia santificante y de los dones sobrenaturales, que ya no podían transmitir a sus descendientes, Adán y Eva fueron expulsados ​​del paraíso terrenal.

31. En Adán, sin embargo, la naturaleza humana no fue destruida, sino solo herida: su intelecto, aunque oscurecido, sigue siendo capaz de conocer la verdad; su libre albedrío, aunque debilitado, sigue siendo capaz de desear y amar el bien natural. Por lo tanto, rechazo todas las doctrinas que, con un pesimismo desesperanzador, consideran al hombre irremediablemente corrupto e incapaz de cualquier bien.

32. Asimismo, rechazo toda doctrina que, con un optimismo insensato, minimice el pecado original, exalte ingenuamente la bondad innata del hombre o pretenda fundamentar la paz universal únicamente en el progreso moral, técnico, político o cultural de la humanidad. Las tragedias de la historia, los desórdenes de las sociedades y la oscuridad del corazón humano se explican fundamentalmente, ante todo, por la profunda herida del pecado.

33. Profeso que el hombre necesita ser salvado mediante una redención que lo libere tanto del pecado original como de todos sus pecados personales. Esta redención —o “recompensa”— requiere el don de la gracia de Dios en Cristo: sin ella, el hombre no puede salvarse a sí mismo por sus obras naturales, su cultura, su ciencia o su sinceridad religiosa. Sin la gracia santificadora de Cristo, permanece incapaz de alcanzar su fin sobrenatural.

34. Por lo tanto, rechazo el naturalismo moderno, ya sea teórico (en filosofía o teología) o práctico (en moral, política o pastoral). Toda doctrina que hable de fraternidad, paz, dignidad o progreso, sin reconocer el pecado, la Cruz o la necesidad de la gracia, se fundamenta en una ilusión y termina engañando a las almas a las que dice servir.

35. Profeso al mismo tiempo que la gravedad del pecado nunca debe llevar a la desesperación, pues Dios, en su misericordia, no abandonó al hombre después de su caída, sino que desde el principio le prometió un Salvador nacido de la Mujer, cuya venida preparó progresivamente a lo largo de la historia de la salvación.

36. En todo esto, profeso que los hechos registrados en el Libro del Génesis sobre los fundamentos de la Religión Católica deben tomarse en su sentido literal e histórico: por ejemplo, la creación de todas las cosas por Dios al principio de los tiempos; la creación especial del hombre; la formación de la primera mujer a partir del primer hombre; la unidad de la raza humana; la felicidad original de nuestros primeros padres en estado de justicia, integridad e inmortalidad; el mandamiento dado por Dios al hombre para probar su obediencia; la transgresión del precepto divino por instigación del diablo en forma de serpiente; la caída de nuestros primeros padres de ese estado primordial de inocencia; y la promesa del Redentor venidero.

V. Jesucristo, Verbo Encarnado, Único Mediador y Redentor

37. Creo y profeso que Nuestro Señor Jesucristo es el Verbo Eterno de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, consustancial con el Padre en Su Divinidad y de la misma naturaleza que nosotros en Su humanidad, semejante a nosotros en todo salvo en el pecado. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres, el único Salvador del género humano, el único Rey de las almas y de las sociedades, prometido por Dios en Su misericordia a nuestros primeros padres y anunciado por los profetas.

38. Profeso que, en la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios se encarnó, no para confirmar al hombre en su dignidad humana ni para revelarle la imagen de Dios en sí mismo, sino para salvarlo del pecado y darle nuevamente acceso a la vida eterna. Nacido de la Virgen María, sin dejar de ser Dios, tomó verdadera naturaleza humana, vivió entre nosotros, enseñó la verdad, cumplió las profecías, manifestó Su divinidad mediante Sus milagros y, finalmente, se ofreció libremente en la Cruz como Sacrificio propiciatorio por los pecados del mundo.

39. Profeso que la Redención es una verdadera satisfacción ofrecida a la Justicia Divina, en reparación por el pecado original y los pecados personales. Cristo, Sacerdote y Víctima en Su santa humanidad, nos redimió con su Sangre. Al cargar con nuestros pecados y sufrir el castigo que nos correspondía, ofreció a Su Padre un acto perfecto de obediencia, un acto de amor y reparación, al cual la dignidad de Su Divina Persona confirió un valor meritorio infinito.

40. Por lo tanto, rechazo toda doctrina que reduzca la Redención a una simple manifestación del amor de Dios, a una solidaridad de Cristo con los sufrimientos humanos, a una revelación de la dignidad del hombre o a una liberación puramente moral, política o social. La Cruz no es meramente un signo: es el altar del Sacrificio redentor. Cristo no solo anunció la salvación: la mereció con Su Sacrificio. Su Pasión y Muerte voluntarias en la Cruz constituyen el único Sacrificio redentor por el cual la humanidad se reconcilia con Dios.

41. Profeso que al tercer día resucitó glorioso de entre los muertos, y que esta Resurrección es un hecho histórico. Es la señal más resplandeciente de Su victoria definitiva sobre el pecado, la muerte y el infierno. Constituye el fundamento de la esperanza cristiana y la garantía de nuestra propia resurrección. Representa, además, el principal motivo de credibilidad de la Divinidad de Jesucristo.

42. Creo que cuarenta días después ascendió al Cielo, que ahora está sentado a la diestra de Su Padre, que gobierna invisiblemente a Su Iglesia a través de Su Vicario, y que intercede constantemente por nosotros, esperando el momento en que volverá en gloria al final de los tiempos para juzgar a los vivos y a los muertos.

43. Asimismo, profeso que, si bien Cristo murió por todos, no todos se salvan por ello. Los méritos de la Pasión deben aplicarse a las almas, lo cual suele ocurrir cuando reciben, con las disposiciones necesarias, los Sacramentos que les comunican la gracia santificante. Quien rechaza los Sacramentos, los recibe indignamente o permanece voluntariamente en pecado, se excluye de la salvación que Cristo le ha otorgado.

44. Por lo tanto, rechazo el falso optimismo de una redención universal ya consumada en cada persona, independientemente de su conversión y perseverancia. Tal doctrina destruye la urgencia de la predicación, debilita el celo misionero, vuelve inútil la penitencia y contradice las mismas palabras del Salvador: “El que crea y sea bautizado, será salvo; mas el que no crea, será condenado”.

45. Finalmente, afirmo que Jesucristo no solo es el Redentor de los individuos, sino el centro de toda la historia y el Rey de toda la Creación. Todas las cosas fueron creadas por Él y para Él; todas las cosas deben ser restauradas en Él. Ninguna cultura, ninguna sociedad, ninguna ley, ninguna sabiduría humana encuentra su verdadera y completa perfección fuera de Su reinado.

