viernes, 3 de febrero de 2012

“Mujeres Silenciadas”… permiso para llorar

“Es más fácil sacar al niño del útero de su madre que sacárselo de su pensamiento" (J.C. Willke)
Por Reme

Cuando la editorial Sekoita me pidió que redactara una breve sinopsis sobre Mujeres silenciadas: Cómo se explica el sufrimiento de la mujer que aborta, de Theresa Burke y David C. Reardon, me pareció una tarea rápida y sin complicaciones. Únicamente, me dije, era cuestión de leer el libro y escribir un breve resumen para atraer la atención del lector a su lectura.

Pero, reducir a unas líneas el mensaje valiente y desgarrador de esta obra, su profundo valor, su desdichada novedad, y su planteamiento, no me ha resultando tan fácil como me imaginaba.

En primer lugar, porque, como mujer y madre, la estremecedora verdad del aborto que muchos intentan silenciar, y que gracias a Mujeres Silenciadas conocemos de primera mano, no me deja indiferente. Es más, gracias a ellos, comprender el dolor y el desasosiego que sufren mis congéneres tras un aborto, sus emociones silenciadas por miedo o confusión, sus depresiones, los pensamientos suicidas, la ingesta de drogas, alcohol para tratar de olvidar, o incluso, los trastornos alimentarios con los que pretenden distraer este acto traumático, perturba mi mente y estremece mi corazón.

Puesto que, en palabras de Theresa Burke:
“Cuando una madre es desconectada de su hijo de modo precipitado y violento, hay un trauma natural. Ella experimenta una muerte no natural.
En muchos casos, ella viola su ética moral y sus instintos naturales. Se da un golpe terrible a su imagen de «madre» que nutre, protege y sostiene la vida.
Hay pena, tristeza, angustia, culpabilidad, vergüenza y cólera.
Han aprendido a callarse a sí mismas con el alcohol y las drogas, o a dominar su trauma a través de repetírselo. Algunas renuevan el dolor de su aborto a través de la promiscuidad y de volver a abortar, atrapadas en ciclos traumáticos de abandono y rechazo.
Otras rellenan sus sentimientos a través de desórdenes alimentarios, ataques de pánico, depresión mental, ansiedad e ideas de suicidio. Algunas han sufrido daños físicos y reproductivos permanentes que las hacen incapaces de tener hijos en el futuro.
El aborto es una experiencia de muerte. Es el fallecimiento del potencial humano, de la relación, de la responsabilidad, del apego maternal, de la conectividad y de la inocencia.
Tal pérdida raramente se experimenta sin conflicto y ambivalencia.
Seríamos cortos de mente si pensáramos que puede realizarse sin complicaciones”.

Y en segundo, porque los testimonios íntimos, estremecedores y valientes de cientos de mujeres, con secuelas emocionales provocadas por abortos, que se recogen en sus páginas, me permite reflexionar acerca del concepto central del libro: “el dolor tras un aborto ni se espera ni se permite en nuestra sociedad”.

Tanto es así, que Theresa Burke afirma en una entrevista: “cuando se ponen delante las polémicas, las marchas, las políticas de libertad y derechos, hay aspectos emocionales del aborto que desafían las palabras.
La agonía psicológica y espiritual del aborto es silenciada por la sociedad, ignorada por los medios, rechazada por los profesionales de la salud mental, y despreciada por el movimiento de mujeres.
El trauma post-aborto es una enfermedad grave y devastadora, que no tiene ningún portavoz famoso, ni una película para la televisión, ni ningún show televisivo que sirva de plataforma para hablarlo.
El aborto toca tres temas centrales del propio concepto de mujer: su sexualidad, moralidad e identidad maternal. También implica la pérdida de un hijo, o al menos la pérdida de una oportunidad de tener un hijo. En cualquier caso, esta pérdida debe enfrentarse, procesarse, llorarse”

En definitiva, Mujeres Silenciadas, es un libro de lectura obligatoria. Más aún, a pesar de ir más allá de cuestiones políticas, ideológicas, religiosas o morales, en las que debería primar el valor de la vida humana del no nacido, este libro reclama el derecho a la vida del no nacido, el derecho a ayudas que apoyen la maternidad, y por supuesto, el derecho de la mujer a ser informada adecuadamente, y sin tapujos, de lo que es un aborto provocado y de las graves secuelas físicas y psicológicas que produce.

Puesto que: “Hay un lugar en la mujer que ningún hombre ha conocido. Un lugar al alcance sólo de Dios, escondido detrás de los recuerdos del corazón (…) Un lugar al alcance sólo de Dios y unas pocas almas valientes, con las manos enfermeras y corazones orantes. Que se atreven a acompañarla, a llorar con ella, y a mecerla suavemente, llevándola de vuelta a sí misma…”

Nota: No quisiera acabar esta “no tan breve” reseña sin regalar unas entrañables palabras de Juan Pablo II, a vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto: “Sabemos cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no dudamos que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto (es decir, que el aborto es un acto grave por cuanto destruye a un ser humano no nacido). Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudados por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre”.

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