viernes, 8 de abril de 2011

NO A LA SOCIEDAD DEPRESIVA


"Estamos apesadumbrados. La sociedad está enferma de desesperanza. La recesión, el paro, la inseguridad no son razones suficientes para explicar este abatimiento de ánimo".  

            
ENTREVISTA CON TONY ANATRELLA, PSIQUIATRA, AUTOR DEL LIBRO «NO A LA SOCIEDAD DEPRESIVA»

Estamos apesadumbrados. La sociedad está enferma de desesperanza. La recesión, el paro, la inseguridad no son razones suficientes para explicar este abatimiento de ánimo. Si las crisis económicas se basan a veces en la pérdida de confianza, el sentimiento depresivo de la sociedad contemporánea hunde sus raíces más profundas en una crisis espiritual. Esta es la tesis que defiende el psiquiatra Tony Anatrella en su libro "Non à la société dépressive", (Flammarion, Paris, 1993). Para este psiquiatra, una sociedad donde el aborto, el divorcio, la homosexualidad, la toxicomanía y el suicidio son aceptados como fenómenos inevitables, es una sociedad enferma, al borde del abismo. ¿Es el olvido de Dios la causa de la crisis?

En su libro "No a la sociedad depresiva" hace un balance muy duro de la sociedad. Dice que los hombres y mujeres de nuestra época han abdicado de sus ideales.

En estos últimos años se han degradado los ideales de las personas. Sólo nos buscamos a nosotros mismos y nos hemos metido en un callejón sin salida. Vivimos en una sociedad deprimida, sin horizontes.

- ¿Hasta tal punto que esta falta de ideales es casi tan grave como un problema de salud pública?

- Vivimos en el imperio de lo efímero, en una sociedad que sólo mira el presente, incapaz de arriesgarse a construir el futuro. Esta carencia de perspectivas nos lleva a la desesperanza, a una cultura de muerte, depresiva y nefasta. El drama de la sociedad actual es querer vivir en una eterna adolescencia, sin recuerdos del pasado, sin tensión de futuro, sin Historia.

- Según usted, este vivir sin raíces ni referencias nos lleva a un callejón sin salida.

- Sin ideales, una sociedad no tiene futuro. Existe, por ejemplo, un complejo a reconocer nuestras raíces cristianas. Sentimos vergüenza de nuestros padres, de nuestros orígenes. Si no somos capaces de asumir nuestro pasado, no tendremos impulso para afrontar el futuro. Los filósofos del siglo XVIII, ilustrados y racionalistas, jamás pensaron en renegar de sus raíces cristianas. Hoy día, si los niños saben menos catecismo no es únicamente por razones religiosas, sino porque los adultos no creen en su papel educativo, no tienen esperanza y han abdicado de formar la inteligencia y la interioridad de sus hijos.


NO ES UNA FATALIDAD

- ¿Cómo hemos llegado a esta situación?

- La sociedad depresiva no es una fatalidad. La hemos construido paso a paso, al volvernos cada vez más individualistas, vaciando de contenido la moral y la religión, allí donde se reflexiona sobre el sentido de nuestra existencia. Al creer que nos bastamos a nosotros mismos, hemos fabricado nuestras propias leyes y valores, como si no existieran unos valores universales. Este relativismo nos aísla: sin valores comunes a todos los hombres no hay comunicación posible.

- Es curioso que emplee usted la palabra moral, que nadie quiere utilizar hoy día.

- Hemos creído ingenuamente que podríamos vivir sin apelar a una dimensión moral. La moral es el arte de elegir actitudes o comportamientos a la luz de unas referencias que no dependen de nosotros mismos. El hecho de confrontar nuestra vida con unas reglas morales favorece el desarrollo de nuestra interioridad y la capacidad de elegir entre las mejores opciones. Sólo los que no han superado sus complejos viven la moral como una Imposición, como un límite. El siglo XX nos ha liberado de muchas imposiciones, pero nos ha dejado colgados de un péndulo, en un mundo sin referencias.

- ¿Cómo explica usted la astenia y la fatiga de la que todo el mundo se queja?

- Si nuestra sociedad es depresiva es porque ha perdido la confianza en sí misma. El único horizonte es el triunfo y el bienestar personal. La gente se siente estafada, sin valores y se sumergen en la tristeza vital. Nos falta espiritualidad y coraje para enfrentamos a la vida. No podemos ir superando los retos cotidianos sin un sentido global de nuestra existencia. Este baile en la cuerda floja es agotador y frustrante.


