sábado, 3 de octubre de 2026

LEÓN XIV IMPULSA UN "CAMBIO PROFUNDO" EN LA POSTURA DE LA IGLESIA SOBRE LAS RELIGIONES FALSAS

La obra de León, “Un camino de esperanza”, rechaza el enfoque histórico de la Iglesia hacia el error religioso por considerarlo “defensivo” y “aislacionista”.

Por Matthew McCusker


El Vaticano ha publicado recientemente un “documento conmemorativo” para marcar los 60 años de la “promulgación” de Nostra Aetate, la “Declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas” del concilio Vaticano II.

El texto contiene errores relacionados con:

• La naturaleza de la religión,

• Las fuentes de la revelación,

• La virtud teologal de la fe,

• La encarnación de Nuestro Señor,

• La relación entre el antiguo y el nuevo pacto,

• Los deberes del Estado hacia la verdadera religión,

• La necesidad de la Iglesia para la salvación,

• La misión de la Iglesia hacia aquellos que están fuera de su redil,

• La manera en que los bautizados deben ser reconciliados con la Iglesia,

• La prohibición de participar en cultos falsos,

• El uso legítimo de la violencia por parte de una sociedad en defensa propia.

Detrás de los errores específicos se pueden discernir los sistemas erróneos del naturalismo, el liberalismo y el modernismo.

Considerado en su conjunto, el texto es incompatible con la profesión pública de la Fe Católica y la unidad visible de la Iglesia de Cristo.

Los autores del texto

El documento, titulado “Un camino de esperanza: sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la Declaración Conciliar Nostra Aetate”, ha sido publicado a nombre de tres cardenales del Vaticano y sus secretarios.

Los cardenales son:

El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ha sido una figura clave en la implementación de los programas tanto de Francisco como de León.

El cardenal Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Unidad de los Cristianos, bajo cuyo liderazgo dicho dicasterio elaboró ​​un documento que he descrito anteriormente como un plan maestro para transformar el papado como parte del “compromiso de construir una Iglesia sinodal”.

El cardenal George Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, también se ha mostrado como un fiel seguidor del programa revolucionario, como puede verse, por ejemplo, en su mensaje a los musulmanes durante el Ramadán.

El 22 de junio de 2026, el documento fue aprobado por León, quien “ordenó su publicación”, la cual tuvo lugar el 16 de septiembre de 2026.

Una ruptura clara con el pasado

“Un camino de esperanza” no oculta su falta de continuidad con la enseñanza de la Iglesia Católica [1].

De hecho, el documento es sorprendentemente honesto acerca de las novedades introducidas por el concilio Vaticano II y la contradicción entre el nuevo enfoque y el antiguo. El documento dice de Nostra Aetate:

Mucho más que un simple texto, supuso un cambio profundo en la comprensión y la expresión de la relación de la Iglesia con los creyentes de otras religiones [2].

Hizo posible “superar las actitudes de exclusión, desprecio o indiferencia que durante mucho tiempo habían prevalecido” [3].

El documento habla de “La nueva actitud de la Iglesia hacia las demás confesiones y tradiciones religiosas surgida del Concilio Vaticano II”, y señala que, desde el Vaticano II, “las religiones no cristianas ya no debían percibirse como adversarias, sino como compañeras de camino” [4].

Nostra Aetate “transformó radicalmente el rostro de las relaciones interreligiosas”, como resultado de lo cual:

La Iglesia ha pasado de una actitud a menudo reservada o distante a un valiente camino de diálogo sincero, de encuentro respetuoso y de cooperación fraterna [5].

Llevar la revolución más allá

En “Un camino de esperanza”, León y sus colaboradores manifiestan abiertamente su intención de llevar esta revolución más allá, con el fin de lograr el objetivo de construir “una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias”. Las diferencias que deben aceptarse son específicamente las diferencias religiosas de “creyentes de distintas tradiciones” [6].

Los autores consideran que es necesario una “verdadera transformación de las mentalidades”. Esto implica “abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista para adoptar una actitud abierta, benevolente y valiente” [7].

