Por Atila Sinke Guimarães
En una entrevista del 2 de mayo de 2012 a I Tempi, un periódico del movimiento italiano Comunione e Liberazione (Comunión y Liberación), el “cardenal” Kurt Koch, Presidente del Consejo para la Promoción de la Unidad Cristiana, culpó al “padre” Hans Küng como el responsable de todo el ataque realizado por el Vaticano II contra la Tradición Católica. Según Koch, en la base de ese ataque estaría la interpretación de Küng del concilio de que fue una ruptura y no una continuidad con el pasado. Estas fueron las palabras de Koch:
“En el mundo de habla alemana, se ha producido, sobre todo, la difusión de la idea de Küng de que el Concilio constituyó una ruptura con la tradición de la Iglesia y no una evolución de la misma. … En mi opinión, esta interpretación ha causado la inquietud actual [en la Iglesia]”.
Un poco más allá, Koch expandió esa influencia maléfica más allá de los países de habla alemana para incluir a Italia en el área bajo el hechizo de Küng:
“Creo que nuestros países recibieron el Concilio Vaticano II de una manera muy particular, sobre todo abrazando la interpretación dada por Hans Küng y, luego, por gran parte de los medios de comunicación” (The Tablet, 5 de mayo de 2012, p. 28).
El “cardenal” Koch, como adulador, simplemente sigue el ejemplo del “papa”. De hecho, en los últimos años de Benedicto XVI lo vimos promover intensamente la “hermenéutica de la continuidad”, intentando presentar al Concilio como “un desarrollo armónico del Magisterio anterior”.
No se trató, por lo tanto, de una maniobra nueva, pero la entrevista del “cardenal” Koch marcó por primera vez que un alto representante del Vaticano señalase a un solo teólogo como responsable de presentar el Vaticano II como una ruptura. Para Kurt Koch, el chivo expiatorio de toda la “revolución conciliar” supuestamente fue el “padre” Hans Küng.
Esta “elección oficial” de un solo chivo expiatorio para esta revolución me impactó como una rara expresión de hipocresía.
Los funcionarios del Vaticano saben perfectamente, al igual que lo sabía Benedicto XVI, que esto no es cierto. No hay un solo teólogo a quien culpar ni del concilio ni de sus frutos. El concilio fue el resultado de más de 100 años de una arremetida incesante de una corriente de pensadores, pertenecientes sucesivamente al liberalismo “católico”, al modernismo y al progresismo, contra la Iglesia Católica, considerándola militante, monárquica y sacra.
A su vez, los frutos del Vaticano II fueron fomentados ininterrumpidamente por los “papas conciliares” y por el conjunto de la jerarquía católica durante más de 60 años. La mayoría de los teólogos progresistas también coincidieron firmemente en producir el resultado de lo que ahora se denomina la hermenéutica de la ruptura.
Por lo tanto, es falso que el “papa” Ratzinger alteró la realidad para hacer el concilio “más aceptable para la opinión pública católica”, que en las últimas décadas se ha vuelto cada vez más conservadora en algunos aspectos. Y es un raro ejemplo de hipocresía ver a los “cardenales” de la Santa Sede intentando elegir un único chivo expiatorio para salvarse a sí mismos y a sus queridos “papas conciliares” de la evidente culpa que comparten por el rechazo generalizado del pasado católico.
Creo que puedo fundamentar fácilmente mi afirmación presentando algunos ejemplos de cómo esos “papas”, “prelados” y “teólogos” han favorecido esta hermenéutica de ruptura. Además, estos textos pueden servir como arma para defender a mi lector y evitar que se deje engañar por esta nueva ola de falso conservadurismo, que podría llamarse mejor progresismo atenuado.
Ratzinger: Gaudium et spes fue un contra- Syllabus
El primer ejemplo que traigo es un texto del propio Joseph Ratzinger, el “papa de la hermenéutica de la continuidad”. En su libro Principles of Catholic Theology (Principios de teología católica), afirmó audazmente que la Constitución Gaudium et spes del Vaticano II pretendía ser la negación del Syllabus de Pío IX contra el liberalismo y el Estado moderno. Por lo tanto, no hay una evolución armónica en curso, sino una contradicción flagrante y deliberada. Esto es lo que entonces escribió el “cardenal” Ratzinger:
Si uno busca un diagnóstico global del texto [de Gaudium et spes], podría decir que éste (junto con los textos sobre la libertad religiosa y las religiones del mundo) es una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra- Syllabus ...
