domingo, 3 de mayo de 2009

“JESÚS BUEN PASTOR, TÚ CONOCES A TUS OVEJAS, HAZ QUE YO TE CONOZCA A TI” (JN.10,14)


El Pastor tiene la misión de conducir a su rebaño a los pastos frescos, que no es otra cosa que alimentarlo y cuidarlo y si es necesario, hasta dar la vida por su rebaño.
IV Domingo de Pascua


Por Mons. Marcelo Martorell

La liturgia de este domingo nos presenta la figura de Jesús como el “Buen Pastor”. El Buen Pastor que conoce a sus ovejas, que no las abandona jamás, que las cuida a la hora del peligro y que las protege, porque las ama. El rebaño, las ovejas, somos nosotros, y Cristo -el Buen Pastor- no sólo encierra la delicadeza propia del pastor para con su rebaño, sino que nos trae la grandeza y la plenitud del amor del Padre y nos ama como sólo el Padre puede amar a su rebaño.

El Pastor tiene la misión de conducir a su rebaño a los pastos frescos, que no es otra cosa que alimentarlo y cuidarlo y si es necesario, hasta dar la vida por su rebaño. El evangelista nos lo dice: “el buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn. 10,11). Es el gesto espontáneo del amor de Cristo por los hombres: “nadie me quita la vida, soy yo quien la doy de mí mismo” (Jn. 10,18). En este misterio de misericordia infinita, el amor de Jesús se entrelaza y confunde con el amor del Padre. El Padre es quien lo ha enviado para que los hombres tengan en Él al pastor que los cuide y les asegure la vida verdadera. Jesús, el Buen Pastor, por medio de su sacrificio ha librado a los hombres del pecado y de la muerte, dándoles una vida nueva, la vida de los hijos de Dios.

Por este misterio todos los hombres estamos llamados a tener a Dios como Padre y a Jesús como Pastor, formando una sola familia y un solo rebaño. Esta familia y este rebaño se identifican con la Iglesia, en la cual -como dice el apóstol Pedro en la primera lectura- Jesús es la piedra fundamental: “El es la piedra rechazada por vosotros los constructores, que ha venido a ser la piedra angular” (Hech. 4,11).

Cristo Buen Pastor y Cristo piedra angular, son dos figuras diversas pero que expresan una misma realidad: Él es el que cuida, protege, y vigila, al rebaño, Él es el que da la fuerza y subsistencia, Él es el que sustenta, Él es la única esperanza de salvación para todo el género humano. Esto hace que los hombres pensemos con toda sinceridad en la necesidad de pertenecer a un único rebaño, a un único redil, a la Iglesia de Jesucristo y en el camino de la verdad, dejarse guiar por el único Pastor: Jesucristo el Señor.

Sabe Jesús que hay ovejas que pertenecen a otro aprisco y por eso dice: “es preciso que yo las atraiga” (Jn. 10,16) y a pesar de sentirse a lo mejor cómodas fuera del redil, el mismo dice: “oirán mi voz”. Para oír la voz del Pastor hacen falta dos cosas: orar y que haya quien les anuncie la voz del Pastor. Todo creyente está comprometido en esta misión que se expresa en orar, hacer sacrificio, estudiar la Palabra, anunciarla, vivir la gracia a través de los sacramentos para que la conciencia y la razón estén iluminadas por la fe en el momento del anuncio. Es necesario atraer a Cristo a las ovejas olvidadizas y lejanas, a las extraviadas y errantes, para formar entre todos un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Y será necesario tener quien anuncie y proclame con autoridad la “voz del Pastor”, alimentando a la comunidad con la “Palabra” que da vida y que haga vida en la vida de los hombres esa “Palabra” a través de la “Eucaristía”. Es por ello que este domingo está dedicado a las vocaciones sacerdotales y religiosas. El Sacerdote hace posible la Eucaristía, que es la comida que fortalece y da vida a nuestro caminar en la tierra. Nos hace posible la realidad de la Vida de la Palabra, que es para nosotros -comunidad de creyentes- el camino para la Vida Eterna.

Jesús nos deja un mensaje muy importante para nuestra vida: “conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre (14-15). No es un simple conocimiento teórico sino existencial, que conlleva manifestaciones de amor y amistad entre el Pastor y las ovejas. El Pastor entra en el corazón de quien le deja entrar y entabla con él una relación de íntima amistad: “entraré y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,20). Esta relación de amor y de amistad nos llevará a una relación más profunda y total: la del hombre creyente, la de la oveja con su Pastor Glorioso en pasturas de eterno verdor. Esta es la verdadera vida de los hijos de Dios. Comienza en la tierra en la vivencia de la fe y el amor y culmina en el cielo, donde “seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3,2).

Que María Madre del Buen Pastor nos lleve a reposar en sus hombros.

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