INFANTILISMO SEXUAL

- En su libro usted habla de la sexualidad de nuestra época: un terreno en el que la gente tiene la impresión de actuar sin limitaciones de ningún tipo.

- Hemos pasado de un extremo a otro. En el siglo XIX, bajo la influencia de Rousseau, se desconfiaba de la sexualidad, que estaba hipercontrolada. El siglo XX acabó con estas actitudes, pero se ha pasado al extremo opuesto. Las conductas perversas han aumentado: el incesto, el abuso de los niños, crecen por doquier. Se ha erotizado, en extremo, el mundo infantil y adolescente. Todo ha llevado a un infantilismo del sexo: la gente cree que el impulso tiene su fin en sí mismo. No hay madurez sexual.

- También se muestra muy crítico con la educación sexual, tal como se imparte hoy día.

- La educación sexual es necesaria, pero no puede limitarse a una simple labor de adiestramiento. Son los padres los primeros que deben educar la sexualidad de sus hijos, con el ejemplo de su amor, contestando sus preguntas, explicándoles el porqué de las cosas, el sentido de la dignidad humana. La educación sexual que se imparte desde hace unos años está manipulando la sexualidad juvenil, más que una educación es una simple incitación.


EL NIÑO ES UNA PERSONA

- Según usted, la liberalización del aborto acarrea graves problemas psicológicos y contribuye a deprimir más a nuestra sociedad.

- El aborto introduce la muerte en el proceso de dar la vida y eso supone un desequilibrio desde el punto de vista psicológico y moral. Pero nadie quiere reflexionar sobre sus consecuencias. Una cosa es evitar el embarazo, y otra actuar directamente sobre el embrión humano. Estoy convencido de que, dentro de unos años, apareceremos a las generaciones venideras como unos bárbaros, similares a aquellos pueblos en los que era costumbre abandonar a los lactantes en las plazas públicas o en los bosques hasta que, por influencia del cristianismo, se llegó a la conclusión de que el niño era una persona. En la medida en que una sociedad respeta al mundo de la infancia, respeta también a la vida humana.
Tener un hijo no es un derecho, como se nos quiere hacer creer, sino un deber que hay que asumir. La mayoría de las religiones, desde el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, rechazan el aborto en nombre del respeto a la vida. Incluso los que no reconocen que el embrión sea un ser humano íntegro están convencidos de que, al menos, es un ser humano en potencia. Hoy, las cifras de abortos en el mundo ascienden a millones. No es un debate que pueda considerarse cerrado, desde luego.

- La legalización del aborto en los países democráticos es uno de los acontecimientos totalmente nuevos en la historia. ¿Qué interpretación le da a esos millones de abortos legales en todo el mundo?


- El niño es el signo de «el otro». La inseguridad que existe en nuestra sociedad está muy relacionada con la incertidumbre que rodea el nacimiento. El querer seleccionar las características y atributos del hijo (el sexo, el color de los ojos...), junto con el poder demiúrgico de los padres que deciden si el embarazo iniciado continúa o no, han provocado esta situación: la incapacidad de reconocer en el hijo a un ser diferente a uno mismo, pero que merece todo el respeto y el amor de nuestra parte.


EL SIDA PUEDE PREVENIRSE

- ¿Es el sida el drama de nuestra sociedad moderna?

- Es un drama real y hay que ayudar a los enfermos. Juan Pablo II, en África habló del sentido del amor humano, como corresponde a su deber de abordar el tema desde un punto de vista moral. De todas formas, es ridículo atacar al Papa porque habla de la sexualidad humana en toda su profundidad, sin ceñirse, estrictamente, a un problema técnico o sanitario. El sida no es una fatalidad: puede prevenirse, y hay que luchar por erradicarlo. Pero la distribución de preservativos en los colegios es el signo de la dimisión de los adultos, que no tienen nada que decir a los niños y a los adolescentes sobre el amor y la sexualidad.

- ¿No se ha convertido la homosexualidad en el reflejo de una sociedad permisiva?

- Es una de las manifestaciones de nuestra sociedad depresiva. Cuando el imperativo de la reproducción de la especie se debilita o desaparece del ideal social, la homosexualidad aumenta. Cada vez que la sociedad está en crisis, la homosexualidad se fortifica. No tendría sentido que un contrato entre dos homosexuales tuviera los mismos derechos que el matrimonio. Aunque una sociedad depresiva como la nuestra tienda a medir todo por el mismo rasero.


