jueves, 2 de abril de 2020

¿MIEDO A MORIR O FALTA DE FE?

Estos tiempos de coronavirus están desnudando la falta de fe sobrenatural que nos aqueja.

Por Leonardo Rodríguez V.


Para los santos la muerte nunca ha sido una tragedia absoluta; es un mal ciertamente, pero no el mal total, el mal radical, el mal más temible de todos. ¿Por qué? Porque el santo, prototipo del creyente, ve la muerte como la entrada triunfal al reino eterno junto a Dios, para gozar de una felicidad infinita, inefable. La muerte para el santo no solo no es el final del camino sino que de hecho es el inicio de un camino infinito en compañía de Dios, de los santos, de la Virgen Santísima.

Cosa muy distinta en el caso del ateo materialista. Para este personaje sí que la muerte es el mal absoluto, el final de todo, el acabamiento del propio existir más allá de lo cual solo queda la nada total. Se comprende que para el ateo materialista el vivir deba ser garantizado a toda costa y el morir sea el enemigo más temible de todos porque significa nada más y nada menos que el límite último de nuestra existencia, más allá el ataúd y los gusanos.

Dos perspectivas radicalmente distintas que dan como resultado dos modos de enfrentarnos a la enfermedad, a la muerte y en general a todo mal que nos sobrevenga en esta vida.

Lo que esta crisis del coronavirus está poniendo al descubierto es una falta de fe evidente, incluso en aquellos que nos decimos creyentes. Porque ante el pánico por la muerte y los intentos por sobrevivir a toda costa, uno se pregunta si aún se cree en la vida después de la muerte, si aún creemos que la muerte no es el final y que se trata más bien del verdadero comienzo a una vida inacabable y feliz junto a Dios.

Entiendo que el rechazo a morir es natural, todo ser desea permanecer en el ser, lo sabemos desde Aristóteles. Pero el creyente tiene ante sí una nueva perspectiva que no tuvo Aristóteles, una perspectiva en la cual la muerte sencillamente no es el final, al contrario, es el verdadero comienzo.

¿Será que nos hace falta fe? ¿Será que este virus ha venido providencialmente a señalar esa crisis de fe? ¿Creemos aún en la vida después de la muerte? ¿Decimos que creemos en Dios pero no nos enamora la idea de verle y estar con él? Preguntas de no poca importancia.


Itinerarium Mentis




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