domingo, 12 de agosto de 2012

Un estudio fiable lo confirma: los hijos con un padre y una madre obtienen mejores resultados en edad adulta



Un informe de la Universidad de Texas desmonta las tesis de estudios con poca significación científica que afirman que no hay diferencias entre ser educado por padres homosexuales o matrimonios formados por un hombre y una mujer

En Estados Unidos hay una numerosa literatura científica en torno a si hay diferencias o no entre los hijos de personas educadas en familias que mantengan relaciones lésbicas o gays o las que han convivido en familias de padres heterosexuales. Existen numerosos estudios sobre este aspecto social aunque, curiosamente, hasta ahora no se había publicado ninguno con un espectro adecuado a las necesidades del objeto de estudio.

Los primeros trabajos en torno a esta cuestión curiosamente pasaron una primera fase de defender que no había diferencias a una segunda fase en la que sostenían que las familias con padres homosexuales daban mejores resutados. Un estudio de Tasker y Golombok de 1997 –y que se inscribiría en esa primera fase- señalaba, por ejemplo, que las niñas criadas por madres lesbianas reportaron un mayor número de parejas sexuales en la edad adulta que las hijas de madres heterosexuales. Sin embargo, un estudio de Biblarz y Stacey de 2010 ya señalaba la tendencia contraria que habían protagonizado los estudios sobre familia: los autores afirmaban que los padres del mismo sexo parecían ser más competentes que los padres heterosexuales. Lo mismo afirmaba un estudio de Crowl de 2008, que, además, subrayaba que las relaciones amorosas de estas familias eran mejores. Una afirmación reforzada por un estudio comparativo de 2008 realizado por Balsam en Vermont (Estados Unidos) que profería que las parejas del mismo sexo reportaban mayor calidad de la relación, la compatibilidad y la intimidad, y menos conflictos que el caso de las parejas homosexuales.

Todos estos trabajos se caracterizan por hechos que limitan su valor por no decir que lo invalidan, en algunos casos, por varias razones. Primero porque las muestras son muy pequeñas, de 20, 30 o 40 personas, 70 en algún caso. Además, las muestras en las que se basaban estos estudios no eran aleatorias. Para construir una muestra representativa de un universo es necesario buscar la aleatoriedad, es decir, que el azar se a determinante en la elección, porque si no es así se procede a mostrar resultados desviados de la realidad que se pretende mostrar. Es el caso de estos estudios. Por lo común, cuando se informa sobre una encuesta realizada, se hace en base a muestras aleatorias, y hay unas tablas anexas que determinan el nivel de error. Este proceder científico no se puede aplicar en muestras que no son aleatorias como las citadas anteriormente.

Otra anomalía científica que protagonizan estos estudios es que las muestras están captadas de personas de ambientes militantes gays y que tienen un determinado nivel de formación. Eso ya señala un prejuicio previo de lo que debe señalar el resultado final del estudio. El cuarto elemento incorrecto de estas muestras es que no se pueden comparar muestras no aleatorias tan pequeñas de homosexuales con el conjunto de la población, ya que esta segunda sí que tiene suficiente información estadística que es representativa y que recoge todos los estratos sociales: los padres de altos y de bajos niveles de ingresos al igual que los de niveles altos y bajos de estudios, etcétera. Es evidente que no se pueden comparar dos grupos de población a partir de muestras tan diferentes. Por último, otra anomalía que induce al error en los resultados de estos estudios es que las encuestas solamente estudian niños pequeños y adolescentes. Por lo tanto, no muestran el recorrido y qué pasa cuando los niños empiezan a ser jóvenes de 20 o 21 años.

Todas estas objeciones a estos son importantes, ¿o un candidato electoral en una haría servir los resultados de unas encuestas como las que se plantean aquí, basadas en universos limitados y condicionados, para hacerse una idea de la situación electoral? No lo haría, ya que se somete al riesgo de fracaso electoral abultado.

El primer estudio con un universo legítimo

Por primera vez, se ha presentado sobre este tema en Estados Unidos un estudio que responde a criterios científicos. Se trata del estudio “¿Cuán diferentes son los hijos adultos de padres que tienen relaciones del mismo sexo? Los resultados de la Nueva Familia estudio de las estructuras” realizado por el Departamento de Sociología y el Centro de Investigación de la Población de la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos.

Este estudio por primera vez hace un trabajo amplio y no solamente con niños, también con jóvenes. Son casi tres mil personas agrupadas las que se estudian de forma aleatoria. Los criterios de estudio por grupos familiares son los siguientes: niños que vivieron en una familia biológica intacta y cuyos padres todavía siguen unidos en la actualidad; niños que vivieron en una familia cuya madre tenía sexo romántico con lesbianas; niños que vivieron en una familia cuyo padre tenía sexo romántico con hombres; niños que vivieron en una familia en la que fueron adoptados por uno o dos desconocidos; niños que vivieron en una familia cuyos padres eran divorciados o tenían la custodia compartida; niños que vivieron en una familia cuyos padres nunca se casaron o se divorciaron y alguno de los padres se casaron con otra persona antes de que el hijo cumpliera 18 años; niños que vivieron en una familia de padre o madre soltero y, por último, todas las demás posibilidades.

Además de presentar un universo amplio, cabe destacar que todos los encuestados provienen de la misma fuente.

Las conclusiones, en el marco de la lógica

Las conclusiones que proporcionan los autores del estudio responden a una lógica a penas nombrada en la actualidad. La primera es que sí que hay diferencias entre las personas educadas en familias de padres heterosexuales y las que no. Estas diferencias son importantes. Sobre todo cuando se comparan con el grupo de familias de hijos criados en matrimonios biológicos heterosexuales que no han acudido a la reproducción asistida ni a la adopción, y que se mantienen unidos en la actualidad.

El estudio muestra también diferencias importantes en materias como los resultados educativos (son peores en hijos de familias de parejas formadas por homosexuales o lesbianas), la tendencia a determinadas enfermedades psicológicas (la depresión es más alta en estos casos), la situación laboral es peor, y el uso de determinadas drogas como el cannabis está más extendido.

Por lo tanto, los autores consideran en las conclusiones del estudio que es incompatible afirmar que no hay diferencias. Las hay. Lo que sí es cierto es que estas diferencias quedan muy matizadas cuando se comparan con familias problemáticas no lesbianas o familias desestructuradas. Pero la conclusión es una obviedad, la que da mejores resultados es la familia estable formada por un padre y una madre. Por otro lado, no se puede seguir afirmando, como algunos estudios han querido hacer ver, que no hay diferencias entre ambas situaciones porque las diferencias son claras y producen una alta significación y consecuencias.

Este estudio, que a diferencia de los anteriores, desde el punto de vista de trabajo estadístico ofrece suficientes garantías revela que los niños necesitan una madre y un padre casados para crecer en mejores condiciones y tener una mejor edad adulta.

El estudio revela claramente que los niños educados en familias por un padre y una madre parecen más aptos para tener éxito como adultos y para múltiples cargos cuando pasan toda su infancia en entornos con ese tipo de estabilidad, y sobre todo cuando los padres y las madres casados continúan estándolo en la actualidad.

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