viernes, 9 de octubre de 2020

CUESTIÓN DE FE

Lo dije desde el comienzo y se me criticó por hacerlo. Los hechos, lamentablemente, me han dado la razón, porque frente a lo que estamos viendo ya nadie puede hacerse el distraído. Los medios de prensa ya reconocen públicamente el estrepitoso fracaso del pontificado de Francisco. Pareciera que los únicos que se resisten son los abyectos obispos argentinos.

La publicación de la última encíclica, Fratelli tutti, es la documentación rubricada y bulada de la ignorancia y mediocridad de Bergoglio, incapaz de hilvanar el más mínimo argumento teológico. Como repetí aquí hasta el hartazgo, el papa reinante tiene ablacionado desde hace décadas el intelecto teórico. Es solo intelecto práctico. Su finalidad, en el mejor de los casos, se reduce a preservar el poder y la influencia que la iglesia siempre tuvo en el mundo para lo cual no trepida en amoldar su discurso y el de la propia iglesia a los parámetros del mundo. En el peor de los casos, sigue una agenda personal que lo posicione entre los líderes más influyentes y poderosos de mundo o, peor aún, sigue la agenda que le dictan los hermanos tres puntos, tan contentos en los últimos días por la fraternidad universal proclamada desde la misma sede petrina. En mi opinión, quien tenía razón era Mons. Bernardini, nuncio apostólico en Argentina, quien definió a Bergoglio como “un hombre enfermo de poder” (Diego Genoud, Massa: La biografía no autorizada, Sudamericana, Buenos Aires, 2015, p. 96), o un anciano jesuita que lo conocía muy bien, y de quien me reservaré el nombre, que lo definió como “Un grasa cargado de ambición”.

Sin embargo, yo no imaginaba y creo que pocos podían hacerlo, que la incapacidad, tozudez y soberbia de Bergoglio lo llevarían no solamente a no reformar la Curia romana, sino a arrojarla a una guerra interna que recién empieza y cuyos estropicios no sabemos aún cuán grandes serán.

El caso Becciu es conocido por todos: un cardenal que durante su gestión como Sustituto de la Secretaría de Estado autorizó un desfalco millonario a través de la compra, con dineros donados por los fieles, de un inmueble de lujo en Londres; que pagó setecientos mil euros a un testigo en Australia para que diera falso testimonio involucrando al cardenal Pell durante el juicio por abuso sexual, y que entregó a una misteriosa mujer quinientos mil euros, supuestamente destinados a rescatar a misioneros cautivos en África, con los cuales la fémina se compró bolsos Louis Vuitton, perfumes y ropas de lujo.

Este descardenelado Becciu era quien estaba a cargo en los últimos dos años de decidir quiénes serían beatificados o canonizados, y este mismo señor fue durante cinco años del pontificado bergogliano su Sustituto, es decir, su otro yo en la Secretaría de Estado. En pocas palabras, el segundo hombre con más poder en la iglesia.

La catástrofe recién comienza, decíamos, y no solamente porque los bandos en pugna dentro del Vaticano seguirán arrojándose munición gruesa, sino porque los bomberos a quienes llamó el Papa para apagar el fuego, apenas saben tirar bombitas de agua. La comisión encargada de la revisión de estos casos reservados está precedida por el cardenal Farrell, un Legionario de Cristo que conocía de cerca a Maciel y nunca supo nada de sus andanzas; íntimamente unido a McCarrick, con el que compartió apartamento y fue su Vicario General en Washington seis años, y tampoco nunca vio nada de nada. Un angelito de Dios. Difícilmente vea algo en esta ocasión.

Estos hechos son conocidos. Lo que todos nos preguntamos es si esto no es más que la punta del iceberg. ¿Qué profundidades tiene la sima vaticana? Hace poco tiempo había explotado la bomba de los escándalos sexuales, con orgías de drogas y sexo en las que estaba involucrado uno de los cardenales de más confianza de Bergoglio, Francesco Coccopalmerio. Ahora nos enteramos de los escándalos financieros que involucran de modo directo a otro de los cardenales más cercanos —el más cercano— del papa, Angelo Becciu. Y estamos en manos de esta gente. Son ellos los que deciden cerrar el seminario de San Rafael o beatificar a Angelelli y sus secuaces, para referirnos solamente a cuestiones argentinas.

Y frente a esto, una pregunta es recurrente: ¿tienen fe? Alguien que utiliza el dinero de las donaciones para comprar testigos, ¿tiene fe? Alguien que cercano ya a los ochenta años organiza y participa de orgías sexuales, ¿tiene fe? Alguien que confunde y tergiversa la doctrina cristiana ¿tiene fe?

Esta misma pregunta se la hacía esta semana el cardenal Zen en referencia al Secretario de Estado. Y concluía: “Me temo que ni siquiera tiene fe”.


Wanderer





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