VI. La Santísima Virgen María en la Economía de la Salvación

46. Creo que la Santísima Virgen María ocupa un lugar único en la historia de la salvación, querido por Dios desde la eternidad, y que, por lo tanto, su condición no es la de las demás criaturas. Aquel que decidió dar a Su Hijo a los hombres, también decidió darle una Madre.

47. Profeso que la Santísima Virgen María, por un privilegio singular, fue inmaculada desde el primer instante de su concepción, para ser digna Madre de Jesucristo: preservada del pecado original en anticipación de los méritos de Cristo y así redimida de una manera más sublime, llena de gracia desde el primer instante de su existencia, María siempre se mostró perfectamente fiel a la Voluntad de Dios.

48. Creo que permaneció siempre virgen, antes, durante y después del parto; su virginidad perpetua manifiesta el origen divino de su Hijo y su total consagración a la obra de Dios.

49. Profeso que, verdaderamente la Madre de Dios y Madre de los hombres, estuvo asociada de manera única e incomparable con la obra redentora de su divino Hijo: la nueva Eva junto al nuevo Adán, su Fiat abrió el camino a la Encarnación; su silenciosa fidelidad acompañó toda la vida del Salvador; su dolorosa compasión al pie de la Cruz la unió con un solo corazón al Sacrificio redentor.

50. Profeso que, unida así a su Divino Hijo, mereció por congruencia en su compasión lo que Cristo mereció por estricta justicia en Su Pasión; no como causa principal de la Redención, sino como asociada subordinada, dependiente y totalmente relativa a su Hijo, en un mismo acto de la Redención de nuestras almas. Es en este sentido que la piedad Católica, sostenida por la enseñanza tradicional de Papas y Teólogos, la llama con razón, en virtud de esta compasión, “Corredentora” y, por consiguiente, “Mediadora Universal”.

51. Por consiguiente, rechazo con indignación la tendencia moderna a menoscabar los privilegios de la Santísima Virgen bajo el pretexto de la prudencia ecuménica, del diálogo con religiones falsas o por el falaz temor de oscurecer la singular mediación redentora de Jesucristo. Debilitar la doctrina mariana no es honrar mejor a Cristo, sino malinterpretar el orden que Dios quiso venir a nosotros por medio de María y conducirnos a Sí mismo a través de ella.

52. Creo que al final de su vida terrenal, fue llevada, en cuerpo y alma, a la gloria celestial, donde reina junto al trono de Dios, junto a la santa humanidad de su Divino Hijo, sobre ángeles y hombres, ejerciendo su papel maternal como Dispensadora de todas las Gracias.

53. Finalmente, afirmo que el culto auténtico y especial a su Madre no disminuye en absoluto la veneración debida a Dios; al contrario, la incrementa, pues reconoce las maravillas de la gracia divina en la más perfecta de las criaturas y conduce con mayor seguridad a las almas hacia Jesucristo. La verdadera restauración Católica no puede separarse del honor que se rinde a aquella que aplasta la cabeza de la serpiente.

VII. La Iglesia Católica, Cuerpo Místico de Cristo y Única Arca de la Salvación

54. Creo firmemente que, para perpetuar y prolongar la obra de la Redención hasta el fin de los tiempos, Nuestro Señor Jesucristo fundó una sola Iglesia, visible, jerárquica, indefectible y necesaria para la salvación. Esta Iglesia, adquirida por la sangre de Cristo, confiada a Pedro y a sus sucesores, los Romanos Pontífices, no es otra que la Iglesia Católica Romana.

55. Profeso que la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. Es una en su Fe, su culto, su gobierno y su fin. Es Santa por su Fundador, por su doctrina, por sus Sacramentos y por los Santos que incesantemente engendra. Es Católica porque, enviada a todos los pueblos y establecida en todo el mundo, está capacitada en todas partes para procurar la salvación de los hombres de toda condición. Es Apostólica porque permanece fundada sobre los Apóstoles, conserva su doctrina y continúa su misión, gobernada por sus sucesores.

56. Profeso que la Iglesia es a la vez una sociedad visible y el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo es su Cabeza; los fieles son sus miembros; la vida sobrenatural adquirida en la Cruz se comunica en ella mediante los Sacramentos recibidos por la Fe y florece en la caridad.

57. Profeso que la Iglesia es la Inmaculada Esposa de Cristo. Cristo la amó hasta el punto de entregarse por ella, para santificarla y presentársela sin mancha ni arruga. Si sus miembros pueden pecar, ella misma, en su Doctrina, sus Sacramentos, su Constitución Divina y su fin, permanece como la guardiana fiel y pura del Depósito revelado y la dispensadora de los misterios de Dios. Las faltas de los clérigos no pueden imputarse a la Iglesia como tal; surgen del hecho de que estos hombres no han vivido de acuerdo con sus santas leyes. Por lo tanto, rechazo las acusaciones injustas y blasfemas dirigidas contra la Iglesia en nombre de los pecados de sus hijos, así como los actos de arrepentimiento que parecen atribuir a la Esposa de Cristo las faltas de quienes la han traicionado.

58. Profeso que la Iglesia es la Madre de las almas. Las engendra para la vida divina mediante el Bautismo, las alimenta mediante la Eucaristía, las resucita mediante la Penitencia, las fortalece mediante la Confirmación, santifica a las familias mediante el Matrimonio, consagra a los sacerdotes mediante el Orden Sagrado y asiste a los moribundos mediante la Unción de los Enfermos. Su maternidad es sobrenatural y salvífica: les da a los hombres el pan de la sana doctrina, la gracia y los medios de la vida eterna.

59. Profeso que Dios quiso que la Iglesia fuera el medio necesario de salvación; así como bajo el Cielo no hay otro nombre dado a los hombres que el de Jesucristo por el cual debamos ser salvados, tampoco hay salvación sobrenatural independiente de la Iglesia Católica. Porque toda salvación proviene de Jesucristo; y toda gracia salvadora se da en y a través de la única Iglesia que Él fundó, o bien ordena a quien la recibe que se una a esa misma Iglesia.

60. Esta verdad implica que nadie puede salvarse sin Cristo y Su Iglesia, mediante una religión falsa como tal, ni tener la seguridad de Su salvación fuera de la estructura visible de la Iglesia. Si los hombres se salvan sin pertenecer a la sociedad visible que es la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, es por una ordenación sobrenatural a la única Iglesia de salvación, y a pesar de los errores de las religiones falsas en las que se encuentran, de las cuales se liberan al no rechazar la gracia que se les ofrece y al corresponder a ella.

61. Por lo tanto, rechazo el falso ecumenismo, que se basa en la idea de que el Espíritu Santo no se negaría a utilizar comunidades separadas como medio de salvación, como si la Iglesia de Cristo estuviera presente y activa en ellas, o como si estas comunidades poseyeran en sí mismas un valor salvífico cuya eficacia derivara de la plenitud de la gracia y la verdad confiadas a la Iglesia Católica. Si alguien llega a la verdad revelada o recibe la gracia de la santificación fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica, esa verdad y esa gracia pertenecen por derecho a esa misma Iglesia y llaman inequívocamente a la unidad Católica, y el Espíritu Santo no las ofrece como medio de salvación utilizando comunidades separadas como tales, de las cuales nunca se puede advertir lo suficiente a las almas.