En el párrafo 55 leemos que “es hora de promover una nueva ética del diálogo”:

Ya no se trata de temer o mantener la distancia con el “otro creyente” —otra civilización, otra forma de pensar—, sino de atreverse al encuentro. “Aquel que antes se percibía como una amenaza, un enemigo al que temer, respetar desde la distancia o incluso destruir, puede convertirse en un interlocutor, un aliado, un amigo, incluso un “peregrino de la verdad” con quien compartir un tramo del camino” [8].

Los autores continúan:


Las civilizaciones y las religiones pueden, sin duda, entrar en tensión, pero también pueden entrar en resonancia, en una dinámica creativa, sabiendo transformar la diversidad en solidaridad. La alteridad ya no debe vivirse como un obstáculo, sino como un reto que afrontar. En un mundo encerrado en la asfixia de la inmanencia, los creyentes, pertenecientes a diferentes religiones, no quieren renunciar a presentar al mundo la verdad de la trascendencia y el amor de Dios por todos los seres humano [9].

Y sostienen que:

Los modelos monolíticos y aislados, que fomentan una visión cerrada de la realidad, resultan cada vez más inadecuados y, en última instancia, son fuente de violencia y sufrimiento para los más débiles. La defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo, como única forma de encuentro con “el otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en continuo fermento [10].

Citando a Francisco, el texto afirma:

“Se acabaron las épocas donde la lógica de la insularidad podía predominar en la concepción del tiempo y del espacio, e imponerse como mecanismo válido para la resolución de conflictos. Hoy es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio. Y, de este modo, ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación. Creo que, en este campo, las religiones, así como las universidades, sin necesidad de renunciar a las propias notas esenciales y dones particulares, tenemos mucho para aportar y ofrecer; todo lo que hagamos en este sentido es un paso significativo para garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al futuro, y será también un servicio a la justicia y un servicio a la paz” [11].

El objetivo al que apunta el documento de León no es la conversión de la humanidad a Cristo, sino la coexistencia de las religiones falsas con la religión revelada por el Creador y Salvador del hombre, que Él ordena que todos crean (cf. Mc 16,15-16). Nostra Aetate sigue siendo “muy relevante”, afirma el documento, en un mundo que busca “una búsqueda de la convivencia en el marco de una ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo” [12].

El nuevo texto afirma que una “dimensión integral” de la actividad misionera de la Iglesia es “el  diálogo de vida, que consiste en la convivencia respetuosa y fraterna entre creyentes de diferentes religiones” [13]. También presenta el “diálogo interreligioso” como “una dimensión esencial y complementaria” de “la proclamación explícita del Evangelio” [14].

Mediante este truco, el documento logra insistir simultáneamente en la proclamación del Evangelio, al tiempo que despoja a esa frase de su significado auténtico.

La Iglesia se opone al error porque ama a la humanidad

Las citas anteriores, aunque extensas, representan solo una selección de las muchas afirmaciones similares que se encuentran a lo largo del documento. Manifiestan claramente dos de las posturas centrales del texto:

1. Que la auténtica enseñanza de la Iglesia sobre otras religiones era “defensiva”, “aislacionista” y se basaba en el “miedo” y otras características negativas.

2. Que la alternativa propuesta a esta actitud es un “nuevo paradigma” de “diálogo” y “coexistencia”.

Tanto la caracterización que hace el texto de la verdadera enseñanza de la Iglesia como la solución propuesta son falsas.

La Iglesia Católica se ha volcado hacia toda la humanidad más que ninguna otra institución en la historia. Sus misioneros han salido desde el día de Pentecostés para integrar a toda la humanidad en una sola Iglesia universal. La Iglesia busca a cada persona que su Divino Fundador ha creado con amor. Desea acoger bajo su amorosa protección a cada hombre, mujer y niño, de cada raza y nación.

Cuando la Iglesia se encuentra con cada sociedad y cultura, no busca imponer ninguna ideología humana ni rechazar ningún bien natural. Su único propósito es enseñar las verdades destinadas a toda la humanidad, reveladas por Dios mismo; ofrecer el culto y los sacramentos que nos unen a Dios y guiar a las almas hacia su salvación eterna.

