sábado, 14 de abril de 2012

“En la Eucaristía, el hombre perfecciona su conocimiento e intimidad con Cristo”


Estamos celebrando gozosamente la Resurrección del Señor meditando este texto que narra el caminar hacia Emaús de dos discípulos asombrados por los hechos acontecidos. Nos deja ricas enseñanzas no sólo sobre la presencia del resucitado,  sino también sobre nuestra propia experiencia al encontrarnos con Jesús (Lc.24, 13-35).

Por el Padre Ricardo B. Mazza

Como creyentes estamos invitados a dirigirnos siempre a Jerusalén, lugar de la pasión, muerte y resurrección del Señor y anticipo de la Jerusalén celestial. Pero como los discípulos caminantes a Emaús, muchas veces nos alejamos de esa senda principal para deambular confundidos por nuestros propios criterios ya “que esperamos otra cosa”  sin comprender los misterios de la salvación desde la fe.
Cristo se coloca al paso nuestro como lo hizo con ellos, para alejarnos de la confusión de nuestras interpretaciones individuales.
Los caminantes a Emaús esperaban una liberación del imperio romano, querían ser guiados por un Mesías, tentación tan frecuente en la mentalidad del hombre, inclinada a esperar la salvación fuera de Dios.
Nosotros no comprendemos a menudo a Cristo porque no nos saca de las dificultades políticas, económicas y sociales que padecemos a cada momento. O pretendemos que nos libere de la corrupción y muerte generalizada que a diario padecemos, como si estos males los causara Él.
Sin embargo, desde la fe, conocemos que Él ha venido para librarnos de la causa de esos males, el pecado enquistado en el corazón, que esclaviza al hombre a lo malo de este mundo y a su amo, el diablo.
La piedra del sepulcro que evoca la losa pesada de nuestros pecados que impide  percibir la luz, ha sido corrida con la vuelta a la vida de Cristo.
La gracia de la recreación que nos trae el resucitado supone siempre nuestra respuesta para que pueda ser eficaz, ya que la muerte y el príncipe de este mundo han sido vencidos, pero sólo la asimilación a Cristo nos permite triunfar también sobre ellos. De allí la necesidad de orientarnos desde la fe a esa vida nueva que se nos ofrece tan abundantemente.
Nuestra fe en Cristo resucitado debe traducirse en gestos, palabras, actitudes y formas de vida propias de una creatura nueva.
De allí que San Pablo nos advierta en la segunda lectura (Col. 3, 1-4) de esta misa “ustedes que han resucitado con Cristo busquen los bienes del cielo”, ya que se supone que nuestra mirada hacia lo creado ha cambiado.
Cuando Dios crea la luz en los orígenes del mundo conocemos las cosas y, dicha iluminación, nos conduce al conocimiento de Dios.
Con el pecado nuestra mirada se entenebrece y perdemos la visión “desde Dios” que se nos había comunicado, pero con la luz nueva que es Cristo, nuevamente tenemos la posibilidad de conocer lo temporal desde la mirada divina y percibir que las cosas no constituyen la meta de nuestra existencia.
Precisamente nos señala san Pablo “busquen los bienes del cielo, tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales” para que desde allí descubramos el verdadero sentido de lo creado, reteniendo para no esclavizarnos, su abismal caducidad. Si no descubrimos esto viviremos angustiados toda vez que descubrimos la fugacidad de lo temporal.
Cristo resucitado nos saca por lo tanto de miradas superficiales sobre la realidad, permitiéndonos acceder  a la profundidad del sentido de la vida.
Como con los caminantes de Emaús, Jesús viene a nosotros para explicarnos el sentido de su vida partiendo de la sabiduría de las Escrituras.
Si escuchamos al Señor, nuestro corazón también arderá de consuelo y tendremos la  fuerza necesaria para no dejarnos atrapar por las palabras que fluyen del espíritu del mal y sus seguidores, que buscan siempre sembrar en nosotros la mentira, la confusión y extravío más deshumanizador.
Con firmeza y dulzura a la vez  dice Jesús “¡cómo les cuesta creer lo que anunciaron los profetas!”, ¡mientras fácilmente aceptamos como verdadero lo que propagan los medios de difusión, o los “maestros” de este mundo! “¿No era necesario que el Mesías sufriera?” mensaje incomprensible para el mundo que sólo busca el placer y el disfrute de todo y, que al no valorar lo que significa la entrega de sí no puede conocer el mensaje de la Cruz.
Y llegan a Emaús al atardecer, de allí que le dirán a Jesús “¡Quédate con nosotros porque anochece!”. Sin advertirlo, reconocen que sin Cristo la vida es noche cerrada, sin sentido.
Al bendecir y partir el pan, distribuyéndolo enseguida, se les abrieron los ojos y lo reconocieron, siendo por lo tanto la eucaristía, la instancia a través de la cual el hombre culmina su conocimiento e intimidad con Cristo.
Al respecto Benedicto XVI nos recalca continuamente que por medio de la liturgia, de la eucaristía, de la celebración gozosa del domingo, el hombre ingresa en el misterio de Dios. Precisamente el texto del evangelio lo asegura al afirmar que se les abrieron los ojos a los discípulos al partir el pan.
En ese abrir de los ojos,  de la inteligencia también, el creyente distingue precisamente en su vida, el orden sobrenatural al que está llamado, significado en su mirar a los bienes celestiales y, el orden temporal en el que está inserto pero que no constituye morada última para sí, sino sólo camino.
Al reconocer a Cristo advierten que su permanencia en Emaús no tiene sentido, han equivocado el camino y por lo tanto han de volver a Jerusalén para entender con claridad lo que ha sucedido.
Vuelven al origen del misterio de la salvación para dar testimonio que también ellos han visto a Jesús resucitado y que los envía a transmitir al mundo, en la misión permanente de la Iglesia, la salvación recibida tan generosamente.
Queridos hermanos: adhirámonos de corazón a Cristo resucitado. Encontrémonos con la luz que proviene de Él para salir de la inmediatez en la que estamos sumergidos cada día para ingresar en el misterio de la salvación humana que se nos otorga.
¡Alegrémonos, hoy es el día del Señor!

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la misa vespertina del  domingo de Resurrección. Ciclo “B”. 08 de abril de 2012. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com.-

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