Mi presencia aquí en esta ceremonia es una cuestión de conciencia: es el deber de una profesión de la fe católica ante toda la Iglesia y, más particularmente, ante Su Excelencia el Arzobispo Lefebvre, ante todos los sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles aquí presentes.
Santo Tomás de Aquino enseña que no existe la obligación de hacer una profesión pública de fe en todas las circunstancias, pero cuando la fe está en peligro es urgente profesarla, incluso a riesgo de la propia vida.
Esta es la situación en la que nos encontramos. Vivimos una crisis sin precedentes en la Iglesia, una crisis que la afecta en su esencia, incluso en su sustancia: el Santo Sacrificio de la Misa y el sacerdocio católico, dos misterios esencialmente unidos, pues sin el santo sacerdocio no hay Santo Sacrificio de la Misa y, por consiguiente, ninguna forma de culto público. Asimismo, sobre esta base se construye el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.
Por ello, puesto que está en juego la conservación del sacerdocio y de la Santa Misa, y a pesar de las peticiones y la presión ejercida por muchos, estoy aquí para cumplir con mi deber: hacer una profesión pública de fe.
Es lamentable constatar la ceguera de tantos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, que no ven o no quieren ver la crisis actual, ni la necesidad de resistir el modernismo que gobierna momentáneamente, para ser fieles a la misión que Dios nos ha confiado.
Deseo manifestar aquí mi sincera y profunda adhesión a la postura de Su Excelencia el Arzobispo Marcel Lefebvre, dictada por su fidelidad a la Iglesia de todos los siglos. Ambos hemos bebido de la misma fuente, que es la de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
Que la Santísima Virgen, nuestra Madre, que en Fátima nos advirtió maternalmente de la gravedad de la situación actual, nos conceda la gracia de poder, con nuestra actitud, ayudar e iluminar a los fieles de tal manera que se alejen de estos errores perniciosos, de los que son víctimas, engañados como están por muchos de los que han recibido la plenitud del Espíritu Santo.
Que Dios bendiga al arzobispo Lefebvre y su labor.

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