62. Asimismo, rechazo la idea de que las religiones no cristianas puedan reflejar un rayo de verdad que ilumine a todo hombre, o que sean caminos legítimos por los que Dios guíe positivamente a los hombres a la salvación. Ciertamente, entre los seguidores de estas falsas religiones pueden encontrarse algunos fragmentos de verdad natural, o vestigios distorsionados de verdades antiguas; pero estas religiones, consideradas como tales, y en la medida en que mezclan el error con su culto, son obra del diablo y no pueden ser aceptables para Dios. El Espíritu Santo no las utiliza como caminos de salvación, y en ellas no hay virtud propia de la única Iglesia de Cristo, la única luz que ilumina a todo hombre en la oscuridad.

63. Rechazo además la idea de un “cristianismo anónimo”, según el cual cualquier hombre que lleve una vida naturalmente honesta, sea “creyente”, ateo o agnóstico, estaría orientado hacia Cristo y, por lo tanto, sería salvado por Él, como “cristiano” sin saberlo.

64. Finalmente, profeso que la Antigua Alianza ha sido cumplida, superada y anulada por la Nueva Alianza, que es el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham en Cristo y en Su Iglesia. Las figuras de la antigua Ley han encontrado su realización y su cese en el Sacrificio del Verdadero Cordero, Mediador de la Nueva Alianza y Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Por la eterna Voluntad de Dios, el verdadero descendiente de Abraham es Cristo, junto con aquellos que le pertenecen en Su Cuerpo Místico, que es la Iglesia.

65. Por lo tanto, rechazo la nueva eclesiología, que destruye el impulso misionero al relativizar la singularidad de la Iglesia, la única arca de salvación.

66. Asimismo, rechazo la inculturación entendida como la adopción indiscriminada de las categorías religiosas, morales o simbólicas de las culturas paganas y sus prácticas. El Evangelio puede presuponer lo que es naturalmente bueno, verdadero y noble en los pueblos; jamás puede consagrar la idolatría, la superstición, el error o las costumbres contrarias a la ley natural. La misión de la Iglesia no es un diálogo indefinido, una cooperación humanitaria ni un reconocimiento mutuo de las tradiciones religiosas: es el mandato recibido de Cristo de enseñar a todas las naciones, bautizarlas y enseñarles a observar todo lo que Él ha mandado.

VIII. El Espíritu Santo, Santificador de las almas y Alma de la Iglesia

67. Profeso que el Espíritu Santo, tercera Persona de la Santísima Trinidad, verdadero Dios con el Padre y el Hijo, ha hablado por medio de los profetas, ha inspirado las Escrituras, ha santificado a los justos, ha formado la humanidad del Verbo Encarnado en el seno virginal de María, y fue enviado visiblemente en Pentecostés para manifestar la Iglesia y darle vida hasta la consumación de los siglos.

68. Creo que, enviado por el Padre y el Hijo, Él permanece en la Iglesia hasta el fin de los tiempos, según la promesa de Nuestro Señor. Él es el Alma increada de la Iglesia, no como una forma sustancial que aboliría la distinción entre Cristo y sus miembros, sino como el principio invisible y la causa eficiente de su vida sobrenatural, de su unidad de profesión de fe y culto, de la santidad de su gobierno y su Magisterio, y de su fecundidad en sus obras.

69. Profeso que toda la vida de la Iglesia depende de su acción. Es Él quien asiste al Magisterio eclesiástico, y especialmente al del Papa, para que pueda preservar, declarar y explicar el Depósito revelado sin error: no para que invente nuevas doctrinas, sino para que penetre más profundamente, en el mismo sentido y significado, la verdad ya revelada por Dios a los Apóstoles.

70. Creo que es Él quien comunica a las almas, en los Sacramentos, la gracia obtenida por el Salvador, quien mora en ellas por medio de esa gracia y las conforma a Cristo; Él quien ilumina las mentes con Su sabiduría, sostiene las voluntades con Su poder y derrama Su caridad en los corazones; Él quien da origen a las buenas obras, inspira la caridad fraterna y conduce a las almas hacia su perfección.

71. Es Él quien ha sostenido a los mártires, iluminado a los doctores, formado misioneros, nutrido la vida contemplativa, hecho fructificar las Órdenes Religiosas y hecho florecer la santidad en todos los estados de vida. Las grandes obras de la civilización Cristiana, frutos de la cultura Católica, dan testimonio de esta discreta pero fecunda presencia del Espíritu de Dios en la Iglesia a lo largo de los siglos.

72. Por lo tanto, rechazo toda pretensión de invocar al Espíritu Santo para justificar adaptaciones doctrinales que rompen con la Tradición, cambios morales o procedimientos sinodales que ponen en tela de juicio lo que la Iglesia ha recibido de Dios. El Espíritu de la verdad no puede inspirar hoy lo contrario de lo que inspiró ayer. No invita a la Iglesia a escuchar al mundo para recibir de él sus aspiraciones; al contrario, la impulsa a enseñar al mundo, a convertirlo y a santificarlo. Su obra no consiste en suscitar inspiraciones anárquicas, ni en fomentar la creatividad doctrinal, ni en fundamentar la vida espiritual en la búsqueda de fenómenos carismáticos extraordinarios; consiste en guiar a las almas iluminando su fe y defendiéndolas de sus enemigos espirituales, para completar en ellas la obra de su salvación y conducirlas a la luz de la eternidad.

IX. El Romano Pontífice, el Episcopado y la Constitución Jerárquica de la Iglesia

73. Reconozco en el Romano Pontífice al sucesor de San Pedro, al Vicario de Jesucristo, al Pastor supremo y universal, a la cabeza visible de toda la Iglesia, que posee, por institución divina, un poder de jurisdicción verdaderamente propia, suprema, plena, inmediata y universal sobre todos los pastores y sobre todos los fieles bautizados en la Iglesia.

74. Creo que esta autoridad no le proviene de una delegación de la comunidad, sino directamente de Cristo mismo, quien instituyó este oficio para la salvaguarda de la doctrina de la fe, la santificación de las almas y el gobierno de la Iglesia.

75. Reconozco que, en virtud de este poder propio y genuino, los pastores y los fieles le deben respeto y obediencia filial en todo lo que concierne al legítimo ejercicio de su oficio. Así, salvaguardada la unidad de comunión con el Romano Pontífice y la unidad de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo constituye un solo rebaño bajo un solo Pastor supremo.