Sin duda, muchas cosas han cambiado desde entonces. La nueva política eclesiástica de Pío XI estableció cierta apertura hacia la concepción liberal del Estado. En un combate silencioso pero perseverante, la exégesis y la historia de la Iglesia adoptaron cada vez más los postulados de la ciencia liberal; por otra parte, frente a las grandes convulsiones políticas del siglo XX, el liberalismo se vio obligado a aceptar correcciones notables.
Esto ocurrió porque, primero en Europa central, condicionada por la situación, la dependencia unilateral de las posturas adoptadas por la Iglesia a través de las iniciativas de Pío IX y Pío X frente al nuevo período histórico abierto por la Revolución Francesa se corrigió en gran medida per viam facti. Pero aún faltaba un nuevo documento fundamental sobre las relaciones con el mundo tal como habían sido desde 1789…
En realidad, la mentalidad que precedió a la Revolución [Francesa] aún reinaba en los países con fuertes mayorías católicas; hoy casi nadie niega que los concordatos español e italiano [acuerdos entre la Iglesia y el Estado] intentaron conservar demasiados aspectos de una concepción del mundo que durante mucho tiempo no se correspondió con la realidad. Asimismo, casi nadie puede negar que esta dependencia de una concepción obsoleta de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondía a anacronismos similares en el ámbito de la educación y la actitud adoptada hacia el método histórico-crítico moderno...
Nos contentamos aquí con afirmar que el texto [de Gaudium et spes] desempeña el papel de un contra- Syllabus en la medida en que representa un intento de reconciliar oficialmente a la Iglesia con el mundo tal como se había convertido después de 1789. Por un lado, esta visualización por sí sola aclara el complejo de gueto que mencionamos antes. Por otro lado, nos permite comprender el significado de esta nueva relación entre la Iglesia y el mundo moderno.
“Mundo” se entiende aquí, en profundidad, como el espíritu de los tiempos modernos. La conciencia de grupo separado que existía en la Iglesia consideraba este espíritu como algo separado de sí misma y, tras el fin de las guerras, tanto calientes como frías, buscó el diálogo y la cooperación con él (1).
Ratzinger: El concilio supone demoler los bastiones de la Iglesia
El futuro Benedicto XVI defendió también que para “aplicar correctamente el concilio” era necesario demoler los bastiones de la Iglesia y no volver nunca más a los principios antiliberales del Syllabus. Afirmaciones que difícilmente cuadran con la “hermenéutica de la continuidad”… A continuacion, las palabras del “cardenal” Ratzinger:
El deber no es, pues, suprimir el Concilio, sino descubrir el verdadero Concilio y ahondar en lo que éste quiere verdaderamente con respecto a lo sucedido desde entonces.
Esto implica que no hay retorno posible al Syllabus, que bien podría haber sido un primer paso en el combate contra el liberalismo y el marxismo naciente, pero que no puede ser la última palabra. Ni los abrazos ni el gueto pueden resolver el problema de [las relaciones con] el mundo moderno para el cristiano. Por lo tanto, la “demolición de los bastiones” que Hans Urs von Balthasar exigió ya en 1952 era, de hecho, un deber urgente...
Era necesario que ella [la Iglesia] derribara los viejos bastiones y confiara únicamente en la protección de la fe, el poder de la palabra que es su fuerza única, verdadera y permanente. Pero demoler los bastiones no puede significar que ya no tenga nada que proteger, ni que pueda vivir gracias a otras fuerzas que las que la engendraron: el agua y la sangre que brotaron del costado abierto de su Señor crucificado (2).
Wojtyla: El Vaticano II puso fin a la era constantiniana de la Iglesia
El “cardenal” Karol Wojtyla, futuro Juan Pablo II, también afirmó claramente que el concilio supuso una ruptura con el pasado de la Iglesia. En una entrevista, enumeró sus objetivos: mayor autoridad para los obispos, colegialidad, descentralización del gobierno de la Iglesia, inculturación y abandono de sus características occidentales, ruptura del modelo tradicional en las relaciones Iglesia-Estado, mayor importancia para los laicos; ecumenismo. Todos estos elementos son lo que Wojtyla esperaba del concilio, como de hecho hizo. Afirmó:
Pregunta: ¿Qué problemas abordará el concilio de forma diferente, Eminencia?
