Por el padre José María Iraburu
Las Leyes de la Iglesia, las reglas de perfección, los planes de vida personales, ayudan, ciertamente, a la vida espiritual de las personas y de las comunidades, para que adelanten siempre con facilidad y seguridad por el camino del Evangelio. Por lo tanto, lo que ya expuse sobre el tema (aquí y aquí) y lo que ahora expongo se refiere no sólo a las leyes universales de Dios o a las de la Iglesia –éstas son unas pocas, la misa dominical, por ejemplo–, sino que ha de aplicarse también a las reglas de perfección de comunidades religiosas o de asociaciones laicales, e incluso, de algún modo, a los mismos planes de vida espiritual que un cristiano puede trazarse.
Andar sin camino es mala cosa
Cuando una persona va andando hacia una ciudad sin sujetarse a camino alguno, el intento le resultará muy lento y fatigoso, pues con frecuencia habrá de atravesar por lugares cercados, matorrales, zonas pantanosas y bosques. Es muy probable que se extravíe más de una vez, que dé muchos rodeos innecesarios, que se pierda totalmente, o que incluso acabe por seguir caminando, pero ya sin intentar mantener una orientación continua hacia la meta que en un principio pretendía.
En la vida espiritual así camina el cristiano que, sobre todo en las acciones más directamente religiosas, no tiene pauta conductual alguna. Va a Misa un domingo y otros no, se confiesa o comulga cada mes, cada año o cada diez años, según esté su ánimo. Y así en todo. Esta situación de anomia (sin norma, a-nomos; cf. Rom 2,12), llevada al extremo, equivale ya simplemente a una vida de pecado, es decir, a una vida frecuentemente desviada del amor de Dios, a merced de la gana y de las circunstancias, siempre cambiantes, o para decirlo más exactamente: una vida cautiva de la carne, del mundo y del demonio. Así lo entiende San Pablo:
En la vida espiritual así camina el cristiano que, sobre todo en las acciones más directamente religiosas, no tiene pauta conductual alguna. Va a Misa un domingo y otros no, se confiesa o comulga cada mes, cada año o cada diez años, según esté su ánimo. Y así en todo. Esta situación de anomia (sin norma, a-nomos; cf. Rom 2,12), llevada al extremo, equivale ya simplemente a una vida de pecado, es decir, a una vida frecuentemente desviada del amor de Dios, a merced de la gana y de las circunstancias, siempre cambiantes, o para decirlo más exactamente: una vida cautiva de la carne, del mundo y del demonio. Así lo entiende San Pablo:
“Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente [mundo], bajo el príncipe que manda en esta zona inferior, el espíritu que ahora actúa contra Dios en los rebeldes [demonio]. Antes procedíamos también nosotros así, siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación [carne]. Y naturalmente estábamos destinados a la reprobación, como los demás” (Ef 2,1-3).
Conviene, pues, andar por un camino. Así se consigue, con mucho menos esfuerzo mental, volitivo y físico, un avance incomparablemente más rápido y seguro. Y si son varios los que andan juntos por el mismo camino, unos se animan a otros, ayudándose mutuamente, y también el camino les ayuda a mantenerse unidos y a acrecentar esa unidad amistosa. Tanto facilita un camino el avance del caminante, que suele decirse: “este camino lleva a tal lugar”. Pues bien, si todos los cristianos hemos de realizar un Éxodo espiritual, saliendo del mundo-Egipto, y atravesando el Desierto, hacia la Tierra Prometida, en esa travesía una norma de vida –leyes de la Iglesia, reglas de perfección, plan de vida personal– será para nosotros como un camino, que facilite nuestro progreso y asegure siempre la dirección, avisándonos también cuanto nos extra-viamos.
