martes, 6 de diciembre de 2011

El silencio de los culpables




Los simples fieles tenemos la obligación de contribuir no sólo con donaciones a la expansión de la Iglesia y a defender su integridad y libertad sino también con la palabra.


Por Cosme Beccar Varela

En materia de fe y moral, los católicos comunes son lo que se llama "Iglesia discente", o sea, la enorme grey que aprende y que no tiene autoridad para enseñar oficialmente en nombre de la Iglesia. Esa misión corresponde exclusivamente a la "Iglesia docente", integrada por el Papa y los Obispos en comunión con el Papa así como también a los Curas párrocos y demás eclesiásticos por autorización del Papa o de los Obispos.

Sin embargo todos los católicos, aun los más simples integrantes del pueblo, tienen obligación de hacer apostolado repitiendo la doctrina aprendida de la Santa Iglesia Católica, fiel reflejo de las Sagradas Escrituras, en especial, del Nuevo Testamento.

El mandato final de Nuestro Señor, después de la Resurrección y antes de Su Ascensión al Cielo fue: "Id y enseñad a todas las naciones" (S. Mateo 28, 19) y vale para todos los fieles, en diferente calidad y medida, pero nadie puede eximirse de confesar la verdad so pena de incurrir en aquella advertencia de Nuestro Señor: "Quien me reconociere delante de los hombres Yo también lo reconoceré delante del Padre Celestial; más a quien me negare delante de los hombres Yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos." (S. Mateo, 10, 33).

Por lo tanto, los simples fieles tenemos la obligación de contribuir no sólo con donaciones a la expansión de la Iglesia y a defender su integridad y libertad sino también con la palabra.

Y si por desgracia ocurriera que los Pastores callaran y dejaran de enseñar la verdad o, peor aún, enseñaran el error, los fieles más humildes pero movidos por la gracia de una verdadera fe, estarían obligados a clamar recordando aquel pasaje del Evangelio en el que se relata cómo los fariseos, indignados de que los discípulos aclamaran al Redentor con grandes voces, Le interpelaron diciendo: "Maestro, reprende a tus discípulos. Respondiéndoles Él: En verdad os digo que si estos callan, las mismas piedras darán voces" (S. Lucas, 19, 39-40).

* * *

Los simples fieles somos como las piedras del camino que no tienen autoridad alguna, pero están obligadas a clamar cuando "estos" callan.

Ocurre que vivimos en un momento de la Historia mundial y nacional en el que las afrentas que se comenten contra la Verdad, el Bien y la Justicia (cosas éstas que son otros tantos nombres de Dios) son tan escandalosas y dañinas, el número de los malvados es tan enorme y tan dominante, que sólo el catolicismo recordado en toda su plenitud y los católicos actuando unidos, con inteligencia y con coraje, pueden poner un freno a esta catástrofe.

Pero la voz del catolicismo no se oye y la actuación de los católicos es más que insuficiente. Los Pastores no hacen resonar esa voz en el mundo con la fuerza que les es propia, ni convocan a los católicos a la lucha y por consecuencia, las ruinas se acumulan, no sólo de las cosas sino de las almas que corren grave peligro de perderse eternamente.

Hace varios días que estaba por escribir estas líneas, desde que oí en la misa del Domingo 4/9/2011 la siguiente Primera Lectura tomada del Profeta Ezequiel:

"Así habla el Señor *Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado ´Vas a morir´, si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a tí te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida" (Profeta Ezequiel, 33, 7-9.

Este terrible amenaza de Dios se dirige en primer lugar a los Pastores cuya obligación de defender la Verdad, el Bien y la Justicia con todas sus fuerzas (que son muchas) y a cualquier riesgo personal o a costa de cualquier pérdida temporal, no depende de que una voz del Cielo se les haga oír en forma extraordinaria, porque ya está dicho y enseñado desde hace veinte siglos.

No puedo imaginarme cual es el grado de responsabilidad en que incurre un Obispo aquí, en la ex-Argentina que no hable clara y continuamente contra la tiranía cuya perversidad no consiste únicamente en promover el "homonomio", ni siquiera en mantener el aborto, ni en fomentar la corrupción de la juventud mediante la "educación sexual" y la ley mal llamada de "salud reproductiva" cuando debería llamarse de la "prostitución inducida", ni menos aún en estar compuesta por una banda de ladrones conducida desde las sombras por una secta neo-marxista, sino en todo eso y en su mera existencia, en su continua y multifacética violación de la Justicia, en su permanente incitación al ateísmo y al caos social y en la instalación de un sistema de fraude mediante el cual se puede perpetuar en el poder hasta destruir lo que queda de civilización cristiana en el país.

Una denuncia parcial de cualquiera de esos males, un reproche apenas perceptible, una palabra críptica dicha de vez en cuando, no bastan para interpelar a los malvados ni para alertar a los que todavía no han sido corrompido del todo. La advertencia de Dios por medio del profeta Ezequiel no se soslaya con chicanas eclesiásticas.

En la ínfima medida que me toca por ser un don nadie en la Iglesia, como no quiero ser culpable por omisión, ni en esa ínfima medida, de la perdición de los ex-argentinos que corren alegremente hacia el Infierno, encabezados por la banda de facinerosos que nos tiranizan, me siento obligado como simple católico sin autoridad alguna pero con todos los deberes y las obligaciones relacionados con el bien común temporal, a decir una vez más que es obligación de todos oponerse a esta marea de estiércol que amenaza cubrirnos.

Todos deben movilizarse para acabar con esta tiranía corruptora, confiando en que Dios dará los medios para hacerlo con éxito, que los "talentosos" en vez de usar sus talentos para hacerse ricos deben usarlos para dar vida y luces al urgente movimiento de resistencia que debe organizarse reconociendo a los mejores como sus jefes y que no deben consentir ya de ninguna manera que quienes tienen cargos en los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial sean lo peor que hay en el país, con alguna excepción en este último poder, pero en instancias inferiores y, por lo tanto, incapaces de corregir la injusticia generalizada.

Este periódico es una voz casi inaudible, pero aún así, tengo obligación de decirlo una vez más: Pastores por favor condenen, convoquen, luchen; tiranos y canallas dejen el poder; cobardes, decídanse a luchar; perezosos, salgan de su inercia; burros, piensen que para eso Dios les dio inteligencia; falsos amigos dejen de fingir y sean amigos de verdad.

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