domingo, 17 de julio de 2022

EXTRACTOS DE “TRAYECTORIA Y PENSAMIENTO DEL PBRO. DR. JOAQUÍN SÁENZ ARRIAGA”

El padre Joaquín Sáenz y Arriaga fue jesuita desde 1916 hasta 1952, y luego, fue un duro crítico del Concilio Vaticano II y de Pablo VI. En 1972, fue declarado excomulgado por la conferencia de obispos de México. Se le considera uno de los primeros promotores del sedevacantismo.


A don Joaquín no le quedaba más recurso que renunciar a la Sociedad de Jesús [o Compañía], ya que su permanencia en ella habíase hecho insostenible para él e inconveniente para los responsables de torcer el camino del instituto ignaciano. La entereza y decisión del padre Sáenz, así como la irreductible ortodoxia de otros viejos jesuitas, eran un estorbo para realizar el cambio de estructuras eclesiásticas y políticas. Eliminar a Sáenz y nulificar a los otros miembros de su generación y mentalidad, hechos a la obediencia, privados de influencia social, sería el principio del cambio, que posteriormente el Concilio Vaticano II habría de “legalizar”.

…efectivamente, nunca publicó don Joaquín el contenido de sus revelaciones, aunque, en previsión de ser calumniado, como ciertamente lo fue cuando denunció la conspiración postconciliar contra la Iglesia, dejó copias y originales de la correspondencia cruzada, protocolizada ante notario. La procedencia de todas estas noticias es legítima y su autenticidad irrebatible.

1951:

Don Joaquín soportó con resignación cristiana los embustes que se tejían sobre él, y sin las ataduras de la obediencia a quienes se habían sumado a la moderna conspiración que golpeaba las puertas de la Santa Sede, cerradas al error por la providencial resistencia del Papa Pío XII, el padre se dedicó a viajar y predicar la doctrina verdadera. En Sahuayo, en Morelia, en Mérida, en Tampico, en todos los lugares que visitó dejó profunda huella su labor apostólica: conferencias, retiros espirituales, sermones, impartición de Sacramentos; todo un conjunto de actividades dirigidas, especialmente, a la juventud.


Finalmente, el 12 de noviembre de 1953, el padre Tomás J. Trevi escribe al padre Sáenz, lamentando el fracaso de sus gestiones. Algunos miembros de la compañía de Jesús estaban interesados en nulificar todos los esfuerzos de don Joaquín, pero él siempre se mostró dispuesto a colaborar en su labor docente y espiritual, con sus antiguos hermanos de la Orden.


La perspicacia del padre Sáenz había previsto la infiltración de falsos católicos en esta sociedad cuyo origen había sido, precisamente, defender a la Iglesia de embestidas reformistas y socializantes. Apartó de su camino ese fruto malogrado y continuó la siembra de fe y amor. Redobló sus actividades, continuó con paternal dedicación ocupándose de sus jóvenes estudiantes, sus misiones, sus ejercicios espirituales, solicitados y buscados en muchos lugares. Su inquietud pastoral lo obligaba a viajar constantemente y, cuando las circunstancias lo ameritaban, se trasladaba a Roma. Durante sus estancias en la Ciudad Eterna visitó en varias ocasiones a S. S. Pío XII. La última vez que lo vio, pocos meses antes de la muerte del Pontífice, se hizo acompañar de su hermana Guadalupe. El Papa los recibió y se hizo retratar con los hermanos Sáenz Arriaga, mostrando así especial deferencia para don Joaquín.


El día 31 de agosto de 1962, un equipo de teólogos, bien informados de los pormenores de un vasto plan para ‘demoler’ la Iglesia, denunciaron las acechanzas y, con lógica irrebatible, previeron las desastrosas consecuencias del complot contra la Iglesia que había de encontrar, en el concilio, campo abonado para germinar. Este grueso y documentado volumen suscrito por Maurice Pinay, circuló entre los padres conciliares. Su eficacia, sin embargo, fue limitada. El grupo implicado en el complot funcionó como mecanismo de relojería, lubricado con todo el dinero necesario para orientar noticias y opiniones de la prensa, radio y televisión, hacia sus fines particulares… Viajó a Europa y publicó su primer folleto relacionado con la crisis que se avecinaba: Carta de información a los obispos de España, Portugal y América.


Sus relaciones eclesiásticas en Europa le descubrieron que Angelo Roncalli, cuando era nuncio en París, había sido amigo de altos dignatarios masones.

También se informó de la falsificación de certificados de bautismo expedidos a israelitas, durante la guerra, cuando Roncalli era nuncio apostólico en Turquía o Bulgaria.

Estas informaciones aparecieron en su mencionado folleto, de circulación limitada, al que no faltaron ataques promovidos por quienes se sentían afectados.

Su Carta de información, aunque no lleva fecha, por su contexto se deduce que fue impresa en julio de 1963, medio año después de haber sido clausurada la primera etapa del Concilio Vaticano II, y tres meses antes de la apertura, por Paulo VI, de la segunda sesión, el 29 de septiembre de 1963.


Juan XXIII lo hizo cardenal [a J. Bautista Montini] en 1958 y lo puso en camino de sucederlo en el cargo


El padre Sáenz viajó a París; estableció comunicación con monseñor Roche, uno de los secretarios del cardenal Tisserant que había sido, a su tiempo, comisionado por Pío XII para vigilar a monseñor J. B. Montini, entonces pro-secretario de Estado, por sus sospechosas relaciones con personas de dudosa procedencia.

No paró allí el Ulises de la Tradición; viajó a Medio Oriente, cultivó relaciones con los ritos orientales, cercados por el sionismo dueño de la Ciudad Santa en la que se estableció la capital de Israel


A la muerte de Juan XXIII, el padre Sáenz, en alianza con algunos seglares, logró hacer llegar a los cardenales del Cónclave una biografía con todos los antecedentes modernistas de Juan Bautista Montini, a quien el presbítero Julio Meinville —culto escritor que denunció la penetración y el avance de los postulados del modernismo en la nueva iglesia— calificara en privado, por su actuación, como Capo de la Masonería en Roma.

Monseñor Giovanni Montini junto al Papa pio XII

La habilidad de Montini, la presión de los centros europeos amagando con el cisma, el amor a la Iglesia de los cardenales Ottaviani y Siri, que representaban la mayoría del cónclave, fueron los factores determinantes en la elección de Montini.


Durante el Concilio Vaticano II, asamblea en la que ocuparon estratégicos sitiales los neomodernistas, que se exhibieron como los más piadosos, suaves y diligentes para llevar agua a su molino, pronunciaron frases emotivas, se mostraron insinuantes y partidarios de allanar los difíciles caminos de la exclusividad dogmática. La posesión no negociable de la verdad que hasta entonces había sido patrimonio intransferible de la Iglesia Católica quedó sujeta a sutiles interpretaciones. Estos profetas del aperturismo democrático pregonaron la conveniencia del diálogo, y abrieron las ventanas de la Revelación Divina al horizonte sin límites del pensamiento humano, puesto al servicio del progresismo religioso.


El balance final del Vaticano II resultó dañino por sus incontables ambigüedades que, al paso del tiempo, resultarían fértil caldo de cultivo del cambio, de la falsificación, de la negación o condicionamiento del magisterio anterior de la Iglesia.


El día 7 de diciembre de 1965 terminó la postrera reunión de la cuarta y última etapa del Concilio Vaticano II. La euforia universal rechazaba toda advertencia de peligro. Nadie parecía ver el severo resquebrajamiento que había sufrido el magisterio de la Iglesia. Sólo unos cuantos, inmersos en el silencio de sus retiros, aplicados al estudio de los documentos conciliares, pudieron calibrar las grietas que amenazaban la integridad, hasta entonces monolítica, de las estructuras eclesiásticas y sus bases doctrinales.

El padre Sáenz Arriaga, que había seguido muy de cerca los incidentes del Concilio, que había estudiado los esquemas propuestos y las declaraciones promulgadas, anunció, antes que muchos, la crisis que se avecinaba.