LO QUE HABRÍA QUE DEBATIRSE

- ¿Y la droga? ¿La sitúa también en la cuenta de la sociedad depresiva?

- Sí. Es una enfermedad que surge de un estado depresivo y trae consigo una inhibición progresiva de las funciones esenciales de la vida psíquica. La verdadera causa de la drogodependencia es la confusión del adolescente frente a su maduración. El objeto del debate no debería ser la droga, sino el aprendizaje de la vida, los ideales, la moral y la fe. Perdemos un tiempo precioso hablando de la droga, en vez de pensar en un proyecto pedagógico coherente. Sería absurdo legalizar la droga cuando el drogadicto es, ante todo, un enfermo. No podemos dar placer (y qué placer) a un toxicómano, tolerando que se inyecte heroína que le conducirá inexorablemente hacia la muerte.

- ¿Cómo explica usted el aumento del número de suicidios?

- La tasa de suicidios es el revelador de la salud mental de una sociedad. Constituye la primera causa de mortalidad en Europa.


SALIDA AL FUTURO

- ¿Cómo ve usted el futuro? ¿No hay salidas para escapar a esta sociedad deprimida?

- El drama de nuestra sociedad no ha empezado ayer, se remonta al siglo XVIII. La crisis actual es moral. Algunos quieren hacemos creer que estamos desligados de una moral del deber. Nos predican, desde hace tiempo, el fin de la religión, como si pudiéramos desembarazarnos de los valores que han nacido gracias al cristianismo y que son la base de nuestra civilización. El hombre ha podido tomar conciencia de sí mismo a partir de su relación con la trascendencia. Sin ese Dios que es el que da sentido al otro ¿se puede pensar en el ser y la moral?
También se habla de «la muerte de Dios». De hecho, la enseñanza elude toda referencia religiosa y los niños carecen de las más elementales nociones del catecismo.
Desde el punto de vista antropológico está demostrado que la dimensión religiosa forma parte de la estructura del hombre. La muerte de Dios se anunció en los años 60. La Europa Occidental se ha acostumbrado a vivir como si Dios no existiera. Se observa un resurgir del esoterismo y la brujería, y un desarrollo de las sectas. Videntes curanderos, visionarios, echadores de cartas tejen sus redes irracionalistas sobre unos hombres y mujeres que no quieren creer en Dios, pero sí en el brujo más famoso. Esto es lo malo: los adolescentes que no han recibido una educación religiosa están dispuestos a creer lo que sea: es como una vuelta del paganismo. Por eso, la formación religiosa de los niños es indispensable para desarrollar sus creencias y acceder al patrimonio cultural y espiritual.


- ¿No teme que le acusen de clericalismo, acusación que suele hacerse al Papa Juan Pablo II?

- La religión, y en particular el cristianismo, tienen una importante dimensión social –no solamente privada como preconizan los laicistas–, que no puede sustituirse por la cultura ni la política. El judeocristianismo no debe tratarse como una simple arqueología: es el fundamento de nuestra sociedad, un factor de integración social, el sustrato de nuestros valores y olvidarnos de esto equivale a sumergirnos en la locura. Y si la Iglesia reivindica, con razón, su deber de influir en la sociedad no lo hace con el afán de constreñir las libertades, sino en nombre de su capacidad de humanización y progreso entre los hombres.
Actuamos como si la Iglesia no debiera existir, como si no la tuviéramos en cuenta. Muchos sectores de la sociedad desean, por una parte, que la Iglesia se pronuncie sobre todo, y, por otra, crítica con acidez su discurso. Observo, además, un ocultamiento de las fiestas cristianas importantes, que han configurado nuestra existencia durante siglos. A veces sabemos más cosas del Ramadán y su comienzo, que del Miércoles de Ceniza, que abre el período de Cuaresma para los cristianos. Estamos paganizando las fiestas: ¡Todos los Santos no es el día de los crisantemos ni Navidad la fiesta de los juguetes! Esto es una mentira cultural. Negar las referencias cristianas y la dimensión social de lo religioso que presidieron la fundación de nuestra cultura es suicida. Y la sociedad corre hacia la ruina cuando desatiende los tres campos donde se reflexiona sobre la vida: el político, el moral y el religioso.

Robert SERROU


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