jueves, 19 de febrero de 2009

UN ESCÁNDALO VERDADERO


Una ley de la historia: “No temer decir la Verdad ” (León XIII).
Por Juan E. Olmedo Alba Posse

Revuelo
En medio de una agitación espectacular, lo acusan y condenan al obispo Richard Williamson por no compartir la fe en los 6 millones de víctimas del “Holocausto”, ni en las cámaras de gas para ultimarlas. Sin entrar en discusión alguna sobre el tema central -y menos frente a las amenazas que fulminan cualquier diferencia- caben algunas observaciones desde el más humilde sentido común. Expresadas esquemáticamente y con la delicadeza que exige el tema.

Aspecto religioso
En diversos lugares han ocurrido últimamente gravísimos ataques a la Fe católica. Como la negación de las raíces cristianas en la constitución de la Unión Europea ; los insultos irreproducibles al Altísimo (“Me c… en Dios”) en carteles exhibidos por dos ciudades españolas y la decapitación de la efigie del Sagrado Corazón, también en España. El sitio y ataque armado a la basílica de Belén, hiriendo a la imagen de la Santísima Virgen. En la Argentina: reiteradas exposiciones sacrílegas oficialmente prohijadas por las ciudades de Buenos Aires y Córdoba; eliminación de la enseñanza religiosa en Catamarca a instancias de la DAIA ; supresión de la Cruz en la bandera de Tucumán, dispuesta conforme a la protesta del embajador de Israel. Por supuesto, sólo se trata de algunos pocos ejemplos escogidos entre los más recientes y cercanos a nosotros. Cabría agregar, ya en otros lugares y sin agotar la lista, la severa prohibición al Arzobispo de Viena, cardenal Schöenborn con su comitiva de prelados, de acercarse al Muro de los Lamentos: por llevar el pectoral con la cruz. Anteriormente, también, en vísperas de la visita de Juan Pablo II, el gran Rabino Meir Lau expresó su explícito rechazo a la Cruz de Cristo.
Corresponde anotar que ninguno de los insultos ocasionó una conmoción general que los repudiara condignamente. Ni en el ámbito religioso, ni en el político. No es preciso insistir que todos esos casos vulneraron la fe religiosa de todos los pueblos cristianos. Pero ante todo ofendieron a la Divinidad de una manera inédita; no habiéndose tampoco registrado las condolencias de otros credos participantes del “Diálogo Interreligioso”...
No sería extraño que todas estas cosas causen perplejidad entre la gente, especialmente la más sencilla. Preguntándose si por arriba de todo lo Sagrado, de todas las revelaciones, de todas las creencias y principios –que hoy en cualquier lado se pueden rechazar e injuriar impunemente- no debe colocarse el dogma del Holocausto. Ello sería una conclusión extremosa, pero fortalecida al observar la dura y automática reacción contra el obispo Williamson. Incluso de cofrades suyos, como temerosos de un mando soberano; cuando durante largos años no temieron cuestionar a Roma por diferencias teológicas vinculadas con el Concilio Vaticano II.
Aspecto racional
Más allá de cualquier discusión sobre el Holocausto, no se puede comprender la identificación, en la práctica, de cuestiones históricas con un dogma religioso. Sobre todo cuando tanto se alaba la pluralidad y la libertad de pensamiento, superando el “oscurantismo” medieval. En tanto concurren contradicciones y susceptibilidades agigantadas, que fortalecen la sospecha de oscuros fines subyacentes. Como denigrar al Papa obstaculizando la unidad religiosa; o acaso preparar censuras del Evangelio por las repetidas y enérgicas reprensiones a los recalcitrantes de su tiempo, que asechaban al Salvador. Para apuntalar la hipótesis de la contradicción conspirativa, bastaría cierta referencia periodística. Entre las voces más estridentes que se alzaron fustigando el negacionismo del Holocausto, ha sobresalido un duro reclamo “al Papa alemán” (sic), del presidente de la Comunidad de Sobrevivientes del campo de concentración de Duchau, Max Mannheimer (La Nación, 30.1.09). Esto produce un disturbio inmediato del razonamiento. Porque no se entiende que tras una matanza sistemática y feroz -utilizando gases letales suministrados en recintos especiales- queden tantos sobrevivientes de los campos de concentración. Hasta formar, como en el caso, comunidades salvadas de una extinción minuciosamente cumplida.
Por ese lado, lo dicho por Mannheimer de rebote viene a respaldar al obispo Williamson. Porque, si la cantidad de sobrevivientes que aquel líder comunitario representa (así como otros más que se conocen) felizmente están vivos, deberían restarse de los 6 millones establecidos. De igual modo, ello sugeriría que las cámaras de gas faltaron o fallaron en muchos casos... Todo lo cual, innegablemente tiene entidad para provocar legítimas dudas en cualquier investigador.
Exceso
La ficción resulta contagiosa y sus desbordes pueden alcanzar áreas impensables. Así, por ejemplo, contemporáneamente se ha llegado a acusar antisemitismo nada menos que en nuestro país, de impar liberalidad. Como si se pudiera ignorar la fuerza cultural, social, política y económica de infinidad de figuras sobresalientes. Protagonistas de la talla de Schoklender, Verbistsky, Rozanski, Eskenazi, Eltzain, Aguinis, Telerman, Filmus, etc. Y otros mil destacados personajes de todos los tiempos. Lo mismo que hechos tan significativos como el ocurrido en la última Navidad. Cuando 17 plazas de la Capital Federal aparecieron adornadas con sendos candelabros hebreos; en tanto inicialmente se mezquinaba el permiso para cantar villancicos en la vía pública. Ciertamente la patraña del antisemitismo argentino provocaría risa, si no fuera una infamia.
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