“Yo creo en la Iglesia de los Papas y de los Concilios, no en la Iglesia de un Papa o de un Concilio. Es absurdo desvincular las enseñanzas dogmáticas, disciplinarias o pastorales del Concilio Vaticano II de la contextura veinte veces secular de la doctrina apostólica, de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, de la doctrina de los Concilios y de los Papas precedentes, de la doctrina secular de toda la teología católica. Cualquier progreso que desconozca el pasado, no es progreso, sino ruina y destrucción; cualquier sentido contrario al que los dogmas han tenido, no es interpretación, sino claudicación (1).


Nunca llegó a ver realizado su justo deseo. Ni prelados, ni presbíteros ni simples legos pudieron rebatir una sola de sus macizas conclusiones teológicas.


Aunque muchos apreciaron la importancia de las radicales transformaciones [del cv2], pocos se atrevieron a denunciarlas, y menos aún, a censurarlas. Sáenz Arriaga, testigo preocupado de lo que acontecía, consignó, en La Nueva Iglesia Montiniana, libro publicado tres años después [1968], el significado de aquellos episodios trascendentales. Esta obra habría de acarrearle represalias inimaginables que no lograron, sin embargo, doblegar su espíritu.



Antes de finalizar el año 1969, el padre Sáenz compuso un pequeño libro intitulado La misa impuesta para el 30 de noviembre, no es ya una misa católica.


“El “novus ordo missae” se instaló y se impone a la Iglesia contra la voluntad del Sínodo Espiscopal que, en 1967, había mayoritariamente rechazado esa que entonces llamaron “misa normativa”. El “novus ordo missae” pretende sustituir al antiguo Misal Romano, promulgado por San Pío V, y la Constitución Apostólica de Paulo VI Missale Romanum que pretende imponerlo, reconoce, con palabras claras e inequívocas, que la dicha Misa de San Pío V no ha sido cambiada desde el siglo IV o V” (2).

En su libro, el padre Sáenz, además de la recopilación de opiniones desfavorables a la anunciada imposición de la nueva misa postconciliar y ecuménica, ofrece serias reflexiones basadas en la doctrina del Concilio de Trento sobre el verdadero sacrificio eucarístico. Apoya sus argumentos en lo ordenado por San Pío V, “confirmado después por Clemente VIII, por Urbano VIII y por San Pío X. Esgrime “la doctrina de Pío XII en la encíclica Mediator Dei et hominum”, para concluir que “la nueva misa no es ya una misa católica”.

1971:

El muy conocido liberal ‘padre’ Enrique Gutiérrez Martín del Campo, Prepósito Provincial de la Provincia de México, da luz verde, es decir, concede el Imprimini potest, al fruto engendrado por la calenturienta y revolucionaria inteligencia de José Porfirio; Su Eminencia Reverendísima, Miguel Darío, Cardenal Miranda y Gómez, Arzobispo Primado de México, otorga al fin graciosamente el Imprimatur, no sin lavarse antes las manos, como Pilatos, con una nota marginal, en la que hace notar “que su aprobación no significa necesariamente que ésta haga suyas las afirmaciones del autor…” sino prueba que permite, en su arquidiócesis, la sana libertad de expresión ya que considera “que esta publicación está dentro del dogma católico; en nada se opone a nuestra fe”.

“Yo, sin embargo —continúa diciendo el padre Sáenz—, a pesar de tantos y tan preclaros garantizadores, me atrevo a decir —¡pecador de mí!— ya desde el principio, que los censores no leyeron el libro, o no saben teología, o traicionan, comprometidos, su conciencia.

…Afirmo que el libro, cuya publicación él ordenó con su “Imprimatur”, sí está, abierta, descarada y perversamente, contra el dogma católico, contra la religión que fundó Cristo y contra toda religión; que esa que él llama “Sana libertad de expresión”, es sencillamente la difusión diabólica y nociva de errores gravísimos, ya repetidamente condenados por Papas y Concilios; y que, haciendo o no haciendo suyas las tesis de José Porfirio Miranda y de la Parra, él, Su Eminencia, es el principal responsable de todo el daño que ese libro infame produzca” (3).


Sus intervenciones estuvieron matizadas por la prudencia de sus expresiones, la nitidez de sus argumentos, la solidez de sus exposiciones teológicas.

Saldaña le espetó a quemarropa esta pregunta: “¿Están excomulgados los progresistas?”

Sáenz Arriaga, respondió:

—Si nos atenemos a las condenaciones de concilios anteriores, por ejemplo a las condenaciones de Trento, a las condenaciones del Vaticano I, a las condenaciones del Concilio Lateranense IV, están excomulgados, porque estas condenaciones fueron definitivas. El Concilio Vaticano I está en plena vigencia, como está en plena vigencia el Concilio IV Lateranense.

¿No cabe la palabra perdón? —insistió Saldaña.

Sí puede haber perdón si hay arrepentimiento, si hay retractación…

Al finalizar el programa resumió su pensamiento en estas frases:

Mis últimas palabras son de aliento para los que en México como en otras partes del mundo estamos dando la batalla dolorosa, estamos pasando por este calvario de verdadera amargura, porque nosotros somos los marginados, somos los descontinuados; nosotros somos ahora los enemigos, los que nos confiamos en la verdad eterna, en la verdad de Cristo.


Sáenz Arriaga —ya lo hemos mencionado antes— relata y examina el significado del viaje de Paulo VI a Colombia, el contenido ideológico de la Segunda Conferencia del CELAM. Su juicio de los hechos podría considerarse profético si no resultara simplemente lógico. Advierte las contradicciones de Paulo VI y se pregunta: “¿Es Juan Bautista Montini un verdadero Papa?”

La respuesta va implícita en el capítulo titulado Paulo VI y sus responsabilidades en el caos actual de la Iglesia:

“Yo encuentro incomprensible e inaceptable este Concilio (Vaticano II), que además de ser equívoco, tiene puntos que han venido a revolucionar la doctrina de la Iglesia, en innegable contradicción con las definiciones de anteriores y recientes Concilios Ecuménicos y con documentos solemnes del Magisterio”.

Añade más adelante:

“La ruina de la Iglesia coincide tan exactamente con el Pontificado actual y sigue tan de cerca sus orientaciones reformistas y revolucionarias, que ya es imposible cerrar los ojos, para no darnos cuenta de que son los pastores, de que es, ante todos, Paulo VI el verdadero responsable de esta crisis sin precedente ni paralelo en la historia de la Iglesia (4).


La excomunión (1972)

Punto por punto deshizo las falacias ahí consignadas : “El presbítero Joaquín Sáenz Arriaga… sin ninguna censura, ni licencia eclesiástica, y no obstante que previamente se le había amonestado… ha editado, entre otros, el libro titulado La Nueva Iglesia Montiniana”.

El aludido respondió: “Ante Dios juro que nunca se me había hecho ninguna amonestación… y exijo que se demuestre (nunca se demostró) un documento firmado por mí, que dicha amonestación se me había hecho de manera formal…”

Continúa el decreto: “Del examen minucioso de este libro, resulta evidente que en él se contiene una escala de graves injurias, insultos y juicios heréticos proferidos directamente en contra del Romano Pontífice y de los Padres del Concilio Vaticano II; al grado de afirmar el autor, con ingenua malicia, que la Iglesia está “acéfala” por haber incurrido el Santo Padre en herejía…”

“Creo que ante tan tremendas acusaciones —responde Sáenz Arriaga—, hubiera sido necesario el que se adujese siquiera algunas pruebas concretas. Y entonces hubiera tenido ocasión de legítima defensa y hubiera demostrado que el argumento de mi libro es una defensa de la fe de veinte siglos y un ataque, no a las personas, sino a los errores gravísimos que en mi libro denuncié”.


Los macizos conocimientos del padre Sáenz sobre Derecho Canónico, minaron ante la opinión pública las falsas bases sobre las que el ‘Cardenal’ y su ‘Canciller’ intentaron construir el decreto de excomunión.

Falsos tradicionalistas y declarados progresistas reaccionaron contra la legítima autodefensa del padre Sáenz Arriaga y, apoyados en la autoridad del excomulgador, se lanzaron contra don Joaquín; le arrojaron mil improperios que no alcanzaron a destruir sus argumentos, aunque desorientaron aún más a las multitudes incapaces de formarse un juicio imparcial.


