miércoles, 12 de octubre de 2016

CHINA: 62 MILLONES DE NIÑAS ABORTADAS




INFORME SOBRE LOS DERECHOS HUMANOS

El fin de la política de hijo único en China, anunciada por el Gobierno en octubre de 2015, se queda demasiado corta, y llega demasiado tarde, para reparar el profundo desequilibrio demográfico causado durante décadas de control de la población por el Estado. Así lo cree la Comisión sobre China del Congreso de los Estados Unidos, que este jueves publicó su informe de la situación de los derechos humanos en el gigante asiático.

Según este análisis, China ha pasado de una “política de hijo único” a otra de “dos hijos”, lo que no servirá de nada para solucionar el grave desequilibrio entre sexos y el envejecimiento galopante de la pirámide de población.

El Gobierno sigue vigilando la natalidad con medidas coercitivas como abortos forzosos y fuertes multas contra el tercer hijo. A lo que hay que añadir una preferencia cultural por los hijos varones, acentuada por las restricciones del Estado a la natalidad, que ha roto el equilibrio demográfico natural.

De acuerdo con este informe, en 2015 nacieron 34 millones de varones más que de mujeres. El Congreso de los Estados Unidos estima que el año pasado se abortó a 64 millones de niñas en China por esta demencial eugenesia.

El desequilibrio entre sexos está contribuyendo a que aumenten el tráfico de mujeres, los matrimonios forzosos y la explotación sexual. En China, si eres mujer, tienes todos los boletos para una encrucijada letal: si no te abortan, probablemente te esclavicen. ¿Algo que alegar desde el feminismo?

El informe del Congreso repasa la situación de otros derechos humanos, como la libertad religiosa, que no deja de reducirse en China.

El Gobierno revisa en estos días sus leyes sobre asuntos religiosos, para introducir nuevos controles a la educación, aumentar la fiscalización de los sitios web de contenido religioso y reafirmar el principio de que la religión es una amenaza para la seguridad nacional.

Entre los objetivos de las nuevas restricciones a la libertad religiosa, según el Comité del Congreso de los Estados Unidos, están eliminar las iglesias protestantes y minar la influencia del Vaticano en los católicos chinos.

El retroceso de los derechos humanos en China interpela sobre los efectos de la globalización.

Se ha sugerido que la integración cada vez mayor del comercio mundial traería consigo la democracia y los derechos humanos a los países con Estados autoritarios.

¿Son los chinos más libres, desde que muchos de ellos pueden trabajan ensamblando iPhones, o el Estado compra deuda extranjera y perfora pozos de petróleo en África? ¿Hay más libertad en Cuba, han cesado las detenciones y el hostigamiento de disidentes, desde que aterrizan los aviones con turistas de los Estados Unidos y las empresas europeas vuelven a comerciar con la isla? Los hechos están lejos de realizar esta promesa.

El malestar con la globalización en el interior de las sociedades occidentales, aunque pueda estar equivocado en sus fundamentos económicos, como sostiene The Economist esta semana, no es solo temor a los inmigrantes, a perder el empleo por el traslado de industrias a Asia, o a que entren productos extranjeros mejores y más baratos por los tratados de libre comercio. Hay razones para estar perplejos con el doble rasero moral con el que se conduce el llamado capitalismo global.

Ser liberales y cosmopolitas es más fácil cuando el Estado oprime a miles de kilómetros de distancia, y tú puedes mirar para otro lado desde tu cómoda posición en un centro financiero, el escaño de un Parlamento democrático o la Redacción de un diario, sin dejar de disfrutar de tu smartphone ensamblado en la China de la política del hijo único.


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