viernes, 20 de abril de 2012

Quieren incluir al “síndrome del quemado” como enfermedad


Ya lo padece uno de cada tres profesionales. Es una mezcla de estrés y desgaste físico y psíquico. Afecta principalmente a médicos y docentes. Un equipo de psiquiatras argentinos está impulsando un proyecto para que la OMS lo reconozca.

Por Gisele Sousa Dias

Al principio le cuesta dormir, la comida le cae mal, tiene problemas sexuales, el cuello duro y apenas pone un pie en el trabajo siente que se le parte la cabeza. Le parece normal y sigue. Unos meses después empieza a llegar al trabajo arrastrando los pies, tiene la motivación de una ameba, tarda el doble, rinde poco y busca excusas para faltar. Se fastidia, el médico le dice “debe ser estrés” y sigue. Al final, se siente una cosa y empieza a tratar al resto como cosas, piensa que la “realización personal” es una utopía, le da lo mismo que lo premien o que lo echen: se convierte en un robot. El burnout o el “síndrome del quemado” –la sensación de haber fundido motores– ya afecta a 1 de cada 3 profesionales que trabajan con personas. Ahora un equipo de psiquiatras argentinos presentará un trabajo científico en el que proponen que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo considere una enfermedad laboral.

El tema se tratará por primera vez en el 27° Congreso Argentino de Psiquiatría que comienza hoy en Mar del Plata. Allí, un equipo de expertos propondrá su inclusión en la Clasificación Internacional de Enfermedades, elaborada según criterios de la OMS.

“El burnout ya es un grave problema de salud pública pero no es atendido como tal”, sostiene la psiquiatra Elsa Wolfberg, especialista en medicina del trabajo y miembro del equipo. “Por un lado, es un problema para el trabajador, que no sólo pierde la motivación y la capacidad de responder a las exigencias del trabajo sino que ve afectada toda su vida social. En su casa está irritado, le molesta todo y hasta deja de cuidar a sus seres queridos. En su trabajo, además, se rodea de colegas en la misma situación, por lo que se generan ambientes muy tensos. Pero también es un problema para las empresas porque estos empleados son menos competentes, eficientes y faltan más. Sólo si se empieza a tratar al burnout como una enfermedad laboral se podrá diagnosticar y prevenir”, explica.

Se refiere a que hoy se diagnostica como “estrés” y se manda al profesional a descansar unos días. Pero después vuelve al mismo trabajo monótono, mal pago, sin reconocimiento y repleto de quejas: por lo que vuelve al punto de partida. El equipo de psiquiatras cree que la valoración en el campo médico, además, desembocaría en el reconocimiento jurídico. De ser contemplado por la Ley de riesgos del trabajo podría abrir el camino a indemnizaciones, por ejemplo, para casos que terminan con una incapacidad transitoria o permanente. Comprobar que el origen del síndrome fue el trabajo no sería imposible: para eso existe el cuestionario de Maslach (está online) que permite saber si estamos “quemados” y en qué grado.

El cuestionario fue pensado para médicos porque fue en los primeros que se describió burnout . Docentes y personal de atención al público los siguen en el ranking. Tienen en común la violencia de sus interlocutores: clientes que insultan, pacientes y familiares que agreden y alumnos o padres que atacan. No es difícil entender por qué los psiquiatras creen que podría haber burnout en cualquier otro rubro donde haya personas prestando un servicio a personas.

“No va a ser sencillo. Incluirlo como enfermedad laboral significará que tanto las empresas como el sistema de salud deberán hacerse responsables de que algunos trabajadores se enfermen”, agrega Jorge Berstein, miembro del equipo de la Asociación de Psiquiatras Argentinos que presentará la propuesta y profesor de Medicina Familiar en la Universidad Favaloro. “Los casos más graves se ven en los médicos. Sin embargo, si un chofer trabaja 24 horas seguidas la prensa hace un escándalo, pero si un médico opera después de 24 horas de guardia aparece en un reality como un héroe”.

“Todos saben de qué hablamos pero el burnout está en un limbo”, dice Wolfberg. “Estamos hablando de profesionales que se vuelven desapegados, cínicos, que bloquean sus emociones y se robotizan”. Todos saben de qué hablamos. Por eso muchos añoran a los médicos que tenían tiempo para escuchar antes de prescribir. O a los docentes que eran como padres para los alumnos. O a los telemarketers que, al menos, intentaban resolvernos el problema.

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