martes, 20 de julio de 2021

EL SÍNDROME DEL PATO RENGO

El modo más claro para identificar a un pato rengo es ver la reacción de sus amigos: cuando éstos lo dejan solo, cuando la bandada lo abandona, es signo indiscutible que el pobre palmípedo está recorriendo sus últimos trancos.


En el ámbito de la política hay una expresión que suele escucharse y a la que mucho temen los gobernantes: pato rengo, y hace referencia a un pato que no es capaz de seguir el ritmo de la bandada, y que por lo tanto se convierte en blanco de depredadores. Es decir, el mote se adjudica al gobernante que por diversas circunstancias, en especial porque se acerca el fin de su mandato, ha perdido el poder. Y el modo más claro para identificar a un pato rengo es ver la reacción de sus amigos: cuando éstos lo dejan solo, cuando la bandada lo abandona, es signo indiscutible que el pobre palmípedo está recorriendo sus últimos trancos.

Pareciera que esto es lo que está sucediendo con el papa Francisco: su renguera no es solamente efecto de la ciática, también lo es de la pérdida de poder debido a la catastrófica gestión de su pontificado y a los signos bastante claros de que su fin está ya cercano. Que nada menos que Andrea Riccardi, referente principal de la Comunidad de San Egidio, haya publicado un libro titulado La Iglesia arde, es muy sintomático. Daría la impresión que la peronización provocada por un papa peronista tiene también sus costados oscuros pues se dice que los peronistas acompañan a sus compañeros hasta la puerta del cementerio, pero no entran, y es eso justamente lo que está ocurriendo.

Uno de los errores más graves que puede cometer un gobernante que padece el síndrome del Pato Rengo es dar órdenes universales demasiado duras pues corre el riesgo de ser desobedecido y dejar así en evidencia su debilidad. Y es justamente eso lo que pareciera que está sucediendo con el papa Francisco luego de la publicación del motu proprio Traditionis custodes. Por ahora, la única adhesión clara y universalmente conocida que ha tenido, ha sido la de Mons. Ángel Luis Ríos Matos, obispo de Mayagüez, en Puerto Rico, que publicó un desopilante decreto en el que advierte que, aunque en su diócesis no se celebra la misa tradicional, igualmente la prohíbe y, ya que está, aprovecha para prohibir también el uso de la casulla romana, de los manteles de lino y del velo humeral. Una disposición similar han tomado los obispos de Costa Rica. Los tiranos engendran patéticos tiranuelos, y Bergoglio ha engendrado infinidad de obispos mediocres que poblarán tristemente los Prados Asfódelos. (Es curioso que en las fotos que se encuentran fácilmente en la web, Mons. Ríos Matos aparece siempre ataviado con todos los perifollos episcopales posibles. No sé por qué, todo esto me recuerda a Black Mischief, la novela de Evelyn Waugh).

El sitio Rorate Coeli está compilando una lista de las misas prohibidas por los obispos. Veremos cuál es el resultado pero, hasta ahora, las reacciones han sido tal como las predecíamos en este blog hace pocos días aunque, debo admitir, que me ha sorprendido la rapidez y claridad con la que han reaccionado los obispos franceses, ingleses y americanos. La Conferencia Episcopal Francesa, con esos circunloquios tan propios de los galos, ha sacado la pelota del campo de juego. Para ellos no se trata de discutir cuál es la lex orandi o la lex credendi de la iglesia del papa Francisco, sino que el motu proprio invita a reflexionar sobre le importancia de la eucaristía en la vida de la Iglesia, y que en septiembre, luego de las vacaciones, se reunirán para tal propósito. En concordancia, el obispo de Versailles, donde se asientan importantes comunidades tradicionalistas, ya hizo saber por escrito que en su diócesis las cosas seguirán como estaban, y lo mismo dijo apenas salido el documento el arzobispo de San Francisco, seguido por muchos otros obispos americanos -por ejemplo el de Cincinatti- que, más discretamente, han hecho saber a los sacerdotes y fieles cercanos al rito tradicional que no harán ningún cambio a pesar de las órdenes pontificias. En Inglaterra, la mayor parte de los obispos han hecho lo propio: apenas publicado el motu proprio avisaron ellos mismos y de modo oficial y lacrado, que en sus diócesis no habrá cambios con respecto a la misa tradicional. Y lo curioso es que, en su mayor parte, y tanto sean franceses, americanos o ingleses, no se trata de obispos con particulares simpatías tradicionalistas; se trata de obispos de tendencias claramente liberales. ¿Por qué entonces esta reacción tan rápida cuanto clara y opuesta a los evidentes deseos pontificios?

