miércoles, 22 de julio de 2026

CARTA DEL SUPERIOR GENERAL A TODOS LOS FIELES DE LA FSSPX

Compartimos la carta del padre Davide Pagliarani a los fieles de la FSSPX emitida el dia 19 de julio de 2026.


Menzingen, 19 de julio de 2026

Muy queridos fieles:

Pocos días después de la ceremonia del 1 de julio, deseo dirigiros estas breves palabras.

Ante todo, quiero daros las gracias. Desde hace varios años rogaba a la Santísima Virgen que preparase los corazones para este acontecimiento histórico. Confieso que me ha conmovido profundamente ver cómo todos habéis acompañado las consagraciones episcopales con vuestra oración y vuestra gratitud hacia la Divina Providencia.

El 1 de julio, numerosos fieles de todo el mundo estaban presentes en Écône y os representaban a todos. Fue una inmensa alegría verlos tan numerosos y tan fervorosos. Como sin duda sabéis, durante la ceremonia estalló una tormenta: “Ante el resplandor de su presencia se deshicieron las nubes… Tronó el Señor desde el Cielo, el Altísimo hizo oír su voz” (Sal 17, 13-14). En aquel momento mi alegría se redobló. Por una parte, era testigo privilegiado de una liturgia de una belleza excepcional; por otra, tenía ante mis ojos otra belleza, igualmente conmovedora: la de una inmensa multitud de fieles que permanecían en su sitio durante toda la tormenta, rezando a Nuestra Señora por los nuevos obispos, por la Iglesia y por el Papa. Entre ellos había ancianas arrodilladas, así como jóvenes madres que llevaban a sus bebés en brazos. Era la imagen más hermosa que podía ofrecer la Fraternidad: fieles animados por una fe inquebrantable, que nada podía perturbar; almas para las cuales el santo Sacrificio de la Misa es verdaderamente el centro de su vida. No podéis imaginar el consuelo que experimenté en aquel instante. Esta escena ha quedado profundamente grabada en mi memoria y jamás podré olvidarla.

Hasta el último día esperé un gesto de benevolencia, o al menos de simple comprensión, por parte de la Santa Sede. Pero las consagraciones fueron condenadas y la dureza de las sanciones impuestas no tiene precedentes. Afectan, ante todo, a los obispos, pero también a los miembros de la Fraternidad. Incluso los fieles se ven afectados. Esta condena, perfectamente injusta, representa una inmensa humillación para personas que no tienen otro propósito que defender la verdadera fe y trabajar por la salvación de las almas. 

Sin embargo, quiero que sepáis que esta profunda humillación, que afecta en primer lugar a los miembros de la Fraternidad, tiene un sentido ante los ojos de Dios que no debe pasaros inadvertido. En última instancia, estas consagraciones se realizaron por cada uno de vosotros, queridos fieles. Vuestras almas son el verdadero tesoro confiado a la Fraternidad, aquello que más aprecia. Una sola alma posee un valor infinito. Si, para asegurarle la enseñanza de la verdadera fe y la administración de los verdaderos sacramentos, es preciso pagar el precio de una humillación semejante, entonces vale la pena, porque un alma no tiene precio. La fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor, precio de nuestra salvación, nos lo recordaba con fuerza precisamente el 1 de julio.

Las sanciones pretenden golpearos también a vosotros de una manera bastante cruel. Sin duda eso es doloroso, pero no os sorprendáis demasiado. En definitiva, es la Tradición misma, que amamos por encima de todo, la que es excomulgada en todos aquellos que la encarnan. Es evidente que, ante Dios, una condena semejante no puede ser válida, pues condenaría aquello que constituye el corazón mismo de la vida de la Iglesia.

Pero entonces, en medio de esta nueva tormenta, surge una pregunta: ¿qué espera ahora Nuestro Señor de vosotros? Es en el alma de cada uno de vosotros donde la fe debe permanecer íntegra y viva. Si la Providencia permite una crisis tal que la enseñanza de la fe quede misteriosamente oscurecida, esa misma fe debe seguir viviendo en las almas, a pesar de todos los vientos contrarios que intentan apagarla. Si el resplandor exterior de la profesión oficial de la fe llegara a desaparecer, la pequeña vela que cada uno de vosotros recibió el día de su bautismo debe permanecer encendida en su corazón y en su espíritu hasta el último día. En definitiva, eso es lo único que cuenta. Esa pequeña llama es lo primero que recibimos al comienzo de nuestra vida cristiana, y también es lo único que conservaremos hasta el final.

Os encomiendo a todos a la Santísima Virgen María, a quien la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha sido consagrada de un modo muy particular. Que Ella os proteja siempre en medio de todas las tormentas y de todas las dificultades, y mantenga viva esa pequeña llama encendida en vuestras almas cuando arrecien todos los vientos contrarios. Todas las gracias nos vienen por sus manos. A Ella debemos dar gracias por la gracia de las consagraciones, y a Ella debemos suplicar para que los nuevos obispos sean instrumentos cada vez más dóciles a sus inspiraciones y perseveren hasta el fin en esta fidelidad.

La Fraternidad jamás os abandonará. Jamás vuestras almas perderán su valor y su precio a los ojos de sus sacerdotes.

¡Que Dios os bendiga!

Davide Pagliarani
 

1 comentario:

  1. Empedernidos en no abrir los ojos. Rezan por la Iglesia, y es de alabar. Pero a quién llaman "Papa"? A un individuo que blasfema "que la Iglesia no quiere levantar la bandera de la Verdad". Un poco de coherencia no les vendría mal.

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