El aislamiento provocado al padre Sáenz no mermó sus convicciones ni apagó su celo apostólico; aceptó las consecuencias de su postura intransigente y recibió con resignación las falsas imputaciones y calumnias, no sólo provenientes de extraños, sino originados aún en el seno de su propia familia.

“Hace unos días —revela en el prólogo al estudio del padre George Vinson, ya citado—, una persona, pariente mío por cierto muy cercano, infestado del progresismo en boga, para quien la teología medieval de los grandes maestros de la escolástica de la edad de oro, definitivamente superada por Maritain, Teilhard de Chardin, el papa Montini, y los “jesuitas de la nueva ola”, me condenaba por mi postura anticuada, retrógrada y totalmente insostenible ante los avances de la ciencia moderna. Para él —su profesión es la de médico, no la de filósofo ni la de teólogo— la “evolución” es incontenible y dentro de su dinámica ininterrumpible, ha de dominar también la ciencia religiosa. El papa Montini, Juan XXIII y su Concilio vinieron a salvar la Iglesia de la inevitable muerte a donde su decrepitud la llevaba.

Estos pobres indoctrinados, sin darse cuenta, han perdido la fe. Piensan que Cristo, el hijo de Dios, no tuvo visión o poder para fundar una Iglesia inmutable, aunque capaz de desarrollo y de progreso, sino que debería haber incorporado su obra divina al curso constante de la evolución” (5).


Quizás la frase más feliz, resumen de esta postura, la expresó Rene Capistrán Garza, en memorable artículo publicado a los pocos días del infamante decreto del cardenal Miranda. El título era síntesis perfecta del contenido: En comunión con el excomulgado. Capistrán Garza, como en sus más significados días de gallardía cristera, cuando simbolizaba la rectitud, la firmeza de la juventud católica de México, esgrimió su pluma en defensa de la Iglesia. Puso en esta última batalla de su vida azarosa todo el ardor, el ingenio de su inimitable estilo literario en el que, jugando con las palabras, dejaba sin defensa posible a sus adversarios, a los modernos adversarios de la Iglesia Católica.

Con don Joaquín estuvieron, en sus horas de abandono, gente de estirpe religiosa, intelectual y artística. El poeta Vicente Echeverría del Prado dedicó “al reverendo padre Joaquín Sáenz Arriaga, denodado paladín de la verdadera Doctrina de Cristo”, este soneto:

“Hoy como nunca con Usted, querido y venerado Padre Sáenz Arriaga; hoy que su corazón luce la llaga que en la verdad más ha resplandecido. La del puñal por la traición blandido contra la fe que al pensamiento embriaga en una luz misericorde y maga que sobre la razón ha descendido. La luz de Cristo Dios que representa Usted, en el malstróm de la tormenta de falsedades, desencadenada por la sombra satánica, extendida de pelo a pelo, como encrucijada del tiempo cruel contra la Eterna Vida”.

No faltó, en medio del drama, la nota humorística e ingeniosa de don Luis Vega Monroy, el insuperable epigramista contemporáneo que bajo el diáfano seudónimo de Don Luis, escribió:

“Todo ha dado tal viraje y es tanta la confusión, que ya no parece ultraje que alguien, con toda razón se mande cortar un traje de primera excomunión”.


Llegáronle cartas del interior de la República. Seglares unos, religiosos otros. Gloria Riestra le reiteraba “el afecto filial de la hija en Cristo que tiene desde hace muchos años que con su palabra de apóstol conmovió su alma”. Jesús Ochoa, padre misionero de la Sagrada Familia, en Uruapan, Mich., se hizo presente, como también el presbítero Moisés Carmona, de Acapulco, Gro., otro de los denodados sostenedores de la tradición: “A usted lo excomulgaron por su fidelidad a Cristo, a sus enseñanzas y a su Iglesia. ¡Bendita excomunión! Como sea por eso, que me vengan todas las excomuniones”. Y así sucedió: poco tiempo después el postconciliar Obispo de su diócesis lo “excomulgó” por negarse a celebrar la nueva asamblea comunitaria en lugar de la Santa Misa. Montado en cólera quiso expulsarlo del templo de la Divina Providencia, a lo que se opusieron todos sus feligreses. Ninguno claudicó y el padre Carmona pudo continuar celebrando el Misterio Eucarístico e impartiendo los sacramentos en su prístina pureza evangélica.

Los católicos colimenses publicaron en el periódico Novedades, de la ciudad de México (5 de enero de 1972), una extensa carta abierta, dirigida al cardenal Miranda, la cual, como es de suponerse, no obtuvo respuesta. En esta misiva muestran su extrañeza “por una sanción no aplicada a miles de desertores sacerdotes, tránsfugas y corruptores que desde la cátedra sagrada aniquilan dogmas, fe y buenas costumbres, así como la liturgia eclesiástica hasta llegar a las misas comunitarias sacrílegas —como está sucediendo en esta Diócesis de Colima y las que se celebran en la ciudad de México— en que se consagran bolillos, cemitas y tortillas en burla a la Sagrada Eucaristía, todo a ciencia y paciencia del cardenal Miranda”.

De España, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Brasil, Argentina y otros países recibió don Joaquín mensajes alentadores. Entre los más conocidos corresponsales estaban el padre Herve Le Lay, de Argentina, hecho al temple de las persecuciones por publicar la excelente revista La tradición; el padre Noel Barbara, director de Forts dans la fei, de Francia; el escritor argentino Alberto Boixados; la sociedad The Voice (La Voz) en Nueva York, etcétera.

En momento alguno vaciló don Joaquín. No sostenía una lucha personal; estaba comprometido con Cristo y con Su Iglesia. Voló a Roma el 9 de enero de 1972 para asistir a la Asamblea de los Defensores de la Tradición, en la que estuvieron presentes delegados de 21 países. Su reciente ‘“excomunión” contribuyó a extender la fama que gozaba internacionalmente el valeroso sacerdote mexicano, quien fue recibido en Roma con el entusiasmo peculiar de los italianos. En una conferencia de prensa transmitida a todo el mundo, declaró su ascendencia católica, su cercano parentesco con más de medio centenar de sacerdotes y religiosas; flageló a los infiltrados en la Iglesia que auspiciaban los modernos errores y reiteró su postura frente a Juan Bautista Montini de quien dio a conocer su ascendencia judía, sus complacencias con la masonería y el comunismo ya que era sabido que la ‘Santa Sede’ realizaba secretamente convenios y compromisos con los gobiernos marxistas del Este europeo y sus amos de Moscú.

La presencia del padre Sáenz en Roma exaltó los ánimos de no pocos tradicionalistas (6) y un grupo de ellos arrancó el escudo del cardenal Miranda, colocado en la parroquia romana de Nuestra Señora de Guadalupe y, al día siguiente, aparecieron en las paredes de la embajada de México las inscripciones: “¡Viva el padre Sáenz!”, “Muerte a los traidores”, “W. P. Sáenz, patriota”. El portavoz del Vaticano, Federico Alessandrini, se apresuró a condenar el justiciero atentado contra el símbolo del Arzobispo de México, que debía su cardenalato a Paulo VI, quien le impuso el capelo el 28 de abril de 1969. De alguna forma había que justificar a los Miranda, a los Méndez Arceo, a los Suens, a los Alfrik, a los Bugnini, a los Helder Cámara, a los Tarancón y toda la caterva progresista receptaría de honores vaticanos.

En 25 de enero de 1972 salió de prensas el libro del Padre Sáenz Arriaga, ¿Por qué me excomulgaron? ¿Cisma o fe? 



Y, sin desperdicio de tiempo, don Joaquín se impuso tarea de escribir y publicar su siguiente obra: Sede vacante, continuación, ampliación y actualización de La nueva iglesia montiniana.


Sáenz Arriaga, en el primer capítulo de Sede vacante, ofrece una clase lección de Derecho Eclesiástico sobre el significado de vacancia en la Sede Apostólica y la sustancial diferencia con el concepto de Iglesia acéfala.

“Por Sede vacante, en el lenguaje canónico, se entiende la carencia, por muerte, renuncia, traslado o desaparición, bien sea de los obispos, en las iglesias locales, bien sea del Sumo Pontífice en la Iglesia Universal.

“La Sede vacante puede durar, y de hecho ha durado vacante, según consta en la historia de la Iglesia, por largo tiempo, sin que esa vacancia del pontificado signifique, en manera alguna, la desaparición de la misma Iglesia” (Ibidem. Pág. 2.)

