sábado, 15 de septiembre de 2012

El gurú que atrajo a 120.000 papanatas


¿Así que Buenos Aires, la ciudad de la furia, por el arte birlibirloquesco de este gurú tartamudo cuyo único mensaje conocido es que debemos respirar, en veinte minutos, fue transformada en "la capital del amor"?

Por Cosme Beccar Varela 

Apareció Sri Sri Ravi Shankar. Es hindú. Tiene una barba y se viste con previsibles ropajes con aspecto de túnica. La de él tiene una franja colorida en uno de los bordes, que es el que más se ve porque ocupa la parte delantera del atuendo. Dicen los organizadores (léase, "los empresarios") que es un "gurú". Todos aceptan la palabra pero nadie sabe exactamente lo que quiere decir. Sin embargo, Sri Sri apareció en Buenos Aires y una enorme propaganda de "La Nación", "Clarín" y la televisión convirtió su llegada en un acontecimiento.

Una organización local llamada "el arte de vivir" fue la encargada de organizar las apariciones del "gurú" al mejor estilo de las estrellas del "rock and roll", de cobrar las suculentas sumas que se cobraban a los seguidores para tener el derecho de estar presentes en sus apariciones, de las relaciones con el Intendente de Buenos Aires que propiciaba la gira y le facilitó el Centro Municipal de Exposiciones de Buenos Aires y con el Decano de la Facultad de Medicina de la UBA donde se presentó y dijo que "la Argentina era un país muy vibrante", genialidad que le mereció el aplauso de los 3.000 asistentes ("La Nación", 7/9/2012, pág. 23).

Después fue al penal de San Martín donde los delincuentes hacen cursos con su "técnica de respiración" ("La Nación" ibídem). Es posible que eso los vigorice. No sé si alegrarme de esa vigorización de ladrones y criminales. Mejor sería que se confesaran y se convirtieran en buenos católicos.  

Finalmente, Sri Sri encabezó un acto en la esquina de Figueroa Alcorta y Dorrego, al cual asistieron 120.000 individuos (había escrito "personas" pero me pareció un substantivo excesivamente elogioso, dadas las circunstancias). "Algunos de los respiradores llegaron al amanecer para reservar sus lugares cerca del guruji" ("La Nación", 10/9/12, pág. 14).

"Subió al escenario pasadas las 15,30, levantó los brazos y recibió la ovación de sus fieles e incondicionales respiradores. Después con mantras rítmicos de fondo se aventuró a la pasarela de unos 100 metros de largo para saludar y tocar a la gente" ("La Nación", 10/9/2012, pág. 14). O sea, con sólo levantar los brazos y mostrar su túnica bordada, su barba hirsuta y su sonrisa comercial, el gurú fue ovacionado por sus 120.000 "fieles e incondicionales respiradores". En materia de credulidad insana el fenómeno es realmente de antología.

El fanatismo idiota no terminó allí. A los pocos minutos de subir Sri Sri al escenario "por instrucción precisa del gurú, todos habían sacudido las manos y el cuerpo para liberarse del estrés. *El perro cuando se ensucia sacude todo el cuerpo* dijo Ravi Shankar. Después, todos se sentaron y se dispusieron a respirar." ("La Nación", ibídem).

El auge de la sabiduría del "líder espiritual" fue esa orden de sacudirse como perros y respirar. Nadie se sintió ofendido por esa comparación canina aunque es obvio que los asistentes no esperaron la orden del gurú para ponerse a respirar porque si lo hubieran hecho, ya hubieran estado muertos por asfixia cuando él subió al escenario. Nadie puede vivir sin respirar. Esta observación de Perogrullo no parece habérsele ocurrido a ninguno de los papanatas que estaban en el acto.

Cuando empezó a hablar, es decir, cuando intentó justificar con alguna idea la pura idiotez del "show", "las palabras del indio y de su traductora iban y venían. Sólo lograba distinguirse algunas frases sueltas como *respeta tu propia cuerpo* (N: con lo cual los que tenían intención de suicidarse o de lacerarse, desecharon su idea), *hay una gran sonrisa* (N: lo que avergonzó a los que bostezaban o miraban con cara de aburridos), *como pez en el agua* (N: momento en que los más compenetrados empezaron a imitar la natación de un pez), *la mente se expande* (N: lo que hizo a muchos lamentar ser tan burros pues sus mentes se contraían en vez de expandirse), *cualquier pensamiento déjalo ir* (N: consejo que produjo perplejidad en la mayoría de los presentes que carecían de todo pensamiento para dejarlo ir). Por momentos parecía que hablaba en sánscrito, pero los respiradores ya estaban conectados. Elevados. Y sintieron que el tiempo se evaporaba.... Habían pasado 20 minutos y llegó el primer *Om*. La reverberación del tercer *Om* se acopló al sonido de un avión que surcó el cielo en ese instante.  Todos respiraron, abrieron los ojos y aplaudieron." ("La Nación", 10/9/2012, pág. 14).