La ley obra de modos muy diferentes en las diversas edades espirituales del cristiano. Tomemos un ejemplo de la pedagogía familiar. Cuando una madre quiere comunicarle a su hijo el espíritu de la higiene, comienza por darle ciertas normas, obligándole a cumplirlas incluso antes de que pueda entender su valor. Así, al principio, el niño se lava porque está mandado y se lo exigen; poco a poco va captando el sentido de la higiene; y finalmente la vive en su cuidado personal por convencimiento y por gusto. Pues bien, la Madre Iglesia procede de forma análoga en la educación evangélica de sus hijos, comunicándoles espíritu y obligándoles a ley. Podemos verlo, empleando el esquema clásico de las edades espirituales, considerando, por ejemplo, el precepto de la misa dominical.
–Los principiantes, que son como niños, y los pecadores, son los destinatarios principales de la ley. Están subjetivamente bajo la ley, porque les falta su espíritu. Por eso ha de decirse que “la ley no es para los justos, sino para los pecadores” (1Tim 1,9). Estos cristianos, aún tan pobres en el espíritu, tienen sin embargo el espíritu suficiente como para obedecer la ley eclesial, que no es poco –y van a misa–. Nótese que en el gráfico asoman la cabeza a la zona del Espíritu, aunque sólo un poco. Son todavía tan carnales que no harían la obra prescrita por la norma si ésta no existiera –no irían a misa los domingos, si no fuera obligatorio–.
–Los perfectos en Cristo, finalmente, se mueven ya por el Espíritu, y como escribe San Juan de la Cruz en el frontispicio de la Subida del Monte Carmelo, “por aquí no hay camino, que para el justo no hay ley”. En realidad, el justo, estando por encima de la ley, es el único que la cumple perfectamente, con amor y plena libertad –seguiría yendo a misa dominical aunque se quitara el precepto–. Él no recibe subjetivamente la presión externa de la ley, pero objetivamente la reconoce, la ama y la obedece, e incluso hace mucho más de lo que ella manda –va a misa si puede todos los días–. Por lo tanto, sólo el cristiano más crecido en la gracia, más transfigurado en Cristo, es capaz de prestar a la ley de Dios y de la Iglesia una obediencia perfecta y del todo espiritual.
La fidelidad a las normas conduce hacia la plenitud del Espíritu
La Santa Madre Iglesia Católica educa a sus hijos dándoles juntamente espíritu y ley, al menos en algunas cuestiones más fundamentales –la misa dominical, la confesión y comunión anual, las penitencias cuaresmales, etc.–. En el precepto eclesiástico de la misa dominical, por ejemplo, se educa a los cristianos para que vivan de la Eucaristía, dándoles sobre ella no solamente el espíritu –por la catequesis, la predicación, el ejemplo–, sino también la ley –la obligación de la misa dominical: Código c.1246-1247–. De este modo, así como San Pablo dice de los judíos que “la Ley fue nuestro pedagogo para llevarnos a Cristo” (Gál 3,24), así también para los cristianos la ley de la Iglesia –y toda norma de vida, personal o comunitaria– tiene una función pedagógica, que conduce a la plenitud del Espíritu. Y según esto, lógicamente, la función de la ley va teniendo una importancia cada vez menor en las diversas edades espirituales del cristiano.
La ley y el amor
Recordemos que nos dijo Cristo, “si me amáis, guardaréis mis mandatos” (Jn 14,15). Si no le amamos, no podremos cumplirlos. Lo mismo asegura el Señor de los mandamientos de la Iglesia, pues son mandatos Suyos: “si amáis a la Iglesia, cumpliréis sus mandatos”. Y lo mismo dice el Señor de las Reglas de vida religiosa o de perfección laical aprobadas por la Iglesia. Por eso nunca los santos han contrapuesto amor y ley en la vida cristiana. Nunca han hecho enfrentamientos esquizoides entre ley y gracia, entre ley y amor, entre norma y Espíritu. Han entendido que se exigen y facilitan mutuamente. Son precisamente los santos los que han guardado con extrema fidelidad las leyes de la Iglesia y también, cuando son religiosos, las de su propia Regla.
