martes, 21 de noviembre de 2000

UNIGENITUS (8 DE SEPTIEMBRE DE 1713)


BULA

 UNIGENITUS

CONDENA DE LOS ERRORES DE PASCHASIUS

DEL PAPA CLEMENTE XI

(Sec. 3) 

1. ¿Qué más le queda al alma que ha perdido a Dios y su gracia, sino el pecado y las consecuencias del pecado, una pobreza orgullosa y una indigencia perezosa, es decir, una impotencia general para el trabajo, para la oración y para toda obra buena?

2. La gracia de Jesucristo, que es el principio eficaz de toda clase de bien, es necesaria para toda obra buena; sin ella, no sólo no se hace nada, sino que no se puede hacer nada.

3. En vano, Señor, mandas, si no das lo que mandas.

4. Así, oh Señor, todas las cosas son posibles para aquel a quien Tú haces posible todas las cosas efectuando esas mismas cosas en él.

5. Cuando Dios no ablanda un corazón por la unción interior de su gracia, las exhortaciones y las gracias exteriores no sirven más que para endurecerlo más.

6. La diferencia entre la dispensación judaica y la cristiana es ésta, que en la primera Dios exigía la huida del pecado y el cumplimiento de la Ley por parte del pecador, dejándolo en su propia debilidad; pero en la segunda. Dios da al pecador lo que manda, purificándolo con su gracia.

7. ¿Qué ventaja tenía el hombre en la antigua alianza, en la que Dios le dejaba a su propia debilidad, imponiéndole su ley? Pero ¿qué felicidad no es ser admitido en un convenio en el que Dios nos da lo que nos pide?

8. Pero no pertenecemos a la nueva alianza, sino en cuanto somos partícipes de esa nueva gracia que obra en nosotros lo que Dios nos manda.

9. La gracia de Cristo es una gracia suprema, sin la cual nunca podemos confesar a Cristo, y con la cual nunca lo negamos.

10. La gracia es la obra de la mano omnipotente de Dios, que nada puede impedir o retardar.

11. La gracia no es otra cosa que la voluntad omnipotente de Dios, que ordena y hace lo que Él ordena.

12. Cuando Dios quiere salvar un alma, en cualquier momento y en cualquier lugar, el efecto indudable sigue la Voluntad de Dios.

13. Cuando Dios quiere salvar un alma y la toca con la mano interior de su gracia, ninguna voluntad humana se le resiste.

14. Por muy alejado que esté de la salvación un pecador obstinado, cuando Jesús se presenta para ser visto por él a la luz saludable de su gracia, el pecador se ve obligado a entregarse, a recurrir a Él, a humillarse y a adorar a su Salvador.

15. Cuando Dios acompaña su mandamiento y su eterna exhortación por la unción de su Espíritu y por la fuerza interior de su gracia, obra esa obediencia en el corazón que busca.

16. No hay atractivos que no cedan a los atractivos de la gracia, porque nada se resiste al Todopoderoso.

17. La gracia es esa voz del Padre que enseña a los hombres interiormente y los hace venir a Jesucristo; quien no viene a Él, después de haber escuchado la voz exterior del Hijo, no es en absoluto enseñado por el Padre.

18. La semilla de la palabra, que la mano de Dios alimenta, da siempre su fruto.

19. La gracia de Dios no es otra cosa que su voluntad omnipotente; ésta es la idea que Dios mismo nos da en todas sus Escrituras.

20. La verdadera idea de la gracia es que Dios quiere ser obedecido por nosotros y es obedecido; manda, y todo se hace; habla como el Señor, y todos le obedecen.

21. La gracia de Jesucristo es una gracia fuerte, poderosa, suprema, invencible, es decir, la operación de la Voluntad omnipotente, la consecuencia e imitación de la operación de Dios causante de la encarnación y la resurrección de su Hijo.

22. La armonía de la operación omnipotente de Dios en el corazón del hombre con el libre consentimiento de la voluntad del hombre se nos demuestra, pues, en la Encarnación, como en la fuente y arquetipo de todas las demás operaciones de misericordia y de gracia, todas ellas tan gratuitas y tan dependientes de Dios como la misma operación original.