“La Iglesia nunca está, ni puede estar “acéfala”, como con “refinada malicia” me atribuyó haber dicho el “terrible” canciller de la Mitra Metropolitana de la Arquidiócesis de México, el tristemente célebre Luis Reynoso Cervantes” —añade párrafos adelante—. “Para probarlo, basta citar aquí algunas palabras de la encíclica Mystici Corporis Christi de Su Santidad Pío XII:

“Se prueba que este Cuerpo místico, que es la Iglesia, lleva el nombre de Cristo, por el hecho de que Él ha de ser considerado como su Cabeza. Él dice San Pablo (Col. I, 18)— es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, dispuesto con debido orden, crece y se aumenta, para su propia edificación (Efes. IV, 16; Col. II, 19)”.


“La Iglesia, pues, no puede nunca estar «acéfala» porque su verdadera Cabeza, Cristo, aunque falte el Papa o falten los obispos, nunca la abandonará, cumpliendo así la divina promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”. Puede faltar el Vicario, el lugarteniente, la cabeza visible de la Iglesia, pero la Iglesia nunca puede quedar “acéfala” (Ibídem. Pág. 4).

Sede vacante abarca lecciones de historia, de teología; indaga, penetra en sucesos de importancia capital, se refiere a los temas y conclusiones habidos en el Concilio Vaticano II.


Tres cuestiones motivan al padre Sáenz, con las cuales existía absoluta coincidencia en el campo tradicionalista al pedir: 1) Por el restablecimiento de la Misa de San Pío V, la Misa de siempre, la que se remonta hasta los tiempos apostólicos, en sus partes principales. 2) Porque los catecismos católicos, libres de resistencias, de inexactitudes y de verdaderos errores, que, por desgracia, circulan en varios países, vuelvan a enseñar al pueblo y, especialmente a los niños y jóvenes, la doctrina tradicional, apostólica, que siempre se ha enseñado en la Iglesia Católica; y 3) Que no se dé a las Sagradas Escrituras el sentido ecuménico, ecléctico que hoy, apoyándose en la exégesis protestante o de los rabinos judíos, se les quiere dar, sino el único sentido, que semper et ubique Ecclesia, que ha enseñado siempre el Magisterio de la Iglesia”.

… En otros tiempos estas cuestiones de fondo las resolvía el Soberano Pontífice aplicando categóricamente la doctrina católica; ahora “Montini ha tolerado, disimulado, aparentado condescender con las exigencias absurdas, anticatólicas y, en muchos casos, abiertamente heréticas de los dirigentes del “progresismo”, ya sean cardenales, obispos, clérigos o simples laicos… ¿Cuál sería la reacción de San Pablo ante el viaje a Ginebra, ante el discurso “ecuménico” en el Consejo Mundial de las Iglesias, en el que la verdadera y única Iglesia de Jesucristo, quedó asimilada y absorbida por ese ecléctico conglomerado de sectas, cuyo denominador común, si alguno tienen, es la negación de la verdad inmutable y permanente?” (Ibídem. Pág. 13.)

Antes de reafirmar “la doctrina católica, dogmática e infalible sobre el Primado de Jurisdicción y las demás prerrogativas que Cristo quiso dar a Pedro y a los legítimos sucesores de Pedro en el Pontificado Romano”, (Ibídem. Pág. 20) el padre Sáenz relata el proceso del llamado gran cisma de Occidente.

Cisma es “la separación de la Iglesia Católica de alguno o algunos de sus miembros, por el hecho de negar la debida obediencia al Romano Pontífice”, (Ibídem. Pág. 21) siempre y cuando éste sea un verdadero y legítimo papa. San Pablo advierte: “Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, que sea anatema” (Galatas, I, 8.)

El cisma, por consiguiente, se produce por la desobediencia al Papa legítimo

“Cuando, como en los actuales tiempos, vemos que la tradición apostólica ha sido menospreciada, cuando no abiertamente negada; cuando circulan impunemente los más graves errores y herejías, sin que los obispos, ni el mismo Papa reaccionen enérgica y definitivamente… tenemos derecho, tenemos el deber de dudar de la legitimidad del Papa Montini, ya que es el principal responsable de este derrumbe” (Ibídem. Pág. 239).


A continuación hace una breve historia del cisma de Occidente que se inició el 9 de agosto de 1378 y terminó treinta y nueve años después, el día 8 de noviembre de 1417. En esa espantosa crisis desfilaron varios Papas [y antipapas], simultáneamente, que gozaron del acatamiento y respeto de prelados, clérigos y seglares, a la vez que eran desobedecidos y menospreciados por los del bando contrario. “Hubo momentos en que tres distintos elegidos reclamaron la sucesión legítima de Pedro” (Ibidem. Pág. 32). De lo cual se sigue que “En la Iglesia, a pesar de las promesas y asistencia de Cristo, a pesar también de la acción del Espíritu Santo, los hombres que entonces la regían, como los hombres que la rigen ahora, los que representaban y representan a Cristo pueden, por sus pasiones, por sus equivocaciones, por las presiones extrañas conducir a la Iglesia a un estado caótico, en el que un pontificado tricípite desgarre la unidad, no tan sólo de las disciplinas, sino de los mismos dogmas” (Ibídem. Pág. 39).

El Concilio Vaticano II se vio constantemente presionado para cambiar principios sólidamente establecidos “El Concilio —afirmó erróneamente el teólogo Hans Kung, citado por Sáenz Arriaga— debe tener en cuenta las legítimas pretensiones de los protestantes, de los ortodoxos, de los anglicanos y de los liberales” (Ibídem. Pág. 42). Este criterio, bastante generalizado entre los padres conciliares, produjo nefastas consecuencias; la primera fue el deterioro de la autoridad pontificia frente a la colegialidad episcopal. Sáenz Arriaga estudia esta cuestión extensamente, sigue paso a paso los proyectos y resoluciones, las interferencias, los textos y las necesarias aclaraciones que no alcanzaron a modificar la ambivalencia de las conclusiones.

“Es indudable que la discusión sobre la colegialidad fue una de las más agitadas y peligrosas del Vaticano II. El ecumenismo, la unión de las sectas separadas uno de los principales, si no el principal objetivo de ese Concilio Pastoral, tropezaba, como uno de los más graves obstáculos… para la unión de la Iglesia Católica con las sectas protestantes, en el “Consejo Mundial de las Iglesias”, entre otros puntos fundamentales de nuestra fe católica, con el Primado de Jurisdicción y la Supremacía del Magisterio del Romano Pontífice” (Ibídem. Pág. 55).

Recordaba el autor de Sede vacante algunos de sus propios conceptos publicados veinticinco años atrás en su libro Donde está el Papa, allí está la Iglesia: “Demostrado que Cristo fundó en su Iglesia un Magisterio auténtico e infalible, preservado del error por la asistencia especialísima del Espíritu Santo, hemos visto que Pedro, independientemente del Colegio Apostólico como fundamento de la Iglesia, como Pastor supremo del rebaño de Cristo, como cabeza visible de la Iglesia, recibió entre sus prerrogativas y poderes, el don de la infalibilidad didáctica en el ejercicio de su Supremo Magisterio” (Ibídem. Pág. 61).

La exposición doctrinal que hace Sáenz Arriaga sobre la primacía del Papa en la Iglesia única y verdadera, no deja resquicio de duda sobre su ortodoxia católica, pues no se limita a defender los atributos de Pedro contra toda intromisión enemiga, va más allá: a los fundamentos mismos del Papado y al reconocimiento de su magisterio infalible, el cual “es, en su ejercicio, absolutamente independiente, sea de la autoridad de un Concilio, sea de la aprobación ulterior dada por toda la Iglesia universal” (Ibidem. Pág. 70).