76. Asimismo, reconozco que los obispos son sucesores de los Apóstoles, lo que los convierte en verdaderos pastores por derecho divino, poseedores en la Iglesia, por voluntad de Cristo, de una jurisdicción particular y subordinada que reciben directamente del Romano Pontífice. Unidos a él, en sumisión a su suprema autoridad, ejercen legítimamente su propia autoridad en sus respectivas diócesis, según lo establecido por el Espíritu Santo en el orden jerárquico querido por Cristo.

77. Reconozco además que el cuerpo de obispos, unido a su cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin ella, puede ser sujeto extraordinario y no permanente de un poder pleno y supremo sobre la Iglesia universal, pero que esto ocurre únicamente en el acto de un concilio ecuménico, por iniciativa y orden del Romano Pontífice solamente, y dentro de los límites de su voluntad exclusiva.

78. Por consiguiente, rechazo las concepciones colegialistas que pretenden convertir al colegio episcopal en una persona moral permanente dentro de la Iglesia, o en un segundo sujeto de poder supremo, distinto del sucesor de Pedro. La constitución monárquica de la Iglesia es de institución divina e inviolable, y así seguirá siendo hasta el fin de los tiempos, pues nadie puede redefinir la función que Cristo mismo confirió a Pedro en su Iglesia.

79. Asimismo, rechazo las concepciones sinodalistas que tienden a transformar la Iglesia jerárquica en una estructura consultiva, parlamentaria o democrática, sujeta a las opiniones cambiantes del pueblo cristiano o a las presiones del mundo. La conciencia colectiva de los fieles, las encuestas pastorales, las sensibilidades culturales y las expectativas del mundo no son fuentes de Revelación. La legítima escucha de las almas jamás puede convertirse en una adaptación continua de la vida de la Iglesia, su doctrina y su constitución divina al espíritu del mundo, bajo el pretexto de interpretar el “sensus fidei” del pueblo de Dios.

X. El Magisterio, Guardián del Depósito Revelado

80. Creo que el Romano Pontífice goza de infalibilidad cuando habla ex cathedra, es decir, cuando, cumpliendo su oficio de pastor y doctor de todos los cristianos, define, en virtud de su suprema autoridad apostólica, que una doctrina sobre fe o moral debe ser sostenida por la Iglesia universal.

81. Profeso además que el poder del Magisterio en la Iglesia está esencialmente ordenado a la salvaguarda del Depósito revelado y, por medio de ello, a la salvación de las almas. El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que manifestaran una nueva doctrina, sino para que custodiaran santamente y expusieran fielmente el Depósito transmitido por los Apóstoles.

82. Por eso, el Magisterio actual no puede contradecir sustancialmente al Magisterio anterior. El Magisterio vivo no es una predicación actual contrapuesta a la predicación pasada, sino la predicación continua e ininterrumpida de la misma verdad de la Fe, con el mismo significado a lo largo de los siglos. El Papa y los obispos no son los dueños de la Revelación; son sus custodios y están sujetos a ella como un discípulo a su maestro. No pueden cambiar la Fe, ni modificar la Constitución Divina de la Iglesia, ni declarar bueno lo que es contrario a la ley de Dios.

83. Por lo tanto, rechazo toda concepción evolucionista del dogma, según la cual las verdades reveladas cambiarían de significado a lo largo de la historia. Dentro de la Iglesia puede existir un progreso homogéneo en la comprensión, que perciba mejor, de manera más clara y explícita, el significado de la verdad revelada, pero nunca una mutación en el significado de esa verdad. Lo que ya ha sido enseñado por el Magisterio vivo de la Iglesia docente y creído en la Profesión de Fe de la Iglesia enseñada, no puede volverse falso; lo que ha sido condenado como contrario a la Fe no puede legitimarse; lo que pertenece a la Constitución Divina de la Iglesia no puede ser remodelado según las categorías del mundo moderno o el contexto histórico-cultural.

84. Por lo tanto, rechazo la idea de un nuevo Magisterio que pretenda arrogarse la autoridad del presente para imponer doctrinas contrarias o ajenas a la Tradición constante. Rechazo asimismo la oposición artificial entre el Magisterio de ayer y el de hoy, como si el único Magisterio vivo de la Esposa de Cristo fuera el actual, y pudiera, con el pretexto de adaptarlo mejor, renunciar a lo que la Iglesia siempre ha enseñado, creído y condenado desde los tiempos de los Apóstoles.

85. Sostengo que, respetando la legítima libertad de investigación y opinión de los teólogos respecto a cuestiones doctrinales abiertas o controvertidas, el Magisterio de la Iglesia tiene el legítimo deber de ejercer supervisión y, cuando proceda, censura sobre las publicaciones, para evitar que pongan en peligro la Fe de los fieles. Por consiguiente, rechazo la acusación formulada contra la Santa Iglesia de haber carecido de caridad al anatematizar herejías y excomulgar a herejes.

86. Rechazo también el diálogo perpetuo establecido en el espíritu del último concilio, por el cual la jerarquía renuncia al ejercicio de un verdadero Magisterio y afirma, a veces, inspirarse en el “sentido de la fe” de los creyentes, y otras veces conversar en igualdad de condiciones con los seguidores de religiones falsas o incluso con los no creyentes.

87. Rechazo, en definitiva, la concepción subjetivista del pluralismo teológico que surge de tal renuncia a la función magistral. Sostengo que la Iglesia no es una asamblea en búsqueda permanente, sino la guardiana de una verdad revelada por Dios y transmitida por los Apóstoles, y que su auténtico Magisterio es la norma próxima y universal de la verdad en materia de Fe y Moral, que garantiza la transmisión ininterrumpida del Depósito revelado a lo largo de los siglos.

XI. El orden moral y la ley de Dios

88. Profeso que existe un orden moral verdaderamente fundado en la Sabiduría Eterna de Dios. Los actos humanos son buenos o malos según se ajusten o se opongan a la ley divina, que es santa e indefectible. Las opiniones individuales, el consenso social, las intenciones subjetivas y las circunstancias históricas no pueden alterar el valor inviolable de estos principios de la Moral Cristiana.

89. De la inmensa bondad con la que Dios elevó al hombre al orden sobrenatural, se deduce que el hombre tiene un único fin último, de carácter sobrenatural, al cual permanece ordenado según el designio divino, incluso después del pecado. Este fin sobrenatural asume, eleva y perfecciona el fin del orden natural del hombre.

90. La ley natural, inscrita por Dios en la naturaleza humana, sigue siendo cognoscible mediante la recta razón y obliga a todos los hombres. La ley positiva revelada, al ser de orden sobrenatural, confirma, eleva y clarifica la ley natural, a la vez que la supera. Por consiguiente, no existe oposición entre la ley del Evangelio y la ley natural; además, la misma gracia otorga al hombre la fuerza para ser sobrenaturalmente fiel a las exigencias de ambas, y así gozar de la libertad propia de los hijos de Dios, mediante la cual, liberado del poder del pecado, el hombre puede tender hacia su fin último.