La respuesta no puede quedar sino en el plano de las conjeturas, pero podemos hilvanar algunas. Si una primera cosa queda clara, es que estos obispos no temen ya a las misericordiaciones pontificias, lo cual habría sido probable en otros tiempos. Y esto es un signo claro del síndrome del Pato Rengo. ¿Podría Francisco desposeer de su sede a Mons. Salvatore Cordileone, arzobispo de San Francisco? Ya no tiene fuerzas para hacerlo. El episcopado americano está muy molesto con el papa y la amenaza de una misericordiación por motivo de la no aplicación del motu proprio sería resistida por la Conferencia Episcopal. Otro tanto ocurriría en Francia: la declaración de los obispos franceses, aunque a algunos les parezca que se lavan las manos del asunto, es una suerte de blindaje: aquí reflexionaremos sobre la eucaristía, dicen, y las prohibiciones, cada obispo verá qué hace. Y ya hemos visto lo que hacen: no prohíben nada.

Este es justamente el meollo de la cuestión: los obispos de aquende y allende el Atlántico no quieren iniciar una guerra innecesaria. En sus diócesis se había alcanzado, gracias a Summorum Pontificum, la pax litúrgica. Las cosas funcionaban, y funcionaban bien; las ideologizaciones, salvo casos raros, habían desaparecido. Y el crecimiento constante de las comunidades, sacerdotes y vocaciones tradicionalistas era visto ya como una bendición y no como una peligro, justamente la visión opuesta a la que presenta Bergoglio en su documento. Es que, en el terreno, en sus diócesis, los únicos que funcionan más o menos bien, son los grupos de la liturgia tradicional. En Europa, exterminar a los sacerdotes tradicionalistas, tal como pretende el Soberano Pontífice, significa directamente dedicarse a importar de África a curas de misa y olla.

Si todo documento jurídico debe ser interpretado según la mente del legislador, lo que se desprende del motu proprio es que el papa Francisco quiere evitar el rompimiento de la unidad por cuestiones litúrgicas. Entonces, con toda legitimidad y tranquilidad de conciencia, aquellos obispos que juzguen que en sus diócesis la diversidad litúrgica del rito romano no ocasiona problemas ni rompe la unidad, pueden hacer caso omiso de la norma. Más llanamente, la mayor parte de los obispos no tienen ganas de comprarse una guerra que sólo existe en la mente de Bergoglio y de sus ideólogos de turno, esta vez, Andrea Grillo. Como bien escribía Tim Stanley en The Spectator, da la impresión de estar viviendo los años de Leonid Bréhznev en la Unión Soviética: un gobierno de gerontes, que se quedaron con una fotografía vieja y ajada que retrata la situación de país que no existe más.

Resulta inconcebible que la Iglesia latina haya caído en los últimos dos siglos en una hiperpapalismo tan extremo que permite manifestaciones como Traditionis custodes, en la que el papa de Roma se inmiscuya a tal punto en cada diócesis que le dice al obispo qué parroquias puede erigir y cuáles no. Es un disparate impensable en la iglesia medieval (pregúntenle al obispo Hincmar de Rheims) e impensable en la Iglesia de Oriente. Como dice el cardenal Müller en su carta de lectura imperdible, los obispos son puestos como pastores y “no son meros representantes de una oficina central, con oportunidades de ascenso”.

Esa carta del cardenal Müller, además, desarma los artificios teológicos sobre los que Bergoglio ha pretendido edificar su motu proprio
, explicitando, por ejemplo, qué significa la lex orandi - lex credendi y qué no significa, y mostrando el mamarracho bergogliano. Esto remite a un hecho histórico: en 1646, el Papa Inocencio X, por instigación de los jesuitas, suprimió (reducción fue el término utilizado) a la floreciente congregación de enseñantes que había sido fundada por San José de Calasanz —los escolapios— a través del breve Ea quae pro felici. Apenas conocido, aparecieron las críticas. Mons. Ingoli, secretario de Propaganda fidei, dijo al ver el impreso: “En otro pontificado podrán servirse de él para tapón de frascos”, y el abate Orsini, internuncio de Polonia, escribió: “Es un Breve hecho a hachazos… No dudéis… que en otro pontificado será anulado”. Y efectivamente, así sucedió (S. Giner Guerri, San José de Calasanz. Maestro y fundador. Nueva biografía crítica, BAC, Madrid, 1992, pp. 1053-1070).

Bergoglio, en definitiva, padece del síndrome del Pato Rengo. Con la publicación de Traditionis custodes se ha desprestigiado enormemente y ha apurado la decadencia y el fin de su catastrófico pontificado.


Apostilla: A la dureza e ironías del cardenal Müller en su carta, se unen expresiones de repudio a Bergoglio desde otros rincones. Michel Onfray, el popular filósofo francés ateo y progresista, escribía en Le Figaro que la misa latina es un patrimonio universal que no puede ser tocado y descalifica a Bergoglio llamándolo “jesuíta y peronista”, cuya formación es la de un “químico”. Juan Manuel de Prada, en el ABC, ha dicho que él se saca el sombrero para entrar a la iglesia, pero que no se sacará la cabeza que es lo que pide el motu propio francisquista.


Wanderer

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