No se sabe si aplaudieron al avión o al “om” irracional que todos proferían sin saber qué quería decir. ¿Y si ese “om” significara, en el hindú gurú, algo así como “vean como somos placenteramente idiotas”?

Los "respiradores" no tenían la menor idea acerca de lo que realmente piensa este hindú pero las pocas frases entrecortadas y absurdas que lograban oír a través del sistema eléctrico malsonante fueron transmitidas "en simultáneo a 300 ciudades, 100 países y unas 550.000 personas en todo el globo como parte de la jornada El Planeta Medita, organizada por El Arte de Vivir". ¡Así adjudica la fama este mundo moderno disparatado del que tantos “progresistas” están orgullosos!

En realidad el hindú piensa cómo hacer cada vez más lucrativo el "negocio espiritual" que ha montado. No puede ser de otra manera, porque nada de lo que dice ni hace permite suponer que él mismo se toma espiritualmente en serio. Él debe ser el primer asombrado de ver la imbecilidad de la gente y lo fácil que es engañarla con un poco de teatralidad y un disfraz que no requiere más inversión que un par de sábanas, ampliamente compensado por el ahorro en máquina de afeitar.

Por supuesto, esa gran pervertidora de las clases cultas que es “La Nación” hizo una gran propaganda del histrión y completó su obra corruptora cediéndole espacio en sus páginas (del cual es tan avara para los católicos combativos) para que filosofara sobre el asunto, a una "especialista en vínculo humanos" (a quien no conoce ni su tía a la hora de comer), llamada Violeta Gorodischer.

Esta plumífera ad hoc escribió": "Y durante esos veinte minutos de silencio (N: los que duró el mensaje entrecortado del gurú), dicen los adeptos, la ciudad de la furia (N: se refiere a Buenos Aires) se convirtió como por arte de magia en la capital del amor." ("La Nación" 11/9/12, pág. 21).

¡"Amor", "amor", "amor"! ¡Cuántas idioteces se dicen en tu nombre! Es por eso que me indigna oír al clero usar esa palabra, casi como un sinónimo universal de todas las palabras de sus sermones. Esos clérigos pecarían menos si sus sermones fueran simplemente inocuos y breves en vez de ser largos y dañinos para la fe de los pobres feligreses que no tienen más remedio que oírlos como parte de su deber dominical.

¿Así que Buenos Aires, la ciudad de la furia, por el arte birlibirloquesco de este gurú tartamudo (eléctricamente hablando) cuyo único mensaje conocido es que debemos respirar, en veinte minutos, fue transformada en "la capital del amor"? ¿Es que los asesinos que ese mismo día mataban a alguien en alguna esquina de Buenos Aires, si hubieran respirado, hubieran amado a su víctima en vez de matarla? ¿Es que la tirana absurda que nos envilece habría sido convertida en un hada madrina si alguien la hubiera convencido que respirara? ¿Es que el criminal y la tirana no respiran a pesar de que matan y oprimen? Como obviamente sí respiran, es evidente que la receta no sirve. Hay que decirle al gurú que su mensaje es una farsa y que se vaya con la música a otra parte.

Lo peor es que todo esto ocurre en un país cuya población es mayoritariamente católica, que tiene un clero organizado y compuesto de varios miles de tonsurados que dicen creer en el Divino Redentor y que dicen consagrar todos los días el pan y el vino para transformarlo en el alma, cuerpo y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo (aunque cada día tengo más dudas de que realmente tengan la intención de hacerlo).

Ni uno solo de esos clérigos ha condenado a este farsante tunicado ni ha intentado recuperar a los 120.000 infelices que hicieron acto formal de apostasía aquella tarde en la Avda. Figueroa Alcorta.

Y en un plano menor, pero importante, es lamentable que los católicos que van a misa los domingos sigan confiando en "La Nación" cómplice activa del charlatán, entre otras varias transgresiones al deber de veracidad y al deber de no dañar que ha cometido y sigue cometiendo en cada una de sus ediciones.  

Siendo así, ¿cómo asombrarse de que la argentina esté en manos de una charlatana que la quiere convertir en otra Cuba? Dios existe y no se le ofende sin castigo. El castigo, evidentemente, es ser abandonados a nuestra propia demencia. Lo siento inmensamente por los niños inocentes que sufrirán las consecuencias (aunque no la culpa) de los pecados de sus padres.

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