Bien conocía Santa Teresa de Jesús la primacía de la caridad, pero no por eso menospreciaba el valor santificante de las leyes de la Iglesia, y preferiría pasar “mil muertes” antes de quebrantar la mínima (Vida 31,4; 33,5). Y ése era también su aprecio por las leyes del Carmelo: “La perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo. Y toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección” (1M 2,17). “Con que procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos” (Camino Perf. 5,1). Cuando los Descalzos, erigidos en Provincia, estaban haciendo las Constituciones de las carmelitas (Alcalá 1981), según las primeras de Sta. Teresa (1562), es notable el empeño que ponía la santa para que ciertas normas se formulasen de éste o del otro modo. Daba a las leyes del Carmelo una gran importancia para la santificación de las monjas: “lo principal para que le dan el oficio [a la priora] es para que haga guardar Regla y Constituciones” (Visitas 22).
Bien conocía San Juan de la Cruz la primacía absoluta de la caridad, pero apreciaba muchísimo la virtualidad santificante de la Regla de vida religiosa. A un religioso le avisa dice: “Sea la primera cautela que jamás, fuera de lo que de orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad, sin orden de obediencia… Las acciones del religioso no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacares de ella, se las pedirán como perdidas” (Cautelas 11). Él no quería que nunca se relajase la Regla, y lo temía: “Si en algún tiempo le persuadiera alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no la crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros” (Carta 24).
Bien conocía Santa Teresa de Jesús la primacía de la caridad, pero no por eso menospreciaba el valor santificante de las leyes de la Iglesia, y preferiría pasar “mil muertes” antes de quebrantar la mínima (Vida 31,4; 33,5). Y ése era también su aprecio por las leyes del Carmelo: “La perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo. Y toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección” (1M 2,17). “Con que procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos” (Camino Perf. 5,1). Cuando los Descalzos, erigidos en Provincia, estaban haciendo las Constituciones de las carmelitas (Alcalá 1981), según las primeras de Sta. Teresa (1562), es notable el empeño que ponía la santa para que ciertas normas se formulasen de éste o del otro modo. Daba a las leyes del Carmelo una gran importancia para la santificación de las monjas: “lo principal para que le dan el oficio [a la priora] es para que haga guardar Regla y Constituciones” (Visitas 22).
Bien conocía San Juan de la Cruz la primacía absoluta de la caridad, pero apreciaba muchísimo la virtualidad santificante de la Regla de vida religiosa. A un religioso le avisa dice: “Sea la primera cautela que jamás, fuera de lo que de orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad, sin orden de obediencia… Las acciones del religioso no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacares de ella, se las pedirán como perdidas” (Cautelas 11). Él no quería que nunca se relajase la Regla, y lo temía: “Si en algún tiempo le persuadiera alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no la crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros” (Carta 24).
Notas para una obediencia cristiana de la ley
Indico las principales:
–El amor al Señor y a la Iglesia ha de ser el motivo fundamental para obedecer sus leyes. Se aman y se cumplen con fidelidad y facilidad las leyes de Dios y de la Iglesia en la medida en que se les ama. Es fácil y grato hacer la voluntad del amado. Queremos observar siempre las leyes de la Iglesia para agradar a Cristo, para hacer su voluntad, y por amor a la Iglesia, para estar bien unidos a ella, haciendo su voluntad. Sabemos que fuera de ese amor y esa obediencia, no hay vida espiritual ni posibilidad alguna de apostolado fecundo.
–Toda ley ha de ser obedecida fielmente, hasta la última letra (Mt 3,18), pues “el que es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho” (25,21-23). Cristo nos dio ejemplo cuando fue bautizado en el Jordán: “conviene que cumplamos toda justicia” (3,15), y al pagar el tributo del templo (17,24-27). Pero si Él obedecía humildemente la ley antigua, con más razón nosotros obedeceremos la ley nueva, la de Cristo y de su Iglesia.