23. Dios mismo nos ha enseñado la idea de la obra omnipotente de su gracia, significándola por aquella operación que produce criaturas de la nada y que devuelve la vida a los muertos.

24. La idea correcta que el centurión tenía de la omnipotencia de Dios y de Jesucristo al curar los cuerpos por un solo acto de su voluntad, [Mat. 8:8] es una imagen de la idea que debemos tener de la omnipotencia de su gracia al curar las almas de la codicia.

25. Dios ilumina el alma y la cura, así como el cuerpo, por su sola voluntad; da órdenes y es obedecido.

26. Ninguna gracia se concede sino por la fe.

27. La fe es la primera gracia y la fuente de todas las demás.

28. La primera gracia que Dios concede al pecador es la remisión de los pecados.

29. Fuera de la Iglesia no se concede ninguna gracia.

30. Todos los que Dios quiere salvar por medio de Cristo se salvan infaliblemente.

31. Los deseos de Cristo tienen siempre su efecto; Él lleva la paz al fondo de los corazones cuando la desea para ellos.

32. Jesucristo se entregó a la muerte para liberar para siempre de la mano del ángel exterminador, mediante su sangre, a los primogénitos, es decir, a los elegidos.

33. Ah, cuánto debe uno renunciar a los bienes terrenales y a sí mismo por esto, para tener la confianza de apropiarse, por así decirlo, de Cristo Jesús, de su amor, de su muerte y de sus misterios, como lo hace San Pablo, cuando dice: "El que me amó y se entregó por mí" [Gal. 2,20].

34. La gracia de Adán no produjo nada más que el mérito humano.

35. La gracia de Adán es una consecuencia de la creación y se debió a su naturaleza íntegra y sana.

36. La diferencia esencial entre la gracia de Adán y de su estado de inocencia y la gracia cristiana, es que cada uno habría recibido la primera en su propia persona, pero la segunda no se recibe sino en la persona de Jesucristo resucitado a quien estamos unidos.

37. La gracia de Adán al santificarlo en sí mismo era proporcionada a él; la gracia cristiana, al santificarnos en Jesucristo, es omnipotente y digna del Hijo de Dios.

38. Sin la gracia del Libertador, el pecador no es libre sino para hacer el mal.

39. La voluntad, a la que la gracia no anticipa, no tiene luz sino para extraviarse, ni afán sino para ponerse en peligro, ni fuerza sino para herirse, y es capaz de todo mal e incapaz de todo bien.

40. Sin la gracia no podemos amar nada sino para nuestra propia condenación.

41. Todo conocimiento de Dios, incluso el natural, hasta en los filósofos paganos, no puede venir sino de Dios; y sin la gracia el conocimiento no produce sino presunción, vanidad y oposición a Dios mismo, en lugar de los afectos de adoración, gratitud y amor.

42. Sólo la gracia de Cristo hace al hombre apto para el sacrificio de la fe; sin ella no hay más que impureza, nada más que indignidad.

43. El primer efecto de la gracia bautismal es hacernos morir al pecado, de modo que nuestro espíritu, nuestro corazón y nuestros sentidos no tengan más vida para el pecado que la que tiene un hombre muerto para las cosas del mundo.

44. No hay más que dos amores, de los que surgen todas nuestras voliciones y acciones: el amor a Dios, que todo lo hace por Dios y que Dios premia; y el amor con que nos amamos a nosotros mismos y al mundo, que no remite a Dios lo que debe remitirse a Él, y por eso se convierte en maldad.

45 Cuando el amor de Dios ya no reina en el corazón de los pecadores, el deseo carnal reina en él y corrompe todas sus acciones.

46. La codicia o la caridad hace que el uso de los sentidos sea bueno o malo.

47. La obediencia a la ley debe brotar de la fuente, y esta fuente es la caridad. Cuando el amor de Dios es el principio interior de la obediencia y la gloria de Dios es su fin, entonces es puro lo que aparece externamente; de lo contrario, no es más que hipocresía y falsa justicia.