91. Por lo tanto, rechazo la ética situacional, según la cual las circunstancias concretas podrían convertir en buenas las acciones intrínsecamente malas. En particular, sostengo que ninguna circunstancia puede legitimar el recurso a la anticoncepción, el aborto o la eutanasia. Rechazo toda doctrina que afirme que una línea de acción objetivamente contraria a los Mandamientos de Dios podría constituir, para algunas personas, la respuesta generosa que Dios exige en ese momento. Dios nunca ordena el pecado ni lo imposible; nunca bendice el desorden moral ni justifica lo que contradice su propia ley; pero a quien se esfuerza al máximo, nunca le niega la gracia de guardar sus mandamientos.

92. Sostengo que las uniones adúlteras, las uniones contrarias a la naturaleza y toda situación pública contraria a la ley divina no pueden presentarse como bienes imperfectos, dones de Dios, pasos positivos o realidades que puedan ser bendecidas como tales. Semejante presentación engañosa distorsiona gravemente los principios de la Moral Cristiana y perjudica la sagrada institución del Matrimonio y el bienestar de las familias.

93. Por lo tanto, rechazo, por ser contrario a la fe y a la constante disciplina de la Iglesia, la pretensión de admitir a los Sacramentos, y muy especialmente a la recepción de la Santísima Eucaristía, a quienes persisten públicamente en tales estados sin renunciar a su desorden. La verdadera misericordia llama al pecador a la conversión; no ratifica el pecado bajo el pretexto del acompañamiento pastoral o del discernimiento de situaciones particulares.

94. Asimismo, rechazo la moderna disociación entre doctrina y práctica pastoral. Una práctica pastoral que contradice la doctrina no es pastoral; desvía a las almas. La caridad no consiste en silenciar la verdad para evitar el sufrimiento, sino en proclamarla con benevolencia para conducir a la salvación. La medicina de la Iglesia solo puede sanar nombrando el mal, llamando a la penitencia y ofreciendo los remedios de la gracia.

95. Finalmente, afirmo que Dios no solo es el autor y fin del orden moral, sino también su guardián, su juez y el soberano que recompensa el bien y el mal. El olvido del juicio divino engendra una falsa misericordia, sentimental e impotente, que no salva a nadie porque no convierte a nadie.

XII. La realeza social de Cristo y la civilización cristiana

96. Profeso que la Santísima Trinidad puede y debe ser reconocida y adorada no solo por cada individuo, sino también por las familias, las instituciones y la sociedad civil. Ninguna autoridad humana es independiente de Dios, pues toda autoridad proviene de Él y debe ejercerse conforme a la ley eterna.

97. Profeso que las sociedades civiles, al igual que las personas, tienen el deber de reconocer y honrar a este único y verdadero Dios, que es Jesucristo, el Verbo Encarnado, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y de rendirle el culto que le corresponde, en la verdadera religión revelada e instituida por Él.

98. Sostengo que las autoridades que gobiernan estas sociedades deben procurar el bien común, conforme a la doble ley divina, natural y revelada. El ejercicio de la libertad no consiste en dar rienda suelta a todos los caprichos de la concupiscencia, sino en elegir la mejor manera de utilizar los bienes de este mundo con miras a la salvación eterna.

99. Por lo tanto, rechazo el laicismo moderno, que pretende organizar la sociedad como si Dios no existiera. La negativa pública a reconocer a Dios como Señor soberano no es neutralidad, sino una injusticia social hacia el Creador y una causa profunda de desorden entre los pueblos. En efecto, una sociedad que niega a Dios el honor que le corresponde destruye progresivamente los cimientos de su propia justicia: separa la ley humana de su fuente eterna y entrega a los pueblos a la voluntad cambiante del hombre caído.

100. Profeso que Nuestro Señor Jesucristo, por ser el Verbo Encarnado y por haber redimido a la humanidad con Su sangre, es Rey no solo de los individuos, sino también de las familias, las instituciones, los pueblos y las naciones. Todo poder le ha sido dado en el Cielo y en la tierra: Su reinado no se limita al ámbito interior de la conciencia ni a la esfera privada; debe extenderse al ámbito exterior, a las leyes, la moral, la educación, la cultura y la vida pública. Su Reino es eterno y universal: un reino de verdad y vida, un reino de santidad y gracia, un reino de justicia, amor y paz.

101. Sostengo que la sociedad civil, aunque perfecta en su propio orden, no posee todos los medios necesarios para conducir al hombre a su verdadera perfección, que permanece inaccesible para la naturaleza humana caída sin la ayuda de la gracia, que sana y eleva.

102. Por ello, profeso que quienes gobiernan la sociedad deben someterse a la influencia salvífica de la Iglesia, que ilumina las mentes mediante su Magisterio, sana y fortalece las voluntades a través de la gracia de los Sacramentos y orienta al hombre hacia su verdadero destino sobrenatural, del cual es guardiana. En consecuencia, el bien de la sociedad exige que los jefes de Estado reconozcan su derecho y deber de favorecer y proteger a la Santa Iglesia, y asimismo, de oponerse mediante las leyes de su gobierno a todo aquello que obstaculice su necesaria influencia, que es la de la única Religión Verdadera.

103. Por lo tanto, rechazo el liberalismo político y religioso: no solo aquel que reclama para el error los mismos derechos que para la verdad, y para las formas falsas de culto el mismo reconocimiento oficial y público que para las verdaderas; sino también aquel que, en nombre de la dignidad humana y una falsa libertad religiosa, atribuye a cada persona el derecho a actuar públicamente según su conciencia sin ser obstaculizada por la autoridad civil, incluso cuando esa conciencia es errónea y se opone al bien común o a la Verdadera Religión.

104. Reconozco que, en ciertos casos, el error puede tolerarse para evitar males mayores o para preservar el bien común de la paz civil, pero afirmo que no posee en sí mismo un derecho moral a ser defendido o alentado en igualdad de condiciones que la verdad, ni en nombre de una falsa libertad de conciencia que nunca deba ser obstaculizada.

105. Asimismo, sostengo que, si bien el ser humano posee una dignidad ontológica que lo eleva por encima de los seres materiales, la dignidad humana que debe respetarse no es indiferente a la verdad ni al error que profesan las personas, ni al bien ni al mal que realizan: quien profesa el error o obra mal pierde su dignidad moral. Por ello, la autoridad legítima no atenta en modo alguno contra la dignidad humana cuando castiga los delitos conforme a las exigencias de la justicia, con penas proporcionales, para defender el bien común frente a graves desórdenes.

