viernes, 17 de junio de 2016

¿LOS PECADORES PUBLICOS SON PERSONAS INOCENTES?


Suena contranatural que el papa llame "personas inocentes" a los participantes de una orgía

Editor y Responsable

«La terrible masacre ocurrida en Orlando, con un número altísimo de víctimas inocentes, ha suscitado en el Papa Francisco y en todos nosotros los sentimientos más profundos de execración y de condena, de dolor y de turbamiento ante esta nueva manifestación de locura homicida y odio insensato. El Papa Francisco se une en la oración y en la compasión al sufrimiento indecible de las familias de las víctimas y de los heridos y los encomienda al Señor para que puedan encontrar consuelo. Todos esperamos que se puedan identificar y combatir eficazmente lo antes posible las causas de esta violencia horrible y absurda, que turba tan profundamente el deseo de paz del pueblo estadounidense y de toda la humanidad».
Declaración del Portavoz de la Santa Sede, P. Federico Lombardi.

El asesinato de estas personas es un crimen que viola el mandamiento expreso de Dios: no matar. Y no está alcanzado por ninguna de las excepciones legítimas, como la de quitar la vida en defensa propia, la de terceros inocentes, en defensa de la patria o ejerciendo la potestad de la justicia de condenar legítimamente a muerte.

Hemos visto los comentarios de lectores de la web de los diarios argentinos. Hay una notable cantidad que bromea con el caso. Bromas que sugieren justificación y ciertamente no condicen con los sentimientos declarados del Santo Padre.

Los bromistas de los comentarios en cierto modo representan un sentir mayoritario: las comunidades autodenominadas LGBT no tienen la simpatía de la gente. Más bien desprecio por sus vicios.

Quiero decir, no me complace ver como algunos zapatean sobre los cadáveres, aunque el juicio moral, o precisamente porque el juicio moral que tenemos de los vicios que dominaron sus vidas nos hace presumir que muchos se han condenado al fuego del infierno. Incluyendo al asesino. Eso no es motivo de celebración. Es un triunfo del demonio.

Y sin embargo, no se puede negar a nadie el derecho de presumir lo que todo indica: que estas personas no estaban realizando ninguna actividad moralmente inocente. La calificación de “inocentes” es la que más zumba en el oído del fiel católico. Porque aún suponiendo que no estuviesen violando ninguna ley (como la de tráfico o venta de estupefacientes, proxenetismo o prostitución), apartándonos de toda consideración legal, si en ese sentido se usó la palabra en el comunicado del papa, “inocentes” parece una calificación desmedida y sin fundamentos para describir quienes hacen gala de ir contra las leyes de Dios. No fue atacado un colegio primario o a un jardín maternal. No son inocentes los que blasfeman y muchas veces profanan las iglesias en sus marchas de “orgullo”.

La Santa Sede podía haberse ahorrado un calificativo moralmente erróneo a todas luces. Y podía haberlo sustituido por –al menos– un ruego a Dios por las almas de los que murieron de un modo repentino e imprevisto, en medio de una juerga sodomítica, en pecado mortal.

Es inevitable recordar la escena del Éxodo, cap. XXXII: Moisés, en presencia de Yahvé, sabe por su boca que su pueblo ha idolatrado y se ha entregado a la lujuria. Los dos pecados suelen ir juntos. Yahvé amenaza exterminar a los judíos, pero Moisés logra detener el castigo con sus ruegos. Baja del Sinaí con las tablas de la Ley, encuentra al pueblo del que es guía y a al cual viene a comunicar lo que Dios le ha revelado, sumido en una orgía idolátrica. Ahora es Moisés quien viendo con sus propios ojos, se ve apropiado de una santa ira.

Destruye, entonces, las tablas de la Ley y tras recriminar duramente a Aarón, manda a un grupo selecto a castigar con la espada a los pecadores, en nombre de Dios. Finalmente vuelve a subir al Monte para pedir y recibir la confirmación del perdón divino. Pueblo de dura cerviz.

Tal vez no le haya parecido a Francisco un texto propio del Año de la Misericordia. Y sin embargo es, perfecto. Moisés salva al pueblo del exterminio divino, castiga a algunos y mueve a la conversión al resto. Un regateo al que Dios se somete varias veces en la historia, y que, finalmente, es el mismo que nos ofrece el mensaje de Fátima, del que nos viene advirtiendo desde hace casi 100 años.

Claro que nadie puede sentarse con derecho en la cátedra de Moisés. Bueno, casi nadie. Pero en lugar de palabras proféticas prefiere mandar a terceros a publicar “comunicados”.