48. ¿Qué otra cosa podemos ser sino tinieblas, sino aberración y sino pecado, sin la luz de la fe, sin Cristo y sin caridad?

49. Como no hay pecado sin amor a nosotros mismos, así no hay obra buena sin amor a Dios.

50. En vano clamamos a Dios: "Padre mío", si no es el espíritu de caridad el que clama.

51. La fe justifica cuando opera, pero no opera sino a través de la caridad.

52. Todos los demás medios de salvación están contenidos en la fe como en su propio germen y semilla; pero esta fe no existe aparte del amor y la confianza.

53. Sólo la caridad a la manera cristiana hace (las acciones cristianas) mediante una relación con Dios y con Jesucristo.

54. Sólo la caridad habla a Dios; sólo ella escucha a Dios.

55. Dios no corona nada sino la caridad; quien corre por cualquier otro incentivo o cualquier otro motivo, corre en vano.

56. Dios no premia nada más que la caridad; porque sólo la caridad honra a Dios.

57. Todo le falla al pecador, cuando le falla la esperanza; y no hay esperanza en Dios, cuando no hay amor a Dios.

58. Ni Dios ni la religión existen donde no hay caridad.

59. La oración de los impíos es un nuevo pecado; y lo que Dios les concede es un nuevo juicio contra ellos.

60. Si el temor al castigo es lo único que anima la penitencia, cuanto más intenso es éste, más conduce a la desesperación.

61. El temor no frena más que la mano, pero el corazón es adicto al pecado mientras no se guíe por el amor a la justicia.

62. El que no se abstiene del mal sino por el temor al castigo, comete ese mal en su corazón, y ya es culpable ante Dios.

63. El bautizado sigue bajo la ley como judío, si no cumple la ley, o si la cumple sólo por temor.

64. El bien nunca se hace bajo la condena de la ley, porque se peca o bien haciendo el mal o bien evitándolo sólo por miedo.

65. Moisés, los profetas, los sacerdotes y los doctores de la ley murieron sin haber dado ningún hijo a Dios, ya que sólo produjeron esclavos por el miedo.

66. El que quiere acercarse a Dios, no debe llegar a Él con pasiones brutales, ni dejarse llevar por el instinto natural, o por el miedo como los animales, sino por la fe y el amor, como los hijos.

67. El temor servil no se representa a Dios sino como un severo amo imperioso, injusto e inflexible.

68. La bondad de Dios ha acortado el camino de la salvación, encerrando todo en la fe y en las oraciones.

69. La fe, con la práctica ella aumenta, y la recompensa de la fe, todo es un don de la pura liberalidad de Dios.

70. Nunca aflige Dios al inocente; y las aflicciones sirven siempre o para castigar el pecado o para purificar al pecador.

71. Para la conservación de sí mismo el hombre puede dispensarse de aquella ley que Dios estableció para su uso.

72. Una marca de la Iglesia cristiana es que es católica, abarcando a todos los ángeles del cielo, a todos los elegidos y justos de la tierra, y de todos los tiempos

73. ¿Qué es la Iglesia sino una asamblea de los hijos de Dios que habitan en su seno, adoptados en Cristo, que subsisten en su persona, redimidos por su sangre, que viven en su espíritu, que actúan por su gracia y que esperan la gracia de la vida futura?

74. La Iglesia o Cristo entero tiene al Verbo Encarnado como cabeza, pero a todos los santos como miembros.

75. La Iglesia es un solo hombre compuesto de muchos miembros, de los cuales Cristo es la cabeza, la vida, la subsistencia y la persona; es un solo Cristo compuesto de muchos santos, de los cuales Él es el santificador

76. No hay nada más amplio que la Iglesia de Dios; porque todos los elegidos y los justos de todos los tiempos la componen.

77. Quien no lleva una vida digna de un hijo de Dios y de un miembro de Cristo, deja de tener interiormente a Dios como Padre y a Cristo como cabeza.

