sábado, 4 de febrero de 2023

ESA GILIPULLUÁ DE VIVIR EL MOMENTO PRESENTE

Imagina que una voz cálida y susurrante te diga: “lo único que importa es vivir el momento presente.

Por el padre Jorge González Guadalix


Es que, ya ven, hablando con una de esas personas que se dirigen a ti impostando la voz a la vez que mantienen un tono cálido y sugerente a la vez que pareciera propio de quien va a abrir para ti el último sello oculto de la gran revelación y te concede seas iniciado en los misterios de la fe, la vida y la esencia de tu propio yo.

Imagina. Todo a la vez: voz cálida y susurrante, sonrisa de complicidad a la vez que de superioridad y suficiencia y la frase definitiva: “Jorge… lo único que importa es vivir el momento presente”.

Mi respuesta fue tan clara como escueta y contundente: “vete a la ….

El caso es que tras mi respuesta, comprendo que fea y poco educada, pero no me negarán que tumbativa, me puse a escribir. Un post largo, lo sé, pero es que a veces las cosas se te salen de madre. Mis disculpas por adelantado.

A un servidor eso de vivir el presente le parece que es una frase terrible que supone no responsabilizarse del pasado ni comprometerse con el futuro. Vivamos el ahora mismo. “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. No hay nada más terrible que eso.

“¿Pasar del pasado?”.

La historia se estudia por algo. No es sólo descripción caprichosa de algo que pasó. La historia cuenta qué pasó, por qué pasó y qué consecuencias tuvo. Estudiar la revolución francesa no es sólo el 14 de julio y la toma de la Bastilla. Es conocer los antecedentes, por qué se llegó ahí y qué consecuencias tuvo para Francia y para el mundo. De ese estudio se sacan conclusiones para el futuro, como debe ser.

Lo mismo ocurre con la vida de cada cual. Nuestras vidas están marcadas por decisiones y acontecimientos. Unas erradas, otras pleno acierto. Pues es bueno volver al pasado. Ya sabemos que no se pueden cambiar los acontecimientos, pero sí analizar lo que pasó, por qué, cómo y qué consecuencias tuvo. Y desde ahí aprender para el futuro. Eso se llama “revisión de vida”, “examen de conciencia” o como quiera cada cual. Es molesto, lo sé por propia experiencia.

Imaginemos una pareja en la que ha habido un problema de infidelidad. Lo maduro no es decir que como ya ha pasado no tiene importancia y que no merece la pena hablar de ello. Lo maduro es sentarse, hablar, analizar qué ha pasado y por qué, y asumir cada cual sus responsabilidades. Evidentemente a quien menos le apetece hablar es al más culpable. Normal. Y supongo que diría que lo importantes es vivir el momento presente. Pues sí, pero malamente viviremos el presente si no está bien clarificado el pasado.

Claro que importa el pasado, y mucho. Por eso se manipula tanto la historia, la universal, la de España y la de nuestro día a día. Y sin embargo no se puede vivir el presente, y mucho menos pensar en el futuro, si el pasado no quedó resuelto.

Cargarse el pasado es fantástico. Si no hay pasado, si no importa, no hay responsabilidades que asumir. Ni necesidad de hacer penitencia por los pecados, ni de pedir perdón, ni de arrepentirse de nada. Fabuloso. Tampoco hay que dar explicaciones de nada ni a nadie. Lo pasado, pasado. Vivamos el presente. Si no hay pasado, si no debe importarnos, fuera jueces y tribunales, abajo cárceles, lo pasado ya pasó.

Si no hay pasado no puede comprenderse el hoy y mucho menos juzgarlo. Vemos dos personas. Una que vive de manera acomodada. La otra en la miseria. Rápido decimos que no es justo. ¿Sabemos el pasado de esas dos personas? Porque pudiera suceder que el que lleva una vida acomodada haya trabajado y ahorrado toda su vida para gozar de una cierta tranquilidad pecuniaria, y el otro lleve toda la vida de vago y de taberna en taberna. O al revés. Que el rico ha sido un ladrón que expolió al pobre. Pero para distinguir hay que saber el pasado.