106. Rechazo también esa forma moderna de personalismo que asigna a la Iglesia la misión de salvaguardar la dignidad de la persona humana y de establecer una fraternidad universal sobre la base de esta supuesta dignidad común de la raza humana, sin hacer distinción alguna entre, por un lado, la verdadera dignidad del Cristiano que renuncia al pecado para vivir según la Moral Evangélica en la Iglesia Católica, y, por otro, la falsa dignidad de aquellos que, perdidos en el error y el vicio, rechazan el camino de la salvación.

107. Rechazo la falsificación que de esto se desprende, la cual tiende a convertir a la Iglesia, si no en servidora, al menos en colaboradora del mundo en la realización de su propio ideal: el de una paz puramente terrenal y temporal, fundada en un perfeccionamiento naturalista de la humanidad, desprovista de perspectiva sobrenatural. Este ideal fomenta la independencia del hombre con respecto a Dios, Su ley, la verdad y el bien; implica desprecio por la Realeza Social de Cristo y por la Cristiandad, y conduce, en última instancia, al ateísmo y a la sustitución del hombre por Dios.

108. Rechazo asimismo el prejuicio moderno que presenta la civilización cristiana como opresiva, oscurantista u hostil a la dignidad humana. Lejos de destruir lo bueno de las distintas culturas, el orden cristiano lo asume y lo purifica. Así, a partir de la Doctrina Revelada y gracias al resplandor de la Teología Católica, especialmente la de Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, se constituyó, bajo la vigilancia del Magisterio, una auténtica cultura Cristiana de alcance universal, que integraba los mejores elementos de la cultura griega y latina. Fruto auténtico del Evangelio, contribuyó a la educación de los pueblos y a su crecimiento en la Fe y las virtudes Cristianas. Si bien nunca fue perfecta, pues los hombres siempre serán pecadores, esta civilización fue, sin embargo, en la historia, la máxima realización del Orden Social Cristiano.

109. Por el contrario, el rechazo moderno del Reinado Social de Cristo ha producido una regresión de la civilización, manifestada en la secularización de las instituciones, la disolución del Matrimonio, la destrucción de la autoridad, la educación sin Dios, la tiranía de las pasiones y el progresivo borrado del espíritu de sacrificio en naciones que alguna vez fueron Católicas. Frente a esta apostasía pública, profesamos que todas las cosas deben ser restauradas en Cristo, quien es el único Santo y quien, por medio de Su Cuerpo Místico, es el único santificador de almas y de pueblos.

XIII. Los Sacramentos de la Nueva Ley

110. Creo que hay siete Sacramentos propiamente llamados así de la Nueva Ley, instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para conferir eficazmente la gracia que significan: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los Enfermos, Orden Sagrado y Matrimonio.

111. Profeso que los Sacramentos deben celebrarse válidamente con la Materia, la Forma y la Intención prescritas, observando los ritos litúrgicos que expresan claramente la Fe Católica; y que deben recibirse con las disposiciones requeridas.

112. Creo que el Bautismo es la puerta de la Iglesia y que es necesario para la salvación. Normalmente, nadie puede salvarse sin recibirlo; mediante este Sacramento, el hombre es lavado del pecado original, incorporado a Cristo, marcado con el carácter Cristiano y hecho miembro de la Iglesia. Por lo tanto, rechazo la práctica de aplazar sin causa grave el Bautismo de los niños que no tienen uso de razón. Sin embargo, quien, después de la edad de razón y sin culpa alguna, se ve impedido de acceder a este Sacramento, puede salvarse de manera extraordinaria mediante el Bautismo de Deseo, es decir, mediante un acto sobrenatural de Fe y perfecta Caridad que lo ordena a la Iglesia.

113. Profeso que la Confirmación fortalece al bautizado mediante el don del Espíritu Santo, para que pueda confesar valientemente la Fe, resistir a los enemigos de la salvación y vivir como testigo de Cristo. En tiempos de confusión, esta fortaleza sobrenatural es particularmente necesaria, pues nadie puede conservar la Fe sin luchar.

114. Profeso que la Penitencia remite los pecados cometidos después del Bautismo, mediante los actos del penitente: Contrición, Confesión y Satisfacción. Rechazo firmemente todo enfoque pastoral que debilite el sentido del pecado, minimice la necesidad de la Confesión Sacramental o reduzca la Satisfacción a un mero acto de reparación hacia uno mismo o hacia los demás, sin hacer referencia a la ofensa cometida contra Dios.

115. Profeso que la Extremaunción alivia y fortalece a los enfermos, remite los pecados cuando procede, contribuye poderosamente a borrar el castigo debido al pecado y prepara el alma cristiana para comparecer ante Dios.

116. Afirmo que el Matrimonio es la unión estable e indisoluble de un hombre y una mujer, elevada por Cristo a la dignidad de Sacramento entre los bautizados. El propósito de esta unión, establecida por Dios, el Ordenador de la naturaleza, es doble: por un lado, la generación y educación de los hijos, que constituye el fin primario y principal del Matrimonio; por otro, el apoyo mutuo de los cónyuges y el remedio de la concupiscencia, que son sus fines secundarios: fines verdaderos y esenciales, pero naturalmente subordinados a los primeros.

117. Por lo tanto, rechazo toda doctrina que considere las uniones contrarias al Matrimonio como participaciones reales, aunque imperfectas, en él; o que, queriendo definir el matrimonio únicamente en términos del amor de los cónyuges, destruya la jerarquía de los fines del matrimonio, a riesgo de legitimar el divorcio, la negación de los hijos y, por ende, la anticoncepción, lo cual es contrario a la ley natural.

118. Confieso que el Sacramento del Orden Sagrado imprime en quien lo recibe el carácter sacerdotal que lo configura a Cristo Sacerdote, y que ninguna mujer puede recibirlo en ningún grado. Por ello, el sacerdote recibe el poder de ofrecer el Sacrificio salvífico por los vivos y los difuntos, de remitir los pecados y de santificar a los fieles. Rechazo, pues, toda confusión entre el sacerdocio, en el verdadero y propio sentido de ministros de Cristo, y el sacerdocio común, usado en sentido impropio con respecto a los fieles: los fieles ofrecen espiritualmente con el sacerdote y por medio del sacerdote; pero solo el sacerdote debidamente ordenado realiza y ofrece sacramentalmente el Sacrificio en la Persona de Cristo.

XIV. El Santo Sacrificio de la Misa, la Sagrada Eucaristía y la Liturgia Católica

119. Profeso que la Misa es verdaderamente, en el sentido propio de la palabra, un Sacrificio. No es meramente un memorial de la Última Cena o de la Pasión; celebrada por un sacerdote debidamente ordenado, representa sacramentalmente el único Sacrificio del Calvario y lo renueva de manera incruenta, sin multiplicarlo. La Víctima es la misma, el sacerdote principal es el mismo; solo difiere la forma de ofrecerla.

