jueves, 26 de febrero de 2026

AYUNO DE “PALABRAS HIRIENTES” EN EL MARCO ECUMÉNICO MODERNISTA

Hay frases que suenan inocentes, incluso devotas. “Ayunar de palabras hirientes” es una de ellas.

Por el padre
TJ Ojeka


La pregunta es: ¿Qué se considera ahora “perjudicial”?
Porque si “perjudicial” ya no significa “contrario a la verdad y la caridad”, sino “contrario a las sensibilidades modernas”, entonces la frase se convierte en una herramienta no de santificación, sino de contención doctrinal...

Prólogo: Cuando las palabras cambian, la doctrina sigue

Hay frases que suenan inocentes, incluso devotas. “Ayunar de palabras hirientes” es una de ellas.

El falso papa León en su mensaje de Cuaresma para 2026 dijo:

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. 

A primera vista, esto suena piadoso e inofensivo. Una lectura más atenta revela cómo refleja una tendencia modernista y antropocéntrica que oscurece el énfasis católico tradicional en el pecado, la reparación, la mortificación y la primacía de la conversión ante Dios; esta revelación no sorprende en absoluto.

¡Ayuno de palabras hirientes! Ningún católico se opondría a primera vista. De hecho, la Escritura misma nos manda cuidar la lengua. Los santos practicaban el silencio, la mansedumbre y la moderación al hablar.

Pero la historia nos enseña algo importante:

Cuando el lenguaje teológico cambia, la doctrina a menudo cambia silenciosamente con él.

En cada época de crisis, las palabras se suavizan antes de decir las verdades.

Así que la cuestión no es si debemos evitar el lenguaje pecaminoso. Eso es incuestionable.

El caso es:

¿Qué se considera hoy en día “dañino”?

Porque si “dañino” ya no significa “contrario a la verdad y a la caridad”, sino más bien “contrario a las sensibilidades modernas”, entonces la frase se convierte en una herramienta no de santificación, sino de contención doctrinal.

Examinemos esto cuidadosamente.

I. El significado católico tradicional de las “palabras hirientes”

En la teología moral católica clásica, las palabras se evalúan moralmente de acuerdo con:
● Verdad

● Justicia

● Caridad

● Fin

● Intención

● Circunstancias
Como enseñó Tomás de Aquino, el habla es pecado cuando viola la verdad o daña injustamente al prójimo.

Así, las “palabras hirientes” tradicionalmente incluyen:
● Mentiras

● Calumnia

● Detracción

● Juicio precipitado

● Blasfemia

● Obscenidad

● Discurso que causa escándalo
Éstos son pecados contra el Octavo Mandamiento.

Tenga en cuenta atentamente:

● Una palabra no es pecado porque causa incomodidad.

● Es pecado porque viola el orden moral.

Nuestro Señor pronunció palabras que ofendieron profundamente:
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos!”

“¡Generación de víboras!”
Estas palabras hirieron el orgullo; pero no eran pecaminosas.

Fueron actos de verdad y caridad.

A veces la verdad hiere antes de sanar.
 
II. El replanteamiento ecuménico modernista

Dentro de un marco “ecuménico” modernista, el significado cambia sutilmente.

El pecado ya no se define principalmente como:
● Una ofensa contra Dios,

● Una violación de la ley divina,

● Un desorden contra la verdad objetiva.
En cambio, el lenguaje moral se replantea en términos relacionales.

¿Cómo debemos entender el mandato de abstenernos de palabras hirientes en el marco “ecuménico” modernista? El decreto del c
oncilio Vaticano sobre el Ecumenismo, por supuesto, nos da una pista.

Para promover la “unidad cristiana”, el decreto obliga a los católicos a realizar

“...todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones en ellos
(Unitatis Redintergratio, párrafo 4)

Entre otros requisitos para el éxito del ecumenismo se insta a los católicos a tener:

“… renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad”
 (UR #7)

¿Cuál es la clave aquí? Que para el éxito “ecuménico”:

Los términos “herejes” y “cismáticos” no representan verdaderamente la condición de aquellos a quienes se refieren; tales personas tienen derecho al nombre de “cristianos”.

“Palabras hirientes” en el marco ecuménico significa:
● Palabras que afirman pretensiones de verdad exclusivas.

● Claridad doctrinal que desafía otras religiones.

