martes, 11 de septiembre de 2018

UNA SERPIENTE EN EL VATICANO



Extraído de The Dictator Pope: The Inside Story of the Francis Papacy de Henry Sire:

Parece que el mismo Papa Francisco ha empezado a darse cuenta del terreno peligroso en el que se está metiendo con su filosofía de "crear desorden". Según los informes, comentó antes de la Navidad de 2016: "No es imposible que (yo) pase a la historia como el que dividió a la Iglesia Católica".

El pensamiento no escapó a quienes lo rodeaban, y en marzo de 2017 el periódico británico The Times publicó un artículo titulado "Cardenales antirreforma quieren que el Papa renuncie". El artículo citaba al periodista italiano Antonio Socci: "Una gran parte de los cardenales que votaron por él están muy preocupados y la curia... que organizó su elección y lo ha acompañado hasta ahora, sin separarse nunca de él, está cultivando la idea moral para persuadirlo a retirarse".

Se dice que estos cardenales "anti-reforma" (nótese la ortodoxia mediática que define a quienes dudan de Francisco) son una docena, y lo que los mueve es el temor a un cisma creado por el Papa. También es un presagio el que en los últimos meses de 2016 se informó de que un estudio teológico sobre la posibilidad de deponer a un Papa, estaba circulando por el Vaticano.

Aquellos que están asombrados de escuchar a Francisco descrito como un dictador no cuestionarían el hecho de que él es el papa con la mentalidad más política en muchos siglos. Esta caracterización no es una difamación de sus enemigos, sino que es enfatizada por un admirador tan incondicional como Austen Ivereigh.

Tenemos que entender que la clave del estilo imprudente de Francisco -la indiferencia a la reforma, los actos tiránicos, la búsqueda febril de la aprobación popular- es que su principal preocupación no es, de hecho, el gobierno de la Iglesia. Ivereigh ha rastreado en detalle la ambición de Francisco de convertirse en un líder político mundial; partió con una visión grandilocuente de la "decadencia" de Europa, que sería explotada por América Latina para reafirmarse, y su sueño era unir al continente en "La Patria Grande" para desafiar el dominio imperialista de los Estados Unidos.

Este objetivo estaba detrás de su nombramiento del cardenal Parolin como secretario de estado, que había sido un muy elogiado nuncio papal en México y Venezuela, y se le obligó a trabajar para unir el continente bajo la égida de la Santa Sede. Los resultados reales han sido analizados por un periodista italiano:

La imagen de Francisco, que tuvo la oportunidad de establecerse como "líder moral del continente"... entra rápidamente en crisis, a pesar del excelente trabajo del Secretario de Estado Parolin: en Cuba... la diplomacia vaticana tropieza; en Colombia, el referéndum de paz se perdió ruinosamente porque los protestantes del país lo sabotearon; en Venezuela, todos los lados políticos coinciden en que el esfuerzo de paz del Vaticano ha empeorado la situación en lugar de mejorarla; y finalmente en Brasil, después del éxito del día mundial de la juventud, Río de Janeiro tiene un alcalde que es obispo protestante, anticatólico y, sobre todo, crítico con la Conferencia Episcopal.

La elección de Donald Trump hizo añicos los supuestos en los que se basaba la estrategia política de Francisco. Con toda su retórica machista latinoamericana, el plan dependía de la presencia en la Casa Blanca de un presidente liberal dispuesto a rebajarse a sí mismo ante los reclamos latinoamericanos. Se derrumba ante un presidente cuya respuesta a los alborotadores más allá del Río Grande es construir un muro contra ellos.

Es por eso que en 2016 el Papa Francisco apostó todas sus fichas a la presidencia de Clinton. Los que lo rodeaban, comenzando por el cardenal Parolin, le dijeron que Donald Trump no tenía esperanzas de ganar, y por órdenes de Francisco, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica ayudó a financiar la campaña presidencial de Hillary Clinton. (Ahora se dice que el dinero utilizado para ello provino del Óbolo de san Pedro, las donaciones de los fieles hechas supuestamente con fines benéficos).

Francisco también intervino en la campaña verbal acusando implícitamente a Trump de no ser cristiano. Cuando Trump ganó, Francisco estaba furioso con sus asesores. (...)

La escena global en la que Francisco había imaginado su triunfo ha cambiado por completo. Con el acercamiento entre los Estados Unidos y Rusia, y con el (intento de) abandono de Gran Bretaña de la Unión Europea, Alemania y Francia quedan agrupadas, tratando de proteger los jirones del orden mundial liberal, un orden en el cual Francisco deseaba lanzarse como el sumo sacerdote. Ahora se enfrenta a lo que es, para él, un fiasco político.

La Casa Blanca tiene cartas fuertes para jugar contra el Vaticano, y uno puede sorprenderse de que hasta ahora todavía no las haya usado.

Se sabe que la CIA estaba monitoreando el Cónclave de 2013, y se cree que el pensamiento de que el gobierno estadounidense podría hacer uso de este hecho está causando noches de insomnio en la Curia. Con el fracaso de la Santa Sede para reformar sus estructuras financieras criminales, para lo cual la evidencia aumenta día a día, uno puede imaginar fácilmente cuerpos financieros internacionales, liderados por Estados Unidos, decidiendo que ya es suficiente. El despido brutal en junio de 2017 de Libero Milone, el auditor general del Vaticano, que no deja de tener amigos en Estados Unidos, podría ser la provocación final.

La razón fundamental de esta situación es que Francisco ha ido más allá de sus límites. Es un político inteligente, el más listo en ocupar el trono papal durante siglos, capaz de cercar a hombres de iglesia desprevenidos como los cardenales Burke, Sarah y Müller, pero ser estadista mundial no está a su alcance. Y aunque puede ser un político dotado dentro de sus límites, la Iglesia Católica requiere talentos superiores a los de un jefe de partido peronista. Más observadores están tomando conciencia de este hecho.

Religión, la Voz Libre


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