Por Atila Sinke Guimarães
León XIV está tratando de reformular los documentos del Vaticano II para hacerlos más atractivos y accesibles para los católicos de hoy, porque “escuchamos el llamado a no dejar que su profecía se desvanezca” (1). En su Carta Apostólica Una Fidelidad que Genera el Futuro publicada en diciembre pasado, releyó los Decretos Optatam totius y Praesbyterorum ordinis, en los que el concilio dio directrices para la formación de seminaristas y la orientación de sacerdotes.
Inició el año 2026 con una serie de catequesis en sus audiencias generales de los miércoles, dirigidas a la Constitución Dei Verbum, que trata sobre la Revelación Divina.
En las dos primeras catequesis, el papa Prevost presentó la Revelación Divina como un diálogo entre Dios y el hombre, como una conversación normal entre dos amigos. De hecho, afirmó:
“La plenitud de esta revelación se da en un encuentro histórico y personal en el que Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y descubrimos que somos conocidos en nuestra verdad más profunda” (2).
Con estas palabras, León XIV banalizó la Revelación e introdujo la idea de que cualquier católico puede recibir una “revelación”.
Esta idea choca con la noción católica de Revelación. Si bien Dios ilumina constantemente las mentes y reconforta los corazones de todo católico, esta acción no se llama “revelación”; se llama gracia. La Revelación Divina es lo que Dios reveló a los Patriarcas y Profetas en el Antiguo Testamento, sumado a lo que Nuestro Señor Jesucristo enseñó a los Apóstoles, tal como consta en los cuatro Evangelios, las Epístolas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Estas enseñanzas reveladas en el Antiguo y el Nuevo Testamento constituyen un conjunto objetivo de verdades y tienen solo dos fuentes: las Sagradas Escrituras y la Tradición.
En lo que respecta a los textos escritos, la Revelación Divina terminó oficialmente con la muerte del último apóstol, San Juan. En cuanto a la Tradición, la Revelación encarna el conjunto de verdades que provinieron de los Apóstoles y que se han transmitido a través de las generaciones, como por ejemplo los dogmas marianos.
Por lo tanto, afirmar o sugerir que la Revelación Divina puede tener lugar después de ese período de la historia es rendir homenaje al liberalismo, al modernismo y al progresismo.
En su siguiente catequesis, Prevost fue un paso más allá al afirmar:
Esta idea choca con la noción católica de Revelación. Si bien Dios ilumina constantemente las mentes y reconforta los corazones de todo católico, esta acción no se llama “revelación”; se llama gracia. La Revelación Divina es lo que Dios reveló a los Patriarcas y Profetas en el Antiguo Testamento, sumado a lo que Nuestro Señor Jesucristo enseñó a los Apóstoles, tal como consta en los cuatro Evangelios, las Epístolas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Estas enseñanzas reveladas en el Antiguo y el Nuevo Testamento constituyen un conjunto objetivo de verdades y tienen solo dos fuentes: las Sagradas Escrituras y la Tradición.
En lo que respecta a los textos escritos, la Revelación Divina terminó oficialmente con la muerte del último apóstol, San Juan. En cuanto a la Tradición, la Revelación encarna el conjunto de verdades que provinieron de los Apóstoles y que se han transmitido a través de las generaciones, como por ejemplo los dogmas marianos.
Por lo tanto, afirmar o sugerir que la Revelación Divina puede tener lugar después de ese período de la historia es rendir homenaje al liberalismo, al modernismo y al progresismo.
En su siguiente catequesis, Prevost fue un paso más allá al afirmar:
“La Palabra de Dios, pues, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición…
“En este sentido, resulta llamativa la propuesta del santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmó que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal como lo indicó el mismo Jesús en las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interna” (3).
Al pretender que “la Palabra de Dios no está fosilizada”, León XIV ofendió la noción de la Revelación inmutable que la Iglesia católica siempre defendió, y que expuse anteriormente.
Luego, adoptó el concepto de Newman sobre la evolución del dogma, que también fue adoptado por los modernistas y condenado enérgicamente por San Pío X:
“Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso …
Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma ...
¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!” (4).
En su cuarta catequesis sobre Dei Verbum, León XIV llegó a una formulación más explícita de su pensamiento progresista. En efecto, refiriéndose a la interpretación de las Sagradas Escrituras, afirmó:
“A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como “autor” principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos “verdaderos autores” de los libros sagrados (cfr DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, “rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina”. ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!
Por lo tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones” (5).
En este texto vemos al Papa León XIV asumiendo por completo la doctrina liberal y modernista condenada por Pío IX, el Concilio Vaticano I y Pío X. El siguiente texto de Pascendi es bastante elocuente al respecto:
“Así, pues, venerables hermanos, según la doctrina y maquinaciones de los modernistas, nada hay estable, nada inmutable en la Iglesia. En la cual sentencia les precedieron aquellos de quienes nuestro predecesor Pío IX ya escribía: 'Esos enemigos de la revelación divina, prodigando estupendas alabanzas al progreso humano, quieren, con temeraria y sacrílega osadía, introducirlo en la religión católica, como si la religión fuese obra de los hombres y no de Dios, o algún invento filosófico que con trazas humanas pueda perfeccionarse'”.
Tres Papas y un Concilio condenaron el concepto de “Revelación” de Dei Verbum.
“Cuanto a la revelación, sobre todo, y a los dogmas, nada se halla de nuevo en la doctrina de los modernistas, pues es la misma reprobada ya en el Syllabus, de Pío IX, y enunciada así: "La revelación divina es imperfecta, y por lo mismo sujeta a progreso continuo e indefinido que corresponda al progreso de la razón humana", y con más solemnidad en el concilio Vaticano, por estas palabras: "Ni, pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado se propuso como un invento filosófico para que la perfeccionasen los ingenios humanos, sino como un depósito divino se entregó a la Esposa de Cristo, a fin de que la custodiara fielmente e infaliblemente la declarase. De aquí que se han de retener también los dogmas sagrados en el sentido perpetuo que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, ni jamás hay que apartarse de él con color y nombre de más alta inteligencia"” (6).
El Papa Pío XII también condenó la noción de la reinterpretación de la Revelación de acuerdo con el progreso de la Historia. Al abordar el tema, afirmó:
“El término “historicismo” indica un sistema filosófico que reconoce el cambio y la evolución en toda la realidad espiritual, en la comprensión de la verdad, en la religión y en la moral. En consecuencia, rechaza todo lo que es permanente, eternamente válido y absoluto. Tal sistema es ciertamente irreconciliable con la concepción católica del mundo” (7).
Para refrescar la memoria de mis lectores, estos mismos errores sobre la Revelación y la interpretación de las Sagradas Escrituras fueron solemnemente enunciados en la Constitución Dei Verbum del concilio Vaticano II, que dice:
“Para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres.
Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios” (8).
Así pues, lamentablemente, no hay nada nuevo en las catequesis de León XIV: repite los mismos errores de Dei Verbum, que fueron debidamente condenados muchas veces por ser destructivos para la religión católica.
Notas:
1) Catequesis del 7 de enero de 2026 § 2.
2) Catequesis del 21 de enero de 2026, § 1.
3) Catequesis del 28 de enero de 2026, §§ 5, 6.
4) Pascendi, § 10.
5) Catequesis del 4 de febrero de 2026, §§ 2, 3.
6) Pascendi, § 27.
7) Discurso ante el Congreso Internacional de Ciencias Históricas, 7 de septiembre de 1955, Discorsi i Radiomessagi di Su Santità Pio XII, vol 17, p. 212.
8) Dei Verbum, § 12b.

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