–La caridad debe ir más allá del mero cumplimiento de la ley. La ley exige mínimos –ir a misa el domingo–. Por eso el que se limita a cumplir la ley, morirá por la letra (2Cor 3,6). La fidelidad a la ley, bien entendida, debe conducir a la plenitud del amor. Mal entendida, cuando el mínimo se toma como máximo exigido, se hace causa de mediocridad espiritual crónica.
–Hay que dar espíritu y ley, y los dos deben ser recibidos por los fieles. Si se da sólo espíritu, el camino evangélico queda sin trazar, resulta incierto, y muchos cristianos de poco espíritu se extraviarán. Si se da sólo ley, los fieles se verán judaizados bajo un yugo que no podrán soportar. Un río es agua y cauce –espíritu y ley–, no es sólo agua, ni sólo cauce. Agua sin cauce no es río, sino tierra encharcada. Cauce sin agua no es río; quizá lo fue.
Por otra parte, no conviene comenzar por la ley –del precepto dominical, por ejemplo–, sino por el espíritu. ¿Cómo podrá, p. ej., ir a Misa quien apenas tiene conocimiento y aprecio de ella? La ley debe urgirse en cuanto haya un mínimo de espíritu que haga posible –aunque arduo al principio– su cumplimiento. No se cava primero un cauce y luego se busca agua con que llenarlo. Mejor es sacar primero el agua, y que ella vaya formando suavemente su propio cauce. De hecho, en la Iglesia, la gran mayoría de las leyes fueron primero costumbres.
–La ley de Cristo es “ley de libertad” (Sant 2,12). Cumplirla, como ya he indicado, nos libera de permanecer cautivos del pecado, de la carne, del mundo y del Demonio. Haciéndonos por el amor y la obediencia “siervos de Cristo” (1Cor 7,22), así es como “él nos hace libres” (Gál 5,1; cf. 1Pe 2,16).
–La ley estimula actos internos, no sólo externos. La mera ejecución material de la obra prescrita da lugar a una obediencia puramente material, que no es virtud, y que incluso puede tener motivaciones insanas –evitarse líos, quedar bien–, y consecuencia pésimas de orgullo fariseo –“no soy como los demás hombres” (Lc 18,11)–… Por el contrario, la ley ha de suscitar una obediencia formal, que es un acto humano, un acto que implica atención de la mente e intención de la voluntad, y que, bajo la acción de la gracia, es al mismo tiempo un acto cristiano, que procede de “la fe operante por la caridad” (Gál 5,6). Cuando la Iglesia, por ejemplo, manda ir a Misa o rezar las Horas, impulsa a hacerlo buscando de verdad la glorificación de Dios y la salvación propia y ajena, con atención e intención, pues sin éstas no habría cumplimiento de la ley (sino cumplo-y-miento).
La simple repetición de actos remisos, prescritos por la ley, como no compromete el espíritu de la persona, apenas vale de nada, no crea virtud, no forma hábito, y hasta puede resultar peligrosa, pues da a la persona una apariencia engañosa de virtud. Hacer las cosas mal, aunque sean buenas, hace daño a la persona.
–El amor al Señor y a la Iglesia ha de ser el motivo fundamental para obedecer sus leyes. Se aman y se cumplen con fidelidad y facilidad las leyes de Dios y de la Iglesia en la medida en que se les ama. Es fácil y grato hacer la voluntad del amado. Queremos observar siempre las leyes de la Iglesia para agradar a Cristo, para hacer su voluntad, y por amor a la Iglesia, para estar bien unidos a ella, haciendo su voluntad. Sabemos que fuera de ese amor y esa obediencia, no hay vida espiritual ni posibilidad alguna de apostolado fecundo.