● Lenguaje que condena el error.

● Declaraciones que perturban la armonía interreligiosa.
El estándar de juicio cambia de:

¿Es cierto? ¿Es justo?

a:

¿Se siente inclusivo?

No se trata de un ajuste pequeño.

Se trata de una reubicación teológica de la gravedad moral; de Dios a la percepción humana.

III. Ofensa vs. Pecado: Una distinción crucial

La teología tradicional traza una línea clara entre:

Escándalo (inducir a otro al pecado)

Ofensa (molestarse por la verdad)

La predicación del Evangelio siempre ha causado ofensa.

Las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento contenían anatemas solemnes. Dichas condenas eran ciertamente hirientes para quienes se oponían; sin embargo, eran actos de caridad pastoral hacia los fieles.

La Iglesia entendió históricamente:

● La claridad protege las almas.

● El silencio ante el error daña las almas.

Pero en un clima “ecuménico” modernista, la claridad en sí misma es etiquetada como “dañina”.

De aquí surge el peligro: la gente no debe ayunar de palabras pecaminosas, sino de firmeza doctrinal.

IV. La caridad bien entendida

La verdadera caridad, en la teología católica tradicional, es sobrenatural.

Quiere el bien eterno del otro.

Lo bueno es:
● Verdad

● Gracia

● Salvación
A veces eso requiere:
● Amonestación

● Corrección

● Nombrar la falsedad

● Advertencia contra los errores
Un médico que evita nombrar una enfermedad para no herir susceptibilidades no es caritativo.

De la misma manera, un predicador que evita la precisión doctrinal para “mantener la armonía” puede evitar “palabras hirientes”; pero ¿a qué costo?

Si el silencio permite que el error se propague, mayor daño se habrá causado.

V. La deriva antropocéntrica

La cuestión más profunda es el antropocentrismo.

El catolicismo tradicional es teocéntrico:
● Dios es la medida.

● La ley divina es la norma.

● La verdad es objetiva.
El “ecumenismo” modernista gira hacia el antropocentrismo:
● La experiencia humana se vuelve central.

● La armonía se convierte en el valor más alto.

● El “diálogo” sustituye a la definición.
En ese marco, las “palabras hirientes” significan cada vez más:
● Palabras que perturban el equilibrio.

● Palabras que insisten en límites doctrinales.

● Palabras que proclaman la exclusividad de la verdadera Iglesia.
Pero la armonía sin verdad es frágil.

La paz sin claridad es inestable.

VI. El ayuno tradicional adecuado

Desde una perspectiva católica tradicional perenne, ayunar de palabras hirientes significa:
● Evitar las mentiras.

● Evitar el discurso injusto.

● Evitar la dureza orgullosa.

● Evitar los discursos que tengan su raíz en la ira.

● Evitar el escándalo.
NO significa:
● Evitar la proclamación de dogmas.

● Evitar correcciones necesarias.

● Diluir las afirmaciones de verdad exclusiva.

● Silenciar la condena del error objetivo.
El mayor daño que pueden hacer las palabras no es herir los sentimientos, sino oscurecer la verdad.

Resumiendo: ¿De qué estamos ayunando realmente?

Si “palabras hirientes” significa lenguaje pecaminoso, es obvio por qué todos debemos ayunar rigurosamente de ello.

Pero cuando las “palabras hirientes” empiezan a significar un discurso veraz que perturba el relativismo y la indiferencia religiosa modernos, entonces el ayuno se vuelve peligroso. En ese caso, la gente ya no ayuna del vicio, sino del celo por la verdad.

Cuando el celo por la verdad se enfría, la herida no es emocional. Es doctrinal.

Y las heridas doctrinales no atacan la “armonía”, sino la eternidad.

 

1 comentario:

  1. Con lo fácil que hubiera sido decir las palabras del Decálogo: segundo Mandamiento-No tomarás el Nombre de Dios en vano y octavo Mandamiento- No dirás falso testimonio ni mentirás.
    Estos Herejes modernistas utilizan siempre palabras alambicadas, enrevesadas, ambiguas. Esto comenzó ya con el lenguaje sibilino del Concilio. Sólo pocos Documentos se salvan: La Encíclica Mysterium Fidei (1965) y la Constitución Apostólica Indulgentiarum Doctrina (1967).

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