“La infalibilidad pontificia, como la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia, considerada de una manera general, proviene de la asistencia divina, para descartar perpetuamente todo error o todo peligro de error en la enseñanza de la verdadera y única doctrina. Asistencia especialmente prometida a Pedro y a sus sucesores, hasta la consumación de los siglos. Esta es la enseñanza formal del Concilio Vaticano I en la definición del dogma de la Infalibilidad Pontificia”, la cual “sólo se da en los actos en los que el Papa habla con la plenitud de su poder apostólico, como Pastor y Doctor supremo de la Iglesia…” (Ibidem. Pág. 72) ya que infalibilidad no significa, en manera alguna, una nueva y divina revelación, como la que recibieron los Apóstoles y Evangelistas, cuyos escritos son recibidos y aceptados como la palabra de Dios…”

“El depósito de las verdades reveladas, que quedó cerrado con la muerte del último de los Apóstoles, no puede ser aumentado, ni adulterado en lo más mínimo por las enseñanzas de la Iglesia. La Iglesia de hoy debe enseñar lo que aquellos primeros evangelizadores enseñaron por prescripción de Cristo. La evolución dogmática no hace nuevas verdades, sino que a lo más nos descubre las verdades que, contenidas en el depósito de la Divina Revelación, no habían sido definidas, como tales, por el Magisterio de la Iglesia” (Ibidem. Pág. 73).

Las lecciones de teología contenidas en Sede vacante hacen, de este libro, un tratado sobre las implicaciones actuales que ofrece esta ciencia.

Explicada la infalibilidad pontificia, el teólogo se pregunta: ¿Puede un Papa caer en herejía?… Para demostrar esta tesis recurre a las enseñanzas de santos, teólogos y doctores de la Iglesia a lo largo de su historia. La resistencia al Espíritu Santo, explicable por el libre albedrío con el que Dios dotó a toda criatura humana, puede degenerar en incredulidad, en herejía, en apostasía. Y es lógico que no será Pastor universal aquel que voluntariamente renuncie a conducir el rebaño por el camino señalado en el Evangelio.

Así pues, resulta que Paulo VI “al seguir con tanto entusiasmo las tesis maritenianas, que no sólo yo —afirma Sáenz Arriaga— sino otros muchos teólogos han considerado casi heréticas, escandalosas, indudablemente se equivocó; se equivocó y por cierto, con increíble y peligrosa visión, al afirmar en su discurso en la ONU que esa organización heterogénea, controlada por manos invisibles, era para la humanidad de hoy y de mañana la sólida y segura esperanza, para forjar un mundo mejor y más humano. Se equivocó también Montini al buscar, en las relaciones diplomáticas con los países dominados por el comunismo ateo, una postura anticristiana, antirreligiosa y políticamente suicida que garantizase la paz del mundo. Y para no alargar demasiado mi raciocinio, Paulo VI cometió el más grave de todos sus errores al imponernos el Novus Ordo Missae que es equívoco y que favorece la herejía” (Ibidem. Pág. 105).

Sede vacante es también una extensa y múltiple denuncia que se inicia con las revelaciones de lo acaecido en el Seminario Moctezuma, instalado cerca de Las Vegas, Nevada, Estados Unidos (Ibidem. Págs. 168 a 173) de donde, huelga decirlo, han salido generaciones de jesuitas impregnados de ideas modernistas, promotores del socialismo y renuentes al celibato sacerdotal.

También se ocupa del Seminario de México y otros centros “educativos” igualmente afectados por la contaminación progresista. Estas referencias, aunque aisladas, hacen pensar en los lamentables resultados que ha producido la labor reformadora y sincretista de prelados y clérigos activistas.

¿Por qué se casan los sacerdotes?, es un capítulo amargo, enriquecido con testimonios veraces que revelan la decadente vocación sacerdotal. Los títulos que encabezan los subsecuentes capítulos de Sede vacante anuncian la importancia de los textos: ¿Puede haber un papa ilegítimo? Paulo VI sigue adelante su programa reformista. El ecumenismo, medio eficaz…

La obra póstuma de don Joaquín Sáenz Arriaga contiene nutridas lecciones teológicas de sucesos recientes y actuales. Este libro, escrito en breve tiempo, abarca diversos temas, presentados, algunos de ellos, en forma un tanto desordenada por la premura del autor en llevar, al pueblo católico, amplias noticias, recias advertencias del acelerado cambio eclesiástico cuyos resultados a nadie se ocultan.


La ofensiva contra el Novus Ordo Missae alcanzó señalados triunfos. El día 11 de abril de 1974 el abad Noel Barbara terminó de escribir un estudio intitulado: ¿Es válida la santa misa celebrada según el novus ordo missae de Paulo VI?

Sáenz Arriaga, a su regreso de Europa a finales de septiembre de ese año, dio conocer la traducción de este texto singularmente claro y categórico. Con infatigable constancia viajaba una, dos y aún tres veces al año al viejo continente, afianzando relaciones personales, intercambiando noticias y opiniones, visitando personas importantes de la esfera eclesiástica. No podía permanecer tranquilo e indiferente al desarrollo de los acontecimientos; algo había que hacer y él, enfermo y angustiado, no cedía a la fatiga.

Frente a la manifiesta oposición a la nueva misa de corte luterano, y la creciente fidelidad a la Misa eterna, la conspiración vaticana realizó una maniobra de intimidación para impedir el retorno a la ortodoxia católica. El cardenal James Robert Knox y el arzobispo Annibale Bugnini, prefecto y secretario, respectivamente, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, suscribieron una notificación el 28 de octubre de 1974 en la que “con la aprobación del Sumo Pontífice” (Paulo VI), se reconocía competencia a “las Conferencias Episcopales para la elaboración de las versiones populares de los libros litúrgicos y las normas que deben seguirse para alcanzar la confirmación de la Santa Sede”. Habiéndose “puesto en práctica de una manera gradual en todas partes” las mencionadas “versiones populares” eran “casi una obra perfecta”. Una vez establecido el mencionado Misal Romano en lengua vernácula, solamente se permitirá celebrar misa “según el rito del Misal Romano, promulgado con la autoridad de Paulo VI el día 3 de abril de 1969… compete al Ordinario del lugar conceder la facultad de usar el Misal Romano según la edición típica del año 1962 (es decir, la misa tradicional de origen apostólico canonizada en el Concilio de Trento), acomodada por los decretos de los años 1965 y 1967, ya sea en todo, ya en parte, pero solamente en la celebración de la Misa sin pueblo. Los Ordinarios no pueden conceder esta facultad para celebrar la Misa con pueblo”.

La Constitución Apostólica Missale Romanum mencionada por Knox y por Bugnini en su “Notificación”, establecía: “La Cena del Señor, o Misa, es la asamblea sagrada o congregación del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la Santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: “Donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20)”.

“Esta definición es totalmente equívoca y, por lo mismo, totalmente anticatólica. Fueron tantas las protestas que en todo el mundo hicimos, que la Ordenación general en éste, como en otros puntos, tuvo que ser enmendada. Y eso que esa Institutio generalis, como dice el Decreto de la Sagrada Congregación había sido “a Summo Pontífice pariter aprobóla”, aprobada igualmente por el Sumo Pontífice. “Contrariis quibuslibet minime obstantibus”, sin que hubiera nada que a estas disposiciones puedan oponerse. Si la infalibilidad del Sumo Pontífice fuese personal y fuese constante, ¿cómo podríamos explicar esa aprobación dada a la Ordenación General, que tuvo que ser muy pronto reformada para ocultar los errores o equívocos doctrinales de la primera edición de esa Institutio generalis Missalis Romani? Por otra parte, debemos tener en cuenta que, aun hechas esas reformas a la Institutio generalis, los equívocos o errores que en la Institutio generalis se denunciaron y corrigieron, no cambiaron en lo mínimo la misma nueva misa, cuyos lamentables equívocos y nuevos ritos han protestantizado el augusto Sacrificio del Altar, repetición incruenta del mismo Sacrificio del Calvario. ¿Podemos mantener ante estas realidades, la infalibilidad personal y permanente de Paulo VI?” (Ibidem. Pág. 108.)


El 3 de enero de 1974 regresó a México. Atendió su casa de estudiantes. Sostuvo frecuente correspondencia epistolar con sus amigos de todo el mundo, y ni aun cuando su cada día más deficiente salud lo obligaba a recluirse en su habitación, dejó de estudiar y atender los asuntos relacionados con su ministerio. Junto a su cama de enfermo se juntaban frascos de medicamentos, papeles, libros… Preparó originales y corrigió pruebas de imprenta de la revista Trento, mensajero doctrinal que pretendía contrarrestar, aunque sea en mínima parte, la campaña desorientadora de publicaciones ubicadas en un tradicionalismo condicionado al ataque exclusivo contra Méndez Arceo y sus congéneres, hasta las revistas de franca postura marxistoide y teilhardiana, como lo es Christus, de los nuevos jesuitas.