120. En la Misa, y mediante la acción de su ministro, Nuestro Señor Jesucristo se ofrece a su Padre como Sacrificio de adoración, acción de gracias, propiciación e impetración. Al unirse a esta acción de Cristo, idéntica a la del sacerdote celebrante, la Iglesia rinde a Dios el culto perfecto que le corresponde y aplica a las almas de los vivos y de los difuntos los méritos del Sacrificio de la Cruz.

121. Creo que, mediante las palabras de la Consagración válidamente pronunciadas por un sacerdote, el pan y el vino se transforman en su totalidad en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, aunque conserven sus características sensibles. Esta admirable transformación se denomina con razón Transustanciación.

122. Creo que la Santísima Eucaristía ocupa el centro de la vida de la Iglesia y que contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Adoro el Santísimo Sacramento del altar y rechazo toda doctrina o práctica que debilite la Fe en la Presencia Real, disminuya el respeto debido a la Eucaristía, trivialice la Sagrada Comunión o altere el carácter sagrado del santuario.

123. Por ser la expresión privilegiada de la Fe, la liturgia es también la escuela permanente en la que se forma el alma Cristiana. Mediante su orientación, su silencio, sus gestos, su canon, su lenguaje sagrado, su espíritu de adoración y su estructura teocéntrica, la liturgia nutre la Fe y ejerce una profunda influencia en las almas. A través de ella, los pueblos aprenden a pensar según Dios, a juzgar según la eternidad, a amar lo sagrado, a despreciar lo transitorio y a ordenar toda su vida al Sacrificio de Cristo. Asimismo, moldea la moral e inspira las artes, las instituciones, las fiestas y las costumbres del pueblo Cristiano. Por eso, cuando el culto divino se vuelve prosaico, vacío, ambiguo, profano o antropocéntrico, debilita la comprensión misma de la Fe.

124. Profeso que la Misa Romana Tradicional, celebrada según el rito vigente antes de la reforma del novus ordo missae, expresa con incomparable claridad la Doctrina Católica del Sacrificio, el Sacerdocio y la Presencia Real. Sin embargo, observo con tristeza que las reformas litúrgicas contemporáneas se han alejado considerablemente de la Liturgia Tradicional, tanto en su conjunto como en sus detalles. Al hacerlo, han oscurecido el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa, han fomentado una concepción democrática del culto, han acercado la expresión litúrgica Católica a las concepciones protestantes y, por consiguiente, han contribuido de manera preponderante a la pérdida del sentido de lo sagrado, a la corrupción del espíritu Cristiano, al declive de las vocaciones y al debilitamiento general de la Fe.

125. Por lo tanto, rechazo toda reforma o práctica litúrgica que, por omisión, ambigüedad doctrinal u orientación práctica, favorezca la herejía, debilite la Fe, se aparte de la Doctrina Católica de la Misa formulada en el Concilio de Trento o aleje a los fieles de la adoración debida a Dios. El culto público de la Iglesia debe expresar la Fe Católica sin ambigüedades.

126. Finalmente, estoy seguro de que la restauración Católica de los pueblos implica necesariamente la restauración del culto divino, a través de la Liturgia Tradicional de todos los tiempos. Donde la Misa se celebra como el verdadero Sacrificio de Cristo, renacen la Fe, la piedad, la vida de gracia, las familias cristianas, las vocaciones y el anhelo de los bienes eternos.

XV. La vida cristiana , la santidad y la perfección de la caridad

127. Creo que la vocación suprema del hombre es la santidad. Creado por Dios, redimido por Cristo y santificado por la acción del Espíritu Santo, el hombre está llamado a participar de la vida misma de Dios mediante una creciente conformidad a su voluntad, para alcanzar la unión perfecta y definitiva con Él en la gloria.

128. Creo que la gracia santificante convierte al hombre en hijo adoptivo del Padre, miembro de Jesucristo, templo del Espíritu Santo y heredero de la vida eterna. Hace que el alma sea agradable a Dios, le comunica una participación creada en la naturaleza divina, la capacita para realizar actos sobrenaturales y la ordena a la Visión Beatífica. Las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad unen el alma directamente a Dios; las virtudes morales infusas ordenan su conducta conforme a la ley divina; los dones del Espíritu Santo la hacen apta para recibir sus inspiraciones con docilidad, confiriendo a las virtudes su perfección última.

129. Creo que la vida Cristiana implica, en gran medida y de ninguna manera insignificante, una lucha espiritual. Desde la caída, el hombre permanece expuesto a las tentaciones del mundo, de la carne y del diablo. La gracia no suprime esta lucha: otorga la fuerza necesaria para librarla victoriosamente.

130. Creo que el camino a la santidad se alcanza imitando a Jesucristo, obedeciendo sus Mandamientos, mediante la oración, los Sacramentos, la Penitencia, la abnegación, la fidelidad al deber y el amor a la Cruz. El discípulo no está por encima de su Maestro: si desea entrar en la gloria, debe seguir los pasos de Cristo crucificado.

131. Por lo tanto, rechazo el falso cristianismo sin la Cruz, que promete paz terrenal sin conversión, misericordia sin penitencia, fraternidad sin depender de la paternidad de Dios y santidad sin heroísmo. La Iglesia jamás ha canonizado la mediocridad, la adaptación al mundo ni la mera buena voluntad natural; ha propuesto, para la imitación de sus fieles, Santos cuya Fe fue íntegra, cuya Caridad fue heroica y cuyas vidas se conformaron a la de Cristo.

132. Por lo tanto, rechazo toda reducción de la vida Cristiana a una vaga filantropía, una conciencia social o un compromiso con los asuntos de este mundo. La Caridad Cristiana se mide, ante todo, no por la emoción compartida ni por la utilidad visible, sino por el amor sobrenatural a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo por amor a Dios. La misericordia corporal misma pierde su verdadero significado y su valor auténtico cuando deja de estar orientada a la misericordia espiritual y a la salvación eterna.

133. Profeso que la Santidad es el fruto más hermoso de la Iglesia. Mártires, Confesores, Vírgenes, Monjes, Misioneros, Doctores, Pastores y todas las almas santas y fieles dan testimonio del poder de la verdad, la fecundidad de la gracia y la victoria de Cristo sobre el pecado.

XVI. Los últimos tiempos y la esperanza cristiana

134. Creo que la vida presente es un tiempo de preparación para la eternidad y, por lo tanto, de prueba. El ser humano no tiene una morada permanente en la tierra: fue creado para un destino sobrenatural que supera infinitamente los bienes pasajeros de este mundo. Creo en la vida después de la muerte, a la que se accede mediante la separación del alma y el cuerpo.

135. Creo que al final de su vida terrenal, cada persona comparecerá primero ante el tribunal de Cristo para su juicio particular y recibirá, según sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones, la sentencia de su destino eterno; también creo que al final de los tiempos, Nuestro Señor Jesucristo regresará en su gloria para presidir el juicio general.

