martes, 25 de septiembre de 2018

“LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y LAS REDES SOCIALES, CALDO DE CULTIVO IDEAL PARA LAS SECTAS”



Luis Santamaría, integrante de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), es un joven sacerdote castellano y leonés (Zamora, 1982) que, desde hace más de veinte años, investiga las conductas y actuaciones tras las sectas. Considerado uno de los mayores expertos nacionales e internacionales en el tema, en su visita a Asturias ha impartido varias lecciones magistrales, una de ellas en el Seminario de Oviedo. Reproducimos a continuación la entrevista publicada en el diario La Nueva España, realizada por Álvaro Suárez.

- ¿Qué es una secta?

- Se trata de un grupo social depredador que practica el mimetismo, el cual, con un señuelo en el entorno de lo espiritual, manipula y somete, acabando con la libertad de la persona. Todo ello baja una falsa apariencia de crecimiento espiritual o autoayuda.

- Entonces, ¿qué síntomas inducen a pensar que una persona ha sido “captada”?

- Interiormente es difícilmente perceptible. Exteriormente se producen cambios de personalidad, en la forma de hablar y en las relaciones con los demás, una ruptura y un aislamiento de la familia, amigos y vecinos. Se ve ese cambio radical inducido por un líder, pero el entorno tiene que estar atento para ayudarla.

- ¿Cómo llegan con sus doctrinas al individuo?

- Por dos vías: la afectividad y la espiritualidad. Nunca por lo racional. Es una estrategia de proselitismo para ir a su corazón como sede de los sentimientos. En un mundo tan estresado como el nuestro, mucha gente necesita silencio, una solución práctica a sus problemas o un grupo humano donde tener calidez. Se trata de un “bombardeo de amor”, que pretende llegar a la persona por lo afectivo, ofreciéndole una nueva familia. Experimentar una resocialización es algo legítimo; el problema de las sectas es que ese proceso se da a través de un abuso psicológico grupal, una violencia semejante el acoso escolar, laboral o de pareja. Mucha gente lo desconoce, pero las sectas son el cuarto gran tipo de violencia psicológica a día de hoy.

- ¿Son los adolescentes más proclives a caer en las sectas?

- Adolescencia y juventud son momentos ideales porque suponen períodos de cambio. Pero también hay un nicho de edad muy vulnerable, entre los 40 y los 50 años, sobre todo mujeres que se acercan en un momento de crisis personal. Sin embargo, no hay un patrón de edad ni un tipo de personalidad definida. Sí hay quienes, por sus características, resultan más proclives, pero cualquier podemos ser captados si lo hacen en el momento oportuno. Todo es una conjunción de factores externos, como una sociedad en crisis, e internos, como fracasos rupturas, muerte de un ser querido o, simplemente, momentos de debilidad en los que la gente necesita agarrarse a algo.

- A lo largo del tiempo, ¿ha cambiado el proceso de captación de adeptos?


- Sí: las nuevas tecnologías, y en especial las redes sociales, constituyen una gran ayuda para las sectas, el caldo de cultivo ideal. No sólo por ser ése su escaparate, sino también porque el proceso de adoctrinamiento se puede hacer a distancia. Por ejemplo, el reciente caso de Patricia Aguilar (la joven ilicitana captada por una secta peruana, donde estuvo varios meses). A miles de kilómetros de distancia fue manipulada durante dos años a través de Facebook y ella misma acabó volando voluntariamente a Sudamérica. Sin duda, las sectas han dado el salto de los carteles en paredes y farolas al ciberespacio.

- Como el yihadismo…

- El yihadismo es un fenómeno muy paralelo, supone una patología de lo religioso con técnicas de captación y adoctrinamiento prácticamente iguales. De hecho, los psicólogos estudian ambos fenómenos a la par, y cuando los han cuantificado dan los mismos resultados, hasta con décimas.

- ¿Se ha cuantificado el impacto directo de las sectas en España?


- Hace cuatro años calculé la existencia de un mínimo de 350 sectas en todo el país. Y en cuanto a la población, entre el 0,8 y el 1 por ciento de los españoles pertenecen a alguna. Pero hay una cifra que me preocupa más: en torno al 20 por ciento de la población nacional tiene un interés profundo en temas mágicos y esotéricos, con lo que estarían en el marco de tiro de las sectas.