Respuesta de Wojtyla: Sobre todo, servirá para valorar más la autoridad de cada obispo y promover la descentralización dentro de la Iglesia, así como para retomar el principio de colegialidad, reevaluar los métodos pastorales vigentes hasta ahora e introducir eficazmente nuevos métodos y maneras, a veces muy audaces.
También se plantea la cuestión del carácter universal de la Iglesia; existe un cambio de actitud hacia las culturas antiguas de los pueblos no europeos. Es necesario desoccidentalizar el cristianismo. Los pueblos que poseen sus propias culturas antiguas tienen comprensibles barreras psicológicas contra el cristianismo cuando este se presenta con sus atavíos europeos. La africanización, indianización, japonización, etc. del catolicismo se revela necesaria. Esto consiste en hacer germinar las sustancias cristianas en sus culturas. Sabemos que todo esto no es ni simple ni fácil de lograr.
Es el fin de la era de Constantino, que se caracterizó por un acuerdo estricto entre el Altar y el Trono, entre la Iglesia y el Estado, ilustrado en su punto álgido por el nacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo IX. Nos enfrentamos a un grave problema: elaborar nuevas formas de relación entre la Iglesia y el Estado, el derecho de la Iglesia a la libertad religiosa.
Yendo más allá, es necesario hablar de dar nueva importancia a los laicos en la Iglesia y, finalmente, desarrollar ideas ecuménicas a una escala desconocida hasta ahora en la Historia de la Iglesia.
Pablo VI: Tras el concilio, aboliremos la intolerancia y el absolutismo
Tras el concilio y en su nombre, el “papa” Pablo VI anunció su decisión de abolir las medidas disciplinarias que solían reprimir los “abusos en la enseñanza” y la acción de la Iglesia. Al retirar estas sanciones, arraigadas desde hacía tiempo, alentó y respaldó firmemente la plétora de excesos que se produjeron como consecuencia. Pablo VI afirmó:
La mentalidad favorecida por las enseñanzas del Concilio da mayor libertad —mucho más que la casi inexistente libertad previa— en el fuero interior de la conciencia. Tiende, así, a moderar la interferencia de la ley externa y a aumentar la de la interior…
En la vida de la Iglesia y, por consiguiente, en la vida de cada uno de sus hijos, tendremos así un período de mayor libertad, es decir, de menos obligaciones legales y menos prohibiciones internas.
Se reducirá la disciplina formal; se abolirá toda intolerancia arbitraria, junto con todo absolutismo; se simplificará la ley positiva; se moderará el ejercicio de la autoridad; se promoverá el sentido de esa libertad cristiana —que tanto interesó a la primera generación cristiana cuando estaba libre de la observancia de la Ley Mosaica y sus complejos rituales— (Gal 5,1). …
En resumen, nuestra época, interpretada y guiada por el Concilio, exige libertad… (3).
He aquí solo algunos ejemplos que demuestran que la ruptura con la Iglesia Militante del pasado no puede atribuirse a unos pocos radicales como el “padre” Hans Kung. Se trata de una flagrante inexactitud, tan flagrante que diría que quien la emplee es un completo analfabeto en asuntos eclesiásticos o un hipócrita consumado.
Aún conservo numerosos textos que demuestran que la hermenéutica de la ruptura es inherente al propio Vaticano II, confesada por quienes organizaron el concilio. Planeo enumerar algunos de estos documentos en otros artículos próximos.
Continúa...
Notas:
1) Joseph Ratzinger, Les Principes de la Theologie Catholique - Esquisse et Materiaux, París: Tequi, 1982, págs. 426-427
2) Ibid., págs. 437-438; 3. Mieczyslaw Malinski, Mon Ami Karol Wojtyla, París: Centurion, 1980, págs. 190-191
3. Pablo VI, "Educarsi all'uso schietto e magnanimo della liberta", 9 de julio de 1969, en Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, 1969 págs. 100

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