136. Sostengo con amor y temblor que la misericordia y la justicia resplandecen en las obras de Dios. El pecado del hombre ha ofendido la gloria del Creador, el hombre se ha convertido en deudor de Dios, y la justicia divina exige reparación; pero, en su incomparable misericordia, Dios nos ha dado un Redentor que, como Cabeza de la humanidad, se ha ofrecido por los pecados del mundo entero: una satisfacción que exige nuestra propia participación.

137. Confío en la infinita misericordia de Dios: no hay pecado que no pueda perdonar, ni miseria que no desee aliviar; pero condeno firmemente esa misericordia sin justicia que predica el nuevo humanismo, la de un dios que no castiga el pecado, no condena a nadie y no exige conversión, justificando el pecado en lugar del pecador.

138. Profeso que las almas que mueren en estado de pecado mortal están condenadas al terrible abismo del Infierno, al castigo eterno de la privación de Dios y al castigo eterno del fuego. Rechazo toda doctrina que niegue la eternidad del Infierno, que minimice la realidad de los castigos eternos o que insinúe que todos los hombres serán salvados finalmente, quedando el Infierno vacío.

139. Creo que las almas que mueren en estado de gracia, pero aún sujetas a la pena temporal, se purifican en el purgatorio. Por lo tanto, profeso la necesidad de orar por los difuntos, de solicitarles el sufragio de la Iglesia, y rechazo las falsedades que prometen a todos la entrada inmediata en la Casa del Padre, extinguiendo así la piadosa costumbre de la Iglesia de orar constantemente por los muertos.

140. Rechazo en particular el falso lenguaje pastoral que, por temor a perturbar las conciencias, pasa por alto el juicio, el infierno y la necesidad de penitencia. No hay caridad en ocultar a los hombres el peligro eterno al que los expone el pecado. La predicación de los Últimos Tiempos pertenece a la misericordia de la Iglesia, porque despierta las almas y las orienta hacia la salvación.

141. Afirmo, finalmente, que las almas que mueren en la amistad de Dios, perfectamente purificadas, entran inmediatamente en la vida eterna y gozan de la Visión Beatífica. Contemplan a Dios cara a cara, tal como es, y en Él encuentran su descanso eterno. La vida cristiana está ordenada a esta bienaventuranza; todo enfoque pastoral que reduzca la felicidad humana al bienestar terrenal, la paz social o la mera satisfacción psicológica, traiciona el fin sobrenatural del Evangelio.

142. La Esperanza Cristiana, por lo tanto, no es ni optimismo terrenal ni incertidumbre mezclada con temor. Es la firme expectativa del Reino Eterno, fundada en las promesas de Dios y alimentada por la gracia. Le da al cristiano la fuerza para trabajar aquí en la tierra sin olvidar que su patria está en el Cielo, y para combatir los errores de la época sin perder la paz interior.

XVII. La crisis moderna y el deber de confesar la fe.

143. Creo que la Iglesia, asistida por la divina Providencia, permanece indefectible hasta el fin de los tiempos. La promesa de Cristo no puede fallar: las puertas del infierno jamás prevalecerán contra ella.

144. Sin embargo, creo que la historia de la Iglesia conoce períodos de prueba en los que la Profesión de la Verdadera Fe se ve gravemente disminuida, en los que se propagan los errores, en los que la disciplina se debilita y en los que muchas almas son desviadas.

145. Reconozco en particular que los errores modernos representan una terrible amenaza para todo el orden Católico, y que su penetración en la vida de la Iglesia, bajo la influencia del concilio Vaticano II y las reformas posconciliares, ha provocado una crisis de excepcional gravedad: el agnosticismo ataca el conocimiento de Dios; el naturalismo ataca la necesidad de la Gracia; el subjetivismo ataca el motivo sobrenatural de la Fe; el relativismo ataca la inmutabilidad del Dogma; la ética situacional ataca la Ley Divina; el liberalismo ataca la Realeza Social de Cristo; el falso ecumenismo ataca la singularidad de la Iglesia; la colegialidad y la sinodalidad atacan la Constitución Divina de la Iglesia en su jerarquía; el antropocentrismo litúrgico ataca el Santo Sacrificio de la Misa.

146. Por lo tanto, la crisis actual no puede reducirse a un mero conflicto de sensibilidades, preferencias litúrgicas u opciones pastorales. Afecta a los fundamentos mismos de la Fe y la Moral, del Sacerdocio y el Culto, de la Iglesia y del Reinado de Cristo.

147. Estos errores no se quedan en lo abstracto; han producido frutos visibles: el debilitamiento de la predicación doctrinal, la extinción del espíritu misionero, la trivialización del pecado, la crisis de la familia, la ruina de la liturgia, la pérdida del sentido de Dios, la escasez de vocaciones, la apostasía silenciosa de las naciones cristianas y la profunda confusión de los fieles.

148. Por eso, hoy ya no basta con afirmar las Verdades Católicas en términos generales, sin denunciar simultáneamente los errores que pretenden corromperlas. La Caridad hacia las almas exige la claridad de toda la Verdad, sin ambigüedad alguna.

149. Esta crisis solo puede superarse mediante la restauración de todas las cosas en Jesucristo, a través del retorno a la Fe, a la vida de Gracia, al Culto Divino y a la búsqueda de la Santidad.

150. En estas dolorosas circunstancias, sin juzgar a nadie ni usurpar la autoridad de la Iglesia, no puedo sino confesar la Fe cuya Profesión está siendo menoscabada, recordar la Tradición que está siendo desterrada, defender la Moral, proteger la Liturgia y proclamar los Derechos de Cristo.

Conclusión

151. Fiel a la eterna Roma que custodia el Depósito transmitido por los Apóstoles, deseo conservar esta herencia íntegramente, sin disminución, sin alteración y sin temor, no como una opinión particular dentro de la Iglesia de hoy, sino como la Fe recibida de la Iglesia que es Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

152. Porque esta Fe no me pertenece: la he recibido para permanecerle fiel, vivirla, transmitirla y, si Dios así lo pide, sufrir por ella, con la firme esperanza del triunfo de la Verdad y de la Gracia, para la salvación de las almas y la gloria de la Santísima Trinidad.

153. Le pido a Dios que me mantenga firme en esta Profesión de Fe hasta el último instante de mi vida. Encomiendo esta Profesión de Fe a la intercesión de la Santísima Virgen María, los Santos Apóstoles, los Mártires, los Confesores y todos los Santos que nos precedieron en la fidelidad a Cristo.

154. Y con la esperanza de la resurrección y de la vida del mundo venidero, pongo mi alma, la Iglesia y todas las cosas en las manos de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a quien pertenecen el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Amén.


Celebración de la Natividad de San Juan Bautista en Menzingen, el 24 de junio de 2026.
 

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