Por Michael Pakaluk
La única vez que Nuestro Señor encontró algo que solamente florecía, lo maldijo: “Por la mañana, al regresar a la ciudad, tuvo hambre. Al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló más que hojas. Entonces le dijo: “¡Que nunca más dé fruto!” Y la higuera se secó al instante” (Mateo 21:18-19)
La maldición consistía en que el árbol solo floreciera y nunca fructificara. Para Nuestro Señor, “Que sólo florezcas” es una maldición. Pues dado que florecer implica dar fruto, semejante maldición hizo que el árbol se marchite.
Trasladando esta idea a los asuntos humanos, podríamos decir que, por un lado, existe el florecimiento humano y, por otro, la “fructificación” humana, y que aspirar a florecer sin fructificar es estar sujeto a una maldición divina.
Luego está la parábola del árbol que no da fruto:
“Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a buscar higos, pero no los halló. Dijo entonces al viñador: "Mira, hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. ¿Para qué está consumiendo la tierra inútilmente?". El viñador contestó: "Señor, déjala un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. Puede ser que así dé fruto en adelante y, si no, la cortas"” (Lucas 13:6-9)
Este árbol estaba ciertamente “en plena floración”, pero había que podarlo porque no daba fruto.
El primer salmo, que da la clave de todos los salmos, dice que el hombre que medita y sigue la ley de Dios “es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y cuyas hojas no se marchitan. En todo lo que hace, prospera”. Su prosperidad consiste en florecer y fructificar.
En efecto, si prestamos atención, podemos ver que Nuestro Señor es casi un fanático de la fruta: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí, la corta. Y toda rama que da fruto, la limpia para que dé más fruto” (Juan 15:1-2).
Le importa tanto el fruto que espera que incluso lo que tradicionalmente se consideraba estéril dé fruto. El hombre que repartió los talentos le dice al que solo tenía uno que debería haberlo llevado al banco, donde al menos habría generado intereses (Mateo 25). En griego, la palabra para interés es tokos, que significa descendencia del vientre. Para el Señor, ningún ámbito de la vida humana está exento de la ley de la fructificación.
En vista de todo esto, uno podría al menos arquear una ceja ante todos los programas fundados recientemente que dicen estar dedicados al “florecimiento humano”.
¿Pero alguno de estos programas, inmersos en una sociedad marcada por la esterilidad y el egocentrismo, ofrecen algo realmente diferente?
¿Cuál es la diferencia esencial entre la intención de prosperar y la intención de fructificar? Consiste en la disposición a morir por los demás. Nuestro Señor enseña este principio explícitamente: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24-25).
El término “prosperar” es, sin duda, propio de la generación del baby boom. Los hombres de la Generación más Grande, al partir hacia la guerra, no se concebían a sí mismos como personas que iban a prosperar. Más bien, cada uno estaba dispuesto a renunciar a su propio bienestar por una causa que consideraba justa.
El juez Thomas, en un discurso reciente en la Universidad de Texas en Austin, se refirió a esta actitud como una “devoción” que inspira verdadero coraje. Por eso, dijo, la última frase de la Declaración es tan importante como la primera:
“...Y en apoyo de esta Declaración, con una firme confianza en la protección de la divina Providencia, nos comprometemos mutuamente a entregar nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor” (Declaración de Independencia de los Estados Unidos aprobada el 4 de julio de 1776)
Ahora me doy cuenta de que nada en la Declaración de Independencia importa sin esa última frase... Lo que cambió el mundo no fueron las palabras, sino el compromiso y el espíritu de las personas que estaban dispuestas a trabajar, sacrificarse e incluso dar sus vidas —lo que Lincoln en Gettysburg llamó “la última y completa muestra de devoción”— por los principios de la Declaración.
El juez Thomas concluye: “Esa devoción es la que nos falta hoy en día, y la que debemos encontrar en nuestros corazones si queremos que esta nación perdure”.
¿Cómo llegamos a tener tanto “florecimiento”? Lamentablemente, la culpa es de los filósofos. Buscábamos una palabra para expresar en español la concepción aristotélica de la felicidad como eudaimonía. Nuestro concepto de felicidad parece subjetivo: una sensación placentera y duradera. Pero la eudaimonía de Aristóteles es objetiva (uno puede equivocarse sobre si la posee o no), ya que implica una forma de vida. La eudaimonía es la actividad en consonancia con la virtud a lo largo de toda la vida.
“Florecer” parecía transmitir mejor esa idea. Al menos no era engañoso.
El término resulta engañoso en lo que respecta a la concepción cristiana de la felicidad, que implica la voluntad de entregarse radicalmente a uno mismo, lo cual conlleva algún tipo de muerte.
Siempre fue engañoso, incluso como interpretación de Aristóteles. Para Aristóteles, solo los seres racionales pueden disfrutar de la eudaimonía, porque esta consiste, en última instancia, en participar de la vida de Dios. El “florecimiento”, en cambio, es universal y relativo a la especie. Una planta puede florecer. Mi cachorro puede prosperar. La eudaimonía no es, en absoluto, el equivalente en el ser humano a un cachorro prosperando.
Aristóteles fue lo suficientemente sabio como para comprender que la búsqueda de la eudaimonía debe, por lo tanto, conducir a algo trascendente:
No debemos seguir a quienes, siendo hombres, nos aconsejan pensar en cosas humanas, y, siendo mortales, en cosas mortales; sino que debemos, en la medida de lo posible, hacernos inmortales y esforzarnos al máximo por vivir de acuerdo con lo mejor de nosotros mismos. (Ética a Nicómaco X.7)
Para un cristiano, este florecimiento fructífero implica la búsqueda de la santidad, la aceptación de una vocación y el verdadero coraje.

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