viernes, 8 de abril de 2011

UNA LUCHA DESDE EL VIENTRE

¿Qué sentimos o pensamos cuando pronunciamos la palabra vida? Algunos se sienten dueños, otros no se dan ni cuenta de que están vivos, otros, en cambio, darían su vida por un ideal.
 
Por Germán Díaz (*)

Nuestro Padre Dios nos vinculó perfectamente a su grandiosa obra creadora, concediéndonos el poder de ser cocreadores con él, posibilitando, en el ámbito del amor, la fecundación y el nacimiento de una nueva vida.

Ahora bien, ¿nos sentimos verdaderamente poseedores del poder de engendrar vida? Hemos logrado grandes avances a lo largo de la historia de la humanidad, hasta el punto de asumir la actitud soberbia de creernos casi dioses, manipulando la vida, extinguiéndola, controlándola, interrumpiéndola, decidiendo su futuro, cediéndola, vendiéndola, usurpándola… Dios, que lo ve todo, nos sigue enviando su soplo creador, su bendición, su primer y último misterio de vida. No obstante, ¿creemos que es un orgullo ser administradores de la vida que Dios pone en nuestras manos?

Cuidar la vida no significa decidir quién vive o quien no vive. Cuidar es animar, no dejar que le ocurra nada malo, ayudar a vivir, crear condiciones dignas, alegrarse con la vida, tener puestos los ojos en ella. Cuidar la vida es hacerse cargo, luchar para que sea mejor, crezca, madure, sea libre, feliz...

Hoy vivimos la paradoja de la defensa heroica de los animales. Varias corporaciones, países, organizaciones fomentan el cuidado, la reserva natural. Poquísimos, casi inexistentes, se animan a promocionar el derecho a la vida del niño por nacer. Hemos visto como algunos grupos ambientalistas ponen sus cuerpos, gomones y barcos entre los arpones de los cazadores y las ballenas. No he sabido de ninguna organización que se interponga entre el bisturí del médico y el feto inocente en el vientre de la madre. Hemos escuchado a señoras muy bien arregladas opinar: “No se puede permanecer indiferente a los miles de gatitos y perritos que mueren por año, víctimas del abandono. Para intentar reducir esta triste realidad, tratamos de concientizar a las personas sobre la tenencia responsable”. Seres humanos ocupados y comprometidos en la defensa del animal, una acción, por cierto, valiosa y ponderable, y, ante la sociedad, una actividad: justa, simpática, heroica. No se juzga con la misma vara a los católicos que rezan pacíficamente el rosario en la puerta de una clínica que practica habitualmente abortos. Esos católicos son avergonzados por defender la vida de un niño por nacer. Pero ser defensor de ballenas es muy “top”, queda bien, incluso está bueno que grandes líneas de supermercados me descuenten un “vueltito” por la causa ambiental. No es que piense que resulte ilícito defender ballenas, pero es mucho más grave la escena de niños descuartizados tirados en tachos de basura junto a desechos hospitalarios.

La vida del niño por nacer no corre la misma suerte de las ballenas, las tortugas, los tucanes... está sometida a la indiferencia, al escándalo de los medios, al silencio... Las leyes de países de avanzada protegen mejor a un osito panda que a un niño indefenso en plena gestación. Mientras tanto, vemos, escuchamos y convivimos con parejas que luchan por adoptar un hijo o que darían lo que sea por concebirlo. Esperan años, llenan “infernales” solicitudes, cualquier cosa con tal de obtener un hijo. Otros luchan victoriosos para poder matarlos legalmente.

Pero Dios no se cansa de enviarnos niños, no se corta la grandiosa fuerza creadora, por más que continuemos interrumpiendo su gracia. En ese cielo plagado de niños sin nacer, el Señor de la vida conversa con ellos y les cuenta cómo sería su vida si hubieran podido vivir.

(*) Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social


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