domingo, 10 de mayo de 2026

MARAVILLAS DEL PODER DE LA SABIDURIA DIVINA (Cap. 3)

Continuamos con la publicación del capítulo 2 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO TERCERO

MARAVILLAS DEL PODER DE LA SABIDURIA DIVINA 

EN LA CREACION DEL MUNDO Y DEL HOMBRE 

EN LA CREACION DEL MUNDO

La Sabiduría eterna comenzó a brillar fuera del seno de Dios cuando después de toda la eternidad- creó la luz, el cielo y la tierra.

Dice san Juan que todo fue creado por la Palabra (1), es decir, por la Sabiduría eterna. Salomón, a su vez, la define como madre y artífice de todas las cosas (2). Nótese bien que no la llama solamente artífice del universo, sino madre del mismo. Porque el artífice no ama ni cuida su obra, como lo hace la madre con su hijo.

Una vez creadas todas las cosas, la Sabiduría permanece en ellas para contenerlas (3), sostenerlas y renovarlas (4). Esta belleza soberanamente recta, después de crear el mundo, estableció el orden maravilloso que reina en él. Y cuanto hay en él, lo escogió, organizó, sopesó, añadió y contó.

Extendió los cielos, colocó ordenadamente el sol, la luna, las estrellas y los planetas, estableció los fundamentos de la tierra, fijó límites y leyes al mar y a los abismos, moldeó las montañas: lo pesó y equilibró todo, hasta las mismas fuentes.

Finalmente -dice ella misma- yo estaba junto a Dios y dictaba leyes con precisión tan perfecta y con variedad tan agradable a la vez, que todo era como un juego con el cual me divertía y complacía a mi Padre (5).

Efectivamente, este inefable juego de la Sabiduría de Dios puede verse en las diferentes criaturas con que pobló el universo.

Porque, sin hablar de las distintas especies de ángeles -casi infinitas en número-, ni del tamaño diferente de los astros, ni de la desigualdad de los temperamentos humanos, ¡qué admirables cambios no vemos en las estaciones y los tiempos! ¡Qué variedad de instintos en los animales! ¡Qué diversidad de especies en las plantas, de hermosura en las flores y de sabor en los frutos! El que es sabio lo comprenderá (6). ¿A quién se ha manifestado la Sabiduría? En efecto, sólo él comprenderá estos misterios de la naturaleza.

La Sabiduría ha revelado estos misterios a los santos, como leemos en sus biografías. Por ello, a veces se maravillaban tanto al contemplar la belleza, suavidad y orden que la divina Sabiduría ha colocado en las cosas más pequeñas, tales como las abejas, las hormigas, la espiga de trigo, una flor, un gusanillo de tierra, que quedaban arrobados y extasiados ante ellas.

EN LA CREACION DEL HOMBRE

El hombre, vivo retrato de la divinidad.

Si el poder y dulzura de la Sabiduría eterna han brillado tanto en la creación, belleza y orden del universo, han fulgurado mucho más en la creación del hombre. Este, en efecto, constituye su obra maestra, la imagen viviente de su belleza y perfecciones, el vaso maravilloso de sus gracias, el tesoro admirable de sus riquezas y su único lugarteniente sobre la tierra: Tú que por tu Sabiduría formaste al hombre para que dominara las criaturas salidas de tus manos (7).

Para gloria de este maravilloso y poderoso artista, sería preciso explicar aquí la belleza y excelencia originales que el hombre recibió de ella en su creación. Pero el pecado infinito que éste cometió (8) -cuyas tinieblas y manchas recayeron también sobre mí, miserable hijo de Eva- ha entenebrecido de tal manera mi entendimiento, que sólo puedo hablar de ella con tremenda imperfección.

Hizo -por decirlo así- una copia o imagen resplandeciente de su inteligencia, de su memoria y voluntad para infundirla en el alma del hombre, para que éste fuera un vivo retrato de la divinidad (9). Encendió en su corazón la hoguera del amor puro de Dios. Formó para él un cuerpo totalmente luminoso, y encerró en él, como en síntesis, las múltiples perfecciones de los ángeles, de los animales y de las demás criaturas.