El acertado título de Trento se le ocurrió al presbítero Moisés Carmona, cuando lo visitó Sáenz Arriaga en el puerto de Acapulco, a mediados de 1972, y le dio a conocer su intención de lanzar un impreso, de no más de ocho páginas, en papel “diario” aunque rico en contenido doctrinal.

El primer número de Trento en el que figura como director el padre Carmona, salió el 19 de octubre de 1972. A partir del número 2, es Abelardo Rodríguez Díaz quien aparece dirigiendo esta revista que siempre estuvo al cuidado de don Joaquín, cuya experiencia periodística y sus conocimientos teológicos hacían de él un experto publicista y un claro exponente del pensamiento católico.

En Trento se publicaron artículos escritos por autores competentes, nacionales y extranjeros, sobre temas actuales y lecciones de doctrina tan valiosas como el Catecismo de San Pío V.

La polémica no estuvo ausente de sus páginas; no para insultar, no para saciar rencorosos desquites, sino para demostrar errores y afirmar verdades.

A la muerte del padre Sáenz, esta combativa publicación quedó en manos de Gloria Riestra, esforzada escritora que ha sabido resistir presiones ‘eclesiásticas’, y vacíos en los medios periodísticos que no han logrado doblegar su voluntad ni minar la solidez de su fe.


“El ‘padre Jean Galot’Novedades, diario de la ciudad de México, 22 de marzo de 1974—judío converso y jesuita francés que trabaja en el Vaticano, dijo que en lo futuro es posible que 
las mujeres desempeñen un papel activo en los Concilios y que ese papel, visto a la luz de su capacidad de decisión, será examinado mejor. Dios mismo ha promovido la emancipación de la mujer” —manifestó—. A la explicación del ‘padre’ Galot de que “María es una mujer que trabajó activamente por transformar la sociedad, una mujer moderna, hubo indignadas reacciones de varios periodistas. “Este documento ha sido dictado por un espíritu demagógico e inclinado a la propaganda” gritó un individuo. “¡Es un documento alentado por el mismo espíritu que envió un vándalo a destrozar La Piedad, de Miguel Ángel”, dijo otro (7).

Al recibirse la crónica de lo sucedido en Roma, nadie de la jerarquía eclesiástica intentó clarificar la situación, ni mucho menos defender la devoción mariana. Sólo el excomulgado, lleno de santa indignación, salió por los fueros de la verdad. Esperó tener en sus manos la versión española de L’Osservatore Romano para conocer el texto oficial, que aunque difería por algunas supresiones al texto dado a conocer en la conferencia de prensa, no dejaba de tener por ello puntos inaceptables. Redactó un minucioso estudio sobre la exhortación de Paulo VI y convocó a una conferencia de prensa en un salón del hotel Reforma, de la ciudad de México, la tarde del 5 de abril de 1974.

“Comparando el documento con los informes que la prensa nos había dado —escribió posteriormente en el prólogo a su estudio— encontramos una gran probabilidad para afirmar que el texto leído en Roma a las agencias informativas internacionales había sido después mutilado por L’Osservatore Romano en su versión española…” (8)

Don Joaquín transcribió íntegro este nuevo texto de la exhortación apostólica y, a continuación, analizó el documento: “Reconocemos la habilidad, ya muy advertida en todos los documentos, alocuciones, relaciones y gestos de Juan B. Montini para encubrir sus reformas con el velo piadoso de una restauración de la Iglesia, envejecida por su ya dos veces milenaria historia”.

. . .“No negamos que el documento de Paulo VI en varios puntos es un ferviente y doctrinal reclamo sobre la devoción y el culto a la Virgen Santísima, la Madre de Dios”.


. . .“A pesar del ambiguo lenguaje y estilo dialéctico del Pontífice, reconocemos que el documento tiene trozos hermosos y hasta conmovedores. Pero, en medio de esa sana doctrina, en la que enmarca Paulo VI su pensamiento adaptado a la mentalidad moderna y su tendencia reconocida al movimiento ecuménico, nos encontramos con puntos inadmisibles en el lenguaje tradicional del Magisterio” (9).

Una vez más nos encontramos con la dificultad práctica de reproducir el texto aleccionador. Coger de aquí y de allá una frase, mutila las muchas enseñanzas que contiene todo el libro.

“He aquí el relativismo religioso —señala Sáenz Arriaga tras de reproducir las enseñanzas de Paulo VI—, que, en su búsqueda de nuevas formas de culto, puede llegar, como de hecho ha llegado, a las aberraciones de las misas panamericanas, de las misas a go-go, o al Cristo Superstar de 
Jewison (10).


No andaba desatinado el Padre; tiempo después se exhibiría, por expresa recomendación pontificia, el sacrílego bodrio musical en el mismo Vaticano, que fue visto e inexplicablemente aceptado y aplaudido por ‘cardenales’, obispos, presbíteros y ‘religiosos’.


En el capítulo VII de la Exhortación Apostólica, Paulo VI se aparta de este sentimiento devoto cuando afirma “que es difícil encuadrar la imagen de la Virgen, tal como es presentada por cierta literatura devocional, en las condiciones de vida de la sociedad contemporánea, y, en particular, de las condiciones de la mujer, bien sea en el ambiente doméstico… donde las leyes de la evolución de las costumbres tienden justamente a la igualdad y la corresponsabilidad con el hombre en la dirección de la vida familiar: bien sea en el campo político… bien sea en el campo social… lo mismo que en el campo cultural…”. El padre Sáenz llega a esta contundente conclusión: “Para Pablo VI, la mujer moderna es una mujer emancipada del ambiente doméstico, una mujer política, una activista en el campo social, una mujer que deja, cada día más, las estrecheces de su casa para salirse a conquistar el mundo de las ciencias, del dinero y del poder” (11).

El sentido común y la experiencia mundana hiciéronle ver al talentoso teólogo las consecuencias futuras de tales postulados. La tradicional piedad mariana, obsoleta, cambiante como quería Paulo VI, ha llegado a ser, en nuestros días, un grotesco remedo de mujer liberada, dígalo si no, entre otros ejemplos, el “logotipo” del Congreso Mariano Internacional, celebrado en Zaragoza, España, en octubre de 1979. Aparece una joven vistiendo pantalones y blusa ceñida de manga corta, tocando la guitarra. Lleva el pelo suelto; una aureola de estrellas rodea su cabeza. A sus pies el perfil de la Basílica del Pilar de Zaragoza, y arriba un letrero que dice: María, mujer, joven, canta.

Juan Pablo II, consecuente con las enseñanzas de su amado predecesor envió su bendición a este congreso.

La paulatina pero firme transformación religiosa es un hecho. Y el padre Sáenz Arriaga fue uno de los más clarividentes pioneros que la denunciaron.


Ambos volvieron a encontrarse, y su mutua comunicación se hizo constante y provechosa.

Gloria Riestra

Quienes antes ensalzaban a la escritora Gloria Riestra, después aparentaron ignorarla cuando no llegaron a las amenazas o al insulto. El antiguo obispo de Tamaulipas, ahora ‘cardenal’, ‘arzobispo’ de México, de quien Gloria recibió sabias lecciones y sanos consejos, volvióle la espalda y torció su camino para alcanzar altos honores y prevendas de la nueva Iglesia. El Obispo sucesor de la diócesis la amenazó con la aplicación de las más severas penas canónicas… que no se atrevió a dictar, quizás porque a tiempo comprendió la inconsecuencia de su propia conducta.

En este aislamiento obligado, Gloria recordó el trigésimo aniversario de “su profesión de escritora, en la exposición y defensa de la Fe Católica” con una solemne aunque privada “Acción de Gracias por medio del Santo Sacrificio de la Misa, celebrada según el rito tridentino por el R. P. don Joaquín Sáenz Arriaga, el día 10 de diciembre de 1974”.