Hablar del pasado es duro, sobre todo de ciertas cosas del pasado. Aceptar que nos hemos equivocado, que no nos hemos portado bien con algunas personas, que hemos hecho daño, que nos hemos cargado la propia vida con decisiones equivocadas cuesta mucho. Reconocerlo y además pedir perdón por el daño hecho es aún más duro. Reconocernos incapaces de hacerlo, durísimo. Por eso es genial eso de vivir el presente. Se acabaron los problemas.

Para un cristiano es más que claro. Por eso la iglesia recomienda, ha recomendado, siguiendo la Escritura y al mismo Jesús, la necesidad de la penitencia por los pecados –pasados, evidentemente-. Pero si no hay pasado… pues ni pedir perdón, ni confesión, ni penitencia, ni dar explicaciones… Es fantástico. Pero tan superficial, tan inmaduro…

Por eso decía al principio que esa frase tan bonita de “vivir el presente” puede encerrar el maquiavelismo de no querer responsabilizarse cada uno de su propio pasado. Y eso no es bueno. Eso es terrible.

“¿Pasar del futuro?”

Lo de vivir sin pensar en el futuro no es que sea una insensatez, sino que es directamente imposible.

Toda la literatura, tanto religiosa como profana, considera sensato al hombre previsor, al que piensa en el día de mañana. Necio, por el contrario, a quien no lo hace. Pensemos por ejemplo en la fábula de la cigarra y la hormiga. Pensemos en el evangelio. En todas las culturas se considera sabio al hombre previsor, necio al que no piensa en el futuro. Ese “comamos y bebamos (hoy) que mañana moriremos es la frase clave. En definitiva, vivamos el ahora, que el después quien sabe. Periandro, uno de los siete sabios de Grecia, decía: “sé previsor con todas las cosas”.

Lo curioso es que mientras hablamos así, constantemente tomamos opciones de futuro: votamos en las elecciones, cotizamos a la seguridad social para asegurar una pensión, tenemos seguro de casa y automóvil, controlamos el colesterol… y hasta hacemos la compra de la semana. Eso son opciones de previsión de futuro.

Y podemos seguir con muchas más cosas. Cada contrato: laboral, de alquiler, de prestación de servicios, habla de lo que vendrá. Una pareja habla de su futuro, y malo si no lo hace: estamos bien y ya veremos. La gente va asumiendo compromisos, temporales o de por vida, compromisos que hablan de futuro.

Despreciar el futuro en aras de gozar del presente es simplemente una forma de hablar. Vivamos el presente. Perfecto. ¿Tienes seguro del hogar, del automóvil, cotizas a la seguridad social, haces revisiones médicas…? Pues ya sabes. Deja todo eso porque lo que importa es el aquí y ahora.

Negarse a mirar al futuro puede ser incluso una forma muy sibilina de eludir todo compromiso personal. ¿Nos casamos? Vivamos el presente. Fantástico. ¿Nos planteamos algún proyecto? Vivamos el presente. ¿Nos vemos mañana? Quién sabe… lo importante es el presente.

Cuando sólo miramos el ahora mismo, y despreciamos las consecuencias futuras de nuestros actos, es cuando más abundantemente “metemos la pata”. ¿Pero es que no pensaste en...? No… no se me ocurrió. Esa es la diferencia entre el sabio y el necio. El sabio mira más allá del momento, el necio se queda en el aquí y ahora. Luego pasa lo que pasa.

Por eso digo que eso de “vivir el momento presente” es una forma sibilina, maquiavélica, de no responsabilizarse del pasado ni comprometerse con el futuro. Pero además es un engaño. Porque el mismo que dice eso vota en las elecciones, tiene seguros varios, contrato de trabajo y cotiza para garantizarse una pensión en el futuro.

Claro que hay que vivir en el presente. Pero sabiendo que el presente es hijo de un pasado que ahí quedó y que nuestro presente lo vamos construyendo con la mirada puesta en el futuro. Pero claro, es un gran invento eso de “vivir el momento presente”, porque del pasado no tengo ni que pedir perdón ni que dar explicaciones y como el futuro nadie sabe, pues tampoco hago planes ni me comprometo a nada.

Pues nada, a por ello. Por cierto, se va a dar de baja en los seguros? No ¿verdad? Ya me parecía a mí…


De profesión, cura

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