domingo, 18 de agosto de 2019

UN TRISTE Y PREOCUPANTE FRACASO PONTIFICIO

Una frase remanida y con frecuente vigencia en Argentina, asegura que las crisis son oportunidades para el resurgimiento; yo agregaría que efectivamente es así, siempre y cuando la recuperación sea comandada por el líder apropiado. 

Caso contrario, la crisis sigue siendo una oportunidad, pero para profundizar la caída. Es lo que pasó en nuestro país en 2002, la “salida” de la crisis quedó en manos del peronismo con los Kirchner a la cabeza, y así estamos; y es lo que pasó con la Iglesia en la crisis de 2013 con un papa renunciante: la recuperación quedó en manos del peronista Bergoglio, y el estado actual es terminal. (Moraleja: los argentinos somos la elección más inadecuada para liderar las recuperaciones y el peronismo el movimiento más deletéreo para gobernar).

Estas reflexiones acerca del erial en el que el papa Francisco ha convertido a la Iglesia luego de seis años de pontificado no son solamente propias de un argentino gorila, cercano a la tradición y que hace años abandonó los fantasiosos relatos del nacionalismo. Lo dicen muchos, de diversas formas y diversos ámbitos. Bergoglio recibió una Iglesia en crisis y tenía el poder y la oportunidad para encarar reformas profundas que eran no solamente necesarias sino también urgentes. Lo que hizo en cambio, fue agravar la crisis, jugando sus jueguitos personales y mezquinos, y el estado de postración en el que nos encontramos es evidente.

Traduzco a continuación la editorial que publicó la semana pasada un diario regional italiano. La muestra me parece interesante. Nadie podrá atribuir a este medio de prensa oscuros intereses internacionales financiados por Donald Trump y asesorados por Steve Bannon, que es la excusa con la que el bergoglismo explica los ataques que sufre el pontífice. Por el contrario, es la expresión del sentido común de una comunidad italiana, tradicionalmente católica, que describe lo que ve:

Estamos lejos del entusiasmo por el nuevo pontífice que caracterizó el primer periodo de su papado.

Más bien, el efecto Bergoglio no acaeció.

Los datos hablan por sí mismos: sigue cayendo el número de participantes en las audiencias papales, de los asistentes a misa, de las ofrendas para el óbolo de Pedro, de los italianos que firman el 8 por 1000 para la Iglesia católica.

Más aún: muchísimos artículos de periodistas católicos, también sacerdotes, aparecen todos los días en diarios de todo el mundo para refutar los discursos, las palabras y los nombramientos de Bergoglio.

Mientras que con Benedicto XVI era evidente que había comenzado una recuperación religiosa e incluso cultural, y que la crítica a la Iglesia provenían sobre todo de ámbitos externos, hoy es el mismo mundo católico quien ya no reconoce a su Pastor.


Sacerdotes, obispos y cardenales se acercan con frecuencia a audiencias privadas con Benedicto XVI a fin de encontrar una palabra de consuelo y esperanza.

Lo que más desconcierta a muchos católicos es que Bergoglio no parece mínimamente interesado por la fe, o por Cristo, o por la oración, sino más bien por la sociología o la política. Bergoglio tiene algunas ideas fijas, entre las que se encuentran los inmigrantes y el ecumenismo, pero no parece que tuviera la más mínima lectura cristiana de estos acontecimientos. Por ejemplo, su afirmación según la cual los cristianos y los islámicos tendrían “el mismo Dios”, hizo enfurecer a los cristianos de Medio Oriente que frecuentemente pagan con su sangre la fe en Cristo, asesinados por los mahometanos.


En cuanto a la moral, son muchos los que no entiende que, más allá de alguna declaración extemporánea, no se haya interesado en hacer nada para promover la vida y la familia y por oponerse a la ideología de género, al ‘matrimonio’ gay o a la eutanasia. El disenso, como se dice, se expresa de muchas maneras.

En estos días, centenares de alumnos del Instituto Pontificio Juan Pablo II sobre la familia, lamentan que el Papa haya expulsado intempestivamente del cuerpo docente a profesores tales como Mons. Livio Melina y muchos otros, que eran muy estimados por los pontífices anteriores.

Sobre todo causa alarma que aún hablando tanto de misericordia, Bergoglio margina sin piedad a teólogos, órdenes religiosas y obispos tradicionales, y llega a defender y proteger a obispos y cardenales con problemas ligados a pecados de corrupción o de homosexualidad, como el obispo argentino Zanchetta, porque son sus amigos o porque son cercanos a la marxistoide teología de la liberación.


La discontinuidad entre los pontífices precedentes y el actual, está desgarrando la Iglesia, quizás nunca en la historia tan dividida, confundida y públicamente insignificante como en la actualidad.

Los que tienen buena información, dicen que el próximo sínodo sobre la Amazonía será para Bergoglio un laboratorio de prueba muy difícil: varios cardenales muy autorizados como los alemanes Brandmüller y Müeller, han ya declarado en varias oportunidades que en el documento preparatorio aparecen varias herejías y que darán batalla.

Hay que ver que la primavera anunciada por los diarios, en particular los que tradicionalmente han sido más enemigos de la Iglesia, como Reppublica, no llegó: la Iglesia de hoy vive un frío invierno.

En la foto que ilustra esta entrada, se encuentran acompañando al venerable Sumo Pontífice, Mons. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael; Mons. Samuel Jofré Giraudo, obispo de Villa María y Mons. Pedro Martínez Perea, obispo de San Luis.

Agradezco a Walter Kurtz por enviarme el artículo del diario italiano.





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