Don Joaquín, como testimonio de su aprecio a la singular escritora, le hizo entrega del cáliz que usó durante muchos años. Al morir legó a un convento de religiosas contemplativas, que había fundado en la ciudad de Celaya, Gto., sus ornamentos y objetos para el culto, algunos de los cuales fueron luego cedidos por las congregantes para ser usados en la capilla privada de la antigua residencia del legatario.

Cuando más se acentuaba su quebranto físico, el irreductible sacerdote más se entregaba a su labor apostólica. Nuevamente sus viajes a Europa. Dos veces estuvo allá en 1974 y otras tantas en 1975… Conocía varios prelados dispuestos a restablecer la legitimidad pontificia; pero hasta el día de su muerte nadie se atrevió a seguir abiertamente el camino doloroso de la total renuncia a sus bienes, a su posición jerárquica, a los respetos humanos.

Aún escribió un libro más, que permanece inédito: Paulo VI, el político. La importancia relativa de esta obra no habría de contribuir sustancialmente en el éxito de su lucha. Legaba sus otros libros, su prédica, su ejemplo, su integridad sacerdotal.

La muerte acechaba al Padre. Su salud decayó en los últimos años de su vida, que fueron los más activos y fecundos. Un cáncer en la próstata, de la que fue operado tres veces, una de ellas en Roma durante uno de sus viajes, sin que él llegara a conocer el terrible diagnóstico, destruyó su resistencia física, pero no su ardor sacerdotal. Sin conocer la naturaleza de su mal, intuía que la muerte estaba próxima, y redobló su esfuerzo; no cedió ante el debilitamiento físico. Y como los buenos soldados de Cristo, no dio ni pidió cuartel.

Muy cerca del final, su médico dispuso que fuese internado en el sanatorio Santa Fe, en la colonia Roma de la ciudad de México. En su alcoba de enfermo recibía a sus amigos, a sus colaboradores, a sus compañeros que, dispersos en los medios de acción pero unidos en el mismo propósito, daban, a la medida de sus recursos y posibilidades humanas, la batalla por la Iglesia de Cristo, confiados en el auxilio de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe.

Aquel hospital era atendido por religiosas que, incapaces de examinar, de comprender el origen de la transformación eclesiástica, tenían idea equivocada de los límites de la obediencia, y seguían lineamientos y prácticas religiosas establecidas por Paulo VI. Algunas de ellas, conocedoras de la gravedad física del enfermo, se acercaron a él para pedirle que aceptara los sacramentos de la nueva religión y se reconciliase con el cardenal Miranda. El padre Sáenz montó en santa indignación y, auxiliado por alguno de sus fieles amigos, abandonó el sanatorio para afirmar, una vez más, su adhesión a la Iglesia única, santa, católica y apostólica.

El doctor Alejandro Ruiz y Ruiz, amigo del enfermo, asistió a una misa celebrada por el presbítero Pedro Toledo en la capilla privada de la casa que habitaba el padre Sáenz en la calle de Culiacán número 103, ciudad de México; y, días más tarde, a petición de don Joaquín, el doctor Ruiz le llevó al presbítero Maximiliano Reynares, titular de la antigua iglesita de San Salvador el Seco ubicada en la calle cerrada del mismo nombre. El padre Reynares administró el sacramento de la penitencia y la Sagrada Eucaristía al enfermo, por quien sentía profundo afecto y lo admiraba por su desigual lucha religiosa.

Otra vez volvió el padre Maximiliano a visitar al anciano teólogo, en esta ocasión lo llevó Xavier Wiechers Conday. Don Joaquín recibió devotamente el Cuerpo de Nuestro Amo. Su sincera piedad, su vocación sacerdotal encontraba, en los auxilios espirituales de la Santa Madre Iglesia, un sedante eficaz para sus dolencias físicas y sus angustias apostólicas.

Quienes más cerca de él estaban conocían su gravedad extrema, y no faltó algún allegado suyo que sugiriese llamar a monseñor Vicente Torres, que atendía la capilla de San Juan Bautista, en Tacubaya, D. F.

Ermilo López era un joven de condición humilde al servicio del padre. Hacía mandados, recibía recados y cuidaba la casa. El sábado 10 de abril le pidió el enfermo que lo comunicase por teléfono con Xavier Wiechers. Xavier profesaba gran cariño al padre Sáenz y estaba siempre dispuesto a complacerlo. Don Joaquín pidió a su buen amigo ir en busca de monseñor Torres. Le dio su dirección y número telefónico. Xavier concertó una cita inmediata con este sacerdote a quien suponía que, habiéndolo solicitado don Joaquín, participaba plenamente de sus creencias religiosas.

Sin perder tiempo se trasladó en su auto a Tacubaya y recogió al padre Torres; éste, durante el trayecto, se mantuvo silencioso. Al llegar a la casa de la colonia Roma todo estaba dispuesto para dar la Sagrada Comunión al padre Sáenz. Xavier cogió una vela y la sostuvo encendida en sus manos. Se arrodilló junto a la cama del paciente. La escena era conmovedora. Cuantos la contemplaban presentían el cercano desenlace.

Antes de dar Sagrada Forma, el R. P. Torres, con voz clara, le preguntó al padre Sáenz “si pedía perdón por haber ofendido al papa Paulo VI”.

Con voz fuerte y precisa, acompañada de ademanes con su mano derecha, como era habitual en él, es decir, juntando el pulgar con el índice y los otros tres dedos en alto alzados, contestó con energía: “Si yo ofendí a Paulo VI por mis defectos, pido perdón. Pero si lo ofendí por haber yo defendido la Iglesia Católica, no tengo nada de qué arrepentirme, ni pido perdón por haber defendido la verdad”.


“En seguida monseñor Torres le preguntó si pedía perdón por haber ofendido a sus hermanos jesuitas. En forma análoga, el R. P. Joaquín Sáenz contestó: “Si yo los ofendí por mis debilidades, pido sincero perdón. Pero si se ofendieron por mi defensa de la Santa Iglesia Católica, no tengo por qué pedir perdón”.

Acto continuo, monseñor Torres le dio la Santa Comunión, y luego acercándose le rogó que pidiera por él. Yo escuché estas palabras: “Memento mei”. El padre Sáenz contestó: “Ad ínvicem”.

Monseñor Torres se retiró después de haberse despedido del padre Sáenz (12).


Domingo 25 de abril. El padre Sáenz ofició su última misa auxiliado con un par de muletas. En medio de profunda emoción, sus asiduos feligreses recibieron de su mano el Pan de los Ángeles. Ese día lo visitaron sus amigos, el notario Francisco Villalón Igartúa, Carlos Carrillo, Xavier Wiechers. El enfermo teólogo comprendía que era llegado el momento de dar cima a su obra apostólica. Realizar un postrero esfuerzo para hacer llegar su testimonio de fidelidad a la Iglesia.

Frente a sus amigos dictó su Testamento Espiritual, síntesis y resumen de su vida sacerdotal. Con pulso firme estampó su firma al calce de este documento:

“Las presentes palabras constituyen mi testamento espiritual, dirigido a todas aquellas personas que de un modo u otro han estado en contacto espiritual conmigo durante toda mi vida y, en particular, en el curso de mis actividades por la causa de Cristo y de la Iglesia.

Ante todo declaro que siempre he sido católico de corazón. Que he amado al Primado de Cristo en la tierra y si alguna vez alcé mi voz para protestar contra las desviaciones que en la Fe advertí, mi protesta fue contra el hombre que, apartándose de la tradición milenaria de la Iglesia, puso en gravísima contingencia la misma Institución Divina.

Nunca he negado ni en mi corazón ni en mis palabras la Doctrina Inmutable del Magisterio Eclesiástico. Mi vida y todo lo más precioso que ella pudiese tener para mí la he sacrificado por Cristo, por la Iglesia y por el Papado. Pido perdón a todos los que en cualquier modo haya ofendido y de corazón perdono a todos los que a mí me hayan podido ofender. Que el último suspiro de mi alma sea el de nuestros mártires mexicanos: ¡Viva Cristo Rey, Viva la Virgen de Guadalupe! 

JOAQUÍN SÁENZ ARRIAGA”.