78. Uno se separa del pueblo elegido, cuya figura era el pueblo judío, y cuya cabeza es Jesucristo, tanto por no vivir según el Evangelio como por no creer en el Evangelio.

79. Es útil y necesario en todo tiempo, en todo lugar y para toda clase de personas, estudiar y conocer el espíritu, la piedad y los misterios de la Sagrada Escritura.

80. La lectura de la Sagrada Escritura es para todos.

81. La sagrada oscuridad de la Palabra de Dios no es razón para que los laicos se dispensen de leerla.

82. El día del Señor debe ser santificado por los cristianos con lecturas de obras piadosas y, sobre todo, de las Sagradas Escrituras. Es perjudicial que un cristiano quiera apartarse de esta lectura.

83. Es una ilusión persuadirse de que el conocimiento de los misterios de la religión no debe ser comunicado a las mujeres mediante la lectura de las Sagradas Escrituras. No de la simplicidad de las mujeres, sino del conocimiento orgulloso de los hombres ha surgido el abuso de las Escrituras y han nacido las herejías.

84. Arrebatar de las manos de los cristianos el Nuevo Testamento, o mantenerlo cerrado contra ellos quitándoles los medios para entenderlo, es cerrarle la boca de Cristo.

85. Prohibir a los cristianos la lectura de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios, es prohibir el uso de la luz a los hijos de la luz, y hacerles sufrir una especie de excomunión.

86. Arrebatar al pueblo sencillo este consuelo de unir su voz a la de toda la Iglesia es una costumbre contraria a la práctica apostólica y a la intención de Dios.

87. Un método lleno de sabiduría, luz, y caridad es dar a las almas tiempo para que soporten con humildad y para que experimenten su estado de pecado, para que busquen el espíritu de penitencia y contrición, y para que comiencen al menos a satisfacer la justicia de Dios, antes de reconciliarse.

88. Ignoramos lo que es el pecado y lo que es la verdadera penitencia, cuando deseamos que se nos devuelva en seguida la posesión de los bienes de que el pecado nos ha despojado, y cuando nos negamos a soportar la confusión de esa separación.

89. El decimocuarto paso en la conversión de un pecador es que, una vez reconciliado, tenga derecho a asistir al Sacrificio de la Iglesia.

90. La Iglesia tiene autoridad para excomulgar, de modo que puede ejercerla por medio de los primeros pastores con el consentimiento, al menos presunto, de todo el cuerpo.

91. El temor a una excomunión injusta nunca debe impedirnos cumplir con nuestro deber; nunca estamos separados de la Iglesia, aunque por la maldad de los hombres parezcamos ser expulsados de ella, mientras estemos unidos a Dios, a Jesucristo y a la misma Iglesia por la caridad.

92. Sufrir en paz una excomunión y un anatema injusto antes que traicionar la verdad, es imitar a San Pablo; lejos de rebelarse contra la autoridad o de destruir la unidad.

93 Jesús cura a veces las heridas que la precipitación de los primeros pastores infligió sin su mandato. Jesús restauró lo que ellos, con celo inconsiderado, cortaron.

94. Nada engendra peor opinión de la Iglesia entre sus enemigos que ver que se ejerce en ella un dominio absoluto sobre la fe de los fieles, y que se fomentan las divisiones a causa de asuntos que no violan la fe ni las costumbres.

95. Las verdades han descendido a esto, que son, por así decirlo, una lengua extranjera para la mayoría de los cristianos, y la manera de predicarlas es, por así decirlo, un idioma desconocido, tan alejada está la manera de predicar de la simplicidad de los apóstoles y tan por encima de la comprensión común de los fieles; ni se advierte suficientemente que este defecto es uno de los mayores signos visibles del debilitamiento de la Iglesia y de la ira de Dios sobre sus hijos.

96. Dios permite que todos los poderes se opongan a los predicadores de la verdad, de modo que su victoria no puede atribuirse a nadie sino a la gracia divina.