- ¿Y hoy en día cuáles son los movimientos sectarios con mayor auge?

- Nos preocupa toda la religiosidad difusa de la Nueva Era. Las sectas más tradicionales, de carácter religioso, viven un cierto declive porque les afecta la secularización de la sociedad. Pero la meditación oriental, la mezcla de terapia psicológica con ejercicio físico, está llegando a más gente con contornos y doctrinas difíciles de definir.

- Habla usted del yoga, por ejemplo…

- Sí, el yoga, el reiki… son prácticas con indudable componente espiritual. El cliente tiene que ser inteligente y lúcido para discernir si ahí encuentra lo que está buscando o si se están aprovechando de él y lo arrastran a una situación inesperada. No hay nada malo en el ejercicio físico; el problema se da con el salto ilegítimo al adoctrinamiento.

- ¿Puede haber sectas de corte político?

- Claro. Algunas de ellas, por su propio funcionamiento, buscan el poder, controlar el mundo, tienen carácter mesiánico. Otras, como el entorno de la masonería, quieren influir socialmente, mediáticamente y políticamente, y se presentan como víctimas de la persecución o la intolerancia. Hace poco hemos tenido el caso de Nueva Acrópolis, una secta que organizó unas olimpiadas internacionales en un pueblo manchego. Hasta el Comité Olímpico Español les brindó apoyo.

- Hay quien dice que grupos de la propia Iglesia, como el Opus Dei, son sectas. ¿Qué hay de cierto en eso?

- No, porque no se dan las condiciones para que hablemos de una secta. Cualquier grupo de la Iglesia está sujeto a una autoridad superior y no es algo autónomo; en este caso es el Papa quien puede intervenir y cortar de raíz todo comportamiento anómalo en cualquier momento. Con eso no niego que haya corporativismo, o comportamientos sectarios puntuales en la Iglesia, por supuesto. Y ante ellos, las autoridades eclesiásticas deberían actuar con mayor rotundidad, aplicar todas sus herramientas y acabar con los abusos de poder y conciencia. Tenemos, por ejemplo, el Código de Derecho Canónico, pero faltan medios y formación ante las sectas. La intervención de la Santa Sede sobre los Legionarios de Cristo ha sido un buen ejemplo a seguir.

- En ese sentido, ¿cómo está el marco legal en España en lo que se refiere a persecución de las sectas?

- Es complejo regularlo porque nos movemos en un terreno de derechos y libertades fundamentales. La conciencia es lo más sagrado de una persona, la piedra angular del sistema democrático. Resulta sumamente difícil de probar que haya delitos o faltas. Lo más grave aquí no es la sustracción económica o el abuso sexual, sino el abuso psicológico, el cual puede producirse libremente. Hay algunas propuestas que defienden crear un nuevo delito de persuasión coercitiva, pero es complicado, pues podría utilizarse como un arma de doble filo. Lo más urgente es la mayor ayuda de la Administración pública a las víctimas de las sectas. En España, sólo un organismo dispone de una oficina para ello: el Ayuntamiento de Marbella.

- ¿Se puede salir de una secta?

- Es un proceso muy difícil y traumático, pero posible. Todo lo que ha sido tu vida cambia por completo, los lazos anteriores se rompen, te sientes engañado y violado espiritualmente. Peor aún es el caso de adeptos de segunda generación (hijos de miembros de la secta que se han criado en ella), porque toda tu vida ha sido eso. Encuentras un mundo nuevo y distinto porque estabas aislado interiormente, con lo que es un trauma independientemente del tiempo pasado y de su intensidad.

- Conoce de cerca el caso de Patricia Aguilar. ¿Cómo evoluciona la joven tras su regreso?

- Lo estamos viviendo con gran optimismo. Los primeros síntomas parecían indicar que, tras tanto tiempo secuestrada, con un bebé que ha tenido con el captor, resultaría una recuperación complicada. Sin embargo, el poder de su familia hizo que algo brotase en su interior. El psicólogo que la lleva lo ve muy bien porque Patricia enseguida se ha dado cuenta de todo lo que ha pasado, de que necesitaba ayuda, aunque no fuese capaz de expresar esa necesidad. Ahora se está replanteando toda su vida, quiere ayudar a la Justicia, quiere ayudar a otras víctimas de esta esclavitud y orientar su vida hacia los demás.

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