Bajo su tutela divinamente asistida, todos los pueblos pueden alcanzar su máxima gloria y ver cómo sus dones y características particulares se desarrollan y perfeccionan a un nivel superior.

El Papa Pío XII enseñó que “los pueblos” tienen “condiciones de vida y de medio”. Estas deben “enriquecerla [a la raza humana] con la comunicación mutua de sus peculiares dotes espirituales” y mediante un “recíproco intercambio de bienes” [15]. Sin embargo, este enriquecimiento solo es posible y eficaz “cuando una viva y ardiente caridad cohesiona fraternalmente a todos los hijos de un mismo Padre y a todos los hombres redimidos por una misma sangre divina” [16]. La humanidad solo puede encontrar la unidad en la caridad sobrenatural dentro de la unidad de la Iglesia Católica.

La Iglesia siempre busca el bien genuino de toda la humanidad, tanto en lo natural y temporal como en lo sobrenatural y eterno. Su único objetivo es eliminar aquello que siempre perjudica a la humanidad: el error y el pecado.

Ella se opone de forma absoluta e irreconciliable a estos pecados porque nos perjudican en esta vida y ponen en peligro nuestra felicidad eterna en la otra. Precisamente por su amor hacia nosotros, la Iglesia se opone a todos los errores y pecados que nos amenazan.

El padre Réginald Garrigou-Lagrange, OP, expresó bien esta verdad cuando escribió:

En la Iglesia encontramos nuevamente esta misma armonía entre aquello que resulta tan difícil de conciliar. En ella, la caridad más compasiva y la doctrina más firme e inquebrantable se unen en un solo amor: el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Sabe que no puede hacer el bien sin combatir el mal, que no puede predicar el Evangelio sin luchar contra la herejía. La misericordia y la firmeza doctrinal solo pueden existir unidas; separadas, mueren, y solo nos quedan dos cadáveres: el liberalismo humanitario con su falsa serenidad y el fanatismo con su falso celo.

Se ha dicho: “La Iglesia es intolerante en principio porque cree; es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en principio porque no creen, e intolerantes en la práctica porque no aman” [17].

León y sus cardenales han abandonado la armonía de la doctrina católica por el “cadáver” del “liberalismo humanitario con su falsa serenidad”. Este camino no conduce a otra cosa que a la miseria en esta vida y a la agonía eterna en la otra.

Por eso es tan importante refutar los errores doctrinales de este documento. En la siguiente entrega de esta serie, profundizaremos en el análisis de este texto tan peligroso.

Notas:

1) Como es típico de este tipo de textos vaticanos, apenas reconoce el magisterio de la Iglesia anterior al concilio. El texto contiene 95 referencias, pero solo una cita un acto del magisterio anterior al Vaticano II, y el documento afirma que la Iglesia ha estado “avanzando más allá” de él. El único libro citado anterior al Vaticano II fue escrito por un protestante. Ochenta y ocho de las referencias corresponden a textos del Vaticano II o a documentos eclesiásticos del período conciliar y posconciliar. Esto refleja que el enfoque que contiene el texto es una novedad posterior al Vaticano II. Sus errores no pueden sustentarse en actos auténticos del magisterio de la Iglesia Católica, porque dichos actos los contradicen.

2) Un camino de esperanza, n° 1.

3) Un camino de esperanza, n° 9.

4) Un camino de esperanza, números 16 y 18, que resumen la doctrina de Pablo VI.

5) Un camino de esperanza, n° 57.

6) Un camino de esperanza, n° 53.

7) Un camino de esperanza, n° 54.

8) Un camino de esperanza, n° 55.

9) Un camino de esperanza, n° 55.

10) Un camino de esperanza, n° 54.

11) Un camino de esperanza, n° 54.

12) Un camino de esperanza, n° 1.

13) Un viaje de esperanza, nota al pie 39.

14) Un viaje de esperanza, nota al pie 40.

15) Papa Pío XII, Summi Pontificatus, n° 34.

16) Papa Pío XII, Summi Pontificatus, n° 43.

17) Reginald Garrigou-Lagrange, Dios: Su existencia y su naturaleza, vol. II (trad. Dom Bede Rose, 1936).
 

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