No poseía bienes materiales. La casa que habitaba tuvo que enajenarla para sufragar el costo de sus viajes y su modesta subsistencia. Ningún objeto de valor material; nada que lo anclara a los intereses mudables y perecederos. Su legado se redujo a sus “libros, folletos, papeles, correspondencia y demás documentos”. En breve disposición testamentaria —menos de media cuartilla escrita a máquina, firmada por él y los mismos testigos—, pidió que “su correspondencia privada, cambiada entre mis familiares y yo… deberán ser incinerados”. Disposición que fue fielmente cumplida por el ingeniero Anacleto González Flores, depositario de sus pobres pertenencias. Lamentablemente se perdió una fuente de información personal muy valiosa para el mejor conocimiento familiar de don Joaquín.

Lunes 26 de abril. Las últimas luces del crepúsculo se diluyen entre la bruma de la gran ciudad. Los minutos transcurren a lo largo de la espera silenciosa. Un reducido grupo de amigos acompañan al enfermo.

El anciano sacerdote estaba a punto de abandonar su vivienda para dirigirse al sanatorio. Su entereza y lucidez no le permitían mostrar vacilación alguna. Sonó el teléfono. Gloria Riestra le llamaba desde Tampico. Don Joaquín tomó la bocina; con voz entera saludó a su antigua discípula. La animó a continuar sin desfallecer en la áspera lucha emprendida, a rechazar toda flaqueza de ánimo, todo desaliento frente a los adversarios. Le reiteró su compromiso de fidelidad a la causa sacrosanta de la verdadera Iglesia. Con la gracia de Dios su sacrificio no habría de resultar estéril.

Que se cumpla la voluntad de Dios —respondió el padre Sáenz a las palabras de gratitud con las que correspondió a sus alentadoras recomendaciones su admirable colaboradora quien, emocionada, le pidió su bendición. El sacerdote con firme acento, pronunció la frase consagrada—: Benedicat vos omnipotens Deus Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus. Amén.

Don Joaquín marchó al sanatorio Santa Elena, ubicado en la calle de Querétaro número 56. Quedó recluido en la habitación 423.

Martes 27. Desde temprana hora estuvieron pendientes de él, Anacleto González Flores, quien se retiró al llegar su esposa para suplirlo, y otros amigos del enfermo. Este había llamado, la víspera, al presbítero Moisés Ortega Rey. Don Carlos Carrillo, caballeroso exiliado cubano, devoto amigo del padre Sáenz, fue en su busca. Ambos llegaron al sanatorio a las diez de la mañana. El padre Ortega entró solo al cuarto de don Joaquín y le administró los sacramentos de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía.

“El Padre recibió los Sacramentos con una unción desbordante de alegría, llorando de emoción…” Ambos ministros del Señor se despidieron “hasta la eternidad” (13).

“La muerte es el término de un día… —había reflexionado en el desarrollo de un sermón pronunciado el 29 de noviembre del año anterior— el día pasajero, efímero de esta vida presente. ¡Pero la muerte es la aurora de otro día para el creyente, el día de la eternidad!”


Había llegado la hora y el enfermo quedó al cuidado del personal médico. A las 12 horas ingresó en la sala de operaciones. Largo tiempo trabajaron los cirujanos en un campo invadido de cáncer y debilitado por las anteriores intervenciones. Poco quedaba por hacer para prolongarle la vida.

Miércoles 28
. Su misión en la tierra estaba terminada. A las 10 horas 40 minutos sufrió una hemorragia que no pudo ser contenida. Su corazón, extremadamente débil, cesó de latir. Pleno de confianza en la misericordia divina, su alma se desprendió de la frágil envoltura corpórea para ir al encuentro del Señor.

El ingeniero González Flores fue informado del deceso y, de inmediato, se presentó en el sanatorio para hacerse cargo de la situación. Del cuarto número 423 habían desaparecido los objetos personales del difunto sacerdote.

Trasladaron el cadáver a una funeraria para velarlo. En la capilla mortuoria no le faltaron misas de responso, oficiadas por sacerdotes inasequibles al Novus Ordo Missae.

La prensa dejó pasar, sin relevancia, la noticia del fallecimiento del presbítero y doctor Joaquín Sáenz Arriaga. Apareció publicado su Testamento Espiritual y, en días posteriores, esquelas y testimonios de afecto, algunos de ellos provenientes de lejanos países:

“La vida del difunto sacerdote será un ejemplo para las futuras generaciones —escribieron al unísono las juventudes católicas de Roma, de Buenos Aires, de París; Genitum Concordia Pro Ecclesia Catholica, de Roma; la Asociación San Pío V, de Pittsburgh, Pa., Estados Unidos; Vigilia Romana, de Roma, Italia; los católicos pro Misa San Pío V, de Hawthone, Australia— en esta etapa tal vez preapocalíptica, por su entrega total a la causa más noble a que el ser humano puede dedicarse: La defensa de la fe católica en momentos críticos, cuando se apagan las luces de quienes deberían ser guías y faros para el pueblo de Dios”.

De varios puntos de la República Mexicana llegaron, a las redacciones de los periódicos, encendidos elogios para el apóstol desaparecido: de Tampico, de Mérida, de Guadalajara, de Zacatecas, de Acapulco…

El jueves 29 de abril, pasado el mediodía, los restos mortales del padre Sáenz recibieron cristiana sepultura en el Panteón Español, en la misma fosa en que reposan los restos de doña Magdalena Arriaga de Sáenz, de quien Joaquín era hijo predilecto. Estuvo presente el sacerdote Moisés Carmona y, entre los jóvenes, Rafael Vázquez se adelantó a pronunciar una sentida y vibrante despedida, que resultó promesa y afirmación de permanecer en los puestos de avanzada en la defensa del catolicismo… Terminado el novenario, ‘monseñor’ Tricarico preguntó por los documentos y papeles del Padre, a lo que contestó una sobrina suya: “Pídalos a los inquisidores mexicanos, amigos de mi tío…”

El presbítero y doctor Joaquín Sáenz Arriaga, como el Cid Campeador, ganaba una batalla más, después de muerto.

Laus Deo Semper


Antonio Rius Facius

¡Excomulgado! Trayectoria y pensamiento del

pbro. Dr. Joaquín Sáenz Arriaga. 1980


(1) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. Con Cristo o contra Cristo, Hermosillo, Sonora, México, 1966. Pág. 5.

(2) Vinson, Georges. La Misa Impía (La nouvelle messe et la conscience catholique). Versión al español por Lidia Cruz de Rodríguez. Revisión y notas del Pbro. Dr. Joaquín Sáenz Amaga. Editores Asociados, S. de R. L., México, D. F., 1972. Pág. 40.

(3) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. Apóstata. Crítica al libro de José Porfirio Miranda y de la Parra, S. J., México, D. F., 1971. Pág. 12-13.

(4) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. La nueva Iglesia montiniana. Pág. 341.

(5) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. ¿Por qué me excomulgaron? Pág. 16

(6) El término tradicionalista me veo forzado a usarlo como una concesión al lenguaje común, ahora en uso. Reconozco, sin embargo, que no es correcto hablar de católicos tradicionalistas ni de católicos progresistas o postconciliares, pues lo primero es repetición de un mismo pensamiento expresado en distinta manera, y lo segundo es una contradicción. La esencia del ser católico es la fidelidad a la Tradición Apostólica, al Magisterio invariable; la evolución doctrinaria, la mutabilidad de principios canonizados, es herejía.

(7) Novedades, diario de la ciudad de México, 22 de marzo de 1974, pág. 2

(8) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. La restauración montiniana de la devoción a la Virgen Santísima. Imprenta Ideal, México, D. F., 1974. Pág. 5.

(9) Ibídem. Pág. 50.

(10) Ibídem. Pág. 54.

(11) Ibidem. Pág. 79.

(12) Wiechers Condey, Xavier. Relación manuscrita al autor. Ciudad de México, 4 de diciembre de 1979.

(13) Carta original del presbítero Moisés Ortega Rey, dirigida al autor.

Foto después de la ordenación sacerdotal del P. Joaquín Sáenz y Arriaga. De izquierda a derecha: 1. Mons. Joaquín Saénz Arciga, Deán de la Catedral de Morelia, tio del P. Joaquín Sáenz Mons. 2. Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara. 3. Padre Joaquín Saénz y Arriaga. 4. Mons. Leopoldo Lara Torres, obispo de Tacámbaro.




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