97. Con demasiada frecuencia sucede que aquellos miembros, que están unidos a la Iglesia más santa y estrictamente, son mirados con desprecio, y tratados como si fueran indignos de estar en la Iglesia, o como si estuvieran separados de Ella; pero, "el justo vive por la fe" [Rom. 1:17], y no por la opinión de los hombres.

98. El estado de persecución y de castigo que cualquiera soporta como hereje vergonzoso e impío, es generalmente la prueba final y es especialmente meritoria, en cuanto hace al hombre más conforme a Jesucristo.

99. La terquedad, la investigación y la obstinación en no querer examinar algo ni reconocer que uno ha sido engañado, cambia diariamente en un olor, por así decirlo, de muerte, para muchas personas, lo que Dios ha puesto en su Iglesia para que sea un olor de vida en ella, por ejemplo, los buenos libros, las instrucciones, los santos ejemplos, etc.

100. Deplorable es el tiempo en que se cree honrar a Dios con la persecución de la verdad y de sus discípulos. Este tiempo ha llegado.... Ser considerado y tratado por los ministros de la religión como impío e indigno de todo comercio con Dios, como un miembro pútrido capaz de corromperlo todo en la sociedad de los santos, es para los hombres piadosos una muerte más terrible que la del cuerpo. En vano se lisonjea alguien de la pureza de sus intenciones y de un cierto celo por la religión, cuando persigue a fuego y espada a los hombres honrados, si está cegado por su propia pasión o se deja llevar por la de otro a causa de la cual no quiere examinar nada. Frecuentemente creemos que sacrificamos a un impío a Dios, cuando sacrificamos a un siervo de Dios al diablo.

101. Nada se opone más al espíritu de Dios y a la doctrina de Jesucristo que hacer juramentos comunes en la Iglesia, porque esto es multiplicar las ocasiones de perjurio, poner trampas a los débiles e inexpertos, y hacer que el nombre y la verdad de Dios sirvan a veces al plan de los impíos.

Declarados y condenados como falsos, capciosos, mal sonantes, ofensivos para los oídos piadosos, escandalosos, perniciosos, temerarios, perjudiciales para la Iglesia y su práctica, insultantes no sólo para la Iglesia sino también para los poderes seculares sediciosos, impíos, blasfemos, sospechosos de herejía, y que huelen a herejía en sí mismos, y, además, favoreciendo a los herejes y a las herejías, y también a los cismas, erróneos, próximos a la herejía, muchas veces condenados, y finalmente heréticos, renovando claramente muchas herejías respectivamente y muy especialmente las que se contienen en las infames proposiciones de Jansen, y de hecho aceptadas en el sentido en que éstas han sido condenadas.

CLEMENTE XI


1) Paschasius Quesnel nació el 14 de julio de 1634. Tras completar sus estudios en la Sorbona en 1657, ingresó en la Congregación del Oratorio; pero debido a su celo por la herejía del jansenismo, se vio obligado a abandonar la congregación. Su libro, "Reflexiones morales" fue condenado por la Constitución "Unigenitus". Poco antes de su muerte, el 2 de diciembre de 1719, hizo profesión de fe públicamente [Hrt, sec. rec. II2 822 ss]. 

2) Esta constitución dogmática fue confirmada por el mismo Clemente XI en la bula "Pastoralis Officii" (28 de agosto de 1718) contra los Apelantes, en la que declara que ciertos católicos "que no aceptaron la bula "Unigenitus" estaban claramente fuera del seno de la Iglesia romana; por Inocencio XIII en un decreto publicado el 8 de enero de 1722; por Benedicto XVI en un decreto publicado el 8 de enero de 1722; por Benedicto XIII y el Sínodo romano en 1725; por Benedicto XIV en la encíclica "Ex omnibus Christiani orbis regionibus" del 16 de octubre de 1756. Fue aceptada por el clero galo en las asambleas de 1723, 1726, 1730, por los concilios de Aviñón 1725 y Ebred, 1727, y por todo el mundo católico.


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