Todo en el hombre era luminoso, sin tinieblas; hermoso, sin fealdad; puro, sin mancha alguna; armonioso, sin desorden ni defecto o imperfección. Tenía en la inteligencia la luz de la Sabiduría como patrimonio para conocer con perfección a su Creador y a las criaturas. Tenía en el alma la gracia de Dios, para ser inocente y agradar al Altísimo. Estaba dotado de inmortalidad en el cuerpo. Ardía en su corazón el amor puro de Dios -sin temor a la muerte- y amaba a Dios continuamente y por él mismo, sin interrupción ni segundas intenciones. Por último, era tan divino, que vivía constantemente fuera de sí mismo, arrobado en Dios, sin pasiones que vencer ni enemigos que combatir.

¡Oh generosidad de la Sabiduría eterna para con el hombre! ¡Oh feliz estado el del hombre en la inocencia!

Desgracia suprema del pecado…

Pero ¡oh desgracia suprema!… ¡Este vaso de Dios se quiebra en mil pedazos! ¡La hermosa estrella cae por tierra! ¡El radiante sol se cubre de fango! ¡El hombre peca, y al pecar pierde su sabiduría, inocencia, hermosura e inmortalidad! En una palabra: ¡pierde todos los bienes recibidos, mientras le asalta infinidad de males! (10).

Su inteligencia queda embotada y entenebrecida: ya no puede ver nada; su corazón se vuelve de hielo para con Dios: ya no lo ama; su alma queda ennegrecida por el pecado: se asemeja al demonio. Surgen desordenadas las pasiones: ya no es dueño de ellas; no le queda otra compañía que la del demonio: se ha convertido en morada y esclavo suyo. Las criaturas se rebelan y le hacen la guerra.

¡En un momento, el hombre se ha convertido en esclavo del demonio, objeto de la ira divina (11) y víctima del infierno!

Se encuentra tan repugnante a sí mismo, que -avergonzado- corre a esconderse (12). Se siente maldecido y condenado a muerte. Se ve arrojado del paraíso terrenal y pierde su derecho al Cielo. Se ve condenado a llevar una vida carente de esperanza y felicidad y llena de desgracias en esta tierra maldita. Tendrá que morir como un criminal. Después de la muerte será condenado como el diablo- en cuerpo y alma por la eternidad. ¡Y todo esto, para él y su descendencia! (13). Esta fue la espantosa desgracia en que se precipitó el hombre al pecar y ésta, la justa sentencia que la justicia divina pronunció contra él.

En semejante estado, la situación de Adán parece desesperada: ni los ángeles ni las criaturas pueden ayudarle. Nada es capaz de redimirlo, porque era demasiado bello y perfecto en su creación, y a consecuencia del pecado quedaba demasiado asqueroso y repugnante. Se ve arrojado del paraíso y de la presencia de Dios. Tiene conciencia de que la justicia de Dios lo perseguirá a él y a toda su descendencia. Ve que se le cierra el Cielo y se le abre el Infierno, sin que nadie pueda abrirle el primero y cerrarle el segundo.

Continúa...

Notas:

1) Juan 1: 3.

2) Sb 7: 12-21.

3) Sb 1: 7.

4) Sb 7: 27.

5) Pr 8: 30-31.

6) Os 14: 10; ver Sal 107 (106),43: “El inteligente que retenga estos hechos y medite el amor del Señor”.

7) Sb 9: 2: “Formaste al hombre con sabiduría para que dominara todas tus criaturas”. Ver también: Gn 1: 28; Sal 8.

8) Santo Tomás, S. Th. I-II, q.87 a.4.

9) Gn 1: 26.

10) Para el P. de Montfort, el pecado no es otra cosa que la negación del amor, y por lo tanto, del proyecto de la Sabiduría en favor del hombre. Puede verse en la fórmula de consagración, al final del libro, la misma idea (ASE 223).

11) Ef 2: 3.

12) “El hombre y su mujer se escondieron entre los árboles del jardín, para que el Señor no los viera” (Gn 3,8).

13) El autor hace aquí abstracción de la obra redentora. Vemos al hombre abandonado a sí mismo.
 

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