Por el padre Dr. Mn. Jaime Mercant Simó
Resulta cada vez más palmario que nuestra sociedad occidental no está simplemente enferma, sino que ya, alejada abismalmente del antiguo “orden cristiano”, manifiesta sus últimos estertores. Uno de los síntomas más recientes de su decadencia, próxima ésta al ocaso, es el llamado fenómeno “therian”, presentado como una especie de “subcultura”; de hecho, lo es, habida cuenta de que estriba en una visión existencial de índole “subinteligente”.
Asimismo, me parece curioso que pase inadvertido que dicho “fenómeno bestial” ―nunca mejor dicho― sea una derivación del “arte degenerado”, producto éste de una mentalidad degenerada, para un público degenerado. En efecto, este “bestiario urbano” realiza, para reafirmar su “brutal identidad”, una serie de “performances” callejeras. En este sentido, estos sujetos deben creer que están siendo creativos, cuando no hacen otra cosa que entrar en una voluntaria dinámica de autodeshumanización y, por ende, de autoexclusión social. Me gustaría saber si también están renunciando, aunque tácitamente, a sus derechos civiles. Esto último sería lo más coherente, dado que únicamente el hombre es un “animal social” ―como decía Aristóteles―, debido a que es “animal racional y libre”, y, por lo tanto, sólo él es sujeto de deberes y derechos. Por consiguiente, rechazando la racionalidad, se renuncia a la socialidad; rechazando los deberes, se está renunciando a los derechos.
Cabe decir que “animales” lo somos todos nosotros; éste es nuestro “género próximo”. El problema de esta gente enajenada es que renuncia a la “diferencia específica”, o sea, a la “racionalidad”, la cual, por cierto, no anula la “animalidad”, sino que la perfecciona y eleva.
Sea como fuere, es evidente que los therianistas padecen un serio “colapso de la inteligencia”; deben pensar que, mediante este grotesco modo de vida, serán más “animales”, cuando, de hecho, lo único que consiguen, además de hacer el ridículo, es negar la dimensión espiritual que los hace animales todavía más perfectos. Así, pues, con esta opción por la “animalidad irracional” en detrimento de la “animalidad racional”, este “bestiario” demuestra un gusto morboso por la “bajura”; sus malsanas preferencias pseudoartísticas les alejan de lo bello, lo cual, en este mundo, se encuentra, de modo eminente, en el hombre, creado a “imagen y semejanza” de Dios.
En definitiva, la monstruosidad del therianismo constituye un pecado mortal y una grave ofensa a Dios creador; es, además, “radical y metafísicamente” inmoral, puesto que, por medio de lo que es horrendo, nunca puede alcanzarse el bien moral. El verdadero arte, para ser tal, es aquel que busca lo bueno a través de lo bello, lo divino mediante lo racional y humano.

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