sábado, 26 de mayo de 2012

PENTECOSTÉS


En Pentecostés celebramos el fruto de la novedad de la Pascua, con el que se inaugura una nueva presencia de Dios en el hombre, en sus hijos. Podríamos decir que Dios no se contenta con expresar su voluntad o guiar al hombre a través de una palabra o mandamiento, sino que nos quiere comunicar esa misma palabra o voluntad interiormente como gracia. Con este nuevo modo de presencia de Dios se cumplen las profecías del Antiguo

Por Mons. José María Arancedo

 Testamento que anunciaban la llegada del Mesías que inauguraría un tiempo nuevo. Esto, que se cumplió en la Pascua, será el fruto o la misión del Espíritu Santo como enviado de Cristo Resucitado para hacer realidad en nosotros ese tiempo nuevo que él ha inaugurado. El Espíritu Santo siempre será el Espíritu de Cristo, es decir, no puede haber nada en él que contradiga su palabra y obra. Este es un criterio para discernir la autenticidad de la presencia del Espíritu Santo.

En Pentecostés nace la Iglesia fundada por Jesucristo como vemos en los evangelios, pero será animada por el Espíritu Santo, es decir, de él va a recibir su alma y la fuerza para su misión. Esto nos lleva a concluir que la identidad de la Iglesia no la debemos buscar en aspectos institucionales, por valiosos y necesarios que sean, sino en la presencia del Espíritu Santo que es su verdad más profunda. Esto significa que la Iglesia siempre debe tener una actitud de fidelidad a Jesucristo y de docilidad a su Espíritu.
Como Iglesia hemos recibido de Jesucristo el envío de una misión: “vayan y prediquen este evangelio a todo el mundo”, nos dice, y para que podamos hacerlo no nos deja solos con la carga de un mandato, sino que agrega: “les enviaré mi Espíritu, para que él les de la fuerza y sean mis discípulos ante el mundo”. Una Iglesia, un cristiano, que pierda esta relación con Jesucristo y su Espíritu se debilita, queda sólo la imagen de una institución que va perdiendo el fuego del Espíritu.

La Iglesia es consciente de que su misión es esencialmente religiosa, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, pero ello: “incluye también la defensa y la promoción de los derechos fundamentales del hombre” (CIC 159). El camino de la Iglesia, porque es el camino de Jesucristo, es el hombre en su totalidad. La Iglesia no sería fiel a su misión sino elevara su voz para defender o denunciar los atentados a la vida del hombre. Esto no es ajeno a su misión, sino fidelidad al evangelio de Jesucristo.
A este compromiso pastoral con toda la actividad del hombre la Iglesia lo estudia y lo presenta en su Doctrina Social, que es como la resonancia temporal del Evangelio, y se desarrolla en una doble dirección, agrega: “de anuncio del fundamento cristiano de los derechos del hombre y de denuncia de las violaciones de estos derechos” (CIC 159). Así, la cercanía con el que sufre, con el pobre en todas sus situaciones, no es ajena a su misión ni es parte de una estrategia política ocasional, sino fidelidad a la verdad del evangelio que es el fundamento de su presencia en el mundo.

Deseando que la celebración de Pentecostés renueve en nosotros el deseo de una vida más animada por los valores y el espíritu del Evangelio, para hacernos protagonistas de un mundo donde reine la verdad y la vida, el amor y la solidaridad, la justicia y la paz, les hago llegar junto a mis oraciones mi bendición.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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