–Toda ley ha de ser obedecida fielmente, hasta la última letra (Mt 3,18), pues “el que es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho” (25,21-23). Cristo nos dio ejemplo cuando fue bautizado en el Jordán: “conviene que cumplamos toda justicia” (3,15), y al pagar el tributo del templo (17,24-27). Pero si Él obedecía humildemente la ley antigua, con más razón nosotros obedeceremos la ley nueva, la de Cristo y de su Iglesia.
–La caridad debe ir más allá del mero cumplimiento de la ley. La ley exige mínimos –ir a misa el domingo–. Por eso el que se limita a cumplir la ley, morirá por la letra (2Cor 3,6). La fidelidad a la ley, bien entendida, debe conducir a la plenitud del amor. Mal entendida, cuando el mínimo se toma como máximo exigido, se hace causa de mediocridad espiritual crónica.
–Hay que dar espíritu y ley, y los dos deben ser recibidos por los fieles. Si se da sólo espíritu, el camino evangélico queda sin trazar, resulta incierto, y muchos cristianos de poco espíritu se extraviarán. Si se da sólo ley, los fieles se verán judaizados bajo un yugo que no podrán soportar. Un río es agua y cauce –espíritu y ley–, no es sólo agua, ni sólo cauce. Agua sin cauce no es río, sino tierra encharcada. Cauce sin agua no es río; quizá lo fue.
Por otra parte, no conviene comenzar por la ley –del precepto dominical, por ejemplo–, sino por el espíritu. ¿Cómo podrá, p. ej., ir a Misa quien apenas tiene conocimiento y aprecio de ella? La ley debe urgirse en cuanto haya un mínimo de espíritu que haga posible –aunque arduo al principio– su cumplimiento. No se cava primero un cauce y luego se busca agua con que llenarlo. Mejor es sacar primero el agua, y que ella vaya formando suavemente su propio cauce. De hecho, en la Iglesia, la gran mayoría de las leyes fueron primero costumbres.
–La ley de Cristo es “ley de libertad” (Sant 2,12). Cumplirla, como ya he indicado, nos libera de permanecer cautivos del pecado, de la carne, del mundo y del Demonio. Haciéndonos por el amor y la obediencia “siervos de Cristo” (1Cor 7,22), así es como “él nos hace libres” (Gál 5,1; cf. 1Pe 2,16).
–La ley estimula actos internos, no sólo externos. La mera ejecución material de la obra prescrita da lugar a una obediencia puramente material, que no es virtud, y que incluso puede tener motivaciones insanas –evitarse líos, quedar bien–, y consecuencia pésimas de orgullo fariseo –“no soy como los demás hombres” (Lc 18,11)–… Por el contrario, la ley ha de suscitar una obediencia formal, que es un acto humano, un acto que implica atención de la mente e intención de la voluntad, y que, bajo la acción de la gracia, es al mismo tiempo un acto cristiano, que procede de “la fe operante por la caridad” (Gál 5,6). Cuando la Iglesia, por ejemplo, manda ir a Misa o rezar las Horas, impulsa a hacerlo buscando de verdad la glorificación de Dios y la salvación propia y ajena, con atención e intención, pues sin éstas no habría cumplimiento de la ley (sino cumplo-y-miento).
La simple repetición de actos remisos, prescritos por la ley, como no compromete el espíritu de la persona, apenas vale de nada, no crea virtud, no forma hábito, y hasta puede resultar peligrosa, pues da a la persona una apariencia engañosa de virtud. Hacer las cosas mal, aunque sean buenas, hace daño a la persona.
Amor a las leyes religiosas, por amor al Señor y a su Iglesia
Ya lo he señalado, pero insisto en ello, como también la Iglesia insiste en inculcarnos ese espíritu. En la Liturgia de las Horas, por ejemplo, en la Hora media, nos hace rezar todos los días algunas estrofas del Salmo 118, el más largo del salterio. Quiere la Iglesia que diariamente asimilemos el espíritu de un salmo, que en cada uno de sus 176 versos canta las maravillas de los mandatos divinos: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo” (33-35).


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